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Facebook prepara un tribunal de apelación para usuarios entre dudas sobre su alcance

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Dar el pecho en Facebook era pecado. Hasta hace poco, la imagen de una madre amamantando a su bebé podía ser eliminada sin miramientos por violar las normas internas que prohíben la desnudez. Un grupo de afectadas incluso creó una página de protesta: “Facebook, esperamos más de ti. ¡Deja de clasificar las imágenes como obscenas!”. La retirada de este tipo de publicaciones se ha convertido en ejemplo de los límites del gigante tecnológico para controlar eficazmente el rastro dejado por sus más de 2.000 millones de seguidores.

Estas madres y todos aquellos usuarios que no estén de acuerdo con la eliminación de sus publicaciones ahora tendrán una puerta a la que tocar. Inmerso en una crisis de confianza sin precedentes, Facebook avanza hacia la creación de su Tribunal Supremo particular. Sin togas ni mazos de juez, con una jurisdicción virtual y ciudadanos que se llaman “usuarios”, el Consejo Asesor de Contenido tendrá la última palabra sobre la eliminación de ciertos mensajes y podrá obligar a la empresa a restaurarlos. Aunque está previsto que empiece a emitir juicios a finales de este año, todavía quedan muchos flecos sueltos y los expertos tienen dudas sobre su impacto e independencia.

Para allanar el camino, Facebook ha lanzado una consulta pública por internet y está organizando reuniones con la sociedad civil. La última, celebrada en Ciudad de México esta semana y a la que EL PAÍS ha podido asistir, ha reunido a unas sesenta personas de toda Latinoamérica, entre periodistas, abogados y activistas, para debatir el diseño del nuevo organismo. La compañía ha reservado toda una planta en el lujoso hotel Marriott de la capital mexicana. En la principal sala de conferencias colgaba un telón azul oscuro, el color de Facebook, junto a seis mesas con un ipad, libreta y bolígrafo para uso de cada participante durante los dos días que dura el programa. Sobrevolando la escenografía, una pregunta: ¿es esto real o un lavado de cara simbólico?

Ante las dudas, el vicepresidente de Facebook para Integridad, Guy Rosen, advierte: “No es un ejercicio de relaciones públicas”. La idea llega tras la batería de escándalos que ha sacudido Facebook en 2018. Desde la fuga masiva de datos de Cambridge Analytica a su inacción ante los mensajes de odio en el conflicto étnico de Myanmar, el annus horribilis de la empresa ha colocado a su fundador Mark Zuckerberg entre la espada y la pared. “Facebook no debería tomar tantas decisiones importantes sobre libertad de expresión y seguridad por sí mismo”, reconoció en noviembre pasado.

Hasta ahora, Facebook ha manejado a placer la varita juzgadora. Y lo ha hecho millones de veces. Solo en la categoría de incitación al odio, la compañía eliminó tres millones de publicaciones de julio a septiembre de 2018, según su último Informe de Transparencia. La compañía quiere que el nuevo Consejo se encargue de decidir sobre los casos más difíciles; los más mediáticos o aquellos cuyos matices necesiten del conocimiento de las eminencias que previsiblemente lo compondrán. Tanto Facebook como los usuarios podrán apelar a él.

Serán apenas cuarenta personas frente a millones de comentarios, un desequilibrio que preocupa a los expertos. “El Consejo decidirá sobre una pequeñísima fracción de casos, por lo que el impacto puede acabar siendo muy pequeño”, dice Eduardo Ferreyra, abogado de la ONG argentina Asociación por los Derechos Civiles, presente en la reciente reunión en Ciudad de México. “Debería de tener algún tipo de influencia en el desarrollo de los estándares o en el diseño del algoritmo”.

