Connect with us

Viajes

Un nuevo París a orillas del Sena

Publicado

on

Hace un par de años tuvo lugar en el noreste de París un acontecimiento que pudo parecer anecdótico, pero que sin duda fue intencionado. En las aguas del Bassin de la Villette se puso en marcha el experimento de una piscina natural. Los vecinos del XIX arrondissement —y de más allá— disfrutaron de esta nueva zona de baño que une el canal de Saint-Martin y el canal de l’Ourcq. El resultado fue una fiesta. Tras la prueba se escondía el deseo de la alcaldía de hacer del río Sena, algún día no lejano, una piscina “bañable”. Con la mirada puesta en los Juegos Olímpicos de 2024, París recupera ahora los muelles para sus habitantes y continúa el proceso de reinvención de sus canales y de un río cuyos márgenes, hoy día, después de peatonalizar muchos kilómetros, son más accesibles que nunca.

El Sena, más que el río matriz de la ciudad que transporta a ocho millones de turistas al año en sus eternos bateaux mouches y un vanguardista eje fluvial de transporte y de reparto ecológico, es en la actualidad un laboratorio en el que caben jardines flotantes, actividades deportivas al aire libre (del remo al paddle), diferentes opciones de movilidad (ciclistas, patinadores…), centros de arte, festivas guinguettes (merenderos, chiringuitos o tabernas junto al agua, conviene memorizar esa palabra), bancos en los que improvisar un pícnic (pocas cosas ama más el parisiense), barcazas reconvertidas en cafés y restaurantes asomados al caudal. Así se ha transformado en espacio de bonheur (felicidad) para flâneurs (paseantes sin rumbo) que transitan ociosamente por vías hasta hace poco inaccesibles y, sobre todo, en el epicentro de la ciudad del futuro, que busca ser a un mismo tiempo sostenible, ecológica, inclusiva y resiliente.

A su paso por París, el Sena se cruza por 37 puentes. Si seguimos su curso, a pie o en bicicleta, de este a oeste, desde Charenton hasta Javel, en las inmediaciones de Boulogne-Billancourt, podremos descubrir la capital francesa de un modo transversal y disfrutar de las 10 nuevas hectáreas abiertas a la circulación y al paseo que le han hecho recuperar un papel central en la estructura de la ciudad. El camino es largo, pero no solitario.

Entrada a la Cinémathèque Française, un edificio proyectado por Frank Gehry en el parque de Bercy de París.

1 Libros y películas

En el Quai François-Mauriac siempre es agradable apreciar los cuatro libros abiertos que concibió en 1995 el arquitecto Dominique Perrault para dar forma a la Biblioteca Nacional de Francia (BNF), premio Mies van der Rohe 1996. Esta gran biblioteca, separada en cuatro tomos (edificios) de lenguaje minimalista y cuyos principales protagonistas son el cristal y el acero, es una metáfora del pensamiento, y en sus 400 kilómetros de estanterías alberga 20 millones de volúmenes, el mayor depósito de libros del país.

Desde ahí, la estupenda pasarela Simone de Beauvoir (diseñada por Dietmar Feichtinger) conecta con el parque de Bercy, donde hay un coqueto y sinuoso edificio de Frank Gehry, la Cinémathèque Française (institución creada en 1936 por el visionario Henri Langlois y ubicada aquí desde 2005). Gehry describió el edificio “como una bailarina que levanta su vestido para invitar a la gente a entrar”.

La piscina Joséphine Baker, una estructura flotante sobre el Sena.

Hablando de bailarinas y de cine, de regreso al Sena, en la rive gauche (la margen izquierda) espera la piscina Joséphine Baker, llamada así en honor a la actriz, bailarina y cantante que revolucionó en la década de 1920 el cabaré Folies Bergère. Reconocible por su estructura de cristal, es una piscina flotante muy acorde con el espíritu del plan Paris Plages, que fomenta la creación de playas artificiales en verano. Cuando declina el día, Barapapa o La Démesure sur Seine son dos simpáticas guinguettes a tener en cuenta. Y para quien no pueda resistirlo y quiera vivir una experiencia puramente acuática, puede reservar en el hotel OFF, que verá en mitad del río; es el primer hotel flotante de París. No es poca cosa: 54 habitaciones, 4 suites, piscina y puerto deportivo. Le grand luxe.

