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Amor y Sexo

La literatura del deseo

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Los procesos lentos y ciegos de la evolución han descubierto mediante prueba y error que el mejor medio para empujar a los seres humanos y otros mamíferos a proporcionar cuidados parentales, comer, beber y procrear es ofrecerles un incentivo en forma de placer unido a cada actividad. Hay en ello una maravilla cotidiana que no apreciamos en lo que vale. Satisfacer el hambre comiendo no solo elimina una sensación desagradable. Lo que comemos está “exquisito”, “delicioso” o “sabroso”. Si tenemos mucha hambre, incluso una comida sencilla nos procura cierta satisfacción. Hace tiempo, la neurociencia localizó y describió el lugar desde el cual fluyen estos dones, así como su complejo funcionamiento, en la base del cerebro. La fuente de deleite se conoce como sistema de recompensa. Su función es motivar, y también gratificar. La motivación para tener relaciones sexuales se llama deseo. Cuando el deseo cumple su propósito en el sexo, esa sensación desbordante e indescriptible es nuestra recompensa.

Tras la invención de la agricultura, el aumento de tamaño de los asentamientos y la especialización, las sociedades humanas se volvieron más diversas y complejas, y de este eficaz mecanismo biológico se derivaron extraordinarios avances culturales. Qué vinos, qué salsas y cuántos miles de preparaciones a base de leche, cereales y carne animal; qué poesía amorosa, qué canciones, pinturas y música seductora no habrán concebido nuestras múltiples civilizaciones a fin de obtener, o proporcionar a otros, las recompensas de ese asombroso palacio del placer que tenemos en el cerebro. Y qué espléndida complejidad en la expresión.

Los escritores se han esforzado por describir la sensación del orgasmo, fracasando la mayoría de las veces

En detrimento propio hemos descubierto por casualidad atajos que, estimulando los neurotransmisores adecuados del sistema, eluden cualquier actividad con sentido y nos ofrecen el puro placer de las recompensas no ganadas. Muchas personas han descubierto lo placenteras, adictivas y ruinosas que pueden ser la cocaína, la heroína y los opiáceos sintéticos.

Cubiertas las necesidades básicas de alimento y bebida, el sistema reserva sus recompensas más dulces e intensas, su vértigo extático, para el sexo y su momento de goce absoluto. El deseo sexual arde aún con más fuerza que nuestro apetito de comida o bebida, a no ser, por supuesto, que nos estemos muriendo de hambre o sed. A lo largo de los siglos, la literatura se ha esforzado por describir la sensación de la consumación sexual, fracasando la mayoría de las veces, y es que el orgasmo está a años luz de cualquier otra experiencia. El lenguaje cae de rodillas presa de la desesperación. A nadie convence leer términos como “explosión” o “erupción”. Tampoco los frecuentemente utilizados de “anulación” o “aniquilación” nos llevan lejos. La satisfacción sexual no se parece a ninguna otra experiencia de la vida diaria. Los símiles y las metáforas son inútiles. John Updike propuso que ese exquisito momento sensual era como entrar en un hiperespacio mental en el que todo sentido del tiempo, el espacio y la identidad personal se disuelven. Comparado con las horas que dedicamos a trabajar, viajar o dormir, ese momento mágico es lastimosamente breve, aún más para los hombres que para las mujeres. Si tuviésemos el don de hacerlo durar cuanto quisiésemos, si pudiésemos permanecer en esa cumbre del éxtasis días enteros, poco más haríamos. En ello reside la perdición del drogadicto, que sacrifica el alimento y la bebida, a sus hijos y toda su dignidad por la siguiente dosis.

El momento no solo es breve, sino que cuando el deseo se ha satisfecho, no tarda en volver, en una repetición sin fin como la noche y el día. O, justamente, como el hambre y la sed. Inmensos trechos de nuestra vida se organizan en torno al regreso, una y otra vez, a ese breve atisbo del paraíso terrenal. O bien tenemos que apartar los pensamientos tentadores y hacer todo lo posible por ignorarlos mientras nos entregamos a nuestros deberes y ambiciones. Así sucede sobre todo en el caso de los adultos jóvenes. Y ahora que hemos aprendido los trucos para separar el sexo de la procreación, toda nuestra cultura está pautada por esa reiteración constante.