Por ahora, el sacrosanto algoritmo está fuera de la mesa y, en cuanto a las normas, Facebook solo contempla que el Consejo pueda emitir “recomendaciones”. La empresa mantendrá para sí las riendas sobre los estándares que regulan la eliminación de comentarios controvertidos y que varios activistas han criticado por no estar basados en reglas ampliamente reconocidas. “El lenguaje común no deben de ser los Community Standards, sino un marco de derechos humanos”, opina Vladimir Cortés, de la ONG mexicana Artículo 19.

Más allá de las atribuciones, hay dudas sobre la independencia y la selección de sus miembros. Según el borrador, Facebook elegirá a los cuarenta primeros, que servirán a tiempo parcial por un periodo de tres años, en función de criterios todavía vagos como la “diversidad de conocimientos y perspectivas” —no se menciona, por ejemplo, la igualdad de género—. En cuanto a su financiación, Facebook está considerando crear un fondo fiduciario independiente, después de que expertos expresaran su preocupación sobre un modelo de financiación directa.

Los mismos responsables de Facebook reconocen que el Consejo no es una panacea, sino la punta de una pirámide mucho mayor en cuya base están los revisores de contenido. Estos son los peones encargados de valorar cada comentario polémico y de decidir si se mantiene o se elimina. Son apenas 14.000, distribuidos en unos 20 países y reciben formación sobre cientos de directrices que cambian constantemente.

Pese al crecimiento del número de revisores, el doble que hace un año, la red sigue quedándose corta. Según un reportaje reciente del New York Times, estos empleados subcontratados se enfrentan a jornadas extenuantes en las que tienen que abordar hasta 1.000 casos. Rosen matiza ese extremo: “No fijamos objetivos; si necesitan más tiempo, lo pueden tener”. Además, señala, los avances tecnológicos permiten afinar cada vez más la detección de mensajes controvertidos y eliminarlos sin necesidad de mano de obra. Aun así, se siguen dando acciones contradictorias; algunas veces se eliminan mensajes inofensivos, y otras se dejan publicaciones como la retransmisión en vivo del terrorista que asesinó recientemente a 50 personas en una mezquita de Nueva Zelanda. 

El Consejo, la punta de lanza del nuevo sistema de vigilancia, puede ser la última oportunidad de Facebook. Hay voces poderosas, como la del cofundador de la compañía Chris Hughes, que han llamado a la creación de una agencia gubernamental independiente encargada de regular el contenido. “Puede que acabe siendo así”, reconoce Rosen, “pero nosotros tenemos un calendario muy ambicioso y no estoy seguro de que el Gobierno pueda levantarse tan rápido”.


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El sacerdote portugués que se ha metido a modelo

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Si pensamos en párrocos, lo primero que nos viene a la cabeza no son posados sin camiseta en redes sociales ni festivales nocturnos de música. Ricardo Esteves es, definitivamente, un caso aparte. Este sacerdote portugués de 36 años residente en la localidad de Valença do Minho, limítrofe con Galicia, acumula más de 7.000 seguidores en su cuenta de Facebook gracias a sus publicaciones y sus trabajos como modelo, poco comunes en alguien que lleva 10 años impartiendo misas en distintas parroquias, aunque el dinero que recauda con su actividad como modelo lo destina a fines benéficos.

De hecho, cuando en su anterior localidad recibieron la noticia de que Esteves iba a ser trasladado a la diócesis de Valença, cerca de 200 personas se concentraron al grito de «¡Quédate!». También se recogieron más de 700 firmas para evitarlo, a iniciativa del grupo de jóvenes de una de las parroquias.

Su última aparición es en el videoclip de una banda local que versiona Pretty Woman, donde el sacerdote sale vestido de Cupido para animar a la gente a enamorarse. El vídeo, publicado el 10 de diciembre, acumula más de 50.000 visitas. 

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Cuando el bulo eres tú. Nuestra falta de criterio alimenta las ‘fake news’

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un reportaje de Manuel Viejo sobre el auge de Vox y no puedo liberarme, durante el resto del día, de la curiosa impresión de haberlo leído antes. El reportaje es un breve viaje alucinado a las razones ajenas, donde por razones debe entenderse emociones: las emociones por las cuales un pueblo más bien acomodado, con buena renta y ningún problema ligado a la inmigración, le da su voto a un grupo xenófobo y misógino (por no hablar de otras esdrújulas).