Terraza del Barapapa con la Cité de la Mode et du Design al fondo.

2 Un nuevo barrio

Tras el chapuzón, la mirada del viajero da con la Cité de la Mode et du Design, identificable por la estructura exterior de color verde chillón y el aura industrial. Las terrazas de sus restaurantes (atención a Moon Roof) con vistas al Sena son un lugar más que apetecible. En 2005, los arquitectos Dominique Jakob y Brendan MacFarlane reconvirtieron unos antiguos almacenes en un espacio contemporáneo conservando el esqueleto de hormigón armado, pero recubriéndolo de una piel de metal y hierro serigrafiado a la que llamaron plug-over, inspirada por el movimiento del río, en la que se refleja irremediablemente. Arquitectura viva, orgánica y ligada al tejido urbano. Por las noches, los juegos de luz concebidos por Yann Kersalé animan la fachada. La Cité incluye el Wanderlust: bar, restaurante, club y espacio artístico muy frecuentado al caer el sol.

Un crucero por el río Sena, en París, entre el Pont Neuf y el puente de las Artes.

Cerca de ahí se encuentra la Gare d’Austerlitz. A pesar de retener el peso de su mito, parece preparada para la renovación que está llevando a cabo el estudio de Jean Nouvel y que concluirá (en principio) en 2020. El arquitecto, consciente de que esta estación será parte fundamental de un nuevo barrio llamado Seine Rive Gauche, expresó en una carta abierta en su web el deseo de construir un nuevo distrito basado en el equilibrio, el reequilibrio y las conexiones entre densidad y espacios verdes, para dotar de un nuevo estatus urbano a los muelles, a los edificios próximos a las orillas y a las estaciones.

Austerlitz es un buen preámbulo para el imprescindible Jardin des Plantes, el jardín botánico fundado en 1635 como parque medicinal del rey Luis XIII y que desde entonces ha servido para recreo del visitante y para investigaciones de botánicos y médicos. El escultor Fagel concibió una estatua a uno de ellos, Jean-Baptiste Lamarck, quien además da nombre a una conocida calle de Montmartre. Lamarck, naturalista que vivió de 1744 a 1829, fue el primero en crear una teoría evolucionista con la que se superó el fijismo imperante hasta entonces. En 1802 acuñó el término “biología” para designar la ciencia que estudia los seres vivos, y se le respeta como fundador de la paleontología de los invertebrados.

Interior de la Cité de la Mode et du Design, en París.

3 Laboratorio urbanístico

El pedaleo por este margen del río permite superar el Jardin Tino-Rossi y vislumbrar el perfil del edificio que impulsó a Jean Nouvel en 1987: el Instituto del Mundo Árabe, un centro cívico donde se difunde la cultura árabe y su relación con la francesa.

Fluctuart es el nuevo templo flotante del street art de París: 1.000 metros cuadrados de acceso gratuito

Enfrente, basta atravesar el puente de Sully y buscar el 21 del Boulevard Morland para dar con el Pavillon de l’Arsenal, el centro de arquitectura y urbanismo de París, un recinto dedicado a la planificación urbana determinante para entender esa tradición francesa de laboratorio urbanístico. Hasta el 13 de octubre, la estupenda exposición Grand Paris’ Roadways of the Future habla de las transformaciones que precisa la ciudad para reducir la contaminación, de cómo aumentar la movilidad e integrar la red vial en su entorno. Se exhiben las innovadoras propuestas de cuatro equipos multidisciplinares compuestos de arquitectos, urbanistas y expertos en movilidad: L’Atelier des Mobilités (D&A Devillers & Associés), Collectif Holos (Richez Associés), New Deal pour les Voies du Grand Paris (Seura Architectes) y Shared Utility Networks – SUN (Rogers Stirk Harbour & Partners). Sus investigaciones se han focalizado en un sistema de transporte público conectado con el uso de bicicletas y coches compartidos. Además, se muestran los proyectos premiados por la plataforma FAIRE, que desde 2017 invita a presentar programas para afrontar grandes retos urbanos como el clima, las nuevas tecnologías, la solidaridad, la limpieza y la movilidad.

