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Viajes

10 islas griegas para perderse

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Con más de 2.000 islas dispersas por el Egeo y el Mediterráneo, la cosa se pone complicada para escoger una sola isla griega donde ir de vacaciones. Solo unas 200 están habitadas, y cualquiera de ellas puede ser buena para disfrutar de la vida al más puro estilo mediterráneo: calas solitarias (incluso en verano), aguas cálidas y profundamente azules, leyendas mitológicas, antiquísimas ruinas blanqueadas por el sol y el tiempo… y ahora también muchas actividades para disfrutar al aire libre, como senderismo, buceo o escalada en roca.

Las hay de todos los tamaños, desde la gran isla de Creta o la histórica Rodas, hasta las diminutas Cícladas esparcidas por el Egeo. Las hay muy pero que muy turísticas, como Mikonos o Santorini, y otras casi deshabitadas donde podemos soñar que somos los primeros en descubrirlas. Aquí te proponemos 10 pequeñas islas en las que probablemente no encuentres a nadie conocido.

El puerto de la ciudad de Hidra, una de las islas del Golfo Sarónico a media hora en ferri de Atenas (Grecia).

1. Hidra, a un paso de Atenas

Hidra, isla no tan alejada y no tan deshabitada, está a escasa media hora en ferri desde Atenas y es una de las islas del golfo Sarónico que motean la costa de la capital griega, cada una con su atmósfera y su cultura. Son las más visitadas por los atenienses y por turistas de paso que sacan un poco de tiempo para escaparse del empacho arqueológico por unas horas.

Hidra no resulta tan turística como su vecina Egina, pero es la joya de la zona: con casas de piedra encaladas de blanco, un puerto histórico donde amarran veleros, caiques y yates y sin coches ni ruidos. Es la única isla griega sin tráfico motorizado —ni automóviles, ni motos—, solo callecitas empedradas, burros, rocas y mar. Artistas, músicos (entre ellos Leonard Cohen), actores (Melina Mercouri, Sophia Loren) y otros famosos se han sentido atraídos por este lugar a lo largo de los años. Además de construcciones de piedra exquisitamente conservadas hay caminos rurales en zigzag, aguas límpidas y profundas, y se puede tomar un buen capuchino en el muelle mientras se disfruta del ajetreo cotidiano.

La isla tiene apenas 2.000 habitantes, pero históricamente fue un lugar importante, refugio ocasional para los venecianos y otomanos, una isla de comerciantes de éxito durante siglos hasta convertirse en el XIX en una potencia marítima, de lo que dan fe las lujosas mansiones de la ciudad que levantaron sus armadores. Su punto débil (no hay playas de arena) ha sido también su salvación para los que huyen de los arenales congestionados.

Casi toda la población vive en la ciudad de Hidra, que gira en torno al puerto. En temporada alta, hay un movimiento constante en su muelle de mármol, que se convierte en un bulevar por el que desfila todo el mundo. Las casas se alejan del centro por empinadas cuestas y aquí podemos ver estampas muy diferentes, con vecinas que charlan en la puerta de casa y calles retorcidas que se transforman en caminos de tierra que se adentran en las montañas. En el municipio se encuentra incluso una catedral del siglo XVII, pero lo mejor es salir a conocer la isla. Su interior es árido y montañoso, pero esconde buenos caminos para el senderismo. Una experiencia insuperable es la subida al Moni Profiti Ilia, un monasterio con vistas extraordinarias. Otros senderos conducen al monte Eros (con 588 metros es el punto más alto de Hidra) o atraviesan de este a oeste el espinazo de la isla.

Podemos parar en rincones encantadores, como Kamini, un pequeño puerto pesquero con varias tabernas buenas y una playita de guijarros. O en Vlyhos, un kilómetro más allá, con aguas cristalinas y varias tabernas para hacer un alto.

Otras islas del golfo Sarónico cercanas a Hidra son: Egina, la más grande y la más cercana a Atenas, que posee un templo dórico y un pueblo bizantino en ruinas; Angistri con su ambiente completamente en calma fuera del verano; Poros, con un interior cubierto de bosques, o Spetses, la más meridional, con aroma a pino, una bonita arquitectura, caletas de color aguamarina y una rica historia naval.

La ciudad de Chora, en la isla de Folégandros. En lo alto de la colina, la iglesia de la Virgen, un enclave para ver el atardecer.

2. Folégandros, el presidio transformado en paraíso mediterráneo

Las Cícladas son la imagen más típica de las islas griegas de ensueño: pueblos blancos e iglesias con cúpulas azules, interesantes yacimientos arqueológicos, playas de postal, escarpadas rocas, restaurantes sencillos y también un punto de sofisticación. Aquí están Santorini y Mikonos, dos grandes destinos turísticos a los que no les falta ni uno de estos detalles. Pero las Cícladas, dispersas en el mar Egeo, esconden joyas como Folégandros, donde además se encuentra el que probablemente sea el pueblo más bello del archipiélago, en lo alto de un acantilado. Está en el extremo meridional de las Cícladas y tiene una belleza cautivadora. Apenas mide 12 kilómetros de largo por cuatro de ancho, y no siempre fue el paraíso que hoy nos parece: por lo lejano y escabroso de la isla, fue el lugar preferido para el destierro de prisioneros políticos desde la época romana hasta el siglo XX.

Antes apenas llegaban ferris, pero hoy Folégandros está bien comunicada, al menos en verano, con El Pireo y con Santorini. Los barcos atracan en el pequeño puerto de Karavostasis, en la costa este, que junto con el puerto de Hora y Ano Meria es el único núcleo urbano de cierta entidad. La isla cuenta con buenas playas, pero llegar a algunas requiere emprender fatigosas caminatas por lo que es mejor ir en barco.

El mayor de los atractivos de la isla es Chora, un pueblo lleno de encanto que ya no es un secreto para nadie. La calle principal serpentea entre animadas plazas arboladas y mesas al aire libre. Los edificios de piedra natural, intercalados entre construcciones blancas y azules, son de lo más fotogénicos. El kastro medieval queda al oeste: es un pequeño núcleo de callejones con arquerías bajas que data del siglo XIII, con balcones cubiertos de buganvillas y con el encanto añadido de unas cuantas capillas encaladas. Al atardecer, es casi obligado subir a ver la puesta de sol a la iglesia de la Virgen, Panagia, encaramada en una colina por encima del pueblo: son 20 minutos para unas vistas espectaculares de Chora, los acantilados y las olas.

Para ver la cara más tradicional de Folégandros, donde todavía el turismo no ha dejado huella, hay que ir al extremo oeste de la isla, a Ano Meria, una comunidad dispersa compuesta por pequeñas granjas y casas que se extiende varios kilómetros por la cresta de la isla. También hay playas: los arenales de Livadi, Katergo, Angali (la más visitada), LIvadaki o Agios Georgios prometen un poco de soledad, aunque tengamos que llevarnos comida y agua.

El monasterio de Moni Chrysopig, en la isla de Sifnos.

