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Vida

Así fue el primer animal que habitó la Tierra

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La vida durante el período Ediacárico (hace entre 635 y 542 millones de años) sigue siendo un misterio para los investigadores. Los fósiles que nos llegan de aquella época corresponden a criaturas que no saben clasificar, con formas extrañas y muy diferentes a las que surgirían más tarde en ese gigantesco ensayo de formas biológicas que fue la explosión Cámbrica. Uno de los seres más intrigantes de este período es ‘Dickinsonia’ – bautizado así en honor de su descubridor, Ben Dickinson-, una criatura ancha y ovalada con su cuerpo dividido en segmentos, que llegaba a superar el metro de diámetro.

El nuevo fósil contiene moléculas de colesterol, un sello distintivo de la vida animal

La dificultad para clasificar a estos seres vivos ha llevado a especular con que Dickinsonia fuera una especie de hongo, una gigantesca protista o incluso un líquen. Ahora, el equipo de Ilya Bobrovskiy ha encontrado las primeras pruebas, obtenidas a partir del análisis molecular, que permitenidentificar a este ser como un animal, lo que lo convierte en el más antiguo encontrado hasta ahora en el registro fósil, con una edad de más de 542 millones de años. De acuerdo con los autores del trabajo que se publica este jueves en la revista Science, estas formas de vida del período Ediacárico eran “tan extrañas como la vida en otro planeta”, por lo que clasificarlas a partir de los restos fósiles es especialmente dificultoso. Lo que han hecho los investigadores es identificar una serie de marcadores de hidrocarburos como el esterano que se preservan en muchos fósiles de vida multicelular, y compararlos con el entorno.

“Estos fósiles estaban en medio de acantilados en el Mar Blanco con alturas entre 60 y 100 metros”

El descubrimiento ha sido posible gracias al hallazgo en el Mar Blanco, al noroeste de Rusia, de varios fósiles de Dickinsonia tan bien conservados que contienen moléculas de colesterol, un sello distintivo de la vida animal. El análisis mostró una abundancia de hasta el 93% de estas moléculas en los restos frente al sedimento microbiano circundante donde solo aparecían en una proporción del 11 por ciento. Los autores también analizaron el contenido de ergosteroles, que caracterizan a los hongos, y llegaron a la conclusión de que Dickinsonia pertenece al reino animal.

“Los científicos han estado peleando durante más de 75 años sobre la naturaleza de Dickinsonia y otros fósiles extraños, debatiéndose entre si eran gigantescas amebas unicelulares, líquenes o experimentos fallidos en la evolución de los animales”, asegura Jochen Brocks, autor senior del estudio. “La grasa fósil confirma ahora que Dickinsonia es el fósil de animal más antiguo conocido, lo que resuelve un misterio que dura décadas y que ha sido el Santo Grial de la paleontología”.

Ilya Bobrovskiy recogiendo los fósiles en un acantilado del Mar Blanco
Ilya Bobrovskiy recogiendo los fósiles en un acantilado del Mar Blanco Ilya Bobrovskiy / ANU

Para conseguir este fósil único, Bobrovskiy y su equipo se desplazaron en persona hasta la zona del hallazgo. “Tomé un helicóptero para llegar a esta zona tan remota del mundo – hogar de osos y mosquitos – donde pude encontrar la materia orgánica en los fósiles de Dickinsonia todavía intacta”, explica. “Estos fósiles estaban localizados en medio de acantilados en el Mar Blanco con alturas entre 60 y 100 metros. Me tuve que descolgar con cuerdas por el filo de uno de estos acantilados y cavar grandes bloques de sedimento, tirarlos abajo, limpiar el residuo y repetir este proceso hasta encontrar los fósiles que buscaba”.

Uno de los fragmentos de materia orgánica obtenidos del fósil
Uno de los fragmentos de materia orgánica obtenidos del fósil Ilya Bobrovskiy / ANU

Aunque estudios anteriores basados en la morfología apuntaban a que Dickinsonia podía ser un animal, es la primera vez que se hallan fósiles con residuos de materia orgánica que permiten un análisis molecular que ha sido clave para entender su naturaleza. Para el español José Javier Álvaro Blasco, investigador del Instituto de Geociencias y experto en la vida del Precámbrico, el trabajo publicado hoy en Science tiene un gran valor porque ofrece datos nuevos y muy bien respaldados. “A diferencia de estudios anteriores”, explica a Next, “este estudio no es una sugerencia: ofrece un dato bioquímico avalado por toda la bioquímica conocida en la actualidad”.

