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Amor y Sexo

Lo que no puedes olvidar al hablar de sexo con tus hijos

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Pilar Conde, psicóloga y directora técnica de Clínicas Origen, asegura que los menores empiezan cada vez antes a mantener relaciones sexuales. «Hace años era más habitual que esperaran a cumplir los 18 años para mantener sexo, pero ahora las imágenes sexuales están más «normalizadas» y aparecen con facilidad en cualquier pantalla (tanto de televisión como a través de internet) y es más frecuente que a los 15 años se inicien en estas prácticas. «Basta con observar cómo en las redes sociales muchas niñas publican fotos con posturas y aspecto erótico imitando al mundo adulto y, por ello, también quieren imitarlo manteniendo relaciones porque hay una mayor hipersexualidad».

Aún así, esta experta explica que muchos padres tienden a retrasar su conversación con los hijos sobre sexualidad —más aún en el caso de tener hijas por el miedo a que puedan quedarse embarazadas si practican sexo— «pero, precisamente, el error es no hablarles del tema para que puedan prevenir ciertos riesgos que no desean o desconocen. Si tienen cualquier duda acudirán a internet o a sus amigos y pueden obtener una información que no sea cierta o que les condicione su sexualidad de forma errónea».

Esta experta asegura que no hay una edad concreta a la que se deba hablar de este asunto, todo depende de las inquietudes y la madurez de los hijos. En algunos casos, serán ellos los que saquen el tema haciendo sus primeras preguntas más inocentes: ¿por qué la prima está embarazada? ¿Cómo llega el bebé hasta ahí?… «No vale decirles: «ya te lo explicarán en el colegio», «pregúntaselo mejor a mamá»… En cualquier caso hay que responderles para que vean que tienen la puerta abierta a hablar de estos temas con sus padres y cuando tengan más dudas, de preadolescentes o adolescentes, sepan que les darán la respuesta correcta. Es cuestión de ganarse su confianza».

En el caso de que no saquen los hijos el tema y ya tengan una edad apropiada, esta psicóloga aconseja aprovechar una noticia o imagen de una película en la que se trate el tema para preguntarles «¿y tú qué opinas?, ¿sabes tú algo de esto?, ¿lo has hablado con tus amigos?».

En lo que sí insiste Pilar Conde es en que más que estar preparados los hijos físicamente —cuando las niñas ya tienen la regla, les ha cambiado el cuerpo…; los niños ya tienen eyaculaciones abundantes y frecuentes…—, «deben estar preparados mentalmente para ir procesando la información e ir descubriendo el sexo poco a poco».

Asegura que hay aspectos en esa conversación de padres e hijos (respetando siempre las creencias y educación que quiera transmitir la familia) que son importantes no olvidar mencionar:

El sexo es un acto en el que ambas partes deben estar siempre de acuerdo en realizarlo. Si una de las partes no quiere acceder a mantener sexo, hay que respetarlo.

No dar nada por sentado. Cada persona tiene sus gustos, preferencias y límites a la hora de mantener relaciones. Las chicas jóvenes, sobre todo cuando su pareja es más mayor, no deben ceder a propuestas más propias de personas adultas con las que no se van a sentir cómodas ni a disfrutar. Tampoco deben sentirse presionadas y acceder ante el temor de que si no hacen lo que les piden su pareja les dejará.

Informar de los riesgos de embarazos no deseados o de enfermedades de transmisión sexual si no se utilizan métodos de protección.

Realizar el amor no es llegar siempre al orgasmo, también valen las caricias, los besos, los susurros…

Explicarles que el porno no refleja las relaciones sexuales reales. Si lo creen así verán frustradas sus expectativas y si intentas realizar penetraciones desde un principio sin preliminares que les lleve a una excitación previa puede resultarles doloroso.

Pilar Conde insiste en que «si no hemos hablado de sexo con los hijos desde que ellos empiezan a preguntar, va a ser muy difícil que en plena adolescencia se quieran sentar con sus padres a abordar estos o cualquier asunto relativo al sexo. Es una cuestión relevante, puesto que pueden encontrarse muchos problemas emocionales y de pareja. Si no quieren hablar con los padres se le pueden ofrecer dos opciones: acudir a planificación familiar, a charlas o a amigos o familiares más mayores», concluye.

