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Vida

Julio Iglesias: “Poder seguir cantando es un milagro en mi vida”

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El cantante de 75 años que inicia un gira por Europa no contempla la retirada pese a sus problemas de salud.

A los 75 años, Julio Iglesias no puede correr y ya no puede jugar al fútbol. Pero aún puede cantar tras 50 años subido a los escenarios. «Esto es un milagro en mi vida «, asegura el cantante en declaraciones a la agencia Reuters. El croonerespañol arranca el tramo europeo de sus actuaciones en Amberes el próximo sábado. A lo largo de su carrera ha vendido más de 300 millones de discos en 14 idiomas. Aún así está dispuesto a lograr nuevas metas. «Todavía tengo la pasión en mi corazón. Si no canto, mi corazón no late tan fuerte … Cincuenta años en la carretera, de China a Finlandia, es un milagro «.

El cantante español después de todos estos años asegura que todavía siente emoción cuando debe enfrentarse al público. «El sentimiento es el mismo. Cierras los ojos y estás en el escenario y tú sientes ese calor de la gente», dijo. «Soy un artista que está agradecido al 1.000% con la gente.  Pertenezco a la gente hasta que muera «, agregó.

La gira está diseñada para que el cantante pueda descansar entre concierto y concierto por sus problemas de espalda que en ocasiones le obligan a actuar sentado. En una reciente entrevista con Televisa admitía: «La retirada, para mí, está ligada a la muerte psíquica. La física es gravísima, pero la psíquica es morir en vida». “Cuando era joven pensé que la vida era para siempre. Que podía pararla”, dijo también a EL PAÍS el pasado 2 de octubre en Dubái durante un concierto.

Después de pasar parte del verano trabajando en Europa, Iglesias regresará a Estados Unidos para otros conciertos en septiembre. Alternará sus actuaciones con visitas a su finca de Ronda en Málaga donde se instalará con gran parte de su numerosa familia.

El pasado mes de mayo Julio Iglesias debía de haber estado presente en la entrega de un Grammy honorífico a toda su carrera pero no se presentó. «Me encantaría estar ahí. Muchas gracias a todos los miembros de la Academia de la Grabación por este hermoso regalo».  Y añadió: «No nací para ser músico. Nací para jugar al fútbol (…). Y, de repente, tuve un accidente terrible y casi quedé parapléjico. Entonces me dieron una guitarra y esa guitarra cambió mi vida por completo», afirmó el cantante en su vídeo en relación al comienzo de su trayectoria artística en la década de los años 60. «Para esa gente que ha tenido ese tipo de situaciones trágicas en la vida, no os rindáis jamás: la vida es siempre una oportunidad», aseguró. 

Su ausencia provocó una cierta alarma sobre su estado físico. En los últimos meses, Iglesias ha presentado problemas de movilidad que le han obligado a reprogramar algunas de sus actuaciones y a limitar sus apariciones públicas. Según la página web del cantante estará en Helsinki el día 12, el día 15 en Róterdam, el 18 en Varsovia y el 29 en Portugal.

El pasado 3 de abril, Iglesias ofreció un polémico concierto en Ciudad de México, donde hacía seis años que no actuaba. Allí fue criticado por los problemas de iluminación del Auditorio Nacional, que impedían verle con claridad y que provocó que se tropezara y cayera en el escenario. Pero también hubo críticas a las dificultades con el sonido que impedían escucharle. Ante los gritos del público y algo molesto, afirmó desde la silla en la que dio la mayor parte del recital: «Es que cuando alguien está hablando, los demás deben guardar silencio. Yo escucho de maravilla», como recogía Milenio.

El intérprete lleva una vida bastante alejada de los focos, aunque sigue presente en las revistas del corazón debido a la demanda de paternidad que en 2017 presentó su supuesto hijo, Javier Sánchez Santos. Asunto sobre el que no se ha pronunciado.