En opinión de Álvaro Blasco, la presencia de esteroles de tipo colesterol permite reconocer en los restos orgánicos preservados sobre estos moldes orgánicos, un biomarcador que sólo existe en la actualidad en animales. “De repente, podemos reconocer un biomarcador característico de los animales actuales”, insiste. El resultado del estudio es prometedor, además, porque los biomarcadores abren la puerta a una nueva carrera biogeoquímica relacionada con la búsqueda de los filos más antiguos sin esqueleto. “Profundizar por debajo de la explosión cámbrica requiere de otras tecnologías que exploran más allá de la taxonomía paleontológica”, incide. Quizá, como señalan en un artículo complementario en la revista Science, estamos más cerca de “resolver la historia de los primeros animales» durante periodos que hasta ahora nos resultaban muy difíciles de estudiar.

Vida

“Todo el mundo tiene discapacidad porque nadie es capaz de hacerlo todo”

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Los fines de semana sale con sus amigos a cenar, escuchar música o pasear. Admira al futbolista Leo Messi y es culé de corazón. Aritz Acevedo, de 31 años, más conocido como Moyorz87 (Pamplona, 1987) lleva cuatro años generando contenidos de videojuegos en YouTube mientras lidia con una enfermedad llamada osteogénesis imperfecta o huesos de cristal, que le obliga a estar en silla de ruedas prácticamente desde que nació. Además, es el nuevo fichaje del equipo de eSports Movistar Riders.

De carácter dicharachero y bromista, Moyorz87, que quita importancia a su enfermedad en todo momento, explica que se la diagnosticaron con solo tres meses de vida. “Los médicos pensaban que mi madre me maltrataba porque tenía muchas fracturas”, comenta. Sin embargo, “los videojuegos han sido una manera de desconexión de la vida real en plan guay. Y me han acompañado en muchos momentos para llevar mejor mi discapacidad”, explica.

Moyorz afirma que en un videojuego no hay barreras, que cada uno puede ser quien quiera. Hace cuatro años comenzó a emitir por su canal de YouTube. “Al principio me daba cosilla mostrar mi cara y que me viera todo el mundo en Internet pero mis amigos me decían que si quieres destacar en YouTube tienes que hacer algo diferente y que yo soy único y diferente”, explica.

No todo el mundo se acerca a Moyorz87 de buenas maneras. “Me acuerdo de un comentario: ‘si te veo por Pamplona te tiro de la silla de ruedas’. Al principio tenía miedo, pero tienes que reponerte y seguir. Mucha gente se esconde en el anonimato que te da estar detrás de la pantalla», dice

Tiene claro que siempre hay alguien mejor que uno mismo jugando a videojuegos así que cree que la clave de su éxito viene de que es «un bromista» y se le va «la olla». «Además, no juego mal”, apunta. El youtuber tiene casi 160.000 suscriptores. Con ellos disfruta charlando y hablando de sus experiencias. Está en Twitch (plataforma que ofrece un servicio de vídeo en streaming) desde hace un año y se siente en familia. “Se comparten muchas cosas. Río mucho con ellos aunque, a veces, si hay que llorar se llora.”

Aunque no todo el mundo se acerca de buenas maneras. “Me acuerdo de uno de los comentarios: ‘si te veo por Pamplona te tiro de la silla de ruedas’. Al principio tenía miedo, pero tienes que reponerte y seguir. Mucha gente se esconde en el anonimato que te da estar detrás de la pantalla», dice.