Amor y Sexo

La literatura del deseo

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Los procesos lentos y ciegos de la evolución han descubierto mediante prueba y error que el mejor medio para empujar a los seres humanos y otros mamíferos a proporcionar cuidados parentales, comer, beber y procrear es ofrecerles un incentivo en forma de placer unido a cada actividad. Hay en ello una maravilla cotidiana que no apreciamos en lo que vale. Satisfacer el hambre comiendo no solo elimina una sensación desagradable. Lo que comemos está “exquisito”, “delicioso” o “sabroso”. Si tenemos mucha hambre, incluso una comida sencilla nos procura cierta satisfacción. Hace tiempo, la neurociencia localizó y describió el lugar desde el cual fluyen estos dones, así como su complejo funcionamiento, en la base del cerebro. La fuente de deleite se conoce como sistema de recompensa. Su función es motivar, y también gratificar. La motivación para tener relaciones sexuales se llama deseo. Cuando el deseo cumple su propósito en el sexo, esa sensación desbordante e indescriptible es nuestra recompensa.

Tras la invención de la agricultura, el aumento de tamaño de los asentamientos y la especialización, las sociedades humanas se volvieron más diversas y complejas, y de este eficaz mecanismo biológico se derivaron extraordinarios avances culturales. Qué vinos, qué salsas y cuántos miles de preparaciones a base de leche, cereales y carne animal; qué poesía amorosa, qué canciones, pinturas y música seductora no habrán concebido nuestras múltiples civilizaciones a fin de obtener, o proporcionar a otros, las recompensas de ese asombroso palacio del placer que tenemos en el cerebro. Y qué espléndida complejidad en la expresión.

Los escritores se han esforzado por describir la sensación del orgasmo, fracasando la mayoría de las veces

En detrimento propio hemos descubierto por casualidad atajos que, estimulando los neurotransmisores adecuados del sistema, eluden cualquier actividad con sentido y nos ofrecen el puro placer de las recompensas no ganadas. Muchas personas han descubierto lo placenteras, adictivas y ruinosas que pueden ser la cocaína, la heroína y los opiáceos sintéticos.

Cubiertas las necesidades básicas de alimento y bebida, el sistema reserva sus recompensas más dulces e intensas, su vértigo extático, para el sexo y su momento de goce absoluto. El deseo sexual arde aún con más fuerza que nuestro apetito de comida o bebida, a no ser, por supuesto, que nos estemos muriendo de hambre o sed. A lo largo de los siglos, la literatura se ha esforzado por describir la sensación de la consumación sexual, fracasando la mayoría de las veces, y es que el orgasmo está a años luz de cualquier otra experiencia. El lenguaje cae de rodillas presa de la desesperación. A nadie convence leer términos como “explosión” o “erupción”. Tampoco los frecuentemente utilizados de “anulación” o “aniquilación” nos llevan lejos. La satisfacción sexual no se parece a ninguna otra experiencia de la vida diaria. Los símiles y las metáforas son inútiles. John Updike propuso que ese exquisito momento sensual era como entrar en un hiperespacio mental en el que todo sentido del tiempo, el espacio y la identidad personal se disuelven. Comparado con las horas que dedicamos a trabajar, viajar o dormir, ese momento mágico es lastimosamente breve, aún más para los hombres que para las mujeres. Si tuviésemos el don de hacerlo durar cuanto quisiésemos, si pudiésemos permanecer en esa cumbre del éxtasis días enteros, poco más haríamos. En ello reside la perdición del drogadicto, que sacrifica el alimento y la bebida, a sus hijos y toda su dignidad por la siguiente dosis.

El momento no solo es breve, sino que cuando el deseo se ha satisfecho, no tarda en volver, en una repetición sin fin como la noche y el día. O, justamente, como el hambre y la sed. Inmensos trechos de nuestra vida se organizan en torno al regreso, una y otra vez, a ese breve atisbo del paraíso terrenal. O bien tenemos que apartar los pensamientos tentadores y hacer todo lo posible por ignorarlos mientras nos entregamos a nuestros deberes y ambiciones. Así sucede sobre todo en el caso de los adultos jóvenes. Y ahora que hemos aprendido los trucos para separar el sexo de la procreación, toda nuestra cultura está pautada por esa reiteración constante.

