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Viajes

10 islas griegas para perderse

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Con más de 2.000 islas dispersas por el Egeo y el Mediterráneo, la cosa se pone complicada para escoger una sola isla griega donde ir de vacaciones. Solo unas 200 están habitadas, y cualquiera de ellas puede ser buena para disfrutar de la vida al más puro estilo mediterráneo: calas solitarias (incluso en verano), aguas cálidas y profundamente azules, leyendas mitológicas, antiquísimas ruinas blanqueadas por el sol y el tiempo… y ahora también muchas actividades para disfrutar al aire libre, como senderismo, buceo o escalada en roca.

Las hay de todos los tamaños, desde la gran isla de Creta o la histórica Rodas, hasta las diminutas Cícladas esparcidas por el Egeo. Las hay muy pero que muy turísticas, como Mikonos o Santorini, y otras casi deshabitadas donde podemos soñar que somos los primeros en descubrirlas. Aquí te proponemos 10 pequeñas islas en las que probablemente no encuentres a nadie conocido.

El puerto de la ciudad de Hidra, una de las islas del Golfo Sarónico a media hora en ferri de Atenas (Grecia).

1. Hidra, a un paso de Atenas

Hidra, isla no tan alejada y no tan deshabitada, está a escasa media hora en ferri desde Atenas y es una de las islas del golfo Sarónico que motean la costa de la capital griega, cada una con su atmósfera y su cultura. Son las más visitadas por los atenienses y por turistas de paso que sacan un poco de tiempo para escaparse del empacho arqueológico por unas horas.

Hidra no resulta tan turística como su vecina Egina, pero es la joya de la zona: con casas de piedra encaladas de blanco, un puerto histórico donde amarran veleros, caiques y yates y sin coches ni ruidos. Es la única isla griega sin tráfico motorizado —ni automóviles, ni motos—, solo callecitas empedradas, burros, rocas y mar. Artistas, músicos (entre ellos Leonard Cohen), actores (Melina Mercouri, Sophia Loren) y otros famosos se han sentido atraídos por este lugar a lo largo de los años. Además de construcciones de piedra exquisitamente conservadas hay caminos rurales en zigzag, aguas límpidas y profundas, y se puede tomar un buen capuchino en el muelle mientras se disfruta del ajetreo cotidiano.

La isla tiene apenas 2.000 habitantes, pero históricamente fue un lugar importante, refugio ocasional para los venecianos y otomanos, una isla de comerciantes de éxito durante siglos hasta convertirse en el XIX en una potencia marítima, de lo que dan fe las lujosas mansiones de la ciudad que levantaron sus armadores. Su punto débil (no hay playas de arena) ha sido también su salvación para los que huyen de los arenales congestionados.

Casi toda la población vive en la ciudad de Hidra, que gira en torno al puerto. En temporada alta, hay un movimiento constante en su muelle de mármol, que se convierte en un bulevar por el que desfila todo el mundo. Las casas se alejan del centro por empinadas cuestas y aquí podemos ver estampas muy diferentes, con vecinas que charlan en la puerta de casa y calles retorcidas que se transforman en caminos de tierra que se adentran en las montañas. En el municipio se encuentra incluso una catedral del siglo XVII, pero lo mejor es salir a conocer la isla. Su interior es árido y montañoso, pero esconde buenos caminos para el senderismo. Una experiencia insuperable es la subida al Moni Profiti Ilia, un monasterio con vistas extraordinarias. Otros senderos conducen al monte Eros (con 588 metros es el punto más alto de Hidra) o atraviesan de este a oeste el espinazo de la isla.

Podemos parar en rincones encantadores, como Kamini, un pequeño puerto pesquero con varias tabernas buenas y una playita de guijarros. O en Vlyhos, un kilómetro más allá, con aguas cristalinas y varias tabernas para hacer un alto.

Otras islas del golfo Sarónico cercanas a Hidra son: Egina, la más grande y la más cercana a Atenas, que posee un templo dórico y un pueblo bizantino en ruinas; Angistri con su ambiente completamente en calma fuera del verano; Poros, con un interior cubierto de bosques, o Spetses, la más meridional, con aroma a pino, una bonita arquitectura, caletas de color aguamarina y una rica historia naval.

La ciudad de Chora, en la isla de Folégandros. En lo alto de la colina, la iglesia de la Virgen, un enclave para ver el atardecer.

2. Folégandros, el presidio transformado en paraíso mediterráneo

Las Cícladas son la imagen más típica de las islas griegas de ensueño: pueblos blancos e iglesias con cúpulas azules, interesantes yacimientos arqueológicos, playas de postal, escarpadas rocas, restaurantes sencillos y también un punto de sofisticación. Aquí están Santorini y Mikonos, dos grandes destinos turísticos a los que no les falta ni uno de estos detalles. Pero las Cícladas, dispersas en el mar Egeo, esconden joyas como Folégandros, donde además se encuentra el que probablemente sea el pueblo más bello del archipiélago, en lo alto de un acantilado. Está en el extremo meridional de las Cícladas y tiene una belleza cautivadora. Apenas mide 12 kilómetros de largo por cuatro de ancho, y no siempre fue el paraíso que hoy nos parece: por lo lejano y escabroso de la isla, fue el lugar preferido para el destierro de prisioneros políticos desde la época romana hasta el siglo XX.

Antes apenas llegaban ferris, pero hoy Folégandros está bien comunicada, al menos en verano, con El Pireo y con Santorini. Los barcos atracan en el pequeño puerto de Karavostasis, en la costa este, que junto con el puerto de Hora y Ano Meria es el único núcleo urbano de cierta entidad. La isla cuenta con buenas playas, pero llegar a algunas requiere emprender fatigosas caminatas por lo que es mejor ir en barco.

El mayor de los atractivos de la isla es Chora, un pueblo lleno de encanto que ya no es un secreto para nadie. La calle principal serpentea entre animadas plazas arboladas y mesas al aire libre. Los edificios de piedra natural, intercalados entre construcciones blancas y azules, son de lo más fotogénicos. El kastro medieval queda al oeste: es un pequeño núcleo de callejones con arquerías bajas que data del siglo XIII, con balcones cubiertos de buganvillas y con el encanto añadido de unas cuantas capillas encaladas. Al atardecer, es casi obligado subir a ver la puesta de sol a la iglesia de la Virgen, Panagia, encaramada en una colina por encima del pueblo: son 20 minutos para unas vistas espectaculares de Chora, los acantilados y las olas.

Para ver la cara más tradicional de Folégandros, donde todavía el turismo no ha dejado huella, hay que ir al extremo oeste de la isla, a Ano Meria, una comunidad dispersa compuesta por pequeñas granjas y casas que se extiende varios kilómetros por la cresta de la isla. También hay playas: los arenales de Livadi, Katergo, Angali (la más visitada), LIvadaki o Agios Georgios prometen un poco de soledad, aunque tengamos que llevarnos comida y agua.

El monasterio de Moni Chrysopig, en la isla de Sifnos.

3. Sifnos, las Cícladas en estado puro

Los cazadores de islas de ensueño tienen el éxito asegurado en la pequeña Sifnos, otra de las islas Cícladas. A pesar de que los turistas hace tiempo que la descubrieron, sigue siendo un lugar de postal. Hoy es famosa por su cerámica, pero en tiempos remotos, como ocho siglos antes de Jesucristo, era ya un lugar muy rico gracias a sus minas de oro y plata, que se agotaron antes del siglo V a.C. Merece la pena acercarse hasta las remotas playas del norte. Tres pueblos junto a la capital, Apolonia, se ensartan como perlas en un collar por la cresta de la isla. La luz cambiante acaricia el paisaje, y en las laderas de los montes centrales abundan los olivos, almendros, adelfas y plantas aromáticas. Cada una de las bahías de la isla exhibe una paleta de aguas verdiazules y ofrece vistas espectaculares.

El puerto de Kamares puede ser una base para descubrir la isla, porque cuenta con la mayor oferta de alojamientos, pero es menos práctico que Apolonia, situado en el centro. Kamares está encerrado entre escarpadas montañas, pero en su puerto se respira un ambiente vacacional, con una gran playa y un paseo marítimo con cafés, tabernas y tiendas. Apolonia es laberíntica y está salpicada de iglesias. En temporada alta, desfilan por sus calles y cafés los atenienses adinerados, pero fuera de esta época vuelve a la tranquilidad.