3. Sifnos, las Cícladas en estado puro

Los cazadores de islas de ensueño tienen el éxito asegurado en la pequeña Sifnos, otra de las islas Cícladas. A pesar de que los turistas hace tiempo que la descubrieron, sigue siendo un lugar de postal. Hoy es famosa por su cerámica, pero en tiempos remotos, como ocho siglos antes de Jesucristo, era ya un lugar muy rico gracias a sus minas de oro y plata, que se agotaron antes del siglo V a.C. Merece la pena acercarse hasta las remotas playas del norte. Tres pueblos junto a la capital, Apolonia, se ensartan como perlas en un collar por la cresta de la isla. La luz cambiante acaricia el paisaje, y en las laderas de los montes centrales abundan los olivos, almendros, adelfas y plantas aromáticas. Cada una de las bahías de la isla exhibe una paleta de aguas verdiazules y ofrece vistas espectaculares.

El puerto de Kamares puede ser una base para descubrir la isla, porque cuenta con la mayor oferta de alojamientos, pero es menos práctico que Apolonia, situado en el centro. Kamares está encerrado entre escarpadas montañas, pero en su puerto se respira un ambiente vacacional, con una gran playa y un paseo marítimo con cafés, tabernas y tiendas. Apolonia es laberíntica y está salpicada de iglesias. En temporada alta, desfilan por sus calles y cafés los atenienses adinerados, pero fuera de esta época vuelve a la tranquilidad.

La isla también anima a ser recorrida a pie. Se siente muy orgullosa de sus más de una decena de senderos señalizados, con un total de 98 kilómetros, que van desde magníficos paseos de 20 minutos (como el que va de Apolonia a Artemonas) hasta caminatas de cuatro horas. Y dos excusiones recomendables para los amantes de la historia: la que lleva al monasterio de Moni Chrysopigi, con más de 600 años a sus espaldas, colgado en un islote unido a la costa por un pequeño puente peatonal (se llega desde el pueblo de Faros), y la excursión a la Agios Andreas, en el centro de la isla, una acrópolis que tiene su origen en el período micénico, 13 siglos antes de Cristo.

Otro de los reclamos de la isla es su gastronomía. Aquí nació el autor del primer y más famoso libro de cocina griega, Nikolaos Tselementes (1878-1958), y desde entonces Sifnos ha dado buenos chefs. Sifos Farm Narlis (www.sifnos-farm-narlis.com) imparte clases de cocina griega.

La población de Olimpos, en las islas Cárpatos (Grecias).

4. Cárpatos, la isla más tradicional

Cárpatos es una de las muchas islas que cita Homero, a la que llama Krapatos, y tiene todavía un cierto aire primitivo. Cuenta la leyenda que Prometeo y sus titanes nacieron aquí, y uno se lo puede imaginar perfectamente. Esta larga y escarpada isla, famosa por sus agrestes montañas y sus calas de aguas azules, figura entre las menos turísticas de Grecia. Con sus pueblos envueltos en nubes y su belleza algo salvaje, resulta encantadora para los que busquen la Grecia más auténtica, aunque el sur es ya bastante popular entre los amantes de la adrenalina, y acoge cada verano una competición internacional de kitesurf.

Los ferris llegan Pigadia, la capital, un puerto que se despliega junto a una larga bahía en la costa sureste y que acaba conquistando al viajero con su embarcadero, sus bares y panaderías frente al mar. Es sencillamente un lugar tranquilo, típicamente griego. Al sur de la isla varios pueblos se han reinventado como pequeños centros vacacionales gracias a sus playas de arena. El otro pueblo con encanto en el sur es Arkasa, una de las poblaciones más antiguas de la isla. El pueblo original, cuesta arriba desde el mar, ahora se complementa con un complejo de playa.

Pero si lo que buscamos son las típicas tranquilas de playa, hay que ir a Lefkos, con un encantador arenal curvado. Y en el interior, salpicado de pintorescos senderos, hay tranquilas poblaciones entre las colinas, como Menetes, rodeada de montañas y sobre unos acantilados. Se aconseja subir primero hasta la iglesia, en el punto más alto, y desde allí explorar sus estrechas calles de casas encaladas.

Y aún queda por descubrir el norte. Los locales suelen considerar esta parte escarpada y montañosa de Cárpatos como otra isla, en fuerte contraste con la zona sur, fértil y llana. Una nueva carretera permite llegar hasta el antaño remoto pueblo de Olimpos, un lugar magnífico. La vista cuando se llega es espectacular: casas de tonos pasteles envueltas en la niebla y aferradas precariamente a la cima del monte Profitis Ilias (716 metros). Ya de paseo por sus ventosos callejones y entre mujeres mayores vestidas con coloridos trajes tradicionales, nos puede parecer que estamos en un decorado de cine. Y, por si fuera poco, incluso escucharemos un dialecto con vestigios del antiguo griego dorio. Este enclave está considerado el lugar más tradicional de Grecia, donde las lugareñas aún usan chaquetas tejidas a mano y tocados floreados. Vale la pena pasar aquí unas cuantas noches, en especial para los amantes del senderismo y las playas remotas. Hay bonitos pueblecitos como Diafani, que merecen la pena aunque la mayor parte de los turistas pasan de largo. En este conjunto de casas blancas azotadas por el viento frente a unas aguas color azul cobalto y montañas de fondo hay poco que hacer, aparte de ver romper las olas y contemplar a hombres mayores que juegan al Backgammon. La ventaja: podremos tener sus senderos y playas casi para nosotros solos.

El puerto de Gialos, en la isla griega de Symi.

5. Symi, la asombrosa isla de color pastel

Cuando el ferri llega a Symi es inevitable que todos los pasajeros se queden mirándola asombrados. Y es que la primera visión del puerto de Gialos, bordeado por un anfiteatro de casas de tonos pasteles que se elevan por todos lados, es inolvidable. Todo esto es herencia de los italianos, que gobernaron la isla hace casi un siglo e impusieron el estilo arquitectónico neoclásico que Symi ha seguido desde entonces. Aquí solo tiene tres poblaciones: Gialos, el antiguo pueblo de Horio y Pedi. Una carretera lleva hasta el monasterio de Panormitis, cerca del extremo sur de Symi, que ya aparece mencionada en La Ilíada por enviar barcos para ayudar a Agamenón en el asedio de Troya. Y el resto del territorio está prácticamente desierto, aunque la isla está rodeada de playas y calas con aguas tan transparentes que los barcos parecen flotar en el aire.

Symi está muy cerca de Rodas y de la costa turca y tiene una larga tradición de pesca de esponjas y construcción naval. Durante la época otomana se le concedió permiso para pescar esponjas en aguas turcas a cambio de ceder a sus mejores constructores navales al sultán. La isla se enriqueció con este intercambio: se levantaron elegantes mansiones y florecieron la cultura y la educación. A principios del siglo XX, tenía 22.500 habitantes (hoy tiene unos 2.500) y en la isla se construían unos 500 barcos al año. Sin embargo, la ocupación italiana, la llegada del barco de vapor y el declive de la industria de la esponja pusieron fin a su prosperidad y la obligaron a reinventarse como destino turístico.