La literatura del deseo

Más allá del colosal negocio multimillonario de la pornografía, a lo largo de los siglos nuestros anhelos han engendrado algunos de los artefactos más hermosos de la imaginación. En el canto, la poesía, el teatro, la novela, el cine y la escultura, hemos explorado y rendido homenaje al vínculo emocional y sexual entre seres humanos, a ese intercambio infinitamente variado, esa disolución de la identidad que llamamos amor. Más aún, o tal vez debería decir menos: hemos dedicado algunas de nuestras efusiones más sublimes a la ausencia de amor o a su fracaso, a su falta de correspondencia y a su insatisfacción, y las más sentidas de todas, a su final. Casi todas las canciones tristes hablan del abandono por parte de la pareja. “Me desperté esta mañana y se había ido”. Qué misterio tan interesante que obtengamos placer de practicar en la imaginación todas las posibilidades trágicas del amor: los celos, el rechazo, la infidelidad, el anhelo sin esperanza, las intrigas, el mal de amores, los tristes y dulces remordimientos, la frustración y la ira.

En nuestro arte, en especial en nuestra literatura, el amor suele convertirse en el microcosmos, en el terreno de juego de todos nuestros problemas y defectos. En una sola relación entre dos personas, los novelistas pueden encontrar todo un universo en el que es posible explorar la condición humana. En el amor están el cielo y el infierno enteros. “Cada rosa”, escribió el poeta Craig Raine, “crece en un tallo infestado de tiburones”. En su hipnótico canto fúnebre, Joy Division entonaba “el amor volverá a destrozarnos”.

Pero la tradición festiva también es rica. En los anales de la literatura inglesa existe una composición fácil de memorizar:

¿Qué requiere de la mujer el hombre?

Las formas del deseo satisfecho.

¿Qué requiere del hombre la mujer?

Las formas del deseo satisfecho.

Los versos de William Blake han sido elogiados por su sencillez, así como por su espíritu igualitario al atribuir la misma importancia al deseo de la mujer que al del hombre, algo no tan habitual en un escritor de finales del siglo XVIII. Y con qué naturalidad asevera su autor que la gratificación personal es lo opuesto a la gratificación mutua.

En una sola relación, los novelistas pueden encontrar todo un universo en el que explorar la condición humana

En el contexto del sexo, ¿es el deseo un placer en sí mismo? No exactamente. Se parece más bien a una llave a la espera de que la hagan girar, o a un picor que espera que lo rasquen. El deseo solo es verdaderamente placentero cuando su satisfacción está al alcance de la mano. De lo contrario, es placer atrapado en la esperanza, una forma de agitado cautiverio mental, un afanarse en pos de aquello que aún no existe, o que nunca podrá existir. Y sin embargo, sin embargo… Pregunte al hombre o a la mujer víctima del mal de amores si, antes que sufrir las punzadas del amor no correspondido, preferiría un narcótico que borrase el recuerdo del amado. La mayoría respondería categóricamente que no. De ahí la muy citada reflexión de Tennyson según la cual “… es mejor haber amado y perdido que jamás haber amado”. El deseo posee algo de la naturaleza de la adicción.

Este enigma tiene profundas consecuencias para la literatura del amor. Cuando, en diversas culturas, un hombre y una mujer son separados a la fuerza por las convenciones sociales o religiosas, y solamente el matrimonio les permite estar juntos a solas, o cuando el amor de un hombre por un hombre o de una mujer por una mujer se prohíbe bajo pena de castigo; en otras palabras, cuando lo único posible es el amor a distancia y el sexo no se hace realidad fuera de la imaginación, el amado es idealizado, y la literatura del deseo aparece para alcanzar una cumbre de expresión atormentada y espléndida.

Recordemos el ejemplo de Dante, que como nos cuenta la tradición y es de todos conocido, se fijó en Beatrice Portinari por la calle cuando ella tenía nueve años, y se enamoró sin haberle hablado. Durante el resto de su vida, nunca llegó a conocerla bien, aunque a veces la saludaba por la calle, pero el amor que sentía por la joven fue la fuerza que animó su genio para la poesía y el dolce stil novo, y, de hecho, para la vida misma.