La literatura del deseo

Más allá del colosal negocio multimillonario de la pornografía, a lo largo de los siglos nuestros anhelos han engendrado algunos de los artefactos más hermosos de la imaginación. En el canto, la poesía, el teatro, la novela, el cine y la escultura, hemos explorado y rendido homenaje al vínculo emocional y sexual entre seres humanos, a ese intercambio infinitamente variado, esa disolución de la identidad que llamamos amor. Más aún, o tal vez debería decir menos: hemos dedicado algunas de nuestras efusiones más sublimes a la ausencia de amor o a su fracaso, a su falta de correspondencia y a su insatisfacción, y las más sentidas de todas, a su final. Casi todas las canciones tristes hablan del abandono por parte de la pareja. “Me desperté esta mañana y se había ido”. Qué misterio tan interesante que obtengamos placer de practicar en la imaginación todas las posibilidades trágicas del amor: los celos, el rechazo, la infidelidad, el anhelo sin esperanza, las intrigas, el mal de amores, los tristes y dulces remordimientos, la frustración y la ira.

En nuestro arte, en especial en nuestra literatura, el amor suele convertirse en el microcosmos, en el terreno de juego de todos nuestros problemas y defectos. En una sola relación entre dos personas, los novelistas pueden encontrar todo un universo en el que es posible explorar la condición humana. En el amor están el cielo y el infierno enteros. “Cada rosa”, escribió el poeta Craig Raine, “crece en un tallo infestado de tiburones”. En su hipnótico canto fúnebre, Joy Division entonaba “el amor volverá a destrozarnos”.

Pero la tradición festiva también es rica. En los anales de la literatura inglesa existe una composición fácil de memorizar:

¿Qué requiere de la mujer el hombre?

Las formas del deseo satisfecho.

¿Qué requiere del hombre la mujer?

Las formas del deseo satisfecho.

Los versos de William Blake han sido elogiados por su sencillez, así como por su espíritu igualitario al atribuir la misma importancia al deseo de la mujer que al del hombre, algo no tan habitual en un escritor de finales del siglo XVIII. Y con qué naturalidad asevera su autor que la gratificación personal es lo opuesto a la gratificación mutua.

En una sola relación, los novelistas pueden encontrar todo un universo en el que explorar la condición humana

En el contexto del sexo, ¿es el deseo un placer en sí mismo? No exactamente. Se parece más bien a una llave a la espera de que la hagan girar, o a un picor que espera que lo rasquen. El deseo solo es verdaderamente placentero cuando su satisfacción está al alcance de la mano. De lo contrario, es placer atrapado en la esperanza, una forma de agitado cautiverio mental, un afanarse en pos de aquello que aún no existe, o que nunca podrá existir. Y sin embargo, sin embargo… Pregunte al hombre o a la mujer víctima del mal de amores si, antes que sufrir las punzadas del amor no correspondido, preferiría un narcótico que borrase el recuerdo del amado. La mayoría respondería categóricamente que no. De ahí la muy citada reflexión de Tennyson según la cual “… es mejor haber amado y perdido que jamás haber amado”. El deseo posee algo de la naturaleza de la adicción.

Este enigma tiene profundas consecuencias para la literatura del amor. Cuando, en diversas culturas, un hombre y una mujer son separados a la fuerza por las convenciones sociales o religiosas, y solamente el matrimonio les permite estar juntos a solas, o cuando el amor de un hombre por un hombre o de una mujer por una mujer se prohíbe bajo pena de castigo; en otras palabras, cuando lo único posible es el amor a distancia y el sexo no se hace realidad fuera de la imaginación, el amado es idealizado, y la literatura del deseo aparece para alcanzar una cumbre de expresión atormentada y espléndida.

Recordemos el ejemplo de Dante, que como nos cuenta la tradición y es de todos conocido, se fijó en Beatrice Portinari por la calle cuando ella tenía nueve años, y se enamoró sin haberle hablado. Durante el resto de su vida, nunca llegó a conocerla bien, aunque a veces la saludaba por la calle, pero el amor que sentía por la joven fue la fuerza que animó su genio para la poesía y el dolce stil novo, y, de hecho, para la vida misma.