La isla también anima a ser recorrida a pie. Se siente muy orgullosa de sus más de una decena de senderos señalizados, con un total de 98 kilómetros, que van desde magníficos paseos de 20 minutos (como el que va de Apolonia a Artemonas) hasta caminatas de cuatro horas. Y dos excusiones recomendables para los amantes de la historia: la que lleva al monasterio de Moni Chrysopigi, con más de 600 años a sus espaldas, colgado en un islote unido a la costa por un pequeño puente peatonal (se llega desde el pueblo de Faros), y la excursión a la Agios Andreas, en el centro de la isla, una acrópolis que tiene su origen en el período micénico, 13 siglos antes de Cristo.

Otro de los reclamos de la isla es su gastronomía. Aquí nació el autor del primer y más famoso libro de cocina griega, Nikolaos Tselementes (1878-1958), y desde entonces Sifnos ha dado buenos chefs. Sifos Farm Narlis (www.sifnos-farm-narlis.com) imparte clases de cocina griega.

La población de Olimpos, en las islas Cárpatos (Grecias).

4. Cárpatos, la isla más tradicional

Cárpatos es una de las muchas islas que cita Homero, a la que llama Krapatos, y tiene todavía un cierto aire primitivo. Cuenta la leyenda que Prometeo y sus titanes nacieron aquí, y uno se lo puede imaginar perfectamente. Esta larga y escarpada isla, famosa por sus agrestes montañas y sus calas de aguas azules, figura entre las menos turísticas de Grecia. Con sus pueblos envueltos en nubes y su belleza algo salvaje, resulta encantadora para los que busquen la Grecia más auténtica, aunque el sur es ya bastante popular entre los amantes de la adrenalina, y acoge cada verano una competición internacional de kitesurf.

Los ferris llegan Pigadia, la capital, un puerto que se despliega junto a una larga bahía en la costa sureste y que acaba conquistando al viajero con su embarcadero, sus bares y panaderías frente al mar. Es sencillamente un lugar tranquilo, típicamente griego. Al sur de la isla varios pueblos se han reinventado como pequeños centros vacacionales gracias a sus playas de arena. El otro pueblo con encanto en el sur es Arkasa, una de las poblaciones más antiguas de la isla. El pueblo original, cuesta arriba desde el mar, ahora se complementa con un complejo de playa.

Pero si lo que buscamos son las típicas tranquilas de playa, hay que ir a Lefkos, con un encantador arenal curvado. Y en el interior, salpicado de pintorescos senderos, hay tranquilas poblaciones entre las colinas, como Menetes, rodeada de montañas y sobre unos acantilados. Se aconseja subir primero hasta la iglesia, en el punto más alto, y desde allí explorar sus estrechas calles de casas encaladas.

Y aún queda por descubrir el norte. Los locales suelen considerar esta parte escarpada y montañosa de Cárpatos como otra isla, en fuerte contraste con la zona sur, fértil y llana. Una nueva carretera permite llegar hasta el antaño remoto pueblo de Olimpos, un lugar magnífico. La vista cuando se llega es espectacular: casas de tonos pasteles envueltas en la niebla y aferradas precariamente a la cima del monte Profitis Ilias (716 metros). Ya de paseo por sus ventosos callejones y entre mujeres mayores vestidas con coloridos trajes tradicionales, nos puede parecer que estamos en un decorado de cine. Y, por si fuera poco, incluso escucharemos un dialecto con vestigios del antiguo griego dorio. Este enclave está considerado el lugar más tradicional de Grecia, donde las lugareñas aún usan chaquetas tejidas a mano y tocados floreados. Vale la pena pasar aquí unas cuantas noches, en especial para los amantes del senderismo y las playas remotas. Hay bonitos pueblecitos como Diafani, que merecen la pena aunque la mayor parte de los turistas pasan de largo. En este conjunto de casas blancas azotadas por el viento frente a unas aguas color azul cobalto y montañas de fondo hay poco que hacer, aparte de ver romper las olas y contemplar a hombres mayores que juegan al Backgammon. La ventaja: podremos tener sus senderos y playas casi para nosotros solos.

El puerto de Gialos, en la isla griega de Symi.

5. Symi, la asombrosa isla de color pastel

Cuando el ferri llega a Symi es inevitable que todos los pasajeros se queden mirándola asombrados. Y es que la primera visión del puerto de Gialos, bordeado por un anfiteatro de casas de tonos pasteles que se elevan por todos lados, es inolvidable. Todo esto es herencia de los italianos, que gobernaron la isla hace casi un siglo e impusieron el estilo arquitectónico neoclásico que Symi ha seguido desde entonces. Aquí solo tiene tres poblaciones: Gialos, el antiguo pueblo de Horio y Pedi. Una carretera lleva hasta el monasterio de Panormitis, cerca del extremo sur de Symi, que ya aparece mencionada en La Ilíada por enviar barcos para ayudar a Agamenón en el asedio de Troya. Y el resto del territorio está prácticamente desierto, aunque la isla está rodeada de playas y calas con aguas tan transparentes que los barcos parecen flotar en el aire.

Symi está muy cerca de Rodas y de la costa turca y tiene una larga tradición de pesca de esponjas y construcción naval. Durante la época otomana se le concedió permiso para pescar esponjas en aguas turcas a cambio de ceder a sus mejores constructores navales al sultán. La isla se enriqueció con este intercambio: se levantaron elegantes mansiones y florecieron la cultura y la educación. A principios del siglo XX, tenía 22.500 habitantes (hoy tiene unos 2.500) y en la isla se construían unos 500 barcos al año. Sin embargo, la ocupación italiana, la llegada del barco de vapor y el declive de la industria de la esponja pusieron fin a su prosperidad y la obligaron a reinventarse como destino turístico.

Prácticamente todos sus habitantes viven en Gialos, un pueblo realmente precioso con sus tonos galleta y ocre y uno de los puertos más bonitos del mundo. Los barcos de pesca se balancean en unas aguas realmente cristalinas y los vendedores de esponjas pregonan sus tesoros de las profundidades. Además, hay unos cuantos hoteles boutique y buenos restaurantes —hay que asegurarse de probar las famosas gambas de la isla—, que hacen que recalen ricos y famosos en sus deslumbrantes yates.

Horio es el otro pueblo de la isla, levantado en lo alto de una colina para disuadir a los piratas. Se llega subiendo por unos callejones detrás del puerto y lo curioso son sus majestuosas villas, construidas para antiguos capitanes de barco, algunas de ellas en ruinas. También en ruinas está el kastro de los Caballeros de San Juan, en este caso debido a una explosión del arsenal alemán que albergaba durante la Segunda Guerra Mundial.

Y aún queda Pedi, un pueblo convertido en un puerto deportivo y con agradables playas, en las que no falta la típica taberna para hacer más llevadero un día bajo el sol.

Cerca de la punta sur de Symi, en la espectacular bahía de Panormitis, se encuentra el Moni Taxiarhou Mihail Panormiti, un monasterio que está allí desde el siglo V, y al que los isleños tienen gran devoción. Aparte del monasterio, en Symi solo hay playas para visitar, como Nimborios, con una buena taberna para pasar el día en tumbonas bajo tamariscos.

Ruinas griegas y la pequeña isla de Kastri, con una iglesia ortodoxa tradicional, en la bahía de Kefalos.

6. Cos, las mejores playas del Dodecaneso

Con las mejores playas del Dodecaneso, peñascos imponentes y unos frondosos valles, Cos es una verdadera isla del tesoro. Los visitantes pronto se acostumbran a pasar junto a columnas corintias milenarias rodeadas por flores silvestres, incluso en la ciudad de Cos, la animada capital, con antiguas ruinas griegas esparcidas por todas partes y un imponente castillo medieval que todavía custodia el puerto. Aquí hay tres importantes centros vacacionales. Kardamena, en la costa sur, es muy popular entre el turismo organizado, pero Mastichari, en la costa norte, y Kamari, en el lejano suroeste, son más atractivos y están menos masificados. Lejos de los centros turísticos, la isla conserva gran parte de su carácter agreste, con el escarpado monte Dikeos (850 metros) pocos kilómetros al oeste de la ciudad de Cos.