Casi 160.000 suscriptores en su canal de YouTube

El éxito de su canal no fue inmediato. Tardó tres meses en tener 200 suscriptores. Pero cuando alcanzó los 5.000 propuso a sus seguidores que si doblaba el número se teñiría el pelo del color que ellos quisieran, sin llegar a imaginar que meses más tarde había más de 10.000 personas inscritas a su canal y tuvo que teñirse el pelo de rosa. “Si ya me miran poco por la calle, eso es lo que me faltaba”, ironiza. Moyorz asegura que el gran paso de 20.000 a 40.000 suscriptores se produjo por un vídeo titulado “Si yo puedo, tú puedes”, donde enseña al público cómo coge los mandos y cómo juega a pesar de su discapacidad.

El youtuber quiere hacer algo muy especial si llega a los 200.000 suscriptores: “Les preguntaré qué quieren y a ver con lo que me salen, porque son un poco cabrones”, ríe. El generador de contenidos admite que no es malo jugando a Fortnite, Counter Strike y FIFA. Además, ahora está empezando a jugar con el nuevo modo de League Of Legends (LOL).

Aritz Acevedo estudió en un centro de integración en Pamplona. Después fue al instituto y cuando terminó primero de la ESO (con 13 años) tuvo que dejar de asistir por dificultades en su enfermedad. Finalmente, retomó sus estudios y acabó la enseñanza secundaria. Moyorz aprendió a utilizar las nuevas tecnologías en un centro ocupacional de Navarra. “Enseñaban a los chavales a usar las redes sociales y redactar noticias pero me aburrí porque era bastante monótono y quería hacer otras cosas porque no disfrutaba del todo”, señala.

El youtuber se mudó a Dubái durante siete meses en 2018. Su padre encontró un trabajo nuevo y decidió acompañarle. “Me llevé mi ordenador y mi cámara y he seguido emitiendo desde allí”. Moyorz asegura que en Dubái está «lo más del mundo». “Lo más grande, lo más caro y lo más ostentoso, aunque también me llamaban la atención los contrastes: hay zonas de extrema pobreza”, recuerda.

Siempre apoyado por su familia

Ahora vive con su madre porque su padre sigue en Dubái. “Ella se queda conmigo un mes y medio, luego se va con mi padre otro tiempo. Cuando está fuera me quedo o con algún amigo o algún asistente personal que me ayuda”, señala.

Moyorz está muy orgulloso de su familia. Es hijo único y desde que creó el canal, sus padres le apoyaron porque se lo pasaba bien. “Disfrutar con lo que haces es lo más importante”, asegura. Quiere llegar a vivir de ello siempre y sabe que, ahora, en España no es fácil encontrar un buen trabajo “y más para una persona discapacitada”, afirma. Aunque cree que «todo el mundo tiene una discapacidad porque nadie es capaz de hacerlo todo”, añade.

Moyorz valora mucho que los Riders se hayan fijado en su trabajo y cree que es una oportunidad increíble para seguir aprendiendo y avanzando. “Voy a estar como creador de contenidos en su canal de YouTube y en Twitch”. Moyorz demuestra su energía y sus ganas de progresar en cada comentario: “Les he dicho que me apunten a todo porque me gustan todos los juegos. Yo lo que quiero es pasármelo bien”.

El nuevo fichaje de Movistar Riders no sabe dónde estará dentro de 10 años. “Vivo el momento y si tengo que ir a Nueva York, voy (acudirá el viernes 26 de julio a la final de la copa del mundo de Fortnite); si tengo que ir a Australia, pues a Australia, y si me tengo que quedar en mi casa, pues a casa. Lo importante es estar donde se es feliz y ahora mismo soy feliz”, concluye.

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Vida

El efecto del mar, un bálsamo para los sentidos que sana la piel y calma el estrés

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El mar es para los sentidos. Basta posar los pies en la orilla para sentir su inmensidad, que apela a cada uno de ellos desde el momento en que el oleaje rompe contra nuestra fina piel, con una relajante cadencia que recuerda a la de un buen masaje. Podemos verlo, el mar, contemplarlo, escuchar su voz, ahora ronca, ahora sedosa; tocarlo, el mar, acariciarlo mientras se cuela entre los dedos, degustar el salitre que reposa en los labios, aspirar sus aromas. Podemos disfrutar, sin apenas cansarnos, del placer que nos regala, que es, definitivamente, sensorial. A nuestros sentidos les hace falta el mar. El poeta chileno Pablo Neruda expresó, con su delicadeza característica, cómo lo necesitaba: «No sé si aprendo música o conciencia».