Vista del Pont Neuf, en París.

A estas alturas, ya cerca de l’Île Saint-Louis se dejan ver los primeros bouquinistes, esos célebres vendedores de libros antiguos gracias a los cuales consideramos el Sena como el único río del mundo que transita entre libros. No hay oficio con horario más anárquico, por lo que cada cual abre su cofre metálico cuando le da la gana. Por aquí París se transforma en imaginario y, ante los bouquinistes, a la mente acuden escenas de películas de la nouvelle vague, con la mirada como una cámara ligera, sin otra luz que la natural; o de los cuadros impresionistas de Pissarro o Caillebotte, donde las mujeres y los hombres cruzaban las calles como si quebrantaran normas.

Superado el Pont de la Tournelle, nos aproximamos a l’Île de la Cité y a uno de los puentes más pequeños y fotografiados del Sena, el del Archevêché, que da al ábside de la catedral gótica más famosa del mundo: Notre Dame, sobre la que poco se puede añadir.

El Pont Neuf es el último que une la rive gauche con la Cité. Cuesta no evocar a los desolados personajes convencidos de vivir allí de la película de Carax Los amantes del Pont Neuf, que trastocó la razón de tantos jóvenes al inicio de los pasados años noventa. Y por consiguiente, también el conflictivo proyecto (o más bien desafío) que presentó el arquitecto Stéphane Malka en su libro Le Petit Pari(s), en el que, entre otras ideas, proponía, rozando la provocación, convertir el puente en un espacio habitacional.

En los quais de la rive droite, en esos siete kilómetros llamados Parc Rives de Seine, se amontona la gente para recibir el brillo del sol al borde del agua, conscientes de que es un placer gozar tanto de la movilidad como del reposo.

Fluctuart, nuevo centro de arte urbano en París.

4 Un bosque flotante

Frente a las Tullerías, una vez superado el Musée d’Orsay, amarrado a pocos metros del puente de Alexandre III siempre es tentadora la guinguette Rosa Bonheur, dispuesta en un paquebote de madera y cristal. Así entramos en el espacio más renovado en cuanto a políticas urbanas se refiere. Entre el puente de Alexandre III y el de l’Alma se hallan los nuevos jardines flotantes Niki de Saint Phalle, una suerte de bosque en medio de la ciudad de 1.800 metros cuadrados compuesto de cinco islas unidas por pasarelas, un armónico refugio vegetal que explica muy bien la reordenación territorial pretendida desde la alcaldía. Cada una de las islas representa un paisaje: la central, con predominio mineral; la isla Pradera, frondosamente plantada; la isla Vergel, con manzanos decorativos, o la isla de los Pájaros, la más salvaje.

Al lado está Fluctuart, el nuevo templo flotante del street art que tiene previsto abrir sus puertas el 4 de julio. Este centro urbano de 1.000 metros cuadrados y tres niveles, gratuito, vibrante y accesible, promete acercar aún más el arte a la calle, otra idea que cuadra plenamente con el espíritu dinámico de París. La apertura trae consigo una exposición del artista americano Swoon, y este julio incluye proyecciones nocturnas sobre el puente de los Inválidos (una monumental instalación cinematográfica; de 21.30 a 24.00). El proyecto se hizo con el premio Réinventer la Seine que lanzó el Gobierno local en 2017. Al otro lado del río queda el Jardin d’Erivan, por el que las bicicletas pasan como por una utopía.

Una guinguette cerca de la estación de Lyon, en París.