Esta es un puerto atractivo, custodiado por un castillo medieval y llena de antiguas ruinas griegas, romanas y bizantinas. Aquí llegan los ferris y, aunque a veces esté demasiado saturadas de turistas, quedan calles muy atractivas, como la del puerto, bordeada de cafés y tabernas y repleta de barcos turísticos, pesqueros y lujosos yates. El castillo de los Caballeros no está en lo alto de una colina, como suele ser habitual, sino junto a la entrada del puerto, por lo que es accesible a través de un puente desde la plaza principal. Desde sus murallas se contempla la actividad portuaria y también Turquía. La plaza principal es el mejor lugar para disfrutar del encanto de la isla y de su tranquilo ritmo de vida. Aquí nació Hipócrates, considerado el padre de la medicina moderna, en el año 460 a.C. Tras su muerte se construyeron el santuario de Asclepio y una escuela de medicina que perpetuó sus enseñanzas e hizo que Cos fuera famosa en todo el mundo heleno. Además, la plaza principal está presidida por el árbol de Hipócrates, un plátano bajo el cual se dice que el médico griego impartía clases a sus alumnos.

El resto de la isla está marcada también por la historia, con yacimientos tan antiguos como el Asclepeion, un santuario dedicado a Asclepio, el dios de la curación, que también fue un sanatorio y una escuela de medicina a la que acudía gente de todo el mundo. Está en una colina cubierta de pinos, tres kilómetros al suroeste de la ciudad de Cos, con encantadoras vistas que también se extienden hasta tierras turcas.

Los pueblos desperdigados por la verde ladera norte del monte Dikeos están muy bien para excursiones de un día. Zia, el más bonito, prácticamente se convierte en verano en un parque temático de una sola calle, aunque las vistas del mar aún son maravillosas. Otra parte que atrae a los visitantes es Kamari y la enorme bahía de Kefalos, un tramo de 12 kilómetros de excelente playa que se prolonga por la costa suroeste de Cos prácticamente sin interrupción. Bañadas por aguas templadas y con verdes colinas cubiertas de maleza de fondo, son los mejores arenales de la isla, y de las menos abarrotadas. El mejor de todos es Agios Stefanos, en el extremo oeste, con un pequeño promontorio coronado por una basílica en ruinas del siglo V y el fotogénico islote de Kastri a poca distancia a nado.

Las calles del pueblo de Pirgi, en la isla de Quíos (Grecia).

7. Quíos, la isla que inventó el chicle

Dicen que durante el dominio otomano en Grecia los sultanes dispensaron a Quíos un trato especial porque a ellos (y a las mujeres de sus harenes) les encantaba mascar goma de mastique, una resina especial que se extrae del lentisco que crece al sur de esta isla. El caso es que esta resina, antecesora del chicle, se ha producido en esta isla del Egeo desde la Antigüedad, e incluso Hipócrates hablaba de sus beneficios para la salud (hoy se sabe que contiene antioxidantes). Esta singular riqueza hizo de Quíos un lugar diferente al resto, incluso en sus construcciones, levantadas por los navieros y comerciantes, que aquí son tipo castillo, muy diferentes a las blancas arquitecturas.

Su variada orografía comprende desde los solitarios peñascos del norte hasta las plantaciones de cítricos de Kampos, cerca de la capital portuaria de la isla (en el centro), y la fértil mastichochoria en el sur, la comarca donde generaciones de cultivadores de mastique han convertido sus pueblos en joyas del arte decorativo. Las islas de Psara y de Inuses, menos visitadas, comparten con Quíos este legado de grandeza marítima.

Casi la mitad de la población de la isla vive en la capital, la ciudad de Quíos. Detrás del puerto se extiende un barrio antiguo, mucho más tranquilo y con algunas casas típicas turcas y un hammán, ceñidos por las murallas de un castillo genovés. También hay un bullicioso mercado por detrás del paseo marítimo y unos extensos jardines públicos (Vounaki), con un cine al aire libre en verano.

Para los que quieran conocer mejor la historia del lugar, algunos pequeños museos pueden ser interesantes. Pero la historia sale mejor a nuestro encuentro por las carreteras que van hacia el centro de la isla. En Vrontados, unos cinco kilómetros al norte de la ciudad de Quíos, es donde se encontraba la legendaria silla de Homero, la Daskalopetra (en griego, “piedra del maestro”). Es un pináculo rocoso cerca del mar pintiparado para impartir clases. Y justo al sur de la ciudad de Quíos, está Kampos, una zona exuberante con cítricos donde veraneaban los ricos mercaderes genoveses y griegos desde el siglo XIV. Aquí pueden verse vergeles y mansiones de altos muros, algunas restauradas y otras que amenazan derrumbe.

El norte está dominado por los montes y los peñascos, y es territorio de caseríos dispersos, de calas con pinos y tabernas locales. De vez en cuando, algún pueblo un poco más destacado, como Marmaro y Kardamyla, con casas solariegas de muchos armadores. Pero los que llegan a Quíos de vacaciones van sobre todo al sur. Es este el territorio de los famosos lentiscos que han dado la riqueza a la isla durante siglos. Este árbol crece en un fértil territorio rojizo conocido como los mastichocoria (pueblos de mastique), pintoresca región atravesada en zigzag por muros de piedra de laboriosa mampostería que divide olivares y lentiscales. Los pueblos de Mesta y Pirgi conservan extraordinarias peculiaridades arquitectónicas. El primero es un asentamiento amurallado, sin automóviles, construido por los genoveses en el siglo XIV. Y el segundo es el pueblo más grande de los mastichocoria, un lugar curioso ya que sus fachadas están decoradas con intrincados motivos grises y blancos, unos geométricos y otros de flores, hojas y animales. Para ellos se utiliza la técnica denominada xysta, que emplea cemento, arena volcánica y cal en cantidades iguales y para aplicar la mezcla se requieren tenedores doblados. Una curiosidad: en la plaza mayor de Pirgi, flanqueada por tabernas, tiendas y una pequeña iglesia del siglo XII, encontramos una casa con una placa recordando que allí vivió Cristóbal Colón. ¿Verdad o leyenda? Puede que para sea lo de menos.

Vista de la isla de Samotracia (Grecia), en una esquina nororiental del Egeo.

8. Samotracia, la isla de los grandes dioses

La isla de Samotracia se esconde en la esquina nororiental del Egeo, a un paso de la costa turca y solo comunicada con el puerto de Alejandrópolis. Aquí se eleva también el pico más alto del Egeo, el monte Fengari (1.611 metros), desde donde, según Homero, Poseidón, el dios del mar, contemplaba el desarrollo de la guerra de Troya.

Desechada por la mayoría de los viajeros en sus periplos isleños, posee uno de los yacimientos arqueológicos más importantes de Grecia: el antiguo santuario tracio de los Grandes Dioses. Es también un lugar misterioso. Los tracios construyeron este templo consagrado a sus dioses de la fertilidad un milenio antes de Cristo y, durante siglos, los ritos sagrados y sacrificios asociados con su culto atrajeron a peregrinos tan famosos como Filipo II, el padre de Alejandro Magno, o el historiador Herodoto. Se sabe poco de lo que de verdad ocurría allí, aunque se cree que eran ritos iniciáticos. Hoy su museo da una visión útil sobre el yacimiento. ¿Y la famosa escultura Victoria de Samotracia? Pues sí: estaba aquí, en un monumento a Niké que miraba al mar. Eso antes de que los franceses se la llevaran al Louvre.

Al margen de la arqueología, es una isla para explorar, hacer senderismo y ciclismo de montaña, sobre todo por el interior, cubierto de corpulentos robles y plátanos de sombra. Para refrescarse hay muchas cascadas, que caen en profundas pozas. Las remotas playas del sureste se conservan intactas, mientras que el norte ofrece aguas termales. Y tierra adentro desde Kamariotissa, el principal puerto pesquero, se encuentra la antigua capital, Hora, llena de bellas casas que miran al mar en la lejanía pues está encerrada dentro de una fortaleza natural formada por dos acantilados casi verticales. Con sinuosas calles empedradas adornadas con flores y casas tradicionales con tejados de terracota, es perfecta para disfrutar de un almuerzo pausado o de un café, y en las noches de verano la vida nocturna discurre con calma entre sus callejones y bares de azotea.