No todos podemos firmar la misma frase, pero el sentimiento sí es universal. Y el azul inmenso y profundo no solo relaja. Sus beneficios van desde soltar los nudos del estrés hasta aliviar algunos problemas de la piel. ¿Pero qué tiene el mar que nos atrapa? «Tiene la pureza del aire, el vaivén de las olas y su sonido relajante, la luminosidad del sol, que aumenta la producción endógena de endorfinas, el propio sol, con moderación, y el simple disfrute de unos días de descanso», responde la dermatóloga Anabel Cervera López, presidenta de la Sociedad Española de Mesoterapia Médica.

La psicóloga Violeta Alcocer aporta la razón definitiva por la que el mar se convierte en ese bálsamo infinito para nuestra mente. «La experiencia sensorial de la brisa marina y todos esos elementos mencionados calman nuestro sistema nervioso». Alcocer dice que, como animales que somos, dicho sistema está diseñado para que los estímulos sensoriales del entorno nos den información sobre el contexto en el que estamos, pero también sobre nosotros mismos. «Estar en la naturaleza es para nuestro organismo como unir una llave con una cerradura: toda esa información sensorial la recibimos con extraordinaria nitidez porque la naturaleza es realmente nuestro hábitat». Gracias a la estimulación que produce, conectamos con el exterior y con nosotros mismos.

«En la ciudad -argumenta la psicóloga- es más fácil desconectarnos de la experiencia física porque nuestro sistema nervioso vive la mayor parte de los estímulos como intrusos o irritantes, bloqueando la atención para que no estén tan presentes». En las grandes urbes llega un momento en el que dejamos de ser conscientes del ruido, de las luces e incluso de si tenemos sed, de si estamos cansados o nos duele algo. En el mar, sin embargo, se amplifican esas sensaciones y el efecto es muy beneficioso. «No solo tenemos conciencia de lo que sucede a nuestro alrededor, sino también de lo que nos ocurre a nosotros mismos».

De placer vacacional a cura para el estrés

«El mar tiene muchas voces», decía el escritor T.S. Eliot, y si no las has escuchado es porque para hacerlo se necesita, según Alcocer, acudir a él con curiosidad y mirada de principiante. «La mejor actitud es dejarse sorprender y estar abiertos a encontrar lo extraordinario dentro de lo ordinario. No es tan importante tener grandes planes como darnos la oportunidad de disfrutar de los momentos más sencillos, e incluso de dejarnos llevar por los imprevistos». Alcocer invita a una evasión que nada tiene que ver con otras sensaciones que caducan al instante. Puesto que el mar es para los sentidos, con ellos vamos a recordar, más que con la razón, cada experiencia en ese azul cambiante que parece transformarnos según el estado de ánimo del agua.

El hecho de estar de vacaciones facilita que podamos permitirnos observar y comprender nuestro mundo emocional, sin la urgencia de tener que hacer algo al respecto o intervenir para cambiar nada. «El mar predispone a una mejor gestión de las emociones», indica Alcocer. Quizá por eso «la gente ama el agua», como dice el biólogo marino y activista Wallace Nichols en su libro Blue Mind. La proximidad del agua, según su trabajo de investigación en lugares como Baja California, mejora el rendimiento, aumenta la calma, disminuye la ansiedad e incluso aumenta el éxito profesional. «Estar cerca, dentro, debajo o sobre el agua puede hacerte más feliz, más sano, creativo y mejor en todo lo que haces».

Empeñado en esa unión estrecha entre la neurociencia y los océanos, Nichols propone que en el futuro la contemplación del mar y los seres marinos llegue a ser un método de relajación y una cura para enfermedades causadas por el estrés, que tiene una sombra alargada. En sus estudios se impone uno de los cinco sentidos como ganador implacable: la vista. Asegura que la visión inunda el cerebro con las hormonas del bienestar, como la dopamina y la oxitocina, y apaga los niveles de cortisol, la sustancia que se libera como respuesta al estrés. Por otra parte, el mar es capaz de cortar la rumiación de esos pensamientos negativos que vuelven una y otra vez de manera obsesiva.