El martes, el juez de Valencia José Bort ha declarado ilícita la prueba de ADN que presentó junto a la demanda y que supuestamente probaba el parentesco, al haber invadido el derecho a la intimidad de otro hijo del cantante, Julio José, que fue seguido y espiado en Miami por dos detectives sevillanos, algo que no considera aceptable al no formar parte del proceso. Pero al mismo tiempo el magistrado ha rechazado la petición de Iglesias de que el asunto fuera archivado con el argumento de que ya había sido examinado y rechazado por los tribunales, y ha señalado para el 4 de julio la celebración del juicio.

Vida

Un ex científico de la NASA cree que ya se descubrió vida en Marte en los 70

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¿Qué pensaría usted si le encargaran uno de los experimentos científicos más importantes de la historia, se saldara con aparente éxito y, a continuación, los resultados fueran descartados? Así le pasó al excientífico de la NASA Gilbert Levin, cuyos instrumentos detectaron en 1976 lo que parecía ser vida en Marte. Pero el hito se fue desinflando… hasta quedar en nada.

Levin, investigador principal del experimento para detectar vida en la misión Viking, aún sigue convencido de que no sólo hay microorganismos en el planeta rojo, lo que sería compatible con todo cuanto sabemos hoy de Marte, sino que sus instrumentos lograron ya detectarlos hace más de cuatro décadas.

Los resultados positivos del detector de vida de las Viking, llamado Labeled Release (LR), fueron descartados por la NASA y la comunidad científica por no resultar concluyentes. Sin embargo, Levin argumenta que no hay ninguna explicación definitiva sobre por qué el experimento arrojó esos resultados, por lo que él sigue pensando que lo que detectó fueron realmente trazas de vida.

«Estoy convencido de que encontramos vida en Marte», ha titulado el científico un provocador artículo de opinión publicado en la revista divulgativa Scientific American, en el que lamenta que la NASA no haya vuelto a enviar detectores de actividad biológica en sus posteriores misiones al planeta. Levin critica que el próximo vehículo de exploración, el ‘Mars 2020‘, tampoco vaya a portar ningún instrumento como el empleado en el programa Viking.

«El 30 de julio de 1976, el LR envió sus resultados iniciales desde Marte. Sorprendentemente, eran positivos», señala Levin en su opinión, de la que se ha hecho eco la CNN. «Parecía que habíamos respondido a la pregunta definitiva«.

La NASA ha logrado en las últimas décadas importantes descubrimientos sobre las posibilidades de vida pasada y presente en Marte. Sin embargo, tal y como recuerda Levin, no ha vuelto a realizar un experimento como el suyo, en el que se intente detectar directamente la presencia de microorganismos vivos.

«Inexplicablemente, en los 43 años transcurridos desde la Viking, ninguna de los subsiguientes vehículos en Marte ha llevado un instrumento de detección de vida para continuar estos emocionantes resultados», lamenta Levin, cuyos análisis se inspiraron en la «simplicidad» de los pioneros hallazgos de Louis Pasteur en 1864.

RASTROS DE METABOLISMO

El instrumento LR inoculó en muestras de suelo marciano una solución con nutrientes, con el objetivo de comprobar si algún tipo de vida microscópica consumía el ‘alimento’ y dejaba un rastro de actividad metabólica. Curiosamente, los sensores sí registraron actividad, aunque el consenso científico posterior apuntó a que provenía de otra clase de reacciones químicas, en las que la vida no estaba involucrada.

Pero Levin, al igual que su colega en el LR, Patricia Ann Straat, siempre ha defendido que la explicación más consistente con los datos sigue siendo la presencia de microorganismos. «¿Cuál es la prueba contra la posibilidad de vida en Marte? El asombroso hecho es que no hay ninguna», señala el científico en su artículo.

Una afirmación que, independientemente de la interpretación que se haga de los resultados de la Viking, podría suscribir hoy cualquier experto de la NASA. No en vano, la misión Mars2020, que despegará en julio del año que viene, tiene como objetivo declarado «responder a preguntas clave sobre el potencial para la vida en Marte«.