Pero donde más se alojan los viajeros es en Loutra, cerca de la costa. El pueblo, con mucha vegetación y arroyos, cobra vida por la noche cuando gente de todas las edades se reúne en sus cafés al aire libre. En los alrededores hay tan sitios interesantes como las cascadas de Paradeisos, una sucesión de pozas y cascadas con plátanos con una antigüedad de 600 años cubiertos de musgo que emergen de la niebla sobre helechos gigantescos y peñascos. En verano se impone un baño, bien en la playa o en sus baños termales milenarios: dicen que sus aguas lo curan casi todo, desde las afecciones cutáneas hasta la infertilidad.

Un caballo de Esciro en la isla griega del mismo nombre.

9. Esciro, la isla de los caballos

Las Espóradas son 11 islas (solo cuatro habitadas) singulares en el Egeo, más al norte que otras y también con un aire diferente: Scíathos tiene más de 60 playas y es la más visitada; Skópelos ofrece atractivas bahías y senderos interiores; Alónnisos, con un autobús, cuatro taxis y 27 iglesias, es la más remota y menos alterada, y Esciro tiene caballos salvajes y una vida artística de lo más interesante. Esta última es la más grande de las Espóradas, y puede parecer dos islas diferentes, con un norte lleno de pequeñas bahías, tierras de cultivo y pinares, y un sur cubierto por áridas colinas y un litoral rocoso.

El pueblo es una tranquila base sin tráfico rodado: un laberinto de calles empedradas que fue diseñado para protegerse de los piratas, sobre un peñasco culminado por una fortaleza veneciana del siglo XIII. Todo se articula en torno a una calle principal que es un animado batiburrillo de tabernas, bares y tiendas. Al final, todos los callejones conducen al monasterio bizantino de San Jorge, en activo desde hace más de mil años, cuyas campanas puede que despierten temprano al viajero. Esciro tiene un cierto aire moderno pero alternativo gracias a los cursos de bienestar y artes alternativas que ofrece desde los años setenta el Skyros Centre, y también es muy popular entre los aficionados a las aves, que buscan al esquivo halcón de Eleonora, que migra entre la isla y Madagascar. Y es cada vez más conocido por acoger a una floreciente comunidad de artistas, desde alfareros y pintores hasta escultores y tejedores. Una comunidad artística que tiene su origen en la época bizantina, cuando los piratas de paso colaboraban con los pícaros del lugar, cuyas casas se convertían en galerías de botines robados a barcos mercantes, incluidos platos de cerámica y adornos de cobre europeos, de Oriente Medio y Asia Menor.

Y en la esquina más meridional de la isla, en la bahía de Tris Boukes, en un paisaje azotado por el viento y parcialmente restringido por una base naval griega, está la tumba del poeta inglés Rupert Brooke. Son muchos quienes la visitan y leen su poema más famoso, El soldado, inscrito en la lápida.

Según la mitología griega, es el lugar donde fue escondido el joven Aquiles, de quien se dice que montó un caballo de Esciro en la guerra de Troya. Estos pequeños équidos, en peligro de extinción (quedan menos de 300 ejemplares) y muy apreciados por su inteligencia, belleza y docilidad, aquí aún pueden verse en estado salvaje. Varias personas trabajan para preservarlos en Skyros Island Horse Trust, un rancho cerca de la ciudad de Esciro. Y cada verano, a finales de junio, se celebra el Festival del Caballo de Esciro: tres días que incluyen dos desfiles (uno de yeguas y otro de sementales), música en directo y danzas tradicionales.

Atardecer con vistas al pueblo griego de Assos, en la isla de Ítaca.

10. Ítaca, la isla de Ulises

Y damos la vuelta a la península griega para ir por un momento a las islas Jónicas. Si hay una isla diferente esa es la escarpada, romántica y épica Ítaca, protagonista de la leyenda homérica. La patria montañosa y rodeada de mar a la que Ulises luchó por regresar durante 10 heroicos años aún logra seducir a los viajeros con sus antiquísimas ruinas, pequeños puertos y rutas agrestes. Encajonada entre Cefalonia y tierra firme, es una de esas islas en las que el tiempo parece transcurrir más lento y las preocupaciones, disiparse.

Cortada casi en dos por un enorme golfo, son en realidad dos islas unidas por un istmo. Vathy, su principal población, es el único asentamiento relevante del sur, mientras que el formidable macizo alberga pueblos preciosos como Stavros y Anogi, y está salpicado de caletas con minúsculos centros turísticos como Frikes y Kioni.

Vathy está asentado en torno a un abrigado puerto natural ribeteado por villas azul celeste y ocre donde se han instalado animados bares y restaurantes. Tiene pocos puntos de interés, pero por sus cercanías se pueden dar caminatas magníficas, como la que sigue el litoral hasta la encalada capilla de Agios Andreas. Otra opción es buscar sus playas más apartadas, como Mnimata o Skinos.

Pero si hay un pueblo bonito en la isla ese es el diminuto Assos. Es una población crema y ocre de estilo italiano con una caleta en forma de medialuna resguardada por un península cubierta de bosque. Una magnífica caminata es subir a la fortaleza que corona el promontorio, y después darse un chapuzón en la bahía. El ritmo de vida aquí es lento y las tabernas de lo más tradicional. Es la vida griega en estado puro.

Y si queremos buscar las huellas de Ulises tendremos que perdernos caminando por la isla. Según Homero, Ulises tardó 10 años en volver a Ítaca con su reina Penélope, tras pasar por todo tipo de peligros y penalidades. El viajero no tardará tanto en recorrer la isla en excursiones a pie que llevan a lugares relacionados con la Odisea, como la que lleva a la fuente de Aretusa, un paraje aislado al sur de Vathy, o al lugar conocido como la Escuela de Homero, aunque parece que podría tratarse del palacio en el que Ulises vivió hace 2.800 años.

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Tanzania para principiantes

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Tanzania es un destino deseado para hacer un safari y donde disfrutar de playas de ensueño. Pero aquí hay mucho más, como una naturaleza apabullante y ciudades que merecen la pena ser descubiertas. Este país del África subsahariana, situado frente al océano Índico, se ha puesto de moda entre los viajeros —la llegada de turistas aumentó un 7% en 2017—; es una democracia estable y, aunque sigue perteneciendo al grupo de países con ingresos bajos, no deja de desarrollarse. Hoy ya es posible organizar una ruta para principiantes, por libre y saliéndose del circuito más habitual.

En busca de los big five

Tanzania ha asignado más del 25% de su territorio para la conservación de la vida silvestre. En esa vastísima extensión es posible realizar safaris de toda clase, duración y para todos los bolsillos. Los parques nacionales del Serengueti, Tarangire y el lago Manyara y la zona de conservación de Ngorongoro son las zonas preferidas, pues se encuentran en el norte, a un par de horas en coche desde el aeropuerto internacional de Arusha.

Cebras y flamencos forman parte del paisaje habitual en el parque nacional del lago Manyara, en el norte de Tanzania.
Cebras y flamencos forman parte del paisaje habitual en el parque nacional del lago Manyara, en el norte de Tanzania.

Cualquier época es buena para visitar estas tierras, pero quizá el mejor momento sea en temporada seca (de agosto a octubre), cuando los animales abandonan sus guaridas para buscar agua, y también cuando se produce la gran migración de cientos de miles de ñus y cebras. En la mayoría de sus parques habitan los llamados big five (cinco grandes, en inglés). Son el león, el rinoceronte, el elefante, el leopardo y el búfalo, y el término fue acuñado por exploradores colonos en el siglo XIX para referirse a los mamíferos que eran más difíciles de cazar. Eso sí, hoy nada asegura que se dejen ver. Es una cuestión de paciencia y suerte.

Tanzania para principiantes
COVA FERNÁNDEZ

El archipiélago de Zanzíbar

Quien tenga curiosidad por conocer los estragos de la esclavitud debería visitar el archipiélago de Zanzíbar. Aunque lo primero con lo que se asocian estas islas tanzanas es con playas de transparentes aguas turquesas y turismo de bienestar, existe un pasado oscuro que se resume con un dato: Stone Town, la parte antigua de la capital, Ciudad de Zanzíbar, ostenta el dudoso honor de haber sido el mayor puerto comercial de esclavos de África oriental en el siglo XIX: hasta 20.000 personas pasaron por aquí para ser entregados a amos tanto árabes como europeos. Eran capturados en el continente africano y trasladados en pésimas condiciones por rutas que duraban hasta 80 días y en las que miles morían. El fin de esta práctica llegó en 1873, y hoy las mazmorras de la catedral anglicana, donde también hay un museo, dan testimonio de las penalidades que sufrieron.