Otro ejemplo famoso es el efecto que Laura causó en Petrarca. El poeta la vio en una iglesia en 1327, y ella siguió siendo, hasta su muerte en 1348, el amor inalcanzable al que dedicó 365 poemas. Al igual que Dante, Petrarca tuvo poco o tal vez ningún contacto con el objeto de su amor. El lector actual puede apreciar la grandeza de la poesía amorosa que ambos produjeron. Poco importa el hecho de que el amor no tuviera una base biográfica. Es literatura y la imaginación lo es todo, a pesar de los años de infructuosos anhelos. Nosotros, como lectores, somos los únicos beneficiarios.

Existe otra tradición más vitalista, derivada del carpe diem —aprovecha el momento— de Horacio, una forma de persuasión poética que por la pura exuberancia comunica la promesa de un final feliz. No vamos a vivir siempre, así que hagamos el amor ahora. He aquí uno de los poemas más célebres de la tradición inglesa. En A su esquiva amada, Andrew Marvell dice:

Es un misterio que obtengamos placer de practicar en la imaginación todas las posibilidades trágicas del amor

Por eso, ahora que el tinte juvenil

vive en tu piel cual matinal rocío,

y tu alma dispuesta transpira

por cada poro fuegos instantáneos,

gocemos mientras podamos…

Estos diestros tetrámetros evocan con su urgencia rítmica la palpitante insistencia del deseo sexual. En el poema, el anhelo y su satisfacción yacen uno junto al otro, precisamente igual que los amantes.

En muchas novelas de los siglos XVIII y XIX, y en la ficción romántica barata del XX, la conclusión satisfactoria del deseo y el amor no se alcanza en la cama, ya que ello se consideraría una infracción excesivamente grosera del gusto y las normas sociales. El final como Dios manda es la fusión de los destinos más que de los cuerpos. El clímax llega con el sonido de las campanas de la iglesia. El deseo encuentra su resolución respetable en la cohesión social y el matrimonio. Este relato tiene su expresión cabal en las novelas de Jane Austen.

Pero después de los grandes maestros de la ficción del siglo XIX, en particular Flaubert, George Eliot y Tolstói, esta narrativa ha gozado de escaso crédito en la literatura seria. La dura lección de la realidad mostraba que las campanas de boda no eran más que el comienzo de la historia. El adulterio era un villano irresistible. El aburrimiento era otro. Y lo mismo pasaba con las restricciones a la libertad de las mujeres y el peso amargo de la dominación masculina, cuya expresión máxima es la violación, tema central de Clarissa, la obra maestra de Samuel Richardson, escrita en el siglo XVIII. Durante 300 años, uno de los proyectos de la novela literaria fue investigar e, implícitamente, reconsiderar cómo podía ser una relación amorosa.

Hoy en día nos encontramos en un nuevo y disputado territorio en lo que a relaciones, preferencias e identidad sexuales se refiere. Toda clase de subgrupos de diferencias minuciosamente clasificadas reivindican enérgicamente sus derechos. Puede que a una generación mayor esto le parezca amenazador o absurdo, pero en las costumbres sexuales estas luchas y redefiniciones forman parte de una larga tradición de cuestionamiento de las ortodoxias predominantes. La historia de la novela así lo dice. Las formas convencionales de las expresiones literarias del deseo, especialmente del masculino, adquieren un nuevo aspecto. ¿Quién puede poner objeciones cuando se retira a los hombres de riqueza, fama o prestigio la licencia sexual que les había sido otorgada? Las órdenes de detención no están de moda, pero es posible que los poetas y otros espectadores sean arrestados en medio de la confusión general. En el nuevo orden, Andrew Marvell podría ser acusado de acosar a una joven virgen. Sentía una necesidad sexual apremiante, y su apelación a los estragos del tiempo no era sino un alegato falaz. Donde antes un poeta habría rendido homenaje con normalidad a la belleza de determinada mujer, en nuestros días parece burdamente facultado. Sus palabras, que en otro tiempo sonaron dulces, hoy se consideran expresión de una tendencia insana a la cosificación o a la hostilidad irreflexiva. Esas mismas dulces palabras se leen bajo una nueva luz, como los estertores de un orden moribundo.