Prácticamente todos sus habitantes viven en Gialos, un pueblo realmente precioso con sus tonos galleta y ocre y uno de los puertos más bonitos del mundo. Los barcos de pesca se balancean en unas aguas realmente cristalinas y los vendedores de esponjas pregonan sus tesoros de las profundidades. Además, hay unos cuantos hoteles boutique y buenos restaurantes —hay que asegurarse de probar las famosas gambas de la isla—, que hacen que recalen ricos y famosos en sus deslumbrantes yates.

Horio es el otro pueblo de la isla, levantado en lo alto de una colina para disuadir a los piratas. Se llega subiendo por unos callejones detrás del puerto y lo curioso son sus majestuosas villas, construidas para antiguos capitanes de barco, algunas de ellas en ruinas. También en ruinas está el kastro de los Caballeros de San Juan, en este caso debido a una explosión del arsenal alemán que albergaba durante la Segunda Guerra Mundial.

Y aún queda Pedi, un pueblo convertido en un puerto deportivo y con agradables playas, en las que no falta la típica taberna para hacer más llevadero un día bajo el sol.

Cerca de la punta sur de Symi, en la espectacular bahía de Panormitis, se encuentra el Moni Taxiarhou Mihail Panormiti, un monasterio que está allí desde el siglo V, y al que los isleños tienen gran devoción. Aparte del monasterio, en Symi solo hay playas para visitar, como Nimborios, con una buena taberna para pasar el día en tumbonas bajo tamariscos.

Ruinas griegas y la pequeña isla de Kastri, con una iglesia ortodoxa tradicional, en la bahía de Kefalos.

6. Cos, las mejores playas del Dodecaneso

Con las mejores playas del Dodecaneso, peñascos imponentes y unos frondosos valles, Cos es una verdadera isla del tesoro. Los visitantes pronto se acostumbran a pasar junto a columnas corintias milenarias rodeadas por flores silvestres, incluso en la ciudad de Cos, la animada capital, con antiguas ruinas griegas esparcidas por todas partes y un imponente castillo medieval que todavía custodia el puerto. Aquí hay tres importantes centros vacacionales. Kardamena, en la costa sur, es muy popular entre el turismo organizado, pero Mastichari, en la costa norte, y Kamari, en el lejano suroeste, son más atractivos y están menos masificados. Lejos de los centros turísticos, la isla conserva gran parte de su carácter agreste, con el escarpado monte Dikeos (850 metros) pocos kilómetros al oeste de la ciudad de Cos.

Esta es un puerto atractivo, custodiado por un castillo medieval y llena de antiguas ruinas griegas, romanas y bizantinas. Aquí llegan los ferris y, aunque a veces esté demasiado saturadas de turistas, quedan calles muy atractivas, como la del puerto, bordeada de cafés y tabernas y repleta de barcos turísticos, pesqueros y lujosos yates. El castillo de los Caballeros no está en lo alto de una colina, como suele ser habitual, sino junto a la entrada del puerto, por lo que es accesible a través de un puente desde la plaza principal. Desde sus murallas se contempla la actividad portuaria y también Turquía. La plaza principal es el mejor lugar para disfrutar del encanto de la isla y de su tranquilo ritmo de vida. Aquí nació Hipócrates, considerado el padre de la medicina moderna, en el año 460 a.C. Tras su muerte se construyeron el santuario de Asclepio y una escuela de medicina que perpetuó sus enseñanzas e hizo que Cos fuera famosa en todo el mundo heleno. Además, la plaza principal está presidida por el árbol de Hipócrates, un plátano bajo el cual se dice que el médico griego impartía clases a sus alumnos.

El resto de la isla está marcada también por la historia, con yacimientos tan antiguos como el Asclepeion, un santuario dedicado a Asclepio, el dios de la curación, que también fue un sanatorio y una escuela de medicina a la que acudía gente de todo el mundo. Está en una colina cubierta de pinos, tres kilómetros al suroeste de la ciudad de Cos, con encantadoras vistas que también se extienden hasta tierras turcas.

Los pueblos desperdigados por la verde ladera norte del monte Dikeos están muy bien para excursiones de un día. Zia, el más bonito, prácticamente se convierte en verano en un parque temático de una sola calle, aunque las vistas del mar aún son maravillosas. Otra parte que atrae a los visitantes es Kamari y la enorme bahía de Kefalos, un tramo de 12 kilómetros de excelente playa que se prolonga por la costa suroeste de Cos prácticamente sin interrupción. Bañadas por aguas templadas y con verdes colinas cubiertas de maleza de fondo, son los mejores arenales de la isla, y de las menos abarrotadas. El mejor de todos es Agios Stefanos, en el extremo oeste, con un pequeño promontorio coronado por una basílica en ruinas del siglo V y el fotogénico islote de Kastri a poca distancia a nado.

Las calles del pueblo de Pirgi, en la isla de Quíos (Grecia).

7. Quíos, la isla que inventó el chicle

Dicen que durante el dominio otomano en Grecia los sultanes dispensaron a Quíos un trato especial porque a ellos (y a las mujeres de sus harenes) les encantaba mascar goma de mastique, una resina especial que se extrae del lentisco que crece al sur de esta isla. El caso es que esta resina, antecesora del chicle, se ha producido en esta isla del Egeo desde la Antigüedad, e incluso Hipócrates hablaba de sus beneficios para la salud (hoy se sabe que contiene antioxidantes). Esta singular riqueza hizo de Quíos un lugar diferente al resto, incluso en sus construcciones, levantadas por los navieros y comerciantes, que aquí son tipo castillo, muy diferentes a las blancas arquitecturas.

Su variada orografía comprende desde los solitarios peñascos del norte hasta las plantaciones de cítricos de Kampos, cerca de la capital portuaria de la isla (en el centro), y la fértil mastichochoria en el sur, la comarca donde generaciones de cultivadores de mastique han convertido sus pueblos en joyas del arte decorativo. Las islas de Psara y de Inuses, menos visitadas, comparten con Quíos este legado de grandeza marítima.

Casi la mitad de la población de la isla vive en la capital, la ciudad de Quíos. Detrás del puerto se extiende un barrio antiguo, mucho más tranquilo y con algunas casas típicas turcas y un hammán, ceñidos por las murallas de un castillo genovés. También hay un bullicioso mercado por detrás del paseo marítimo y unos extensos jardines públicos (Vounaki), con un cine al aire libre en verano.

Para los que quieran conocer mejor la historia del lugar, algunos pequeños museos pueden ser interesantes. Pero la historia sale mejor a nuestro encuentro por las carreteras que van hacia el centro de la isla. En Vrontados, unos cinco kilómetros al norte de la ciudad de Quíos, es donde se encontraba la legendaria silla de Homero, la Daskalopetra (en griego, “piedra del maestro”). Es un pináculo rocoso cerca del mar pintiparado para impartir clases. Y justo al sur de la ciudad de Quíos, está Kampos, una zona exuberante con cítricos donde veraneaban los ricos mercaderes genoveses y griegos desde el siglo XIV. Aquí pueden verse vergeles y mansiones de altos muros, algunas restauradas y otras que amenazan derrumbe.