Tras otro gran edificio de Nouvel que alberga el museo etnológico francés, el Musée du Quai Branly, llegamos a la Torre Eiffel. Subir a este monumento total (que cambió la manera de mirar y alumbró nuevas perspectivas en la estética al romper con la idea de que los edificios bellos debían ser de piedra y funcionales), como decía Roland Barthes, “un signo puro porque quiere decirlo todo”, permite observar el horizonte urbano por el que caminan los hombres y las mujeres en un pulular que convierte la ciudad en paisaje. Desde la altura, el Sena es una tira azul que invita a recordar a Rastignac, personaje de Balzac, codicioso joven de la novela Papá Goriot (1834), que concluía así: “Al quedar solo, Rastignac dio unos pasos hacia lo alto del cementerio y contempló París, tortuosamente extendido a lo largo de las dos orillas del Sena, en el que comenzaban a brillar las luces. Lanzó sobre aquella zumbante colmena una mirada que parecía extraer su miel por anticipado y pronunció estas grandiosas palabras: ¡Ahora nos veremos las caras!”.

El río Sena a su paso por el puente de las Artes, en París.

Lo que resulta inevitable ante la torre es no mirar también al futuro y recordar que en breve sus alrededores serán transformados. Y, al igual que tantas cosas, serán devueltos a los parisienses, que hoy tienen la sensación de que solo pertenece a los turistas. Porque a partir de 2024, 54 hectáreas se extenderán entre Trocadero y École Militaire gracias a los paisajistas británicos Gustafson, Porter y Bowman, que acaban de ganar el concurso organizado por la Ville de Paris para renovar este enclave. El proyecto se llama ONE y pretende unificar un lugar hoy dividido en pequeñas porciones que aportan muy poco al conjunto, para restaurar así una unidad estética y verde. El elemento más impactante será la plantación en el Pont d’Iéna de una línea de árboles y una capa de césped, algo jamás visto en un puente, que también será peatonal (salvo autobuses y vehículos de urgencia). En una reciente entrevista en Libération preguntaron a la alcaldesa, Anne Hidalgo, si se pretendía crear un Central Park bajo la torre, y respondió: “Quizá no, pero una isla de oxígeno sí, sin duda, y muy rápido, porque hay que transformar esta ciudad para responder al cambio climático”.

Para terminar el día en armonía con lo visto, es conveniente acudir a otra guinguette, en este caso La Javelle, situada a dos pasos del Parc André Citroën. En el revivido quai Javel es el momento de sentarse en una de sus hamacas mecedoras, observar el oleaje del Sena, por ejemplo con una cerveza en la mano bajo las guirnaldas luminosas y envuelto por el frescor de los árboles. Entonces solo falta el sonido de una orquesta cercana para que por fin París sea una megaaldea verde.

Viajes

Casa de Indias by Intur, frente a las Setas de Sevilla

Publicado

on

Las Setas del Metrosol Parasol se han convertido en un nuevo icono de Sevilla gracias al controvertido diseño del escultor y arquitecto alemán Jürgen Mayer. A un lado de la plaza de la Encarnación, que presta su espacio a este efectista y turístico monumento, se yergue la fachada preciosista de un hotel recién estrenado por el grupo familiar Intur, con establecimientos en Benicàssim, Castellón, Alcázar de San Juan, Madrid y San Sebastián. Con el nombre de Casa de Indias se reconocen los fundamentos del convento de Regina Angelorum, construido para los dominicos en 1521, desamortizado en el año 1835 y utilizado después como una fábrica de sombreros, antes de transformarse a principios del siglo XX en un edificio residencial para las clases adineradas de la ciudad andaluza.

La recepción del hotel, vestida de flamante azulejería, no oculta un trasfondo cañí muy a gusto del turismo internacional. Lo mejor, sin embargo, viene a continuación. Intactos se conservan los muros de ladrillos vistos del antiguo convento, los arcos que conformaban el perímetro claustral, los artesonados de madera trenzados a finales del siglo XIX y, desde luego, la augusta escalera de forja cuya perspectiva dilata las pupilas tanto si se mira desde abajo como desde arriba.

