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Familia

Así son los cinco hijos de Julio Iglesias y Miranda Rijnsburger

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El mismo día que se ha conocido el fallo del juez de Valencia que declara que Javier Sánchez Santos es hijo de Julio Iglesias, la esposa del cantante, Miranda Rijnsburger, protagoniza la portada de la revista ¡Hola! rodeada de los cinco hijos que tiene con el artista. Sentados sobre unas escaleras aparece la esposa de Julio Iglesias junto a Miguel, de 21 años; Rodrigo, de 20; las gemelas Victoria y Cristina, que acaban de alcanzar la mayoría de edad, y Guillermo, de 12.

Todos han llegado de Miami, donde residen junto al cantante, para disfrutar de los meses de verano en España. “Nos apasiona, nos encanta venir. Tenemos a este país siempre en el corazón”, asegura la exmodelo holandesa, de 53 años a la publicación. Julio Iglesias, que no aparece en el reportaje fotográfico, también ha viajado con ellos a España, aunque estos días se encuentra de viaje en Punta Cana.

El destino lo desvela el primogénito de la pareja, Miguel, que acudió con su madre al desfile de Ágatha Ruiz de la Prada celebrado el pasado lunes en la Semana de la Moda madrileña. Aunque un poco intimidado por el revuelo mediático que se generó a su alrededor, Miguel Iglesias sacó a relucir su perfecto castellano contestando a las preguntas de los medios. Junto a él, además de Miranda, estaba su novia, Danielle Obolevitch, una joven rusa con la que sale desde hace dos años y ya es una más en la familia, a juzgar por las imágenes de la publicación que muestran la buena sintonía que la rusa tiene tanto con la madre como con los hermanos de Miguel Iglesias.

Miranda Rijnsburger y su hijo Miguel Alejandro Iglesias con su novia Danielle Obolevitch, en la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid, el lunes.

Miguel tiene un gran parecido físico con su hermano mayor, Enrique Iglesias, y llama especialmente la atención la gran similitud que su novia también guarda con la pareja del cantante, la extenista Anna Kournikova, con quien tiene dos hijos. Además del físico —las dos con largas melenas rubias y cuerpos atléticos—, Obolevitch también es una gran aficionada al tenis, deporte en el que Kournikova fue profesional.

Miguel, que también ha heredado la pasión por la música de su padre y sus hermanos, se dedica a producir música y trabaja mano a mano junto a su hermano, Rodrigo, que también quiere ser artista. Aunque el verdadero objetivo del mayor es ganarse la vida desde el otro lado del escenario, ya que estudia Finanzas y está interesado en los negocios, como reveló en una entrevista hace unos meses su hermano Julio José. 

Mientras que los hombres de esta familia parecen querer seguir los pasos en el mundo en el que su padre ha sido una estrella, las chicas se decantan más por el talento de la madre. Además de sus genes, las gemelas también han heredado de Miranda Rijnsburger su pasión por la moda. Victoria y Cristina Iglesias sueñan con hacer carrera y triunfar en este terreno como un día lo hizo su madre. Los primeros pasos los dieron el pasado mayo, cuando acudieron como invitadas a la gala del Museo Metropolitano de Nueva York, organizada por Anna Wintour, la todopoderosa editora de la revista Vogue. En el que fue su debut en sociedad, las jóvenes pasearon y sonrieron para los fotógrafos dejando clara su intención de convertirse en modelos. Cristina y Victoria, rubias, altas y espigadas como su madre, posaron con vestidos idénticos, la una en rosa y la otra en azul. Eran dos creaciones con un solo tirante, cuajadas de plumas, cortas por delante y con larga cola, que habían sido creados por el taller de Oscar de la Renta, diseñador que en vida fue gran amigo de la familia.

Victoria y Cristina Iglesias, en la gala del Met.

Además de su gusto por la moda y las redes sociales –entre ambas suman más de 200.000 seguidores en Instagram– las gemelas Iglesias Rijnsburger siguen estudiando. Hablan a la perfección inglés, español y holandés y pretenden seguir carreras universitarias. Victoria quiere estudiar Administración de Empresas y Cristina, Derecho o Historia. De Guillermo, el benjamín, de momento se desconoce hacia dónde dirigirá su futuro profesional, pues ahora está centrado en sus estudios escolares.

Julio Iglesias, de 75 años, y Miranda Rijnsburger, de 53, llevan una década como matrimonio—pasaron por el altar en la parroquia de la Virgen del Carmen de Marbella en verano de 2010— y casi 30 años juntos. Iglesias había estado casado previamente con Isabel Preysler, con quien tuvo tres hijos, Chabeli, Julio José y Enrique.