En la ficción romántica, el final como Dios manda es la fusión de los destinos más que de los cuerpos

En literatura, un canon o una tradición son, en esencia, una polémica literaria y, como tal, exigen compromiso. En los últimos tiempos, la polémica ha llegado al punto de ebullición. Las antes comúnmente consideradas obras maestras corren el peligro de la degradación. Algunas son eliminadas de las listas de lecturas de las universidades. Pero si nos deshacemos de un tesoro por exceso de celo, otros lectores estarán esperando para recogerlo y apreciarlo. Las formas del deseo humano antes prohibidas, ridiculizadas o perseguidas, y hoy justamente aceptadas, pueden dar pie a nuevos modos de etiqueta literaria que demanden de la poesía amorosa no solo expresiones de admiración y respeto, sino también de intenciones puras y del ofrecimiento sentido de una desvinculación tranquila. Tal cosa requerirá grandes dosis de talento para no resultar insulsa. Quizá lo próximo sea la negación de uno mismo. A lo mejor mientras yo hablo está naciendo el poeta que algún día forjará una nueva estética del deseo insatisfecho que rivalice con los castos regímenes de Dante y Petrarca.

Yo no puedo hablar verdaderamente en nombre de los poetas, pero, en lo que respecta a los novelistas, creo que sea cual sea la narrativa que nuestra historia social despliegue en el futuro, conservará, en especial dentro de estas texturas sociales más densas, las mismas oportunidades de observar y luego escribir las comedias y las tragedias de las costumbres y el amor. Así seguirá siendo. En el concurrido foro del amor, el anhelo y la literatura en el que se encuentran lectores y escritores, puede parecer que todo está a punto de cambiar, pero en el corazón de las cosas, en su núcleo oculto, todo seguirá igual. No podemos existir —o persistir como especie— sin el deseo, y no dejaremos de cantarle.

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Amor y Sexo

¿QUIÉN DECIDE CUÁNTO SEXO PRACTICAMOS?

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Trond Viggo Grøntvedt, investigador de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología, reclutó 92 parejas heterosexuales de 19 a 30 años para investigar cómo influyen en la frecuencia de las relaciones sexuales la personalidad, los años juntos y otras características de la relación. Observó que la media de veces por semana no pasaba de tres, aunque cuanto más tiempo llevaban, menor era esta cantidad.

Tanto los hombres como las mujeres que participaron en este estudio, publicado en American Psychological Association, asociaron la pasión con la frecuencia sexual, de manera que se convertía en el predictor más preciso del número de veces, por encima incluso de la felicidad, la confianza, la intimidad, el amor y el compromiso. Un trabajo anterior sugería que la pasión que se atenúa a medida que pasan los años puede ser reemplazada por otros factores complejos, pero muy decisivos.

El dato más llamativo de la investigación noruega es que cuanto más abierta es la predisposición de la mujer hacia el sexo casual, mayor es la asiduidad sexual en la pareja. Salvo excepciones, este factor no tuvo un impacto significativo en los hombres. Antes de extrapolar los resultados a toda la población, los autores hacen una precisión: sus participantes eran todos ciudadanos de Noruega, un país altamente igualitario.

Lo que parece claro es que el sexo sufre un serio declive. Lo corrobora otra investigación llevada a cabo en Londres por la Escuela de Higiene y Medicina Tropical sobre más de 34.000 personas se distintas edades, concluyó que las parejas están teniendo relaciones sexuales con menos frecuencia, excepto las personas solteras y los hombres menores de 25 años. Las expectativas de aquí a 2030 configuran una curva descendente y en esa fecha habrá muy poco sexo. Aunque no da con las causas exactas, podrían influir el exceso de trabajo y el abuso de las aplicaciones de citas.

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¿Se puede encontrar el amor y el sexo a los 100 años? La aleccionadora historia de John (100) y Phyllis (102)

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John y Phyllis Cook, una pareja de ancianos de 102 y 100 años, se han casado. Ambos viudos, se conocieron en la residencia Kingston de Ohio en la que viven y sus avanzadas edades no han sido un obstáculo para dar el paso, saludado desde la página de Facebook de la residencia con mensaje irrefutable: “Nunca es tarde para encontrar el amor”.