Una de las habitaciones del hotel Casa de Indias by Intur, en Sevilla.
Una de las habitaciones del hotel Casa de Indias by Intur, en Sevilla.

A pie de calle se sitúa una terraza utilizada para el desayuno y una cena corta, pero elaborada con mucha originalidad. Al fondo se suceden varios salones. Otra terraza se adereza de piscina, solárium, zona de descanso. Y ya en el ático, buenas vistas.

Sus 61 habitaciones dobles se distribuyen en cuatro plantas, muchas de las cuales conservan los rasgos originales del convento. A la 304 podríamos considerarla como la más atractiva por su decoración minimalista, aunque sin pronunciamientos cartesianos, su ducha generosa y juguetona, la bañera de hidromasaje para dos y también por su ajimez abierto a las famosas Setas de Sevilla.

Menos mal que la insonorización de todo el edificio es buena, porque el ruido llega amplificado hasta el interior a poco que uno se deje las ventanas abiertas. De noche, la iluminación racional de la fachada añade categoría al edificio.

Sigue leyendo

Viajes

Chernóbil, una extraña excursión

Publicado

on

Hasta hace poco, el nombre de Prípiat apenas evocaba reacciones. Sí lo hacía su germen, la central de Chernóbil. La reciente serie homónima de HBO ha conseguido que esta urbe deshabitada ande en boca de millones de espectadores. No es para menos: fue allí, en el norte de la actual Ucrania, donde se produjo el mayor accidente nuclear de la historia. El 26 de abril de 1986 explosionaba el reactor cuatro de esta planta de energía, cuyo nombre oficial es Vladímir Ilich Lenin, en honor al padre de la Unión Soviética. La radiactividad liberada acabó con 31 vidas en pocas horas. Una cifra que sigue siendo la oficial, a pesar de que en 2005 la ONU calculaba miles de fallecidos, además de futuras víctimas por cánceres y otras enfermedades derivadas.

Situada a 180 kilómetros de Kiev y pegada a la frontera bielorrusa, Prípiat es, 33 años después, el reflejo de aquel desastre. Y una tenebrosa estrella del llamado “tanatoturismo”, los viajes a lugares asolados por la desgracia. Desde su nacimiento, en febrero de 1970, Prípiat fue sumando habitantes hasta alcanzar los 50.000 en el momento de la explosión. La mayoría, empleados de la central y sus familias, que habían comenzado una nueva singladura al abrigo del plan energético de la URSS.

Pero en aquella madrugada de cielo fosforito el porvenir se truncó. Tras el intento de silenciar la catástrofe, se evacuó a la población y se estableció una zona de exclusión de unos 2.600 kilómetros cuadrados. Una vez concluidos el sellado del reactor y la limpieza de material radiactivo, el devenir de Prípiat fue asombroso: como un Angkor Wat contemporáneo, la vegetación se apoderó del pavimento, de los carteles, de los edificios. Llama la atención algo que se escapa a las fotos: el sonido, el ruido. Al mordisqueo del asfalto le acompaña un incesable crepitar. Chirrían los cristales, siempre en tensión con alguna raíz que puja por entrar. Crujen los estantes del supermercado, tomados por enjambres de tallos y hojas. Se desplazan las baldosas, se contorsionan las farolas.

Turistas haciéndose un selfi con el cartel de la localidad ucrania al fondo.

Para llegar se necesita reserva. Las excursiones a Prípiat se organizan desde Kiev con un límite de plazas. Por una jornada en el área restringida, almuerzo y los desplazamientos de ida y vuelta cobran unos 80 euros. Las furgonetas, de 10 asientos, suelen salir de la plaza de la Independencia o Maidán (conocida por las revueltas de 2014). El viaje de ida dura dos horas siguiendo el margen izquierdo del río Dniéper. Por la carretera transitan principalmente camiones del Ejército: en Chernóbil trabajan 3.500 efectivos entre militares, cocineros y otro tipo de personal.