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Casi todas las cosas que nos preocupan no ocurrirán jamás

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Las consecuencias del cambio climático, cobrar la nómina a final de mes, reservar la casa rural para el puente antes de que esté ocupada, la cantidad de azúcar en el bote de tomate frito, el Brexit, si el mosquito tigre que no me deja dormir me transmitirá alguna enfermedad, si crío bien a mis hijos, si tendré cáncer alguna vez, si tendré un accidente con la bicicleta al dar un paseo… La lista de preocupaciones en el día a día puede ser enorme. Los Y si… son infinitos, los hay para todos los gustos y pueden llegar a colapsar tanto nuestra atención que al final quedemos paralizados. Creemos que, sí o sí, muchas de ellas van a pasar y nos sentimos indefensos, perdidos. Pero no hay que alarmarse: la inmensa mayoría de las cosas que nos preocupan jamás ocurrirán.

Preocuparse es humano. Estamos programados para ello, para anticiparnos a los peligros y ser capaces de generar un plan B, en caso de que lo que nos da miedo que pase termine ocurriendo. Pero la estadística está de nuestra parte. Un estudio de la Universidad Estatal de Pensilvania refleja que, de media, el 91 por ciento de las preocupaciones de las personas no se hacen realidad. La investigación se ha realizado con una treintena de personas que sufren trastorno de ansiedad generalizada, quienes escribieron en un papel todo lo que les preocupaba durante un mes. A algunos sujetos del estudio no vieron que se hiciera realidad ni una de sus preocupaciones. El objetivo del trabajo era demostrar que los temores a corto plazo son inválidos, lo que reduce la ansiedad. Y mejora la salud. «Una mayor evidencia de la inexactitud [en las preocupaciones de los sujetos estudiados] predijo una mejora superior en el tratamiento», indican los autores de la investigación, Lucas La Freniere y Michelle Newman.

Para el psicoterapeuta Luis Muiño, los resultados se podrían atribuir a casi cualquier persona de la sociedad occidental. El especialista anima a que cada cual haga el experimento: que se pregunte qué cosas le preocupan más, qué acontecimientos previstos le dan más miedo y que, un año después, compruebe cuántas se han cumplido. «El cálculo típico es que el 90% no ocurren nunca», asegura. El resultado se parecerá mucho a lo que el pensador estadounidense Earl Nightingale dijo en los años cincuenta del siglo pasado: el 40% de lo que nos preocupa jamás ocurrirá, el 30% es pasado por lo que las preocupaciones no lo podrán cambiar; el 12% son preocupaciones innecesarias sobre nuestra salud y el 10% son pequeñas e inconexas. Con estos datos, apenas nos queda un 8% de preocupaciones legítimas a las que debemos prestar atención. Menos de una de cada diez.

El mundo más seguro es el que más inseguridades tiene

El psiquiatra norteamericano William Samuel Sadler describió la preocupación como una «incapacidad para relajar la atención» sobre algo que nos produce miedo. No todas las personas se preocupan por lo mismo ni en la misma medida, pero a todos nos inquieta algo. Y la preocupación no es buena ni mala por sí misma. De hecho, es una capacidad que nos ha permitido llegar hasta aquí. «Sin el estrés, la alerta o la preocupación ante una amenaza no hubiéramos sobrevivido. Es algo que tienen todos los animales y, claro, nosotros también», dice Guillermo Fouces, doctor en psicología y coordinador de Psicología Sin Fronteras. El especialista indica además que el estrés ante un examen, hablar en público o una cita es bueno, ayuda a activarnos, a estar alerta. Pero se convierte en negativo cuando va más allá, cuando magnificamos problemas que no lo son y hacemos un mar de una simple gota de agua. «También cuando creamos una amenaza inventándola mentalmente». Así es, por ejemplo, como puede arrancar un trastorno obsesivo compulsivo: una persona puede pasar de simplemente prestar atención a su salud y lavarse las manos antes de comer a terminar haciéndolo 500 veces al día.