El norte está dominado por los montes y los peñascos, y es territorio de caseríos dispersos, de calas con pinos y tabernas locales. De vez en cuando, algún pueblo un poco más destacado, como Marmaro y Kardamyla, con casas solariegas de muchos armadores. Pero los que llegan a Quíos de vacaciones van sobre todo al sur. Es este el territorio de los famosos lentiscos que han dado la riqueza a la isla durante siglos. Este árbol crece en un fértil territorio rojizo conocido como los mastichocoria (pueblos de mastique), pintoresca región atravesada en zigzag por muros de piedra de laboriosa mampostería que divide olivares y lentiscales. Los pueblos de Mesta y Pirgi conservan extraordinarias peculiaridades arquitectónicas. El primero es un asentamiento amurallado, sin automóviles, construido por los genoveses en el siglo XIV. Y el segundo es el pueblo más grande de los mastichocoria, un lugar curioso ya que sus fachadas están decoradas con intrincados motivos grises y blancos, unos geométricos y otros de flores, hojas y animales. Para ellos se utiliza la técnica denominada xysta, que emplea cemento, arena volcánica y cal en cantidades iguales y para aplicar la mezcla se requieren tenedores doblados. Una curiosidad: en la plaza mayor de Pirgi, flanqueada por tabernas, tiendas y una pequeña iglesia del siglo XII, encontramos una casa con una placa recordando que allí vivió Cristóbal Colón. ¿Verdad o leyenda? Puede que para sea lo de menos.

Vista de la isla de Samotracia (Grecia), en una esquina nororiental del Egeo.

8. Samotracia, la isla de los grandes dioses

La isla de Samotracia se esconde en la esquina nororiental del Egeo, a un paso de la costa turca y solo comunicada con el puerto de Alejandrópolis. Aquí se eleva también el pico más alto del Egeo, el monte Fengari (1.611 metros), desde donde, según Homero, Poseidón, el dios del mar, contemplaba el desarrollo de la guerra de Troya.

Desechada por la mayoría de los viajeros en sus periplos isleños, posee uno de los yacimientos arqueológicos más importantes de Grecia: el antiguo santuario tracio de los Grandes Dioses. Es también un lugar misterioso. Los tracios construyeron este templo consagrado a sus dioses de la fertilidad un milenio antes de Cristo y, durante siglos, los ritos sagrados y sacrificios asociados con su culto atrajeron a peregrinos tan famosos como Filipo II, el padre de Alejandro Magno, o el historiador Herodoto. Se sabe poco de lo que de verdad ocurría allí, aunque se cree que eran ritos iniciáticos. Hoy su museo da una visión útil sobre el yacimiento. ¿Y la famosa escultura Victoria de Samotracia? Pues sí: estaba aquí, en un monumento a Niké que miraba al mar. Eso antes de que los franceses se la llevaran al Louvre.

Al margen de la arqueología, es una isla para explorar, hacer senderismo y ciclismo de montaña, sobre todo por el interior, cubierto de corpulentos robles y plátanos de sombra. Para refrescarse hay muchas cascadas, que caen en profundas pozas. Las remotas playas del sureste se conservan intactas, mientras que el norte ofrece aguas termales. Y tierra adentro desde Kamariotissa, el principal puerto pesquero, se encuentra la antigua capital, Hora, llena de bellas casas que miran al mar en la lejanía pues está encerrada dentro de una fortaleza natural formada por dos acantilados casi verticales. Con sinuosas calles empedradas adornadas con flores y casas tradicionales con tejados de terracota, es perfecta para disfrutar de un almuerzo pausado o de un café, y en las noches de verano la vida nocturna discurre con calma entre sus callejones y bares de azotea.

Pero donde más se alojan los viajeros es en Loutra, cerca de la costa. El pueblo, con mucha vegetación y arroyos, cobra vida por la noche cuando gente de todas las edades se reúne en sus cafés al aire libre. En los alrededores hay tan sitios interesantes como las cascadas de Paradeisos, una sucesión de pozas y cascadas con plátanos con una antigüedad de 600 años cubiertos de musgo que emergen de la niebla sobre helechos gigantescos y peñascos. En verano se impone un baño, bien en la playa o en sus baños termales milenarios: dicen que sus aguas lo curan casi todo, desde las afecciones cutáneas hasta la infertilidad.

Un caballo de Esciro en la isla griega del mismo nombre.

9. Esciro, la isla de los caballos

Las Espóradas son 11 islas (solo cuatro habitadas) singulares en el Egeo, más al norte que otras y también con un aire diferente: Scíathos tiene más de 60 playas y es la más visitada; Skópelos ofrece atractivas bahías y senderos interiores; Alónnisos, con un autobús, cuatro taxis y 27 iglesias, es la más remota y menos alterada, y Esciro tiene caballos salvajes y una vida artística de lo más interesante. Esta última es la más grande de las Espóradas, y puede parecer dos islas diferentes, con un norte lleno de pequeñas bahías, tierras de cultivo y pinares, y un sur cubierto por áridas colinas y un litoral rocoso.

El pueblo es una tranquila base sin tráfico rodado: un laberinto de calles empedradas que fue diseñado para protegerse de los piratas, sobre un peñasco culminado por una fortaleza veneciana del siglo XIII. Todo se articula en torno a una calle principal que es un animado batiburrillo de tabernas, bares y tiendas. Al final, todos los callejones conducen al monasterio bizantino de San Jorge, en activo desde hace más de mil años, cuyas campanas puede que despierten temprano al viajero. Esciro tiene un cierto aire moderno pero alternativo gracias a los cursos de bienestar y artes alternativas que ofrece desde los años setenta el Skyros Centre, y también es muy popular entre los aficionados a las aves, que buscan al esquivo halcón de Eleonora, que migra entre la isla y Madagascar. Y es cada vez más conocido por acoger a una floreciente comunidad de artistas, desde alfareros y pintores hasta escultores y tejedores. Una comunidad artística que tiene su origen en la época bizantina, cuando los piratas de paso colaboraban con los pícaros del lugar, cuyas casas se convertían en galerías de botines robados a barcos mercantes, incluidos platos de cerámica y adornos de cobre europeos, de Oriente Medio y Asia Menor.

Y en la esquina más meridional de la isla, en la bahía de Tris Boukes, en un paisaje azotado por el viento y parcialmente restringido por una base naval griega, está la tumba del poeta inglés Rupert Brooke. Son muchos quienes la visitan y leen su poema más famoso, El soldado, inscrito en la lápida.

Según la mitología griega, es el lugar donde fue escondido el joven Aquiles, de quien se dice que montó un caballo de Esciro en la guerra de Troya. Estos pequeños équidos, en peligro de extinción (quedan menos de 300 ejemplares) y muy apreciados por su inteligencia, belleza y docilidad, aquí aún pueden verse en estado salvaje. Varias personas trabajan para preservarlos en Skyros Island Horse Trust, un rancho cerca de la ciudad de Esciro. Y cada verano, a finales de junio, se celebra el Festival del Caballo de Esciro: tres días que incluyen dos desfiles (uno de yeguas y otro de sementales), música en directo y danzas tradicionales.