Stone Town bien merece una estancia para maravillarse con la belleza decadente de una ciudad tan hermosa y evocadora que es patrimonio mundial de la Unesco desde el año 2000. Lo más entretenido es perderse por sus estrechas callejuelas y observar las rutinas de los vecinos, el trasiego del mercado de Darajani y su maravillosa artesanía, patente sobre todo en sus famosas puertas de madera tallada. Aquí hay multitud de hoteles, restaurantes, comercios (atención a la posibilidad de comprar tanzanitas, piedra preciosa que solo se extrae en este país) y actividades guiadas: desde excursiones urbanas hasta escapadas a la cercana Prison Island, donde viven tortugas de más de 150 años.

Una caya en la ciudad de Bagamoyo.
Una caya en la ciudad de Bagamoyo.

Colonial Bagamoyo

Para saber más de la Tanzania colonial hay que visitar Bagamoyo, una ciudad a orillas del Índico candidata a patrimonio mundial y donde la esclavitud también dejó huella. Su nombre proviene de la expresión suajili “bwga moyo” o “tirar el corazón”, en referencia a la desesperanza de las personas capturadas y esclavizadas. Bagamoyo es accesible en taxi o autobús desde Dar es-Salam, la ciudad más poblada del país, que se encuentra unos 70 kilómetros al sur. La antigua capital del África oriental alemana es hoy un rincón tranquilo sin apenas turismo, con un fuerte rehabilitado, una lonja de pescado muy colorida y unos vecinos inmersos en su día a día que apenas prestan atención al visitante.

Por el bosque de Amani

Tanzania también ofrece muchas opciones para los amantes del senderismo y la montaña. La más famosa es un ascenso a la cúspide del Kilimanjaro, el monte más alto de África (5.895 metros). Es posible llegar a la cima sin ser un escalador experimentado gracias a multitud de agencias locales que organizan la excursión con todo lo necesario para pernoctar y alimentarse durante la ruta. Tan solo hace falta estar en buena forma física.

Una alternativa menos conocida es Amani, una reserva natural situada en el noreste del país, entre las montañas Usambara, protegida en 1997 por su flora y fauna únicas. Es posible visitarla por libre viajando en taxi desde Muheza, la localidad más cercana (unos 20 kilómetros), y alojándose en una casa rural. Está permitido adentrarse en el bosque de Amani por cuenta propia, pero dado que las rutas no están bien señalizadas es mejor ir con un guía local que marque el rumbo hacia lo más alto de las montañas, donde la vista de un África selvática y misteriosa premia el esfuerzo del paseo.

Tranquilidad en el Índico

Resulta imperdonable viajar a Tanzania y no relajarse unos días en sus playas. Las más conocidas son las del archipiélago de Zanzíbar: Jambiani y toda la costa este disfrutan de mayor tranquilidad. Hacia el norte, Pongwe y Nungwi presumen de las arenas más blancas y las aguas más cristalinas, pero en ellas hay más turistas. Quienes busquen soledad, pueden dirigirse a la vecina isla de Pemba, en el norte. O bien quedarse en el continente: en el noreste del país existen poblaciones que viven de cara al mar, como Kigombe, donde uno puede alojarse en una cabaña rústica con todas las comodidades para pasar unos días de desconexión.

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Viajes

15 grandes viajes en tren que tal vez no conozcas

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1. A través de Irán

De Andimeshk a Dorud

Serpenteante como una caravana de la Ruta de la Seda, esta ruta ferroviaria se asoma al montañoso corazón de la antigua Persia y, sobre todo, invita a convivir con la hospitalaria población local (rara vez viajaremos con turistas). El transiraní, que circula desde Andimeshk, en el sur, hasta Dorud, al norte, es un prodigio de la ingeniería: construido a base de explosivos en los impresionantes montes Zagros, se aferra a las vertientes de remotos valles fluviales, pasa bajo inmensos picos, cruza enormes desfiladeros y discurre junto a cascadas, envuelto por un paisaje inhóspito e inolvidable, como el que se contempla durante el ascenso desde la planicie de Juzestán hasta la alta meseta del mítico Lorestán. Encargado por el Sha en la década de 1930 y trazado por ingenieros europeos, su sistema de túneles, viaductos y espirales superpuestas fue propuesto para la lista patrimonio mundial de la Unesco.

Un tren a su paso por el puente de Bisheh, en Irán.
Un tren a su paso por el puente de Bisheh, en Irán.

Cómo viajar: suele haber un único trayecto diario (209 kilómetros; 5-7 horas de trayecto) y los horarios cambian con frecuencia. Pueden reservarse plazas con antelación (en agencias de viaje locales y en cualquier estación) y es preferible evitar los jueves y viernes (fin de semana en Irán) y el Nowruz (Año Nuevo iraní, en marzo). Se recomienda llevar comida (y compartirla), y no fotografiar infraestructuras (estaciones, puentes, vías).

El tren Tazara que conecta Tanzania y Zambia en la estación tanzana de Mbeya.
El tren Tazara que conecta Tanzania y Zambia en la estación tanzana de Mbeya. G

2. Tren Tazara, safari sobre raíles

De Dar es Salaam (Tanzania) a Kapiri Mposhi (Zambia)

El trayecto del Tazara (Tanzania and Zambia Railway Authority) se acompasa al pausado ritmo de vida africano: 46 horas (que pueden alargarse) para recorrer 1.860 kilómetros, desde Dar es-Salaam, portuaria ciudad de Tanzania, hasta New Kapiri Mposhi, en Zambia. Eso sí: ofrece la posibilidad de observar grandes animales desde la ventanilla. También la vida cotidiana, el clamor y el caos que se desatan cuando el tren llega a una parada (prevista o imprevista). La experiencia de subir al Mukuba Express merece la pena: desde la estación Tazara de Dar es Salaam, construida, como el resto de la línea, por ingenieros chinos en la década de 1970, los alegres bandazos del Mukuba Express —que originalmente facilitaban el transporte de cobre desde Zambia hasta el mar— discurre primero por la llanura costera y atraviesa después cientos de kilómetros de sabanas de ensueño. Los sonidos, los olores y el calor de la Tanzania meridional se cuelan por la ventanilla. Y cuando el tren pasa por la reserva de Selous (la primera noche del trayecto) llega la oportunidad de avistar jirafas, elefantes y otros grandes ejemplares de la fauna africana.

Cómo viajar: hay dos trenes semanales en cada sentido; el Mukuba Express desde Dar es-Salaam (ida los viernes, regreso los martes) y el Kilimanjaro Ordinary desde New Kapiri Mposhi. No se pueden sacar billetes online (por teléfono o en la estación) pero sí obtener información en www.seat61.com (teléfonos, agencias de viaje y detalles sobre ambos trenes) y tazarasite.com. Se puede reservar desde un asiento simple a coches cama (limpios y cómodos) con compartimentos de cuatro o seis literas unisex.

Un convoy Superliner a su paso por Texas (EE UU).
Un convoy Superliner a su paso por Texas (EE UU).

3. Sunset Limited, la Ruta 66 ferroviaria

De Nueva Orleans a Los Ángeles (Estados Unidos)

Desde los bares del Barrio Francés de Nueva Orleans hasta las olas del Pacífico, el Sunset Limited es la opción perfecta para quien haya soñado atravesar Estados Unidos alguna vez pero no tenga muchas ganas de pasar dos semanas conduciendo un coche. Lo único que hay que hacer es relajarse en el asiento y ver pasar los paisajes: los pantanos de Luisiana, los rascacielos de Houston, los desiertos de Texas y Arizona, las colinas de California y, finalmente, las playas doradas de Los Ángeles. Inaugurado en 1894 como Sunset Express, fue la segunda línea ferroviaria estadounidense de costa a costa (la Pacific Railroad, de 1869, fue la primera), abrió al comercio las ricas plantaciones del sur y revolucionó el tiempo del trayecto transcontinental de pasajeros: de varias semanas a varios días. Rebautizada como Sunset Limited, actualmente circula tres veces por semana y completa su recorrido (3.211 kilómetros) en dos días. Equipado con coches cama, el viaje puede hacerse íntegramente a bordo o, si se quiere, apearse en cualquier parada para pernoctar y volver a subir en el siguiente tren que pase por la ciudad —Houston, El Paso, Palm Springs— al cabo de un par de días (aunque supone un incremento del precio, con tarifas aparte). Algo así como la versión ferroviaria de la Ruta 66.