Tras un año de relación, Phyllis, cristiana muy devota, quiso casarse para formalizar la situación. La pareja acudió al juzgado a solicitar el acta matrimonial y allí les comunicaron que podían casarles de forma inmediata. “No era lo que teníamos planeado, pero estábamos allí y dijeron que podían casarnos allí mismo. Así que dije: ‘Bien, vamos a por ello”, declaró John a la cadena de Ohio WNWO.

“El sexo es una dimensión que nos acompaña toda nuestra vida, desde que nacemos hasta que morimos. Lo que ocurre es que a nivel social no hay modelos de relaciones sexuales a la tercera edad”, explica la sexóloga Patricia J. Díaz

“Para serte sincera, nos enamoramos uno del otro”, declaró Phyllis, que cumplirá 103 años en agosto. Y repitió: “Sé que parece que pueda ser exagerado para alguien de nuestra edad, pero nos enamoramos el uno del otro”. Si, en efecto, como dice Phyillis, a muchos les parece exagerado y si se piensa que lo que hay en esa pareja es una mezcla de necesidad mutua (aunque ambos mantienen sus viviendas individuales dentro de la residencia) es porque todavía muchos identifican el amor con el sentimiento de los quince o los 20 años.

“Nos venden el flechazo, el amor a primera vista, esa idea de perder la cabeza por el otro. Pero existen otras formas de amor”, nos explica la psicóloga y terapeuta sexual Patricia J. Díaz. “El amor, como dice la frase, no tiene edad. Lo que cambia es la manera. Igual no es ese enamoramiento de perder la razón, tan hormonal, en el que entran en juego la serotonina y la adrenalina, que nos llevan a hervir de pasión e incluso de obsesión. Con los años cambia lo que le pides a una pareja, buscas estabilidad, un apoyo, alguien con cuya compañía estés a gusto, cosas que a los 15 años no pides. Y no por ello es menos amor”, añade la especialista.

A menudo, cuando encontramos parejas que encuentran el amor en la tercera edad, se trata el tema en medios y en corrillos de amigos en tono de bufa, como si el enamoramiento de dos personas mayores o ya instaladas en la vejez fuese más un chiste que una realidad tangible. Así ocurrió cuando se supo que Mario Vargas Llosa (de entonces 79 años) e Isabel Preysler (de 64) eran pareja. Incluso un medio sobre economía empleó una imagen de ambos para ilustrar la noticia de que las farmacéuticas Pfizer (Viagra) y Allergan (Botox) estaban estudiando fusionarse.

Algo similar ocurrió cuando María Teresa Campos (73 años en aquel momento) inició una relación con Edmundo, el popular cómico de antaño Bigote Arrocet (de 64 años). La periodista comentaba con sorna a la pregunta de si su relación era platónica: “Existe la falsa creencia de que a partir de los 65 años no hay vida sexual. Te sorprenderías de saber lo bien conservada que está esa cosa, que creemos que cuando nos hacemos mayores ya es un desecho. Pues de eso nada”.

“Sé que parece que pueda ser exagerado para alguien de nuestra edad, pero nos enamoramos el uno del otro”. Así de llanamente lo explicó Phyillis, la novia, 100 años

“El sexo es una dimensión que nos acompaña toda nuestra vida, desde que nacemos hasta que morimos”, explica la sexóloga Patricia J. DíazDíaz. “Lo que ocurre es que a nivel social no hay modelos de relaciones sexuales a la tercera edad. No se insinúan en publicidad, no aparece en la ficción… Todo el sexo que vemos es de gente joven. Parece que desapareciera con los años, y en absoluto”.

La especialista ve en estos prejuicios cierta influencia de la moral judeocristiana, que reducía la sexualidad a la reproducción. “Parece que la sexualidad puramente coital y dedicada a concebir es la única válida”, explica. Y añade: “Darnos placer, el gozo, y sobre todo comunicarnos, que es para lo que sirve el sexo, para comunicar afecto, cariño y deseo, no desaparece jamás, a no ser que haya un envejecimiento patológico en el que no se pierde la sexualidad, pero sí la capacidad de comunicarnos”.

A este respecto resulta muy ilustrativa la respuesta de John Cook a la pregunta de qué es la cosa que más le gusta hacer con su nueva esposa: “Creo que no debería hablar sobre ello”.

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