Atardecer con vistas al pueblo griego de Assos, en la isla de Ítaca.

10. Ítaca, la isla de Ulises

Y damos la vuelta a la península griega para ir por un momento a las islas Jónicas. Si hay una isla diferente esa es la escarpada, romántica y épica Ítaca, protagonista de la leyenda homérica. La patria montañosa y rodeada de mar a la que Ulises luchó por regresar durante 10 heroicos años aún logra seducir a los viajeros con sus antiquísimas ruinas, pequeños puertos y rutas agrestes. Encajonada entre Cefalonia y tierra firme, es una de esas islas en las que el tiempo parece transcurrir más lento y las preocupaciones, disiparse.

Cortada casi en dos por un enorme golfo, son en realidad dos islas unidas por un istmo. Vathy, su principal población, es el único asentamiento relevante del sur, mientras que el formidable macizo alberga pueblos preciosos como Stavros y Anogi, y está salpicado de caletas con minúsculos centros turísticos como Frikes y Kioni.

Vathy está asentado en torno a un abrigado puerto natural ribeteado por villas azul celeste y ocre donde se han instalado animados bares y restaurantes. Tiene pocos puntos de interés, pero por sus cercanías se pueden dar caminatas magníficas, como la que sigue el litoral hasta la encalada capilla de Agios Andreas. Otra opción es buscar sus playas más apartadas, como Mnimata o Skinos.

Pero si hay un pueblo bonito en la isla ese es el diminuto Assos. Es una población crema y ocre de estilo italiano con una caleta en forma de medialuna resguardada por un península cubierta de bosque. Una magnífica caminata es subir a la fortaleza que corona el promontorio, y después darse un chapuzón en la bahía. El ritmo de vida aquí es lento y las tabernas de lo más tradicional. Es la vida griega en estado puro.

Y si queremos buscar las huellas de Ulises tendremos que perdernos caminando por la isla. Según Homero, Ulises tardó 10 años en volver a Ítaca con su reina Penélope, tras pasar por todo tipo de peligros y penalidades. El viajero no tardará tanto en recorrer la isla en excursiones a pie que llevan a lugares relacionados con la Odisea, como la que lleva a la fuente de Aretusa, un paraje aislado al sur de Vathy, o al lugar conocido como la Escuela de Homero, aunque parece que podría tratarse del palacio en el que Ulises vivió hace 2.800 años.

Viajes

Valdepeñas, 24 horas entre vino, arte y migas

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Valdepeñas ha sido, desde siempre, sinónimo de vino. Pero bajo el suelo de este municipio manchego de 30.000 habitantes hay mucho más que bodegas. Hay antiguos volcanes que originan aguas termales. Y sobre el suelo, mucho más que vides. Hay ruinas de una ciudad ibérica y también los miles de obras de Gregorio Prieto (1897-1992), un artista muy atrevido para la España de hace un siglo, que gustaba de la iconografía homoerótica y pintó el retrato más conocido de su querido Federico García Lorca.

9.30 El origen ibérico

A 10 kilómetros al sur de Valdepeñas, pegados a la autovía A-4, se encuentran los restos del oppidum ibérico del Cerro de las Cabezas (1), ciudad donde vivían unos 4.000 individuos y donde se piensa que ya se hacía vino, a juzgar por unas pepitas de uva halladas dentro de unas orcae (orzas). Solo se ha excavado el 10%, pero hay un centro de interpretación modélico. También se encuentran restos del poblado en el Museo Municipal de Valdepeñas (2) (926 32 48 15), donde además se muestran las obras ganadoras de la Exposición Internacional de Artes Plásticas, certamen anual que ha dado lugar a una colección notable.

11.00 Un pintor y sus amigos

Para colección de arte curiosa, las más de 5.000 obras que atesora el Museo de la Fundación Gregorio Prieto (3) en una céntrica casa señorial con patio de columnas y bodega. Aunque la mayoría son del valdepeñero, también las hay de Picasso, Chirico, Matisse, Chagall o Bacon. Especial atención merece la sección dedicada a Lorca, que incluye los conocidos retratos que le hizo Prieto y la colección de dibujos más importante que existe del propio poeta. Otra pasión del pintor —que nació y murió en Valdepeñas, aunque se trasladó a Madrid a los siete años—, además del arte y las amistades interesantes (Alberti, Aleixandre, Altolaguirre, Zambrano, Cernuda…), fue recuperar molinos. Suyo fue el molino de Gregorio Prieto (4), que es uno de los más grandes del mundo y cuyo corpachón de 30 metros de circunferencia aloja un simpático museo etnográfico. Para verlo hay que llamar a la Asociación de Folclore Raigambre (629 66 83 25).

12.00 Ruta de las Esculturas

Y aún hay más arte en Valdepeñas: las 23 obras al aire libre repartidas por la localidad de Gustavo Torner, Venancio Blanco, José Herreros y otros siete artistas, que forman la ruta de las Esculturas (5). El folleto se puede descargar en la web culturavaldepenas.blogspot.com. La escultura que tendremos que imaginarnos, más que verla, es el gigantesco Ángel de la paz, de Juan de Ávalos (el mismo del Valle de los Caídos), porque la destruyó una bomba de los GRAPO en 1976 y solo queda su estructura metálica de 15 metros de altura en la cima del cerro de las Aguzaderas (6), al norte de la población. Aparte de este extraño esqueleto con alas, hay una vista óptima de la ciudad, rodeada de llanos viñedos hasta donde alcanza la mirada. Muchos paseantes y runners suben aquí.

14.00 Árboles, mesas y baños

El paraje de El Peral, a nueve kilómetros al noreste de Valdepeñas, cuenta con una hermosa arboleda de plátanos y álamos, un merendero y dos restaurantes: Ramón (7), especializado en platos típicos como el atún en escabeche, el pisto, las gachas o el asadillo, y El Tigre (8) (926 32 50 00). Además, aquí hay una antigua casa de baños, de 1852, que aprovechaba las aguas de un hervidero o manantial termal de origen volcánico. Tenía tres piscinas: una para hombres, otra para mujeres y otra para madres con niños. Desde 2018 es un Museo del Agua que abre de abril a octubre, debiendo concertarse la visita en la oficina de turismo de Valdepeñas (902 31 00 11).

17.00 La Bodega de las Estrellas

De las ocho bodegas visitables que hay en Valdepeñas, la más singular es Dionisos (9). Es más conocida como La Bodega de las Estrellas, no porque la frecuenten famosos, sino porque elaboran vinos ecológicos (la mayoría en tinajas tradicionales de barro), teniendo en cuenta en todos los momentos, desde la poda hasta los trasiegos, las fases lunares y la posición de los astros. Hacen 12 astrowines, vinos ad hoc para los Aries, para los Leo, para los Virgo y para el resto de la pandilla zodiacal. Córcovo (10) es una bodega familiar, con vinos de calidad y una impresionante cueva de barricas excavada en la roca. Para hacer catas y adquirir joyas enológicas iremos a la vinoteca 11 Ánforas (11).