Cómo viajar: hay dos opciones al reservar una cabina en coche cama; Superliner Roomette (dos asientos que se abaten formando una litera, más una litera superior plegable y baño compartido en el pasillo) y Superliner Bedroom (más espaciosa y con baño privado). También hay cabinas para familias e incluso servicio de habitaciones. El salón Sightseer, con asientos giratorios y ventanas panorámicas de suelo a techo, ofrece las mejores vistas.

Vista de las Montañas Rocosas canadienses durante el trayecto de la línea de VIA Rail entre Jasper y Prince Rupert.
Vista de las Montañas Rocosas canadienses durante el trayecto de la línea de VIA Rail entre Jasper y Prince Rupert.

4. Canadá salvaje a bordo del Rupert Rocket

De Jasper a Prince Rupert

Esta encantadora línea de VIA Rail entre Jasper y Prince Rupert invita a dos días de travesía (1.160 kilómetros) a bordo de vagones retro con laterales de acero de la década de 1950 que recuerdan la época dorada de los viajes de lujo. El Park Car tiene dos niveles, una cúpula sobre los asientos del nivel superior y un coqueto saloncito debajo. El Rupert Rocket (cohete de Rupert), trazado ya centenario, es una conexión regular entre paisajes impresionantes de las provincias de Alberta y la Columbia Británica, que incluye la posibilidad de avistar fauna salvaje desde la ventanilla: uapitíes rumiando, muflones quietos como estatuas, delicados ciervos y, los más esperados, osos negros y grizzlis. Tras dejar atrás las Montañas Rocosas, la enorme Cadena Costera brinda también escenarios alucinantes, entre una continua sucesión de puentes y túneles. También podremos observar alguna de las pequeñas estaciones de madera con tejados acampanados construidas por Grand Trunk Pacific Railway, como la de McBride, donde el convoy suele detenerse para que los pasajeros puedan hacer fotos y pedir un café para llevar en su acogedora cantina.

Cómo viajar: de junio a septiembre se habilita una clase turística especial a bordo, con espaciosos asientos en el vagón panorámico, comidas de estilo avión y acceso exclusivo al Park Car (la clase económica funciona igualmente). Los trenes salen de Jasper los domingos, miércoles y viernes (todo el año), hacen noche en Prince George (conviene buscar hotel con antelación) y al llegar a Prince Rupert conectan con la línea de BC Ferries a Port Hardy, en la isla de Vancouver, o a las islas de Haida Gwaii. Se pueden reservar los billetes en la web de VIA Rail (www.viarail.ca).

El llamado Reunification Express Train cruza un puente cerca de la ciudad de Lang Co (Vietnam).
El llamado Reunification Express Train cruza un puente cerca de la ciudad de Lang Co (Vietnam).

5. El expreso de la Reunificación

De Ciudad Ho Chi Mihn a Hanói (Vietnam)

También conocido como el Ferrocarril Norte-Sur, esta popular línea ferroviaria de Vietnam ha sufrido los mismos altibajos que el país que recorre. Más de 1.700 kilómetros en dos días desde Hanói, al norte, hasta Ciudad Ho Chi Minh (la antigua Saigón), en el sur, que conectan de forma muy evocadora las dos grandes metrópolis vietnamitas, y los tesoros que hay en el camino. El tren nació durante el dominio colonial francés de Indochina, para que comunicara las regiones norte y sur de su territorio, pero pronto quedó atrapado por el tumultuoso devenir de Vietnam durante el siglo XX: fue secuestrada por las fuerzas invasoras japonesas durante la II Guerra Mundial, poco después pasó a ser objetivo bélico durante la I Guerra de Indochina, cuando las guerrillas del Viet Minh atacaban los trenes acorazados que circulaban por ella. Pero el episodio más conocido de su historia llegó durante la Guerra de Vietnam, cuando la línea fue usada para transportar tanques y artillería, algunos tramos fueron dinamitados y se bombardearon muchos de sus puentes. La línea quedó partida en dos entre Vietnam del Norte y Vietnam del Sur. Algunos años después, cuando volvió a conectar Saigón y Hanói en 1976, el tren se convirtió en un símbolo de la solidaridad y la recuperación del país.

Cómo viajar: circulan varios tipos de trenes con diferentes clases de billete según el grado de confort, y aunque los turistas suelen preferir los compartimentos de seis literas blandas, se pueden reservar vagones privados más lujosos y con aire acondicionado (livitrans.com, violetexpresstrain.com). Hay cuatro o cinco salidas diarias (todo el año) al norte y al sur (generalmente a primera hora de la mañana y última de la tarde) y se puede reservar plaza mediante agencias como Baolau o 12Go Asia; hacer paradas en destinos como como Hué o Danang requiere varias reservas. Una recomendación: sentarse en la ventanilla derecha cuando se viaja hacia el norte para tener las mejores vistas del puerto de las Nubes.

Estación de en Pyin U Lwin, una localidad del interior de Birmania, de la línea Mandalay-Lashio.
Estación de en Pyin U Lwin, una localidad del interior de Birmania, de la línea Mandalay-Lashio.

6. La antigua Birmania en tren

De Mandalay a Lashio (Myanmar)

Puede que los trenes de la época colonial de Myanmar (la antigua Birmania) chirríen por el peso del tiempo, pero es parte de su encanto. El que discurre entre montañas hacia el noreste desde Mandalay hasta Lashio (201 kilómetros, unas 15 horas), el final de la carretera de Birmania durante la guerra, traquetea especialmente al pasar por el precario viaducto de Gokteik, que desafía al paso de los siglos sobre un valle que parece no tener fondo de camino a la colonial estación de montaña de Pyin U Lwin. Transitar por estas vías es hacer un viaje por el tiempo, mientras que los bungalós coloniales, las aldeas de las tribus de montaña y los monasterios en el bosque se ven pasar fugazmente entre el follaje de la selva. Hay puentes de acero que atraviesan profundas gargantas, pero también tramos que permiten relajarse y localizar monasterios y estupas doradas entre bosques y aldeas.

Cómo viajar: las comodidades a bordo del tren (con una salida diaria en ambos sentidos todo el año) son limitadas; merece la pena pagar un poco más por un asiento acolchado de clase superior (incluye un servicio básico de comidas), y es recomendable comprar los billetes (en las estaciones del trayecto) con un par de días de antelación; se requiere el pasaporte).

El Baikal-Amur (BAM) que atraviesa Siberia a su paso por la zona de Buriatia.
El Baikal-Amur (BAM) que atraviesa Siberia a su paso por la zona de Buriatia.

7. Atravesando la estepa siberiana

De Taishet a Sovetskaya Gavan (Rusia)

Esta línea férrea recorre más de 4.320 kilómetros por la estepa siberiana, comunica asentamientos remotos, se concibió como la mayor obra de la historia de la URSS y no es el Transiberiano. El Baikal-Amur (BAM) fue construido casi un siglo después, es más frío y más remoto, atraviesa parajes igualmente espectaculares, pero apenas atrae a turistas. Y es que es un viaje para viajeros curtidos, pues los placeres del BAM, a ojos de algunos, bordean lo perverso: tumbarse acurrucado en un pequeño compartimento durante 36 horas; asomarse por la ventanilla y ver bosques de abedules infinitos sin el más mínimo indicio de presencia humana; apearse en estaciones inhóspitas en las que el frío paralizador del invierno (hasta temperaturas de 60 grados bajo cero) puede congelar el líquido de los globos oculares… Para apreciar esta aventura hay que entender la extraordinaria historia del BAM: las obras empezaron en la década de 1970 para conectar rincones de Siberia, de gran riqueza mineral, y construir una nueva utopía comunista en el virgen territorio del salvaje oriente ruso. Pero la construcción no fue bien: el permafrost deformaba las vías, los obreros voluntarios fallecían por las duras condiciones… Actualmente muchas de las ciudades construidas ex profeso están deshabitadas, pero el tren sigue siendo un salvavidas para algunas de las comunidades más remotas del planeta.