Los efectos para el tacto, y para sanar la piel

La dermatóloga Anabel Cervera aconseja el agua del mar en todas aquellas enfermedades con un componente psicosomático y en aquellas en las cuales hay un aumento patológico del espesor de la capa córnea de la piel,como la psoriasis. «No olvidemos que la sal marina reseca la piel, provocando una cierta exfoliación similar a un ‘peeling’ superficial; otras como la dermatitis atópica también mejoran, pero en este caso es más el efecto inmunosupresor del sol que del propio baño de mar».

Por su composición, rica en cloruro de sodio (35 gramos por litro), magnesio, potasio, calcio, bromo y otros elementos químicos, se le atribuyen efectos antiinflamatorios y bactericidas, además de propiedades hidratantes rejuvenecedoras, exfoliantes y otros muchos beneficios terapéuticos. No obstante, son transitorios y en ocasiones provocan efecto rebote cuando finalizan las vacaciones y se vuelve al ritmo cotidiano de vida, según advierte la dermatóloga.

No temas. Por mucho que así sea, los casi 8.000 kilómetros de litoral de España, el destino más atractivo para el 63% de los españoles, es la mejor sugerencia para deleitar a nuestros sentidos. La clave para hacerlo es, según los expertos consultados, encontrar el término exacto entre el exasperante sosiego de las vacaciones, las cañas, tapas y el brusco desafío de emociones y experiencias físicas. Si te estresas, mira el mar.

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Vida

Por qué la gente de clase alta se cree más competente de lo que realmente es

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«Piensa que puedes, y podrás» es uno de los mantras más repetidos de los últimos tiempos, uno que ha permitido llenar hojas de libros de autoayuda, invitándonos a intentarlo y a mantener un espíritu positivo, sea cual sea el objetivo final. Todo es posible; está en tu mano… o quizá no. Porque el ecosistema social en el que nacemos y nos criamos, así como la posición que ocupamos en la cadena trófica es determinante a la hora de definir el éxito de la mayoría de las personas. Ahora también lo es el grado de confianza en nosotros mismos y en nuestras posibilidades, que, según un nuevo estudio, no nace precisamente de la lectura de literatura de autoayuda.

Es la conclusión a la que ha llegado un equipo de investigadores en un nuevo último estudio, recientemente publicado en la revista científica Journal of Personality and Social Psychology. Su trabajo apunta no solo que los individuos de clase alta tienden a subirse a la parra de la autopercepción y muestran un envidiable «exceso de confianza» incluso cuando sus habilidades o conocimientos no superan a los de la media, sino que esos altos niveles de estima propia son, a su vez, percibidos como mayor competencia por el resto de la gente, completándose así un círculo virtuoso que los impulsa más alto en la escala social.

Para ratificar su tesis, el equipo formado por Peter Belmi (Universidad de Virginia), Margaret Neale (Universidad de Stanford) y David Reiff y Rosemary Ulfe (LenndoEFL, Singapur) hizo varios experimentos. El primero analizó el comportamiento de más de 150.000 dueños de pequeñas empresas en México durante el proceso de solicitud de un préstamo. Su clase social se midió teniendo en cuenta sus niveles educativos y de ingresos, y pidiéndoles que se situaran en una escala en comparación con otras personas de su país. Después, los científicos los sometieron a un test de memoria −aunque la tarea estaba diseñada para predecir en qué medida la persona fallaría a la hora de devolver el crédito− y se les solicitó, además, que valoraran su desempeño en comparación con otros participantes. El resultado fue esclarecedor: los empresarios de clase más alta obtuvieron mejores resultados pero no a un nivel tan alto como habían imaginado.

La elevada confianza en sus capacidades que demostraron estos sujetos fue corroborada por un segundo experimento, en el que participaron 230 estudiantes de la Universidad de Virginia, en Estados Unidos (EE UU). En este caso, la clase social se midió contemplando cómo se veían con respecto a otras personas en Estados Unidos, y los ingresos y la educación de sus padres. A todos ellos se les propuso jugar a una especie de trivial. Los procedentes de un estrato social más alto no lograron mejores resultados que sus pares de origen humilde, aunque sus privilegiadas mentes no admitían discusión sobre su vasto (en este caso fue realmente basto) nivel de conocimiento.