Otro ejemplo famoso es el efecto que Laura causó en Petrarca. El poeta la vio en una iglesia en 1327, y ella siguió siendo, hasta su muerte en 1348, el amor inalcanzable al que dedicó 365 poemas. Al igual que Dante, Petrarca tuvo poco o tal vez ningún contacto con el objeto de su amor. El lector actual puede apreciar la grandeza de la poesía amorosa que ambos produjeron. Poco importa el hecho de que el amor no tuviera una base biográfica. Es literatura y la imaginación lo es todo, a pesar de los años de infructuosos anhelos. Nosotros, como lectores, somos los únicos beneficiarios.

Existe otra tradición más vitalista, derivada del carpe diem —aprovecha el momento— de Horacio, una forma de persuasión poética que por la pura exuberancia comunica la promesa de un final feliz. No vamos a vivir siempre, así que hagamos el amor ahora. He aquí uno de los poemas más célebres de la tradición inglesa. En A su esquiva amada, Andrew Marvell dice:

Es un misterio que obtengamos placer de practicar en la imaginación todas las posibilidades trágicas del amor

Por eso, ahora que el tinte juvenil

vive en tu piel cual matinal rocío,

y tu alma dispuesta transpira

por cada poro fuegos instantáneos,

gocemos mientras podamos…

Estos diestros tetrámetros evocan con su urgencia rítmica la palpitante insistencia del deseo sexual. En el poema, el anhelo y su satisfacción yacen uno junto al otro, precisamente igual que los amantes.

En muchas novelas de los siglos XVIII y XIX, y en la ficción romántica barata del XX, la conclusión satisfactoria del deseo y el amor no se alcanza en la cama, ya que ello se consideraría una infracción excesivamente grosera del gusto y las normas sociales. El final como Dios manda es la fusión de los destinos más que de los cuerpos. El clímax llega con el sonido de las campanas de la iglesia. El deseo encuentra su resolución respetable en la cohesión social y el matrimonio. Este relato tiene su expresión cabal en las novelas de Jane Austen.

Pero después de los grandes maestros de la ficción del siglo XIX, en particular Flaubert, George Eliot y Tolstói, esta narrativa ha gozado de escaso crédito en la literatura seria. La dura lección de la realidad mostraba que las campanas de boda no eran más que el comienzo de la historia. El adulterio era un villano irresistible. El aburrimiento era otro. Y lo mismo pasaba con las restricciones a la libertad de las mujeres y el peso amargo de la dominación masculina, cuya expresión máxima es la violación, tema central de Clarissa, la obra maestra de Samuel Richardson, escrita en el siglo XVIII. Durante 300 años, uno de los proyectos de la novela literaria fue investigar e, implícitamente, reconsiderar cómo podía ser una relación amorosa.

Hoy en día nos encontramos en un nuevo y disputado territorio en lo que a relaciones, preferencias e identidad sexuales se refiere. Toda clase de subgrupos de diferencias minuciosamente clasificadas reivindican enérgicamente sus derechos. Puede que a una generación mayor esto le parezca amenazador o absurdo, pero en las costumbres sexuales estas luchas y redefiniciones forman parte de una larga tradición de cuestionamiento de las ortodoxias predominantes. La historia de la novela así lo dice. Las formas convencionales de las expresiones literarias del deseo, especialmente del masculino, adquieren un nuevo aspecto. ¿Quién puede poner objeciones cuando se retira a los hombres de riqueza, fama o prestigio la licencia sexual que les había sido otorgada? Las órdenes de detención no están de moda, pero es posible que los poetas y otros espectadores sean arrestados en medio de la confusión general. En el nuevo orden, Andrew Marvell podría ser acusado de acosar a una joven virgen. Sentía una necesidad sexual apremiante, y su apelación a los estragos del tiempo no era sino un alegato falaz. Donde antes un poeta habría rendido homenaje con normalidad a la belleza de determinada mujer, en nuestros días parece burdamente facultado. Sus palabras, que en otro tiempo sonaron dulces, hoy se consideran expresión de una tendencia insana a la cosificación o a la hostilidad irreflexiva. Esas mismas dulces palabras se leen bajo una nueva luz, como los estertores de un orden moribundo.