Familia

Ana Martín, el manto protector de Isabel Pantoja

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La última aparición pública de Ana Martín, ya muy delicada de salud y trasladada en silla de ruedas, fue en febrero de 2017. Isabel Pantoja reaparecía ante 10.000 personas en el Wizink Center de Madrid en un concierto que se celebró, no como un simple regreso a los escenarios, sino como una liturgia de resurrección, el cerrojazo definitivo a su calvario social y carcelario. Y allí, como siempre a lo largo de toda su vida, se encontraba la madre de la artista sevillana y eterno manto protector de su hija, carabina infatigable y guardiana de su virtud, pero, sobre todas las cosas, una de las progenitoras más famosas de este país. Ejemplo perfecto del arquetipo de madre de la artista, doña Ana, como siempre se la conoció en los medios de comunicación, ha sido un pilar fundamental en la carrera de la tonadillera más famosa y mediática de este país. Esta semana tras permanecer ingresada en un hospital de Jerez por un empeoramiento de su salud, ha vuelto a Cantora donde vive con su hija

«Es mi madre / la mujer que dio por mí su propia sangre, / y me parió sin miedo es mi madre». Isabel Pantoja le dedicaba esa noche la canción Es mi madre a la persona que mejor ha moldeado en la sombra la trayectoria vital y profesional de la tonadillera. Ana Martín fue quien la llevó a Madrid a comienzos de su carrera a buscar fortuna en la industria musical, la que la ha acompañado por escenarios de varios continentes –era habitual verla planchado sus trajes en los camerinos–, la confesora, tutora de su imagen pública y defensora de su honor y virtud desde que enviudara en 1974 y decidiera entregar su vida a la carrera artística de su hija, con la que pudo levantar económicamente a su familia.

De doña Ana se conocen escasos datos biográficos. Apenas su ascendencia gitana y sus pinitos como bailaora siendo muy joven para las compañías de Juanita Reina y Pepe Pinto. El inicio de lo que podría haber sido una carrera artística quedó aparcado a raíz de su matrimonio con Juan Pantoja, gitano de Algeciras (Cádiz), con el que se casó en 1952. Conocido como Chiquetete, apodo que heredaría su sobrino Antonio Cortés Pantoja, el padre de Isabel Pantoja fue componente del grupo musical llamado Los Gaditanos y se le atribuye –sin certeza– la autoría de la canción Qué bonita que es mi niña, que la tonadillera ha cantado siempre a lo largo de toda su carrera.

Al inicio de su vida en común, el matrimonio Pantoja-Martín vivía en Sevilla y se trasladó a un piso de El Tardón, barriada de nueva creación, levantada en las postrimerías de Triana. Es fundamental dibujar a Doña Ana con un paisaje de fondo que ha moldeado a varias generaciones de artistas y gentes populares de la Baja Andalucía: las casas del Tardón, en la capital andaluza. Promovido en los años duros de la dictadura, con plena vigencia de las políticas económicas autárquicas, este conjunto de viviendas acogió a familias de clases populares, gitanos que sufrían la desaparición de sus corrales de vecinos y otras gentes que huían de la miseria rural en plena migración española del campo a las ciudades. Pronto, la afición al folclore y el origen flamenco de muchos de sus vecinos, convirtió el Tardón en cuna de cantantes, toreros y artistas de todo género. Quizás el primero en llegar fue Curro Vega, hijo del torero Vicente Vega, Gitanillo. Y a partir de ahí, Isabel Pantoja, su primo Chiquetete, Lole Montoya y Manuel Molina (Lole y Manuel), los humoristas César y Jorge Cadaval, Los Morancos; e incluso la expresidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, han paseado el nombre de este enclave humilde por medio mundo.

Isabel Pantoja y su madre con Kiko Rivera recién nacido, el 9 de febrero de 1984.

Sí está documentado que doña Ana era hija de un verdulero del barrio conocido como El Lechuga, con el que era frecuente verla vender verdura en el mercado, tomando la profesión paterna como propia. Tuvo cuatro hijos –Juan, Bernardo, Agustín e Isabel– y hasta que triunfó su hija en el mundo de la canción española, no tuvo una vida fácil. Quizás por eso, Ana Martín ha funcionado a partir de ahí como una matriarca férrea que ha dictado todos los pasos dados por sus hijos. De hecho, en los círculos más próximos se asegura que de no haber coincidido con el inicio de sus problemas de salud, habría sabido apartar a Isabel Pantoja de las personas que la llevaron a mantener problemas con la justicia.