Una autoconfianza que se mama desde la cuna

El nuevo estudio no es el primero que se centra en este análisis de las clases sociales. Diversas investigaciones previas confirman que las personas de clase social más alta tienden a puntuar alto en autoestima y narcisismo, piensa con más frecuencia que tiene poder y control sobre las situaciones, y se considera mejor que la media. Unas joyitas: el yerno ideal o el cuñado sabelotodo, depende del prisma con que lo miremos. Pero ¿cuál es el motivo exactamente? ¿Qué tiene que ver con esto la clase social?

Los investigadores apuntan a que esa seguridad supina en uno mismo está relacionada con su deseo de perpetuar la posición, pero que no es la única causa. «La gente de mayor estatus tendrá que enfrentarse a menos desafíos a lo largo de su vida, lo que hace que tengan mayor confianza en ellos mismos. Nos atribuimos nuestros logros, a menudo obviando aquellas otras circunstancias que nos han llevado a esos éxitos», asegura David Dunning, autor de otra investigación sobre cómo funciona y se configura el exceso de confianza. El profesor de psicología de la Universidad de Michigan, en EE UU, no cree que existan rasgos de personalidad característicos de cada clase social, y prefiere centrarse en las desventajas y ventajas asociadas a cada estrato. Estas diferencias son a menudo invisibles: sobrevaloramos nuestras cualidades innatas y vinculamos nuestros logros exclusivamente a nuestro esfuerzo, sin reconocer la importancia que el contexto tiene a la hora de determinar nuestro destino.

«La confianza se construye sobre la base de nuestras experiencias de éxito, de los fallos que hemos cometido, de lo que otra gente dice sobre nosotros y de las historias que contamos sobre nosotros mismos», explica Dunning. De este modo, cuando todo es favorable a nuestro alrededor, desprender positividad y creer sin fisuras en nuestras posibilidades no entraña ninguna dificultad. Lo mismo sucede «con la cantidad de riesgo que estás dispuesto a asumir, que depende de la cantidad de recursos que tengas», recuerda el sociólogo Ildefonso Marqués, en especial si se trata de un riesgo a largo plazo: «Es muy difícil pensar en el futuro cuando no tienes recursos», matiza. O sea, que, para las clases más bajas, un fallo supone un lujo prohibitivo e inasumible.

Las apariencias engañan

Comprobados los vínculos entre clase social y exceso de confianza, el equipo de Belmi se planteó un último reto: analizar las consecuencias de esos altos niveles de seguridad propios de la gente más acomodada. Con ese fin, reunió a un nuevo grupo de 236 estudiantes a los que invitó a responder a un test de 15 preguntas y valorar su desempeño, con el objetivo de medir tanto sus capacidades como su nivel de autoestima. Después, los sometió a una entrevista de trabajo simulada, en la que todos los jóvenes se enfrentaron a las mismas preguntas. Esas pruebas pasaron a continuación a una comisión de evaluación en forma de grabación. Et voilà! Para escasa sorpresa de los investigadores, el comité fue un pelele cognitivo en manos de los convincentes conejillos de indias de alta alcurnia y seleccionó aquellos perfiles que habían valorado más positivamente su participación en la prueba. Es decir, su exceso de confianza se había convertido en mayor competencia a ojos de otras personas.

Algunas de las características asociadas a los individuos con más seguridad son que tienden más a hablar en voz alta y hacerse notar en el grupo; su estilo de comunicación es más taxativo y relajado, por lo que es habitual que sus interlocutores lleguen a pensar no solo que son más competentes sino también que merecen estar más arriba en la jerarquía social. De hecho, según este estudio, es habitual que las personas realmente más competentes adopten comportamientos que no exhiban su inteligencia o sus conocimientos por lo que, a menudo, pasan desapercibidas. De esta manera, «en situaciones sociales en las que la competencia es ambigua, los observadores pueden no distinguir de manera precisa quién es competente y quién simplemente aparenta serlo», precisa el documento.