En la ficción romántica, el final como Dios manda es la fusión de los destinos más que de los cuerpos

En literatura, un canon o una tradición son, en esencia, una polémica literaria y, como tal, exigen compromiso. En los últimos tiempos, la polémica ha llegado al punto de ebullición. Las antes comúnmente consideradas obras maestras corren el peligro de la degradación. Algunas son eliminadas de las listas de lecturas de las universidades. Pero si nos deshacemos de un tesoro por exceso de celo, otros lectores estarán esperando para recogerlo y apreciarlo. Las formas del deseo humano antes prohibidas, ridiculizadas o perseguidas, y hoy justamente aceptadas, pueden dar pie a nuevos modos de etiqueta literaria que demanden de la poesía amorosa no solo expresiones de admiración y respeto, sino también de intenciones puras y del ofrecimiento sentido de una desvinculación tranquila. Tal cosa requerirá grandes dosis de talento para no resultar insulsa. Quizá lo próximo sea la negación de uno mismo. A lo mejor mientras yo hablo está naciendo el poeta que algún día forjará una nueva estética del deseo insatisfecho que rivalice con los castos regímenes de Dante y Petrarca.

Yo no puedo hablar verdaderamente en nombre de los poetas, pero, en lo que respecta a los novelistas, creo que sea cual sea la narrativa que nuestra historia social despliegue en el futuro, conservará, en especial dentro de estas texturas sociales más densas, las mismas oportunidades de observar y luego escribir las comedias y las tragedias de las costumbres y el amor. Así seguirá siendo. En el concurrido foro del amor, el anhelo y la literatura en el que se encuentran lectores y escritores, puede parecer que todo está a punto de cambiar, pero en el corazón de las cosas, en su núcleo oculto, todo seguirá igual. No podemos existir —o persistir como especie— sin el deseo, y no dejaremos de cantarle.

Amor y Sexo

Todo sobre el Satisfyer Pro 2, el succionador de clítoris más vendido en Amazon

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«The next sexual revolution», reza la página oficial de Satisfyer. Lo hace dibujando la X de ‘sexual’ con una silueta del propio Satisfyer Pro 2: su último lanzamiento y el que ha conseguido que todo el mundo hable de él. No andaban desencaminados, pero a todas luces superaron expectativas: «En el futuro, 2019 será recordado por lo que ha supuesto el Satisfyer», leemos en medios y redes sociales.

No es para menos… son cientos de ellos los que ya se han hecho eco de su éxito -contándonos sus bondades y también sus problemáticas-, ha arrasado consiguiendo likes en Instagram, se ha erigido protagonista de conversaciones entre todo tipo de grupos, se ha convertido en un auténtico símbolo de reivindicación femenina y ha conquistado, damos fe, a una ingente cantidad de mujeres (y parejas). 

El Satisfyer Pro 2 Next Generation, creación de la marca Satifyer (cuyo nombre es, sin duda, un genial acierto de marketing), es ya todo un fenómeno nacional, millennial, sexual y feminista. Y es, también y sobre todo, número uno en ventas tanto en tiendas y webs eróticas como en el propio Amazon.

Pero, ¿qué tiene este juguete sexual para haberlo revolucionado todo? 

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¿Cómo funciona?

Tiene un pequeño cuerpo de 16,5 cm. -por su forma podría parecer un cepillo de limpieza facial- acabado en color oro rosa y en alta calidad para que no permita la entrada de agua, lubricantes u otros fluidos. A él se suma un cabezal de quita y pon -para poder retirarlo y lavarlo con facilidad- fabricado en silicona antialérgica que se ajusta ergonómicamente para rodear el clítoris con la máxima suavidad y precisión.

Está equipado con batería integrada -y no pilas- que se recarga con un cable USB que conecta directamente con el aparato de forma magnética, por lo que respeta al máximo el medioambiente. Y cuenta con dos botones: para encender y apagar y para controlar sus 11 niveles de intensidad. Por cierto: si lo compras online, llegará a tu casa en un paquete discreto que no desvelará lo que hay en su interior.