Cómo viajar: en el BAM solo hay billetes de dos clases, Kupe (compartimentos de cuatro literas que se convierten en asientos) y Platskartny (vagones de tipo dormitorio colectivo). Los horarios de las comidas a bordo pueden ser impredecibles; los carteles de las estaciones están en cirílico, y para recorrer la línea completa (4 días) hay que realizar conexiones entre, al menos, tres servicios. El BAM circula todo el año y se pueden reservar billetes en eng.rzd.ru.

El tren cremallera de las montañas Nilgiri, en India.
El tren cremallera de las montañas Nilgiri, en India.

8. El tren de las montañas Nilgiri

De Mettupalayam a Ooty (India)

El único tren de cremallera de India, que asciende por las aromáticas montañas Nilgiri, tiene cierto aire retrofuturista. Declarado patrimonio mundial en 2005, el trayecto desde Mettupalayam hasta Ooty (Udhagamandalam) se abre camino por las frescas y fértiles tierras altas de Tamil Nadu, donde los colonizadores británicos se refugiaban del calor tropical de las planicies. Aquí uno disfruta de pasos por puentes precarios, vistas panorámicas, un verde exuberante, la nostalgia por las máquinas de vapor antiguas y el aroma del especiado té indio al atravesar las plantaciones de Nilgiri. Sus escasos 46 kilómetros de lento recorrido (unas 4 horas y media) se abre camino por densas junglas con tramos que superan el 8% de desnivel (solo cuatro líneas férreas en el mundo superan dicha inclinación), una demostración de ingeniería ferroviaria motivada por una sencilla razón: el calor. Los funcionarios de la provincia de Madrás, acostumbrados a los tibios veranos británicos, languidecían durante el cálido y pegajoso monzón, y cada año, de mayo a octubre, huían al verde frescor de los montes Nilgiri, acarreando consigo la proliferación de plantaciones de té en la zona, que empezó a producir las infusiones más refinadas del sur de India. Actualmente, gracias a las más de 200 películas de Bollywood ambientadas en estas verdes y agradables montañas, el viaje en tren hasta Ooty se ha convertido en un imán para matrimonios en plena luna de miel. Y, probablemente, todo aquel turista extranjero que vaya a bordo acabará posando en el álbum de fotos de la boda, por expresa petición de los recién casados.

Cómo viajar: el tren de las montañas Nilgiri suele arrastrar tres o cuatro vagones, por lo que hay que reservar con mucha antelación (al menos dos semanas, sobre todo en primera clase, más confortable y con mejores vistas) en la web www.indianrail.gov.in. Una advertencia: no sirven comidas a bordo (se pueden comprar tentempiés en las estaciones de Mettupalayam u Ooty). Hay un trayecto completo diario de Mettupalayam a Ooty (sale a las 7.10 y regresa a las 14.00) y otros tres más entre Coonoor y Ooty.

El sendero de Nakasendo, entre Magome y Tsumago (Japón).
El sendero de Nakasendo, entre Magome y Tsumago (Japón).

9. El Nakasendo nipón, en versión ferroviaria

De Nagoya a Matsumoto (Japón)

Más allá de los trenes bala, Japón también ofrece líneas férreas más lentas que atraviesan paisajes fascinantes, como los Alpes japoneses siguiendo el trazado del antiguo Nakasendo, o camino de postas. Este tren (incluido en el Japan Rail Pass) atraviesa pequeñas aldeas de montaña en las que perviven ancestrales edificios de madera y los artesanos siguen elaborando cuencos a mano. Si se combina con la versión senderista del camino Nakasendo podremos experimentar cómo recorrían los viajeros y comerciantes de antaño la ruta que conectaba la antigua Edo (hoy Tokio) con Kioto. El convoy recorre el tramo conocido como Kisoji (46 kilómetros, 4 horas) a través del valle de Kiso, un trayecto que serpentea siguiendo la línea del río, compañero de viaje. La puntualidad y eficacia japonesa no es aquí lo importante. El tren avanza pausadamente por un paraje más propio de rutas a pie o a caballo, y que en otro tiempo precisaba de decenas de paradas (postas) para llegar al destino. Actualmente estos pueblos —como una aldea del período Edo (1603-1868) perfectamente conservada— son su mayor atractivo, e invitan a reservar varios días para disfrutar del viaje.

Cómo viajar: los trenes salen desde Nagoya con bastante regularidad, pero debemos asegurarnos de subir a los identificados como JR Chuo Line. En Nakatsugawa hay que hacer un transbordo para tomar el tren del valle de Kiso. El abono Japan Rail Pass permite viajar en tren sin límites, por lo que se puede hacer la ruta completa, alojarse en la agradabilísima Matsumoto y combinar la experiencia con excursiones de un día para visitar con calma las aldeas del camino de postas. El otoño (de septiembre a noviembre) es la mejor época, ya que disfrutaremos del momijigari, el pasatiempo japonés de “ver las hojas del otoño”.

En tren que conecta Serbia con Montenegro en un trayecto de algo más de 470 kilómetros se adentra por los Alpes Dináricos.
En tren que conecta Serbia con Montenegro en un trayecto de algo más de 470 kilómetros se adentra por los Alpes Dináricos.

10. Por el corazón de los Balcanes

De Belgrado (Serbia) a Bar (Montenegro)

A pesar del inmaculado paisaje que atraviesa, este tren escapa a casi todos los mapas turísticos. Desde Belgrado, capital serbia, hasta Bar, en la costa adriática de Montenegro, es un fascinante viaje de 476 kilómetros y 12 horas que se adentra en los Alpes Dináricos, enfila cañones y puentes que salvan gargantas fluviales, y se desliza por encima de un antiguo lago tectónico. Cuando en 1951 comenzó su construcción, la entonces República Federal Socialista de Yugoslavia era todavía una inestable unión de Estados al oeste de la península Balcánica. Cuando la ruta férrea se inauguró, en 1976, con 254 túneles y 234 puentes que serpentean entre la llanura Panónica y el mar Adriático, el país era una potencia geopolítica y un vínculo entre Occidente y la Unión Soviética. A pesar de la posterior (y desgarradora) fragmentación de la antigua Yugoslavia, la línea sobrevive, comunica Serbia y Montenegro, y ofrece una ventana privilegiada para contemplar el paisaje balcánico en estado puro, a través de parajes surcados por griegos e ilirios primero, y posteriormente, por los imperios romano, bizantino, otomano y austrohúngaro.

Cómo viajar: hay dos servicios diarios en ambos sentidos a bordo de vagones antiguos pero cómodos, que en el convoy nocturno permite elegir entre compartimentos de 2 o 3 camas, o de 4 o 6 literas. Los billetes se reservan en la estación el día anterior (horarios y más información en srbvoz.rs) y aunque los trenes suelen tener vagón restaurante es buena idea comprar agua, tentempiés y algo más sustancioso en la panadería de la estación de Belgrado antes de embarcar.

El tren Bernina Express a su paso por el viaducto sobre el río Landwasser (Suiza).
El tren Bernina Express a su paso por el viaducto sobre el río Landwasser (Suiza).

11. Los Alpes desde el Bernina Express

De Coira (Suiza) a Tirano (Italia)

Las ventanillas panorámicas del Bernina Express se asoman a montañas coronadas por glaciares, barrancos adornados de cascadas e interminables bosques de píceas. El trayecto de 156 kilómetros y 4 horas de duración desde Coira, en el cantón suizo de los Grisones, hasta Tirano, al norte de Italia, es un prodigio de la ingeniería de principios del siglo XX, y el tramo conocido como línea Albula de RhB fue incluido es patrimonio mundial de la Unesco. El tren, un Hornby de vía estrecha con un mantenimiento impecable, de color rojo, se desliza por viaductos en espiral y supera fuertes pendientes de hasta el 7%.

Cómo viajar: hay salidas a diario y se pueden reservar los billetes con antelación en www.rhb.ch y www.sbb.ch. Las mejores vistas se consiguen desde la parte derecha del tren (en dirección sur), y entre julio y finales de octubre el Bernina Express incorpora vagones panorámicos abiertos entre Davos Platz y Tirano, con vistas en todas direcciones, aire fresco y buenas oportunidades para hacer fotos. Una alternativa son los trenes regulares de la SBB, pues realizan la misma ruta aunque sin ventanillas panorámicas; eso sí, hay más variedad de horarios, no precisan de reserva y son más baratos.

Vista aérea de la línea ferroviaria que une Oslo y Bergen (Noruega).
Vista aérea de la línea ferroviaria que une Oslo y Bergen (Noruega).