Preocuparse mucho por demasiadas cosas nos hace estar alerta todo el tiempo, y eso puede derivar en ansiedad y otros problemas como el trastorno de ansiedad generalizada. No preocuparse por nada, en cambio, acaba en depresión. Además, no todo está en nuestras manos. «La clave es responder ante cada preocupación con la medida justa», subraya Francisca Expósito, catedrática y decana de la Facultad de Psicología de la Universidad de Granada. Según cuenta, la preocupación nos prepara para actuar porque aumenta el nivel de adrenalina y ayuda a enfrentarnos a las cosas. «Es una respuesta adaptativa», insiste. Expósito también explica que la cantidad de información que recibimos hoy en día ayuda a incrementar las preocupaciones: leemos decenas de artículos sobre éxitos y fracasos, comida saludable, crianza de los hijos, vida social, los mejores restaurantes, dinero, relaciones de pareja… «El ser humano tiene la necesidad de controlar el mundo que le rodea. Si escuchamos algo grave lo ponemos en situación, comparamos si nos puede pasar, nos planteamos si lo estamos haciendo bien», explica la docente. Todo ello genera mayor preocupación.

«La paradoja es que, en el mundo más seguro que jamás ha existido, sintamos inseguridades permanentes», subraya Guillermo Fouces, quien destaca la importancia del que el pensador polaco Zygmunt Bauman denominó miedo líquido. Es decir, el producido por aspectos como la crisis o los mercados financieros y otros muchos conceptos que no son tangibles, que se pueden escapar a nuestro entendimiento. «Ahí no podemos estructurar la manera de responder. Y eso es aún peor», añade Fouces, quien que cree que, cuando no nos inventamos las amenazas, otros lo hacen por nosotros. «Los moralizadores siempre han estado ahí», insiste el psicólogo Luis Muiño. Sin embargo, él opina que es muy difícil comparar el miedo del ser humano en los diferentes momentos históricos. «Creo que el nivel de ansiedad durante toda la historia de la humanidad ha debido de ser muy similar», afirma Muiño.

El especialista destaca que lo que marca la diferencia en la actualidad es que el ser humano, al menos en Occidente, exige más de su salud mental, quiere estar menos preocupado y disfrutar más. El nivel de autoexigencia es mayor. Muiño también achaca la ansiedad a los dogmas que, si un día pudo ser la iglesia, ahora puede ser la gastronomía. Es decir, querer lo que otros muestran en sus perfectos perfiles de Instagram también genera preocupaciones: «Pero claro, hay que darse cuenta de que esa gente no sube imágenes cuando va a una hamburguesería o se come cualquier cosa para cenar». Las redes sociales (donde no toda la información es buena), además, son solo uno de los muchos estímulos que respondemos a la vez: una conversación por WhatsApp mientras mantenemos otra en persona, las noticias en televisión, el pensamiento sobre qué cena cocinar, la fiesta del fin de semana…

«Hay que ocuparse, no preocuparse»

«Preocuparnos excesivamente por cosas que tienen solución destruyen la felicidad y cualquier oportunidad de éxito», añade Francisca Expósito. «Por eso lo importante no es tanto preocuparse, sino ocuparse», añade la decana de la Facultad de Psicología granadina. Y ocuparse significa relativizar, racionalizar lo que se piensa y cerrar preocupaciones. Desgranar lo importante de lo que no, lo urgente de lo que no. Eliminar peso de la mochila. Porque al no tener cosas pendientes y poder pasar página, se afronta la vida de una mejor manera.

¿Pero cómo se consigue? Hay varias fórmulas válidas, desde escribir las preocupaciones un día y leerlas al día siguiente (para ver que no eran tan importantes) a sentarse una hora concreta del día a pensar en todas ellas. «A muchas personas les resulta más fácil olvidarse de una preocupación si se han otorgado un momento y un lugar específicos para recuperarlo», dice Leahy en su obra The Worry Cure. Otra opción es afrontar los miedos desde la experiencia. Ya sea subiendo a una altura para quien tenga vértigo, paseando por la playa para comprobar lo complicado que es que te caiga un rayo (aunque conviene tener ciertas precauciones durante una tormenta) o comiendo un día pasteles para entender que por sí solos no van a acabar con tu salud si mantienes una dieta equilibrada. «Hay que ser responsables, pero también vivir la vida con ciertos deslices. Hay que preocuparse, pero no siempre ni por cualquier cosa. La vida es contraste, no todo es perfecto ni todo es malo», concluye Expósito.