19.00 Una vendimia de 1959

Sin vino, Valdepeñas no sería Valdepeñas. Y Madrid, sin vino de Valdepeñas, tampoco sería Madrid: la puerta de Alcalá se construyó gracias a un impuesto especial que gravaba el consumo (importante desde mediados del siglo XVI) de estos caldos en la villa y corte. Estas y otras curiosidades se cuentan en el Museo del Vino (12) (abre de martes a domingo; entrada, 3 euros), antigua bodega de Leocadio Morales, de 1901, donde la tarde se nos hará noche paseando por la monumental nave de tinajas y contemplando las fotos que el estadounidense Harry Gordon tomó en esta tierra durante la vendimia de 1959.

21.00 La gastroplaza

Acabamos en el corazón de Valdepeñas, la plaza de España, que también es su garganta y su estómago, pues los soportales están llenos de bares y restaurantes: Penalty (13) (926 32 15 15), San Antonio (14) (676 28 38 95), Pepe’s (15) (926 31 01 09), Dick (16) (926 11 90 64), Venta del Comendador(17)… Bares y restaurantes donde a medianoche el personal sigue zampando gachas y morcillejas como si los relojes se hubieran parado a la hora de la comida. Si más que de hambre nos caemos de cansancio, un buen lugar para pernoctar es el hotel Veracruz Plaza (18) (habitación doble desde 65 euros), un cuatro estrellas con spa a solo cinco minutos (unos 300 metros) a pie desde la plaza.

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Viajes

Ritmos y sabores de Salvador de Bahía

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Tropical, musical y colorida. Salvador de Bahía es puro Brasil, y puro mestizaje cultural. La herencia europea y africana asoman en cada rincón. Aquí arribaron los colonos portugueses en el siglo XVI y aquí nació la samba de roda. Sedujo al músico Vinícius de Moraes y al escritor Jorge Amado, quien plasmó como pocos el espíritu de esta ciudad —donde “el misterio escurre como el aceite”—, y también a artistas como el argentino Carybé y el fotógrafo francés Pierre Verger. El centro histórico —el Pelourinho—, la animada vida nocturna de Rio Vermelho, las sabrosas caipirinhas de caju (el fruto del anarcardo) y las mouquecas de pescado, los interminables arenales de Itapuã y las esencias del candomblé conquistan a quienes descubren esta vibrante ciudad enclavada en la bahía de Todos los Santos.

Tras pagar 0,15 reales (unos 0,03 euros), los 72 metros de altura del Elevador Lacerda conectan desde 1873 la parte baja de la ciudad con la Praça Municipal, en la Cidade Alta, uno de los mejores puntos para empezar a recorrer el centro histórico. Fundada en 1549, Salvador de Bahía fue la primera capital de Brasil hasta 1763 y para muchos sigue siendo el alma del país. En el Pelourinho se concentran la primera Facultad de Medicina de Brasil, la catedral, innumerables edificios de estilo colonial y renacentista de los siglos XVI al XVIII, el Museo del Carnaval… Y una de las zonas más icónicas, y fotografiadas: el Largo do Pelourinho, plaza que alcanzó fama mundial al aparecer en el videoclip They Don’t Care About Us de Michael Jackson.

El Museo de la Cidade y, en el edificio azul, la Fundação Casa de Jorge Amado, en el Largo do Pelourinho.

Desde que el centro histórico fuera declarado patrimonio mundial, en 1985, el Pelourinho se ha remozado mucho. Un ejemplo: en Rua Chile han abierto dos lujosos hoteles (Fera Palace y Fasano) y un bonito edificio de la plaza Municipal se está restaurando para reconvertirse en espacio gastronómico. El barrio, del que se han ido muchos vecinos, es ahora una zona de aires bohemios dominada por tiendas, galerías, restaurantes y bares. Pero aún se respira autenticidad. Caminando por sus plazas y empinadas y empedradas calles uno se cruza con hombres jugando al dominó y con las bahianas, mujeres ataviadas con voluminosos trajes blancos y coloridos turbantes (eso sí, si las fotografía le pedirán algo de dinero a cambio).

La sacristía de la catedral basílica de San Salvador, en Salvador de Bahía.

Aquí también está la sede de Olodum, una asociación afrobrasileña nacida en 1979 que combate el racismo y promueve la igualdad social a través de la música. Merece la pena acercarse coincidiendo con alguno de sus ensayos. El ritmo de sus tambores se siente de los pies a la cabeza. La música también sobrecoge en el espectáculo del Balé Folclórico da Bahia (su capoeira acelera el corazón) y, las noches de jueves a sábados, en la calle de Largo do Cruzeiro de São Francisco. Hay que detenerse a escuchar a los músicos callejeros que contratan entre los bares de esta calle mientras se contempla la barroca iglesia de San Francisco. Su templo recubierto de madera y pan de oro y un claustro con paredes decoradas con azulejos azules recuerdan la influencia portuguesa.

De playa en playa

Con temperaturas que no alcanzan los 40º C ni bajado de los 17º C, y aguas cálidas todo el año, hay que despejar el plan de viaje para disfrutar de una de sus playas urbanas. Entre los fuertes de São Diogo y Santa Maria, reconvertidos en el Espaço Carybé y el Espacio Pierre Verger da Fotografia Baiana, respectivamente, está la siempre bulliciosa Playa do Porto da Barra. A esta le siguen Farol da Barra, Ondina o Pituba, en las que las palas desaparecen por pelotas de fútbol dejando claro que este deporte es parte del ADN de los brasileños. “¡Queijooo! ¡Queijo na brasa! ¡Queijooo!”, escuchará gritar a más de un vendedor ambulante de queijo coalho, un típico aperitivo de queso que brasean en una pequeña parrilla portátil en la misma playa.

De uno a otro arenal se puede saltar siguiendo el carril bici que bordea la costa. Si en 2012 había 34 kilómetros, hoy ya son unos 220, explican orgullosos desde la Oficina de Turismo de Salvador de Bahía, anfitriones de este viaje. El Ayuntamiento también ha iniciado la construcción del Museo de la Música y un nuevo Palacio de Congresos, y se está remodelando el aeropuerto. Quieren atraer al turismo más allá de su verano (en el de 2017 les visitaron 3,5 millones de personas), cuando celebran su famoso carnaval (en febrero). Si en el de Río de Janeiro música, danza y fiesta se concentran en el sambódromo, aquí los tríos eléctricos (autobuses con altavoces descomunales) toman las calles.

El faro de Itapuã, en la playa del mismo nombre de Salvador de Bahía.