Uno de los entrevistados saca el móvil, busca un grupo de WhatsApp y pone la voz de un inmigrante que “ha venido a España para cobrar todas las ayudas posibles”; cuando el periodista le pregunta por qué sabe que la voz es la de un inmigrante, el hombre responde: “Porque es así”. Una de las entrevistadas dice que la televisión le aburre y sólo se informa por Facebook; dice que no le gustan las ideas de Vox sobre las mujeres, pero que “hay mogollón de denuncias falsas de violencia de género”; y cuando el periodista le pregunta cuánto es mogollón, la mujer responde: “Tengo un caso que conozco”.

Y entonces, de repente, recuerdo dónde lo he leído antes. Lo he leído en Colombia, en Brasil, en Alemania. En Colombia, durante los días previos al crucial referendo sobre los acuerdos de paz, las noticias de Facebook aseguraban que los acuerdos buscaban secretamente adoctrinar a los niños en la ideología de género. En Brasil, un grupo de WhatsApp acusó a Fernando Haddad, oponente de Bolsonaro, de querer distribuir biberones en forma de falo para contrarrestar la homofobia. En Alemania, informaciones publicadas en Facebook sugirieron que el Estado pagaba más a los refugiados sirios que a los parados autóctonos, y Alternativa para Alemania llegó al Bundestag cabalgando sobre ese resentimiento.

Ahora mismo recuerdo casos similares en Costa Rica, en el Reino Unido, en la India, y me digo que todos hemos hecho ese viaje a la república del «Porque es así», del «Tengo un caso que conozco». Es uno de los rasgos más fascinantes de este mundo feliz que nos ha tocado: el momento en que el ciudadano decide apagar el criterio y abandonarse gratamente al pensamiento de manada, a la falsedad que mejor arrope sus prejuicios.

En Sobre la tiranía, un manual de autodefensa para navegar por los autoritarismos de la era de Trump, Timothy Snyder dedica varias páginas a las maneras sediciosas en que los ciudadanos nos hemos convertido en enemigos de nuestras democracias, millones de candidatos manchurianos que vamos minando, sin saberlo, todo lo que hace posible eso que llamamos convivencia. El libro es un memorando sobre la fragilidad de nuestros contratos sociales, siempre imperfectos, pero sus momentos más pertinentes llegan cuando discute la precaria relación que tenemos con la verdad.

Quizá sea un síntoma de nuestro tiempo descoyuntado el que sus consejos nos parezcan básicos: “Evite pronunciar las frases que pronuncia todo el mundo”. “Llegue a sus propias conclusiones”. “Responsabilícese de lo que comunica a los demás”. En algún momento cita a Hannah Arendt: “No importa cuán grande sea el tejido de falsedades que pueda ofrecer un mentiroso experimentado, nunca bastará, ni siquiera con la ayuda de ordenadores, para cubrir la inmensidad de los hechos”. Pero dice Snyder: “La parte sobre los ordenadores ya no es verdad”.
En cuanto a los hechos, ya casi cualquiera los puede cubrir.

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Amazon tendrá oficina en Nueva York, más pequeña y sin incentivos fiscales

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Amazon tendrá nueva oficina en Nueva York. Será en el barrio de Hudson Yards, en Manhattan. Y no recibirá incentivos fiscales locales ni estatales. El anuncio se hace diez meses después de que Jeff Bezos renunciara a establecer su segundo campus corporativo en Queens por la fuerte oposición local. Facebook también eligió hace un mes el flamante complejo de negocios a orillas del río Hudson para ampliar su presencia en la ciudad de los rascacielos.