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Vida

Tener hijos te hace más feliz, pero hay que esperar 30 años para notarlo

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La paternidad es un buen motivo para sonreír a la vida, pero no mientras los niños vivan en casa. Es lo que se deduce de una investigación dirigida por el profesor Christoph Becker, de la universidad alemana de Heidelberg, que ha visto la luz en la revista PloS One. Teniendo en cuenta que en España la costumbre es que las criaturas continúen bajo las faldas de mamá y papá hasta bien entrados los 30, o nos trasladamos a países como Dinamarca, donde los nidos se vacían alrededor de los 20, o hacemos acopio de paciencia.

El estudio analizó la carga económica, afectiva y social de la paternidad, así como la importancia de la prole cuando es adulta en personas de 16 países diferentes, mayores de 50 años, que valoraron su bienestar emocional. La impresión fue unánime: las personas con hijos independientes se deprimen menos y tienen mayores probabilidades de alcanzar una estabilidad económica. Además, duermen más plácidamente, disponen por fin de tiempo libre, los gastos disminuyen y tienen menos responsabilidades. Son factores que, de acuerdo con Becker, cuentan cuando se habla de felicidad.

Para Raúl Santos García, psicólogo y psicoterapeuta, los resultados son los propios de la sociedad actual del espectáculo, la cultura del narcisismo y unos tiempos líquidos que se relacionan con el individualismo y el debilitamiento de los vínculos. «Los procesos y conflictos durante la crianza -explica- son estresantes. Nos comprometemos en su educación y en la formación de su identidad, lo cual supone un acto de amor que chirría con nuestra cultura contemporánea. La cultura del rendimiento, del ideal de perfección y del placer inmediato ha hecho eco en las relaciones familiares», opina.

Lo cierto es que el asunto trae de cabeza desde hace tiempo a los investigadores, y no parece que haya posibilidad de consenso. Si tomamos como referencia una revisión de varios trabajos publicada en la revista Psychological Science, está claro que la paternidad y la maternidad son la mejor ruta hacia la felicidad. «Las personas con hijos experimentan una mayor cantidad de emociones positivas y encuentran en ellos el significado de la vida», aseguran sus autores. Pero los profesores Mikko Myrskylä y Rachel Margolis disponen de datos en los que la balanza se inclina a favor de la tesis de Becker. Su investigación determinó que tener descendencia es peor que un divorcio o estar en el paro.

El propósito de esta pareja fue llegar hasta el fondo de las causas de la baja natalidad en los países desarrollados donde, por cierto, suele decirse que se desean más hijos que los que realmente uno acaba queriendo. Al comparar el nivel de satisfacción con la vida tres años antes y dos después de tener hijos, vieron que caía de forma drástica, sobre todo por la dureza de la crianza en los primeros años. Ya se sabe, agotamiento, insomnio, depresión y aislamiento social… Eso sí, si, como dice Becker, todo son parabienes una vez los hijos han crecido, aún falta que la prole entienda que el nido está hecho para volar.

¿Y qué pasa si vuelven?

Según los últimos datos del Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España, el 81 % de los jóvenes entre 16 y 29 años siguen en casa, guardando a buen recaudo las llaves del paraíso prometido que supuestamente espera a sus progenitores. Y la tendencia es que el mismo porcentaje se prolongue hasta los 34. En países como Suecia, Dinamarca, Luxemburgo y Finlandia, los jóvenes dejan el hogar familiar al cumplir los 20, de acuerdo con los últimos datos de Eurostat.

Por sacarle un aspecto positivo a la independencia tardía, el psicólogo Esteban Cañamares dice que hay más tiempo para pensar cómo se va a reconstruir el hogar. Pero nada de convertir sus dormitorios en vestidores, trasteros o despachos, porque la situación es reversible. En cuanto el bolsillo flojee, los hijos no dudarán en regresar al hogar familiar, según una pauta que se viene observando desde 2008.