Pedaleando se puede llegar hasta Itapuã, un antiguo pueblo de pescadores absorbido por Salvador de Bahía. Un paraíso de kilométricos y amplios arenales, menos urbanos y perfilados por cocoteros, que ha inspirado algunas de las canciones de Caetano Veloso o la conocida Tarde Em Itapoã, de Vinícius de Moraes. El cantante se construyó aquí en la década de 1970 una casa para vivir con su séptima esposa, la actriz bahiana Gessy Gesse. Hoy está integrada en el hotel Mar Brasil, y uno puede dormir en su cama, sorprenderse con la escultura de voluminosas posaderas que adorna una pared del baño o relajarse en su bañera con vistas al Atlántico.

Es probable que durante un chapuzón se cruce con rosas flotando. Es una ofrenda a Yemanjá, la divinidad del mar y los pescadores y uno de los orixás más populares del candomblé, religión afrobrasileña de gran arraigo entre los bahianos. Desde 1558, esta ciudad al este de Brasil se convirtió en el principal puerto americano al que llegaban los esclavos desde África. La mayoría se convirtió al catolicismo, pero su identidad cultural y religiosa pervivió en el candomblé, que hasta mitad del siglo XX estuvo prohibido. En esta ciudad de más de 2,5 millones de habitantes vive la comunidad negra más grande del mundo fuera del continente africano, y mientras hay unas 300 iglesias, la cifra de terreiros, los templos dedicados a orixás (muchos asociados con santos católicos), alcanza los 1.600. Algunos se visitan, también durante sus celebraciones repletas de cantos y danzas frenéticas. La Casa Oxumaré es uno de los más antiguos, con orígenes que se remontan a principios del siglo XIX.

Ritmos y sabores de Salvador de Bahía

Teniendo en cuenta que en Salvador de Bahía hay zonas de favelas en las que no es aconsejable adentrarse (mucho menos sin un guía), queda ciudad por explorar. El Mercado Modelo (plaza del Visconde de Cayru) fue la primera aduana de Brasil y ahora es el epicentro de tiendas de artesanía local y souvenirs. También merece una visita A Casa do Rio Vermelho (Rua Alagoinhas, 33; entrada, 20 reales), hogar de Jorge Amado y su esposa, la también escritora Zélia Gattai, donde recibieron a personajes como Pablo Neruda, Sartre, Simone de Beauvoir o Jack Nicholson y hoy descansan sus cenizas. Una escultura del querido matrimonio sentado en un banco en el animado Largo de Santana les recuerda, y son muchos quienes se sientan a hacerse una foto con ellos antes o después de matar el gusanillo con un típico acarajé de Dinha.

También son muchos quienes al visitar la iglesia de Bonfim atan en su verja las llamadas fitinhas de Bonfim, cintas de tela de llamativos colores utilizadas como un amuleto religioso. Hay cientos. Es la iglesia más importante para los católicos y también, aunque parezca extraño, para los practicantes del candomblé. Cada segundo domingo después del Día de Reyes hay una multitudinaria y festiva peregrinación de bahianas hasta aquí para honrar a Oxalá, padre de todos los orixás. Cerca queda Ponta Humaitá, uno de los sitios más populares para ver la puesta de sol. Mientras se encienden las luces de la ciudad y de sus rascacielos, algunos pescan, otros tocan la guitarra y unas mujeres lanzan flores al mar en honor a Yemanjá. Como escribió Jorge Amado: “Si amas a tu ciudad, si tu ciudad es Río, París, Londres o Leningrado, Venecia, la de los canales, o Praga, la de las viejas torres, Pekín o Viena, no debes pasar por esta ciudad de Bahía porque un nuevo amor se prenderá en tu corazón”.

ISLAS Y SABORES MARINEROS

La bahía de Todos los Santos, de las más grandes del mundo, incluye medio centenar de islas. La de Itaparica es conocida como La Isla: es donde van la mayoría de bahianos. Del terminal turístico Náutico da Bahía, cerca del elevador Lacerda, sale el ferri (dura una hora).

También se puede alquilar un barco o contratar una excursión para conocer Ilha dos Frades. Cuentan que debe su nombre al naufragio del barco de unos franciscanos, y que los que sobrevivieron fueron devorados por los habitantes de la isla. Leyendas aparte, merece la pena navegar unos 90 minutos hasta sus playas. Además, aquí está el restaurante Preta. Deberían ser pecado sus deliciosas moquecas: un cocido de pescado, marisco o ambos de la gastronomía indígena brasileña que se come con farofa y arroz.

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Viajes

18 destinos para unas vacaciones baratas en 2019

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¿Con ganas de vacaciones baratas en 2019? Aquí te damos 18 ideas para que vayas pensando en preparar la maleta antes de lo que imaginas.

1. Malta

Considerada la Perla del Mediterráneo, Malta ha sido descrita como un gran museo al aire libre. Entre templos megalíticos y palacios renacentistas, Malta rebosa historia por los cuatro costados. Si a la espectacular arquitectura le añades el intenso color azul turquesa del mar y unas temperaturas que ya quisieran muchos países europeos, Malta es uno de los mejores destinos para pasar tus vacaciones baratas de 2019. Es, además, uno de los lugares más cercanos y económicos para aprender inglés.

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2. Canarias, España

Y hablando de buen clima… Gran Canaria es el destino perfecto para unas vacaciones muy cálidas sea la temporada del año que sea. Canarias es el paraíso para los que disfruten con el sol, la playa y el senderismo. Estas islas volcánicas te regalarán paisajes dignos de otro planeta. Descúbrelas por precios increíblemente baratos. Aprovecha para viajar en temporada baja (otoño e invierno) y ahórrate un pico en los vuelos y los hoteles. ¿Querías unas vacaciones baratas en 2019? Pues no busques más.Pincha en la foto y conoce 10 lugares más mágicos de Canarias

3. Oporto, Portugal

Portugal es un país bendecido con paradisíacas playas, impresionantes costas escarpadas, ciudades arquitectónicamente impresionantes y un clima increíble. Si, además, a esto le añades buena comida y mejor vino a precios bajos, entonces Portugal se convierte en uno de los destinos topbaratos del mundo. Podrás encontrar hostales cerca de Oporto por unos 15 euros la habitación. Viaja barato este 2019 a Oporto y disfruta de una selección de vinos excelente y de las francesinhas (una suerte de sándwich supercalórico). ¡No querrás moverte de este paraíso en la tierra!

4. Tánger, Marruecos

La siempre misteriosa África te llama por medio de Marruecos, y Tánger será tu puerta a un nuevo mundo de olores, colores y sensaciones. Callejea por sus estrechas callejuelas, piérdete en los zocos o tómate un té en el café ‘Hafa’, frecuentado por artistas de la talla de ‘The Beatles’. Con vuelos baratos todo el año y hoteles de cinco estrellas por menos de 30 euros la noche, ¡no habrá mejores vacaciones baratas este 2019!

5. Cracovia, Polonia

Una ciudad a orillas de un río con una de las plazas más grandes y bonitas del mundo, Cracovia es una de las ciudades universitarias más fiesteras de Europa y una de las más baratas para pasar unas vacaciones low costeste 2019. Así es Cracovia, un lugar con una historia tan triste como apasionante, un sitio para descubrir los 12 meses del año.