Su manejo es sencillo y tan solo funciona estimulando el clítoris. Cuando se acerca a él, proporciona sensación de vacío y enérgicas palpitaciones sin necesidad de llegar a tocarlo gracias a su sistema de ondas expansivas y pulsaciones de aire. Solo ha de colocarse sobre la zona para sentir cómo el flujo sanguíneo aumenta en tiempo récord: sus usuarias aseguran haber llegado al orgasmo en escasos minutos.

* Por supuesto es ultra silencioso y funciona bajo el agua.

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El nº1 más vendido

Si este fenómeno ha surgido y se ha extendido como la pólvora, se debe sencillamente a los millones de testimonios que han compartido tanto usuarias anónimas como un sinfín de instagramers e influencers tras haberlo probado.

«Me temía que fuese más publicidad que otra cosa, pero es 100% eficaz. La estimulación llega en tan solo segundos y antes de dos minutos tengo un orgasmo muy intenso».

«Es pequeño, sencillo y discreto y puedes llevarlo en cualquier sitio. Casi no consigo llegar a la última intensidad porque el orgasmo llega antes. La batería dura mucho y se carga enseguida».

«Los materiales son de buena calidad: el cabezal de silicona agradable y resistente. Funciona perfectamente en el agua y es genial también para usar en pareja».

Estas son tan solo algunas de las opiniones que sus usuarios, tanto mujeres como hombres, han compartido en Amazon… ¿vas a poder resistirte?

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Amor y Sexo

Bendito orgasmo diario

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Carolina tiene treinta y tantos años, es educadora infantil, tiene relaciones esporádicas con un grupo casi fijo de personas entre las que deambula sin dejar en ninguna casa el cepillo de dientes. Conoce a todos sus amantes desde hace tiempo, al que menos, desde hace más de seis meses. Cada mañana, en la ducha, se masturba con la potencia del agua. Como ella misma dice:  Forma parte del ritual. «Desnuda, en la ducha, después de lavarme el pelo y mientras aguanto la mascarilla, me masturbo con el agua a presión que direcciono entre mis piernas. Desde que descubrí este higiénico modo de masturbarme, no hay mañana que no tenga mi orgasmo«. Entre muchas de las que nos dedicamos a hablar de estas cosas, a esto, lo llamamos duchaja, la contracción perfecta entre ducha y paja. Quiero creer que en Fundéu estarán contentos con nuestro trabajo, desde luego nuestro cuidado con las palabras sexuales es exquisito.

«Los orgasmos sirven para muchas cosas, ya sean solos o en pareja, pero sobre todo, lo mejor es que sean frecuentes», reconoce Paloma Alonso, terapeuta y especialista en parejas, «protegen el corazón, mejoran el estado de ánimo, ayudan a la salud emocional, mejoran el sistema inmune y queman calorías», según los últimos estudios, una media de 600 por polvo mediano de veinte minutos. Las mismas que una sesión de spinning. Los hombres se conocen mejor por motivos obvios: se tocan el pene desde pequeños para orinar. Nosotras, no. Y eso dificulta también para saber cómo aprender a masturbarse. El orgasmo es vital, por ejemplo, para intentar reducir la ansiedad. No en balde los primeros gozadores femeninos fueron artilugios fabricados explícitamente para tratar lo que entonces llamaban «histeria femenina». Los primeros de los que se tiene constancia datan de la antigua Grecia, cuando consideraban que el útero deambulaba por el cuerpo de la mujer y situaban los sofocones en el pecho, la histeria. En el Medioevo, los médicos «sofocaban la matriz» con artilugios muy rudimentarios y en siglo XIX, los médicos y practicantes cobraban por dar esos masajes para tratar la histeria, pero terminaban agotados y, a menudo, fracasaban. Imaginen la situación: la señora abierta de piernas mientras un desconocido manipula sus órganos genitales sin saber muy bien cómo hacerlo. Los que consiguieran que la señora alcanzar el orgasmo, debieron ser realmente hábiles. En 1870, Joseph Mortimer Granville, cansado de tanto masaje infructuoso, inventa el primer dispositivo electro mecánico con forma fálica. Sus pacientes sí que celebraron la noticia.