Son generaciones en las que, según Santos García, la prioridad es la libertad de elección. «Se trata de individuos que no toleran las frustraciones y tienden a la inmediatez y a la búsqueda incesante del placer. Están preparados para la consecución de deseos a corto plazo ante las constantes seducciones, haciendo que las exigencias y la celeridad sustituyan el ser por el tener. Por eso la depresión y la soledad son síntomas sociales cada vez más pandémicos». Con este panorama, la función parental es camaleónica, especialmente durante la adolescencia, ya que los progenitores deben detectar sus necesidades y apoyarles sin menoscabar su libertad.

El modo de emprender su independencia va a ser el reflejo de su legado afectivo. «Tenemos dos polos opuestos -señala el psicólogo-. Por un lado, aquellos padres que no están disponibles a nivel afectivo ante las demandas filiales. Por otro, aquellos que educan desde su narcisismo, cayendo en el riesgo de la desautorización y del sometimiento por parte del hijo. Entre un extremo y otro, lo bueno sería preservar una asimetría entre progenitores e hijos marcando unos límites desde el amor. Transmitamos que no todo es válido y enseñemos a lidiar con la frustración». Son este tipo de cosas las que revertirán en la edad adulta de nuestros hijos y en el amor que nos transmitan a lo largo de nuestra vida.

Lo importante es cederles las alas de la independencia que, como dice el orador estadounidense Denis Waitley, son el mejor regalo que se le puede dar. «Que echen a volar no significa que se rompa el lazo. Los padres continúan centinelas por si hubiese algún problema. El consejo es ir levantando cimientos que soporten ese hogar cuando el nido se vacía. Cultivar buenas relaciones de amistad fuera del hogar, emprender nuevas tareas, salir a practicar deporte y participar en eventos culturales, políticos o voluntariado», recomienda Cañamares.

No es soledad, sino retiro libre de tensiones

Hay padres que llevan más de 20 o 30 años viviendo por y para sus hijos, por lo que el abandono del nido de sus polluelos, es decir, el distanciamiento físico y emocional, ocasiona un auténtico seísmo que les acarrea tristeza y soledad, según señala Santos García. ¿Qué modo hay de evitarlo, teniendo en cuenta que cada vez este momento nos pilla más arrugados? «La pareja debe escucharse y reacomodarse en sus deseos, necesidades y expectativas tanto individualmente como de relación, pasando a ser nuevamente los actores principales de sus vidas».

Su consejo es dejar de lado el concepto de soledad como pérdida o aislamiento, pues nos debilita a nivel de autoestima y nos hace sentir dependientes (y llega la vejez), y conceptualizarla como retiro, lo que se correspondería con un estado autosuficiente y libre de tensión. «Una adaptación exitosa a la senectud (inherente al hecho de que los hijos son mayores y se van de casa) requiere hacer el duelo, reconocer cierta dependencia y distanciamiento, pero sin perder el apego».

La posición adulta madura sería aquella en la que se ha renunciado a las ataduras de los hijos. «Crecer bien en la vejez -recuerda el psicoterapeuta- no consiste en esforzarse por ser joven, sino que implica la aceptación de uno mismo y de la propia vida como ha sido y como es, con todas sus complejidades, aceptando a los otros con sus aspectos positivos y negativos, asumiendo la pérdida y la incapacidad como oportunidades de nuevas experiencias y de desarrollo».

Aunque tarde en llegar, lo saludable es que esa marcha ocurra. Si ellos se han hecho mayores para irse de casa, los padres también lo son para cambiar el enfoque y, como indica la última investigación, pensar en los beneficios de la nueva situación. Santos García sugiere algunas pautas: «Ser creativos direccionando la energía empleada en los hijos. Expresar los sentimientos, pues no deja de ser un proceso de duelo. Readaptarse a las nuevas necesidades filiales, puesto que nos continuarán necesitando. Darse cuenta de los pensamientos negativos intrusivos que nos estresan y que podemos llegar a transmitir a nuestros hijos generando un sentimiento nocivo y de alejamiento. Practicar deporte o meditación. Viajar con la pareja, buscar nuevas actividades, ampliar el abanico de amistades y compartir tiempo con familia y amigos». En definitiva, mostrar orgullo y felicidad por el ansiado despegue filial.

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