La visita guiada a la zona de exclusión incluye parada en la famosa noria de asientos amarillos

Un vídeo en inglés durante el trayecto cuenta el fatídico episodio y muestra las distintas obras acometidas en la central. Al principio se construyó un sarcófago para sepultar los elementos contaminados y las partes derruidas. Era temporal: los expertos alertaron de que debía ser sustituido en 20 años. Se tardó algo más. En 2016 —cuando habían pasado tres décadas exactas— se inauguró el definitivo: una mole de hormigón y metales de 110 metros de alto, 150 de ancho y 256 de largo. En la misma época también comenzaron las visitas turísticas. El sarcófago es una de las últimas paradas de un tour guiado por el conductor y un militar en servicio. Antes de entrar a la zona de exclusión hay que pasar por un detector de radiactividad. Mide los isótopos del cuerpo previos a la visita. Al salir habrá que cumplir con el mismo protocolo. Aunque se estima que tendrán que pasar 20.000 años para que este espacio sea apto para vivir, caminar por Prípiat durante el rato que dura la excursión no se considera peligroso: los guías explican que la cantidad de radiación es mínima y que sobre todo influye el tiempo de exposición. En cualquier caso, la actividad está prohibida para menores de 18 años y los trabajadores en terreno se turnan cada 15 días. Cargan con un dosímetro, un aparato amarillo que emite pitidos a diferente velocidad según la intensidad de la radiación.

Chernóbil, una extraña excursión
COVA FDEZ

Instantáneas tenebrosas

El recorrido pasa por una guardería que aún alberga ropa, muñecas o colchones. En su día había 10 centros infantiles y 5 escuelas para los 17.000 niños que residían en Prípiat. Siguiendo un trágico orden, se pasa a la escuela, donde las aulas lucen pupitres desconchados y libros esparcidos por el suelo (la amalgama de celulosa lo ha trasformado en una superficie acolchada). La siguiente parada es el polideportivo, recinto que muestra unas instantáneas tenebrosas: la pista de baloncesto cuarteada, la piscina vacía y comida por la maleza, las gradas del FC Constructor, el equipo local, agrietadas. También se pasa por uno de los símbolos de Prípiat: la noria de asientos amarillos que jamás llegó a estrenarse. El icono de Chernóbil se codea con los coches de choque en esta feria nonata cubierta de musgo. Suele ser lo más fotografiado. No salió en la serie, pero sí lo hizo otro de los altos en el camino: el puente desde el que se asomaron los curiosos aquella madrugada. Ninguno sobrevivió, según se explica en la serie. Otra panorámica de la central nuclear se obtiene desde una pasarela del río, en cuyo caudal se produjeron filtraciones contaminadas.

En las mesas de la cantina se sirve a los visitantes borscht, la sopa típica ucrania de remolacha, y un segundo plato antes de la despedida. Toda la comida, advierten, procede de cultivos ajenos a la zona de exclusión, donde todavía está prohibido recoger cualquier plantación o matojo silvestre. El vehículo espera en la puerta. Los detectores de radiactividad marcan el final del viaje que muchos experimentarán como una ficción a pesar de que fue tan real como sus secuelas

Sigue leyendo

Viajes

Tres casas para tres genios en la campiña inglesa

Publicado

on

Un viaje, tres escritores. La idea era perseguir las huellas del poeta inglés William Wordsworth (1770-1850) por el Distrito de los Lagos, donde vivió prácticamente toda su vida, y también las de William Shakespeare en su lugar de nacimiento, Stratford-upon-Avon, y las de John Keats (1795-1821), en su casa de Londres, ahora convertida en museo. El vínculo entre los tres es precisamente Keats, quien adoraba a los dos primeros, especialmente a Shakespeare. Tras un salto de cuatro horas en coche desde Londres, la ruta comienza en Chester, una deliciosa ciudad con casas cuyas fachadas están tejidas por esa urdimbre de nervios entrelazados que les dan esa apariencia de vulnerabilidad sólida y de encantamiento perdurable. Las calles están atestadas por personajes vestidos de fiesta, y no todos elegantes. ¿Por qué? Porque en Chester ese día de agosto tiene lugar una carrera de caballos (las celebran durante todo el verano). Más inglés, imposible.