«Un orgasmo ayuda a dormir, lo cual es una ventaja para muchos tratamientos terapéuticos en los que la ansiedad del paciente, le impide descansar. Además, son una inyección a los neurotransmisores y una descarga de oxitocina, endorfinas y serotoninas, y elimina toxinas», prosigue Paloma Alonso. «Un chute de semejante carga hormonal es rejuvenecedor y una cura para quien lo tiene». En una entrevista al Daily Mail, la modelo más anciana en activo, Carmen De’ll Orefice reconoció, elegantemente, que el secreto de su belleza estaba en su actividad sexual: «Si usted tiene un Rolls Royce tiene que meter la llave de vez en cuando para ver si funciona», admitió.  «Yo sé cómo darme placer», sentenció. La masturbación como herramienta de belleza es el mejor motivo a tener en cuenta.

Rachel Carlton Abrams es una de las mujeres que más rentabilidad le ha sacado a los orgasmos, aunque solo sea por la cantidad de ejemplares que ha vendido de La mujer multiorgásmica. En su libro y sus ponencias trata de concienciar a la mujer de la necesidad imperiosa de intentar provocar un orgasmo diario: «Algo tan sencillo como masturbarse puede convertirse en una inyección de salud tan importante que resulta ridículo negarse a ella«. Los ejercicios que propone en sus páginas se han convertido casi en una disciplina para muchas mujeres de todo el mundo. La terapeuta Paloma Alonso lo resume en una frase: «Un orgasmo al día es la llave de la alegría». 

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Amor y Sexo

Los padres llegamos “muy tarde y muy mal” a tratar el tema del sexo con nuestros hijos

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Un domingo por la tarde, hace unas semanas, decidimos ver a petición de nuestra hija de seis años un biopic de la escritora sueca Astrid Lindgren, creadora de uno de los personajes más icónicos de la literatura infantil, Pippi Calzaslargas. En un momento dado del metraje tuvo lugar una escena de sexo, nada demasiado explícito, con la que no contábamos. Por supuesto, entramos en pánico. Creo que a nosotros, los adultos, se nos pasó por la cabeza de todo (apagar la tele, cambiar de canal accidentalmente, pulsar el botón de stop para ganar tiempo…). Mientras, sin embargo, nuestra hija miraba con tanta atención como naturalidad la escena. Al final, presos del pánico, lo único que acertamos a hacer fue pulsar el botón de fast forward para que el momento de tensión se acabase cuanto antes.

“Tampoco lo hicisteis tan mal. Lo normal, cuando nos enfrentamos a una escena sexual con nuestros hijos delante, es que entremos en un momento de histeria y hagamos cosas como cambiar de canal o taparles los ojos”, afirma entre risas, al otro lado del teléfono, la psicóloga y sexóloga Elena Crespi, que acaba de publicar Habla con ellos de sexualidad (Lunwerg Editores), un libro ilustrado por Elisenda Soler que aborda la sexualidad desde el punto de vista de padres e hijos.

Para Crespi no hay reacciones buenas o malas. Tampoco es necesario que los padres nos fustiguemos por las mismas. Eso sí, la mejor reacción pasa, inevitablemente, por la normalidad. “¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que tu hija te pregunte “oye, papá, y qué hacen esos dos?”. ¿Y si lo pregunta?, devuelvo el interrogante a la sexóloga. “Pues nada, basta con decir que están jugando a cosas de mayores. A los seis años no hace falta dar más explicación que esa. Y posiblemente a tu hija le hubiese servido y hubiese saciado su curiosidad. Al final, los peques no tienen la mirada de una persona adulta, así que donde tú ves algo pornográfico y que te incomoda, los peques solo ven a dos personas más o menos vestidas “jugando” y revoloteando en la cama. Que en el fondo es lo que es el sexo, son dos personas que están jugando. Lo que cambia es la mirada sobre ese juego”, responde.

Normalizar la sexualidad

Normalidad es lo que necesitamos, según Elena Crespi, para afrontar el tema de la sexualidad con nuestros hijos. Algo relativamente difícil cuando la mayoría aún hemos crecido en entornos donde el sexo era un tema tabú, del que no se hablaba.