Dunning confirma esta teoría: «Valoramos a las personas por sus palabras, por su forma de expresarse, por lo que solemos pensar que la gente que muestra más seguridad en sí misma sabe de lo que está hablando. Una persona con mucha confianza es más persuasiva, y eso influye». Lo bueno, en opinión de este experto, es que esa ventaja tiene una vida corta si no queda avalada por los hechos.

Las clases sociales existen, y así se perpetúan

El nuevo análisis arroja nueva luz sobre los mecanismos que influyen en la perpetuación del conglomerado social, convirtiéndose la confianza en uno mismo en un cimiento más. «Es la estructura económica la que modela nuestra estructura social», confirma el doctor en Sociología Ildelfonso Marqués. El autor de la obra La movilidad social en España −que analiza de forma exhaustiva el cambio de las condiciones sociales en España entre 1950 y 2009−, recuerda que, a pesar de que la educación ha permitido que el concepto de clase tenga menos peso que en el pasado, del 30 al 40% de las clases sociales en los países avanzados se siguen compartiendo con el padre. Y, cuando se produce movilidad social (el paso de una clase a otra), esta es, normalmente, de tramo corto.

«En una sociedad en que existen la economía de mercado y la familia nuclear, pensar que la movilidad social no tiene un tope es un poco ingenuo. No todo el mundo tiene el mismo punto de partida. Es como si fuera una carrera de atletismo: los más avanzados parten muy cerca de la meta y los más retrasados parten muy lejos, de modo que, por mal que lo hagan los primeros, siempre conseguirán llegar antes a la meta y triunfar en la vida», añade el también profesor de la Universidad de Sevilla.

Esa desigualdad se mantiene también cuando, superando las barreras ya reconocidas, se consigue subir el escalón e irrumpir en otra clase social. Según las cifras de la London School of Economics y el University College London, incluso cuando comparten nivel educativo, posición y experiencia con sus pares más privilegiados, los individuos de origen más humilde ganan de media un 7% menos. «Un directivo que tenga un padre directivo cobra más dinero que el directivo que sea hijo de un jornalero, por el reparto social de mejores posiciones», asociado al poder adquisitivo, el capital educativo y cultural y la red de contactos, confirma Marqués. Algo que, ¡sorpresa!, se acentúa en el caso de las mujeres.

Ante este panorama, el resorte menos conflictivo y pragmático suele ser la resignación: «Te conformas antes, porque la ambición está estructurada socialmente: cuanto más lejos está aquello a lo que aspiras, más te frustras y haces de la necesidad virtud», advierte el sociólogo.

Tenerse en alta estima también tiene inconvenientes

Pero no es oro todo lo que reluce para los pudientes. Esta autopercepción tan sesgada de sus competencias es un arma de doble filo para las personas de alto rango que puede pinchar la burbuja de sus expectativas llevándoles a paladear un sabor desconocido para sus pituitarias vitales: el fracaso. El virtuosismo que se les concede y la red de seguridad que poseen les empujan a asumir más riesgos, lo que, por pura estadística, incrementa las probabilidades de morder el polvo en su caída desde el vértice de la pirámide social. Seguridad no siempre es sinónimo de éxito, como puntualiza el psicólogo estadounidense David Dunning: «Es difícil de defender esa afirmación si la comparamos con los datos que confirman que el 80% de las start-up mueren antes de los 5 años. Es tan cierto que la gente con confianza tiene éxito como lo es que un número aún mayor de personas con la misma confianza fracasa».

A escala macrosocial, que la falta de competencia se camufle con tanta facilidad tras el exceso de confianza tiene también sus peligros. «Hay una pérdida de talento tremenda, porque no se ficha siempre o necesariamente a las personas más inteligentes. Y estar gobernados por mediocres supone un problema», advierte Ildefonso Marqués. ¿La solución? Según el profesor de la Universidad de Sevilla, meritocracia real: un poco más de burocracia o institucionalización (por ejemplo, exámenes de acceso para determinados puestos de trabajo) que establezcan unas líneas de juego si no iguales, al menos conocidas por cualquier individuo. Y confianza, sí, pero en su justa medida y para todos por igual.

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