Tres casas para tres genios en la campiña inglesa
COVA FDEZ

A algo más de media hora de Chester espera Liverpool, la ciudad de The Beatles. Entrar en The Cavern es visitar un templo al que hay que ir a rezar en silencio, oyendo los ecos de las primeras melodías y guitarreos inspirados del grupo, cuando empezaron allí su suprema aventura musical. Una frase de Lennon, escrita en la pared, estremece: “Todo lo que hicimos después de The Cavern fue ir cuesta abajo”. El centro de Liverpool tiene aires de ciudad provinciana soñadora —esas terrazas veraniegas— y el muelle renovado es un lugar para pasear y disfrutar de una comida agradable en alguno de sus restaurantes. Allí se encuentra también, desde 2015, una estatua de los Fab Four en pleno paseo, festín fotográfico para todo visitante que se precie, nosotros incluidos.

Pero es tiempo de seguir camino al norte. En unas dos horas alcanzamos el Distrito de los Lagos, ciertamente un lugar especial, marcado por la alternancia de colinas y lagos, con pueblos como Keswick o como Grasmere, donde se encuentra Dove Cottage, la casa en la que vivió Wordsworth en los años mágicos de su mejor poesía (entre 1799 y 1808). El jardín trasero de la casa guarda las huellas de las flores que pueblan sus poemas, y visitarlo es volver a sumirse en el olor de los narcisos a los que él dio vida, como flores y algo más que flores, espíritus, almas, restos y vestigios de divinidad, probablemente. Aunque nos cuesta abandonar “el lugar más adorable que el hombre jamás ha encontrado”, según las palabras del propio poeta, seguimos nuestro camino literario.

Paisaje del Distrito de los Lagos (Reino Unido).

Paramos brevemente en York, pura Edad Media congelada en calles insólitas, en una muralla transitable y en una universidad de ensueño, cuyos colegios son obras maestras de la arquitectura interior donde se palpita algo parecido a la sabiduría silenciosa. Pero nuestro siguiente destino es Strat­ford-upon-Avon, que tiene un sentido primordial: allí nació el genio de los genios, William Shakespeare, y allí está su casa convertida en un museo, y allí reside su fantasma, que pulula sin querer por todas las esquinas de una población que sin esa sombra majestuosa no tendría tanto interés. Pero si caminas y lees que en ese edificio al que te asomas estuvo la escuela en la que estudió el genio, ¿qué ocurre? Inevitablemente un estremecimiento, una conmoción, una sacudida. El mismo hombre que escribió Hamlet ¿estudió aquí de niño, en este edificio que lo anuncia? ¿Aquí estuvo la mesa donde aprendió a escribir?

Libros subrayados

Cerramos el círculo con la vuelta a Londres. En esta ocasión —además de rememoraciones que incluyen senderos de Hyde Park y vibraciones de Oxford Street, y del Soho, y de Covent Garden— la meta es la casa en la que vivió John Keats, situada en el bohemio barrio de Hampstead. Autobús matutino, cielo plomizo agosteño, muy londinense, cuesta arriba hasta llegar a la casa, elegante y sobria, que conserva montones de recuerdos del escritor, libros subrayados de lector compulsivo y emborrachado por la magia de las palabras de Milton, Shakespeare o Spencer. La mesa donde pudo escribir algunas de sus joyas, el cuarto donde expulsó por primera vez su sangre mortal o el salón donde se instaló para poder ver la calle con la tuberculosis a cuestas. Es más, en un cuarto de al lado vivió con su novia Fanny Brawne durante un mes, justo antes de emprender, el 17 de septiembre de 1820, el viaje a Italia, que fue el viaje de su muerte. Fin de la aventura, una alforja llena de admiración y melancolía, a partes iguales, pues la muerte temprana no pudo evitar que perdurara y aún perdure la obra que ella misma truncó.

Sigue leyendo

Tendencias