Recuerdo que en casa de mis padres reinaba un silencio tenso cuando la televisión mostraba una escena de contenido sexual. Nadie comentaba nada y cuando por fin terminaba era como si esa escena no hubiese existido. “Es que una imagen erótica provoca una respuesta sexual en nosotros, nos excitamos, y eso de excitarse con los padres delante es muy raro. Y lo mismo pasa al revés. Estamos todos pensando “¡por favor, que se acabe ya!”, señala divertida la sexóloga que, en estos casos, cuando los niños ya están en plena adolescencia, recomienda hacer un comentario irónico “para romper el hielo”, aprovechando que las escenas de sexo del cine “siempre son de ciencia ficción”: “Quizás de ahí salga una conversación. O puede que no, pero seguro que evitamos ese momento tenso”.

Lo ideal, no obstante, es que antes de la llegada de ese momento la sexualidad se haya vivido con mucha naturalidad en casa desde el nacimiento de los niños. Otra vez “naturalidad”. Y eso implica entre otras cosas, según Elena Crespi, que no haya habido tabúes a la hora de mostrar el cuerpo y de nombrar sus partes, porque a partir de la forma en que nombramos a los genitales “los niños ya entienden desde el minuto cero que lo que tienen entre las piernas no es igual que lo que tienen en la cara”. Porque sí, la nariz es la nariz, una mano es una mano, un pie es un pie, pero el pene es una “pilila” o una “cola” y la vulva es un “chochete” o una “patatita”. “En la escuela, cuando se explica el aparato digestivo nadie se escandaliza. En cambio, cuando hablamos de educación sexual, hablar de vulva, pene o testículos siempre genera risas nerviosas”, lamenta.

Esa normalidad y esa ausencia de tabúes, señala la autora de Habla con ellos de sexualidad, es un primer paso para, llegado el momento, poder comentar una escena televisiva de este tipo con nuestros hijos, “siempre teniendo en cuenta su nivel de conocimiento para adaptar el lenguaje y el mensaje a sus necesidades”.

Los padres llegamos “tarde y mal”.

Ha quedado claro que normalizar desde la primera infancia es lo ideal. El problema, sin embargo, es que de la teoría a la práctica hay un techo y los padres acostumbramos a llegar al tema de la sexualidad con nuestros hijos “muy tarde y muy mal; y además con la pequeña esperanza de que sea en la escuela donde aprendan todo lo que tienen que aprender sobre sexo”. Algo que para Elena Crespi es un error, ya que en su opinión por mucho que en las escuelas se hagan programas de educación sexual, “el verdadero aprendizaje se hace en casa”. Y es que, aunque por tabú o por vergüenza no queramos ser agentes educativos en este ámbito, los padres no dejamos de ser en ningún momento “sus agentes educativos principales”. También a nivel sexual.

Cuando somos conscientes de ello, algo que suele coincidir con el aterrizaje de nuestros hijos en la pubertad, nos entra el pánico y las prisas por hablar con ellos, aunque no sepamos muy bien cómo. Para entonces, sin embargo, como avisa Crespi, nuestros hijos “ya han visto mucho porno y ya se han hecho una idea completamente tergiversada de lo que es la sexualidad”.

Para la sexóloga, este llegar tarde y mal tiene una consecuencia fundamental: que nuestros hijos adolescentes no nos perciben a los padres como un apoyo importante en este tema, de forma que, si tienen problemas sexuales o dudas, lo último que van a querer es que nos enteremos nosotros. “Nuestros hijos deberían visualizarnos como apoyo y deberían poder contarnos lo que sea sin que nosotros nos escandalicemos o los castiguemos, que es lo que hacemos normalmente desde pequeños si los vemos tocándose o jugando con algún amigo o amiga a investigarse. Al final siempre les mandamos mensajes muy censuradores con todo lo referente a la sexualidad, de modo que cuando tienen 15 años y tienen algún problema no van a acudir a nosotros”, argumenta.

Para no llegar a estos extremos, Elena Crespi ofrece a los padres cuatro consejos. El primero pasa por nombrar a cada parte del cuerpo por su nombre real. El segundo por normalizar la desnudez. El tercero por aprovechar situaciones que nos ofrece el día a día para hablar sobre sexualidad con naturalidad. El cuarto y más importante en su opinión, por último, por explicitar a nuestros hijos que ante cualquier problema vamos a ser su apoyo y vamos a estar a la altura de las circunstancias. “Así, cuando el problema sea sexual o tenga que ver con la sexualidad, ellos sabrán que también vamos a ser un apoyo”, concluye.

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