Alejada de la vida pública desde 2017, ha pasado sus dos últimos años refugiada en la finca Cantora, en la localidad gaditana de Medina Sidonia. Ya en 2015, estuvo ingresada en el Hospital Universitario de Puerto Real (Cádiz) por problemas con el nervio ciático. Isabel Pantoja cumplía sentencia en la prisión de Alcalá de Guadaira y no tuvo tiempo de pedir permiso para visitarla porque en 24 horas ya estaba en casa. Su último percance de salud ha coincidido con la grabación del talent show de Telecinco Idol Kids, donde ejerce de jurado. La tonadillera abandonó todos sus compromisos profesionales, ahora que la televisión la ha recuperado como un personaje de máximo interés, para viajar de nuevo a Andalucía al lado de su madre, su confesora, su refugio ante la adversidad.

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Alejandro Sanz tiene un nuevo competidor en la música: su hijo saca disco

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“Mi admiración tiene forma de persona. Mi hijo Alex: música en vena y disco en vuelo”. Así ha anunciado un orgulloso Alejandro Sanz que su hijo Alexander, de 16 años, está siguiendo sus pasos en el mundo de la música. El artista ha querido apoyar a su hijo y dar un pequeño empujón a su primer trabajo presentándolo en sus redes sociales; solo en Instagram acumula más de 4,7 millones de seguidores.

Alexander, que compone su música y hace rap, acaba de publicar su primer disco, SanitY ep, con seis canciones, todas ellas cantadas en inglés: FutureEspacio (con alguna frase en español), Can you feel thatAirBnB y To the top, además de un bonus que se llama Milan. Para la portada del álbum, Alexander ha elegido la misma imagen con la que su padre ha dado la noticia: una foto en blanco y negro donde Alejandro Sanz, con la guitarra colgada de su cuello, abraza a su hijo, que lleva su trombón en la mano. “He trabajado muy duro en esto, disfrutadlo”, aparece como descripción del trabajo que se puede escuchar de manera gratuita en la plataforma Soundcloud.

El hijo de Sanz toca el trombón desde hace años y hace solo cuatro meses, el pasado 27 de junio, el cantante desvelaba que su hijo era uno de los integrantes de la banda que le acompaña durante su tour, llamado #LaGira. “Una foto no puede abarcar todo el orgullo que siento como padre. Mi hijo Alexander me ha acompañado en los conciertos de La Gira con un derroche de talento infinito. Compartimos vida, compartimos pasiones“, escribió el cantante en su cuenta personal junto a una imagen del joven. Días más tarde, en uno de esos conciertos, el artista volvió a expresar su orgullo. «Él no quiere que le presente pero lo voy a hacer igual porque para eso estamos los padres, para molestar a los hijos. Ha venido mi hijo Alexander. Bueno, pero no le miren mucho ahora, ¿ok? Va por ti, cariño”, dijo.

Alexander, que tiene 16 años, nació de una relación extramatrimonial entre el cantante y la diseñadora puertorriqueña Valeria Rivera. Por aquel entonces Alejandro Sanz estaba casado con la modelo Jaydy Michel, con quien tuvo a su primera hija, Manuela. No fue hasta 2006, cuando el pequeño tenía ya tres años, cuando el artista reveló la existencia de su primer hijo varón. Sanz, tiene otros dos hijos, Dylan y Alma, nacidos de su matrimonio con Raquel Perera, de quien se separó este pasado julio tras más de una década juntos. Según ha contado el artista en varias ocasiones, los cuatro hermanos se llevan muy bien: “Les junto muchísimo. En las fiestas más señaladas y, cada vez que puedo, intento unirles”.

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Manuela vive en México con su madre y Alexander, en Miami con la suya. Una ciudad en la que, cuando tiene que grabar sus canciones, el cantante pasa gran parte del año. Dylan, de ocho años, y Alma, de cinco, viven en España con Raquel Perera, aunque pronto se trasladarán a Nueva York, donde ella va a comenzar a trabajar. El intérprete de Corazón partío se encuentra inmerso en su gira de su último álbum, El Disco, que después de España y Estados Unidos prepara ahora los conciertos por Latinoamérica. Estos últimos meses le ha acompañado su actual pareja, Rachel Valdés, una artista cubana que ya hace vida en familia con el cantante.

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Hablemos de la inclusión de nuestros hijos con discapacidad

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Mi hija va al parque cada tarde. Allí, muchos niños la miran extrañados. Tiene cuatro años y aún no camina con soltura, sube con dificultad los escalones del tobogán y tan solo es capaz de decir unas pocas palabras. Entonces surge la pregunta: “¿Qué le pasa?”. “Tiene síndrome de Down, por eso algunas cosas le cuestan más y las hace más despacio”, contestamos. “Pues mi madre me ha dicho que tiene una enfermedad…”.