La oficina de Amazon abrirá en 2021 y tendrá capacidad para acoger a más de 1.500 empleados, según informó la compañía este viernes. Será, en todo caso, considerablemente más pequeña que la sede corporativa que tenía prevista construir desde cero en el barrio de Long Island City, otra de las zonas de mayor crecimiento en Nueva York. Aquel proyecto, conocido como las siglas HQ2, contemplaba dar empleo a hasta 25.000 personas cuando estuviera finalizado.

El gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, se implicó de lleno en conseguir que Amazon se estableciera en Queens. Era de las pocas cosas, además, en las que coincidía plenamente con el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio. Lo que no anticiparon era la fuerte oposición de los líderes locales y estatales, que criticaron los generosos incentivos fiscales que se ofrecieron a la compañía para establecer su segunda corporativa sede en Queens.

Cuomo indicó que la presencia de Amazon en la ciudad iba a generar unos 27.000 millones de dólares en ingresos. El monto de los incentivos, sin embargo, rondaban los 3.000 millones. Los críticos con el plan original, entre los que se encontraba la congresista Alexandria Ocasio-Cortez, calificaron la decisión como una “negligencia gubernamental”. Bezos, ante tanta tensión, optó en febrero por revertir sus planes, incapaz de calmar los ánimos.

Amazon, sin embargo, no renunció por completo a Nueva York y dejó abierta la puerta a hacer nuevas contrataciones para seguir creciendo en una ciudad que gana en atractivo para las tecnológicas. La atención de la compañía se dirigió en ese momento a los nuevos rascacielos que se alzan en el lejano oeste en Manhattan, como se conoce a la zona de Hudson Yards. Las nuevas oficinas del gigante tecnológico ocuparán 31.100 metros cuadrados de espacio.

La compañía de comercio electrónico no ofrece más detalles. Lo que está claro es que vaya a recibir incentivos fiscales. Amazon ya cuenta con 8.000 empleados en la ciudad de Nueva York, principalmente relacionados con sus centros de distribución logística. Las nuevas oficinas estarán destinadas a personal administrativo y para los equipos de publicidad y departamento de consumo. Será vecino en el nuevo barrio de compañías como L´Oreal y Wells Fargo.

Otras tecnológicas

Amazon no es la única gran tecnológica que se establece en Hudson Yards. El complejo de oficinas y residencias forma parte un proyecto inmobiliario de 25.000 millones de dólares que se concibió en la etapa de Michael Bloomberg como alcalde y que se inauguró en marzo. Facebook firmó el mes pasado un contrato de arrendamiento para ocupar 30 pisos repartidos en tres edificios. La mudanza en su caso empezará ya a lo largo del próximo año.

La red social creada por Mark Zuckerberg ya tiene una oficina en Manhattan, cerca de Astor Place y de la Universidad de Nueva York. La compañía no especificó cuántos empleados acogerá, aunque podría llegar a los 14.000 combinado con otras sedes. Solo se indicó que el contrato de alquiler incluye ocupar 140.000 metros cuadrados en el 50 Hudson Yards, a los que se suman 24.600 metros cuadrados en el 30 Hudson Yards y 5.300 metros cuadrados en el 55 Hudson Yards.

Al hablar del proceso de expansión que tiene en marcha en la ciudad de Nueva York, desde Facebook se consideró importante que el nuevo espacio de oficinas estuviera situado “en el corazón de una comunidad vibrante que ofreciera acceso a las artes, la cultura, los medios y el comercio”. Hudson Yards cuenta con un nuevo centro comercial de lujo y un centro cultural que funciona a la vez como teatro y museo. También priman la red de transporte.

Google, por su parte, tiene planes más ambiciosos incluso. Está en proceso de duplicar su presencia en Manhattan, hasta los 20.000 empleados. En su caso negocia desde hace meses ocupar el edificio de la Terminal St. John en el West Village, más próximo a la sede que ocupa desde hace años en Chelsea. Ahí la filial de Alphabet acaba de adquirir además por 2.400 millones el edificio de las galletas Oreo, donde está también el popular Chelsea Mark.

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