6. Granada, España

Si buscas una ciudad donde comer te salga prácticamente gratis, viaja a Granada. Pide una caña en cualquier bar y te traerán una hermosa tapa y, sobre todo,  gratis para acompañar. Además, esta ciudad centenaria de generosa gastronomía lo tiene todo. Desde montañas imponentes donde practicar deportes de invierno hasta una asombrosa historia. Disfruta de las mejores vistas de La Alhambra desde el mirador de San Nicolás. Planea un viaje barato este 2019 a Granada y ¡prepárate para comer hasta reventar!

7. Varsovia, Polonia

Pasea por su colorido Stare Miasto o casco antiguo, descubre otra versión de la Segunda Guerra Mundial en su Museo del Alzamiento (en polaco Muzeum Powstania Warszawskiego) o escudríñala desde el último piso del Palacio del Museo y la Ciencia (Palac Kultury y Nauki o PKiN), edificio más alto de la ciudad. ¿Y para comer? Hay mucho donde elegir a precios sensiblemente más baratos que los españoles (sobre todo, si lo que te apetece es beber cerveza o vodka). Haz una escapada barata este 2019 a Varsovia. No te arrepentirás.

8. Budapest, Hungría

Si, además de volar barato, le sumas que son dos ciudades en una, este es uno de los destinos baratos más toppara 2019. En la orilla derecha del Danubio se encuentra Buda con su Bastión de Pescadores, la Galería Nacional de Arte o la Iglesia de San Matías. En la orilla izquierda se encuentra Pest y el Parlamento, el Puente de las Cadenas y la Plaza de los Héroes. Aprovecha que volar hasta Budapest no suele superar los 40 euros ida y vuelta desde España y decídete a pasar en Hungría tus vacaciones baratas en 2019.

9. Bali, Indonesia

Indonesia es un país económico para viajar y siempre encontrarás algo que se ajuste a tu presupuesto. Calcula que para viajar cómodamente por este país del sureste asiático necesitarás al menos 20 euros al día. Disfruta de un plato típico por un euro en los muchos puestos de comida ambulante que salpican la ciudad de Bali. Además, viajar de isla en isla en avión es muy económico. Si  estás pensando en Bali como tus vacaciones baratas de 2019, compra con antelación el billete de avión y ahórrate bastante dinero. 

10. Honduras

Honduras es uno de esos destinos baratos que deberías visitar al menos una vez en tu vida. Pero no porque sea un país barato sino por la cantidad y calidad de sus atracciones naturales. Moverse por el país te saldrá extremadamente económico. Podrás atravesar el norte del país desde San Pedro Sula hasta las magníficas y alejadas ruinas mayas de Copán por poco más de 20 euros. Casi doscientos kilómetros de sinuosas curvas por menos de lo que en España te puede costar un bono transporte. Eso sí. No será el viaje más cómodo de tu vida, pero si en el que más experiencias vas a acumular. Además, bucear en Honduras es muy barato. En Utila, una pequeña isla cerca de la Ceiba, podrás aprender por menos de 170 euros.

11. Alicante, España

Si esto de coger un avión para ir a tumbarte en una playa a 20.000 kilómetros de distancia no te llama mucho la atención, escápate a Alicante las vacaciones de 2019. Con vuelos por poco dinero durante casi todo el año, la costa mediterránea nunca estuvo más cerca para pasar unas vacaciones baratas. Alicante te espera con su alegría, su calorcito, sus paseos descalzo por la playa. ¿Se te ocurre mejor forma de viajar barato en 2019 que bajo el sol alicantino?

12. Bolivia

Bolivia es un destino barato por excelencia y más teniendo en cuenta que puedes moverte, comer y conocer el país por menos de 20 euros al día. No dejes de recorrer el sobrecogedor desierto de sal de Uyuni. Un tour de 3 días por la zona te puede costar en torno a los 100 euros con comida y alojamiento incluido, una auténtica ganga considerando los impresionantes paisajes y la inolvidable experiencia que vivirás allí.

13. Rumanía

Un destino perfecto para pasar tus vacaciones baratas de 2019 con gente agradable y paisajes que te dejarán sin aliento. En este país de sabor comunista podrás encontrar alojamiento con facilidad por unos 15 euros. El transporte más seguro y el más barato es el autobús. Olvídate del tren porque, aunque económico, no es nada fiable. Una ruta por los Carpatos o Transilvania es altamente recomendable.

14. República Dominicana

Come donde lo hacen los isleños y encontrarás platos combinados por menos de cuatro euros. Coge el autobús o guagua de ciudad en ciudad por tan solo un euro. Una cama en el albergue de Bávaro te costará 20 euros la noche. Y eso incluirá wifi y café gratis. Además, a tres minutos andando encontrarás una de las playas más bonitas de Punta Cana. ¡Disfruta de uno de los destinos más baratos del mundo este 2019 y también uno de los más bellos!

15. India

Si evitas los lujosos hoteles internacionales de Nueva Delhi, recorrer la India es ridículamente barato. Incluso si viajas en primera en el Rajdhanio el Satabdi Express (los trenes más cómodos para viajar por la India, equipados con aire acondicionado y con las comidas incluidas en el precio del billete). Aunque si decides optar por un viaje todavía más austero, podrás ahorrarte un montón de dinero comiendo thalis (plato típico) y durmiendo en hostales. Calcula que te podrás gastar unos 15 euros al día en uno de los países más baratos del mundo.

16. La Habana, Cuba

La capital de Cuba es gran conocida por su embelesadora fusión entre modernidad y estilo colonial, sus gritos de guerra, los coches antiguos y el inconfundible compás cubano. Vive este país anclado en los años cincuenta por una fracción de lo te costarían unas vacaciones de playa en Maldivas. No hay mejor lugar en La Habana para ver la puesta de sol que el Malecón. Allí podrás comer langosta muy barata en los paladares (restaurantes privados con una atmósfera y comida exquisitas). Pasar tus vacaciones baratas de 2019 en Cuba es casi una obligación.

17. Tiflis, Georgia

Tu primera parada en tus vacaciones baratas de 2019 por Georgia será su excéntrica capital, Tiflis, donde las fachadas desmoronadas de las tradicionales casas de madera se topan con la arquitectura soviética y los atrevidos diseños contemporáneos. Desde Tiflis podrás explorar la impresionante cordillera del Cáucaso, mojarte los pies en el Mar Negro y visitar antiguos monasterios en las colinas repartidas por todo el país. ¡Ah! Y además Georgia es un destino barato donde los halla. De hecho, en determinados rincones es hasta más barato que el Sudeste Asiático. No te sorprendas si encuentars habitaciones compartidas por 5 euros la noche.

18. Camboya

Camboya es un destino barato para viajar en 2019 donde una cerveza no te costará más de un cuarto de euro y una cama en un albergue te saldrá por 2 euros. Aquí podrás estirar tu presupuesto de viajes el máximo posible ya que Camboya es, probablemente, el destino más barato del Sudeste Asiático, más que su vecina Tailandia. Disfruta de sus hermosas playas, selvas llenas de niebla y una historia fascinante en tus vacaciones baratas de 2019.


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