Cualquier lugar, cualquier momento es bueno para hacer inclusión, para enseñarle a los hijos el valor de la diferencia y cómo ayudar a otros, si fuese necesario. En lugar de eso, a menudo nos encontramos con niños impacientes a los que les cuesta esperar que ella acabe subiendo a un columpio o con otros que directamente le dicen: “Tú no puedes, que eres pequeña”, ante la impasibilidad de sus padres. Porque, desafortunadamente, solemos dejar la educación de los hijos en manos del colegio, cuando los centros escolares deberían ocuparse de la instrucción y ser las familias las que nos encargásemos básicamente de la tarea educativa.

Es cierto que hay menores a los que, desde muy pequeños, se les intuye una sensibilidad especial con sus semejantes con discapacidad. Pero lo habitual es que la diferencia nos asuste, nos retraiga y nos aleje. Y ahí es donde los adultos, ya formados, ya instruidos, ya maduros, deberíamos intervenir para educar. Para educar en inclusión.

Porque la inclusión real no consiste en acudir todos juntos al mismo centro educativo, como parece que muchos, pobremente, han entendido. La inclusión de nuestros hijos con discapacidad pasa por que puedan ser parte activa de la sociedad con el máximo de sus potencialidades desarrolladas. Lo que, atendiendo a la enorme variabilidad del colectivo, para unos supondrá ir a la escuela ordinaria y para otros a la escuela especial.

Rectificar a tiempo

Hace algo más de un año, se dispararon las alarmas por la amenaza real que corría la Educación Especial en España. Desde algunos partidos y organizaciones insistían en que, para avanzar en la inclusión, era necesario cerrar los colegios de Educación Especial. Afortunadamente, la mayoría de ellos ha sabido rectificar a tiempo, en algunas ocasiones tras darse de bruces con la realidad al visitar alguno de estos centros específicos, que son referentes de buenas prácticas en Europa.

Sin embargo, hay quienes torpe y dolorosamente para nosotros, los padres, siguen pidiendo la desaparición de la Educación Especial, asimilándola a un entorno segregador y discriminatorio. Es el caso de Down España, que mantiene una propuesta inaceptable, olvidando que también debería representar y velar por los intereses de los niños que están en Educación Especial.

En España hay 476 centros de Educación Especial a los que acuden algo más de 38.000 alumnos. Una inmensa minoría, si tenemos en cuenta los datos globales: en todo el país hay más de 28.800 colegios y el número de alumnos supera los ocho millones.

Si pretensiones descabelladas como las de la citada organización salieran adelante, esos escolares serían repartidos en otros centros educativos. Quizá cada colegio recibiría a un niño más con discapacidad. A uno más de los que ya tiene, pues no hay que olvidar que la mayoría de los menores con necesidades especiales acuden a centros ordinarios. ¿Serviría ese niño que ha sido despojado del entorno en el que estaba adaptado y de los amigos a los que estaba vinculado para cambiar la percepción de todo el centro? Mi respuesta es no.

Los niños que acuden a los colegios especiales lo hacen en virtud de unas necesidades que requieren de una alta especialización docente. Nadie se aferra a ninguna zona de confort, como nos afean constantemente a los padres que hemos optado por la Educación Especial. Luchamos por el bienestar de nuestros hijos y lo hacemos porque, conociendo las particularidades de ese niño al que cuidamos y criamos a diario, entendemos que ese tipo de educación es la mejor para él.

Ni segregados ni discriminados

Nuestros hijos no están escondidos. Son parte activa del mundo porque así lo queremos. Porque así lo merecen. Creemos en ellos. Si inclusivo es el que incluye o ayuda a incluir, los centros especiales son, sin ninguna duda, agentes efectivos de esa inclusión.

Por supuesto que el sistema es mejorable y que todos los colegios, tanto los ordinarios como los especiales, necesitan de más medios. Pero nunca a costa del otro.

Los padres que han optado por la educación ordinaria hacen lo correcto al exigir más recursos, que hoy por hoy son necesarios. Al igual que los padres que llevamos a nuestros hijos a educación específica hacemos lo correcto al defender esta modalidad.

Inclusión es aceptar, participar, habilitar, sentirse orgulloso de la diferencia, dar a cada uno lo que necesita.

Reducir el concepto de inclusión a promover una educación única y sin matices es empobrecerlo y provocar un daño irreparable a muchos niños y jóvenes que tienen en la Educación Especial su verdadero camino para ser parte real de esta sociedad.

Las organizaciones deberían ser más responsables en sus propuestas para no pervertir el sentido más profundo de la inclusión. Deberían limitarse a construir y proponer mejoras en lugar de apostar por destruir.

La inclusión está en los parques, en el transporte público, en los supermercados, en la calle… que respira y avanza con cada uno de nuestros hijos cada vez que con su forma especial de ser y estar enriquecen el mundo.

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