12. El desconocido Bergensbanen

De Oslo a Bergen (Noruega)

Maravilla de la construcción ferroviaria del siglo XIX, que superó un sinfín de dificultades para unir Oslo y Bergen a través de montañas y fiordos, lagos, valles y glaciares (por no hablar de la inmensa meseta montañosa de Hardangervidda, cubierta de nieve gran parte del año), el Bergensbanen es, sin embargo, casi desconocido fuera de Noruega. En poco más de 6 horas y 490 kilómetros permite asomarse a todo el esplendor paisajístico y natural del país nórdico: atraviesa cañones, cruza ríos, se encarama por laderas y se adentra en estériles extensiones de hielo. Las obras empezaron en diciembre de 1875 y no culminaron hasta 1909, prueba de la complejidad del trazado, pero cuando el primer convoy llegó a la estación central de Oslo el rey Haakon VII lo describió como “la obra maestra de nuestra generación”. Más de un siglo después sigue funcionando con la eficacia de un reloj, ahora con una mezcla de turistas y trabajadores a bordo.

Cómo viajar: el Bergensbanen es un tren regular, pero cómodo: asientos espaciosos y confortables, grandes ventanillas, wifi gratis y bar bien surtido. La clase Komfort tiene asientos más grandes, enchufes y té y café gratis. En el vagón familiar hay zonas de juegos para los niños y los trenes nocturnos disponen de coches cama. Hay hasta cuatro servicios diarios entre Oslo y Bergen en ambos sentidos y se puede reservar plaza en la web www.nsb.no (los precios varían según la demanda).

13. Inlandsbanan, ritmo lento por los bosques suecos

De Mora a Gällivare (Suecia)

¿En cuántas líneas ferroviarias del mundo el maquinista puede, si surge la ocasión, detener el tren para que los pasajeros bajen a recoger bayas? ¿O para darse un baño en un lago cercano o contemplar un alce paseando por un claro del bosque? Aunque suene increíble, esto no es infrecuente en la línea Inlandsbanan (Tren del interior), que atraviesa los impecables bosques del interior de Suecia, a lo largo de dos días y 12.808 kilómetros. Incomprensiblemente lento y conscientemente excéntrico, es uno de los trenes más amables de Europa. Un tren rojo con un único vagón (solo funciona en verano) que pasa, una vez al día, por estaciones de cuento. Ideada a principios del siglo XX como un acceso al agreste norte de Suecia, estuvo a punto de clausurarse en la década de 1990 debido al exiguo número de pasajeros. En los últimos años, no obstante, ha experimentado un resurgimiento gracias a sus muchas y variadas peculiaridades, convertidas en atractivo turístico. Como disfrutar de largas conversaciones con el maquinista en la cabina mientras se otean osos cruzando las vías algo más adelante. Pero sobre todo invita a un viaje hacia una tierra ignota, el desconocido interior de Suecia.

Cómo viajar: el Inlandsbanan suele incorporar uno o dos vagones y no dispone de coches cama, por lo que todos los pasajeros deben pasar noche en Östersund. Suele funcionar de principios de junio a mediados de agosto, con salidas diarias en los tramos norte y sur de la línea (Mora-Östersund y Östersund-Gällivare). Los billetes pueden reservarse con antelación por Internet en inlandsbanan.se, pero la mejor forma de viajar es con la tarjeta Inlandsbanan, que ofrece viajes ilimitados durante un máximo de dos semanas y permite conocer la región a fondo.

El convoy Ffestiniog, un tren de vía estrecha que recorre Gales del norte, en la estación de Porthmadog.
El convoy Ffestiniog, un tren de vía estrecha que recorre Gales del norte, en la estación de Porthmadog.

14. Los trenes galeses de vía estrecha

En los ferrocarriles Ffestiniog y Welsh Highland (Gales)

Ffestiniog y Welsh Highland son unas líneas por las que las diminutas locomotoras de vapor se entretienen en pequeñas estaciones y serpentean entre las imponentes montañas de Gales del Norte durante 63 kilómetros (que hace en cuatro horas). Este trayecto, en el que se combinan la compañía ferroviaria en activo más antigua del mundo, Ffestiniog, y la línea histórica más larga del Reino Unido, Welsh Highland, puede hacerse en un día. A su paso junto a canteras de pizarra y minas abandonadas, los viajeros pueden comprobar cómo la Revolución Industrial alteró para siempre el paisaje galés y, al mismo tiempo, ver la naturaleza británica en todo su esplendor, gracias a los oscuros bosques, valles fluviales y cumbres azotadas por el viento de Snowdonia.

A pesar de ser muy querida por su flota de ilustres locomotoras de vapor, el ferrocarril Ffestiniog nació, en realidad, sin tener ninguna; por no tener, no tenía ni pasajeros. Se construyó en 1833 para transportar pizarra desde las canteras de Blaenau Ffestiniog hasta los barcos que esperaban en el mar de Irlanda; cuesta abajo, los trenes funcionaban por gravedad y luego se usaban caballos para tirar de los vagones vacíos cuesta arriba hasta que las locomotoras de vapor les tomaron el relevo a mediados del siglo XIX.

Cómo viajar: casi todos los pasajeros suben a vagones estándar de tercera clase. También se puede pagar algo más por sentarse en los de primera, de estilo Pullman, con tejidos afelpados, asientos cómodos y —lo mejor de todo— grandes ventanillas con magníficas vistas de las montañas. En ambas líneas también hay un bar que sirve comida caliente y fría y en algunos servicios también hay té de la tarde. Durante todo el año hay rutas especiales, desde fines de semana victorianos hasta actividades navideñas. Los trenes de ambas líneas tienen horarios de temporada: el Ffestiniog tiene hasta ocho salidas diarias en pleno verano (julio y agosto), mientras que el Welsh Highland tiene tres salidas diarias en hora punta. Las dos cierran durante períodos prolongados en invierno (de noviembre a febrero). Y es que la ruta está más bonita en pleno verano, cuando el tiempo galés es más benigno. Es fácil reservar por internet (www.festrail.co.uk) y también se pueden comprar los billetes en las principales estaciones.

El antiguo tren a vapor de la línea de ferrocarril de Bohinj en un puente sobre río de Soca (Eslovenia).
El antiguo tren a vapor de la línea de ferrocarril de Bohinj en un puente sobre río de Soca (Eslovenia).

15. En tren por Eslovenia

De Nova Gorica a Jesenice (Eslovenia)

He aquí una aventura en tren casi perfecta de la que pocos han oído hablar. Al fin y al cabo, la línea de ferrocarril de Bohinj conecta dos lugares cuya importancia puede escapárseles a los viajeros modernos. El modesto tren que sale de una parada de esplendor ajado en la frontera de Italia y Eslovenia no da la más mínima pista de lo que está por venir. El viaje es un recorrido de 112 kilómetros en dos horas espectacular por puntos destacados de las tierras altas eslovenas: sube por ciudades y pueblos de montaña siguiendo el río Soca, surca magníficos parajes alpinos cerca del lago Bohinj y pasa junto al famosísimo lago Bled.

El Imperio austrohúngaro dejó una red de líneas férreas que resultan curiosas a los ojos modernos; y salen desde Viena en disposición radial hacia partes importantes de este reino perdido. Es el caso de este ferrocarril Bohinj, o Transalpina, que llegaba hasta la ciudad portuaria de Trieste, hoy italiana. Pero actualmente solo sigue en funcionamiento entre Jesenice y Nova Gorica. La sensación de estar descubriendo una parte perdida de la historia europea nos acompañará desde el principio, desde la misma estación de Nova Gorica, donde se cruza la frontera entre Eslovenia e Italia para pasear por la histórica ciudad italiana de Gorizia. El imponente edificio de la estación, que se antoja demasiado grande para el servicio regional en el que se está a punto de embarcar, refleja la importancia de la línea y de su enclave.

El tren es una forma de ver los paisajes de la zona, sus colinas y montañas envueltas en nubes, las antiguas estaciones y algunos de los lugares más llamativos del país. Y es que la mayoría de los viajes en tren por Eslovenia tienen momentos espectaculares. El precioso trayecto de Liubliana a Sezana y hasta Villa Opicina, ya en Italia, es el complemento perfecto.

Cómo viajar: al tener pocas posibilidades de que alguien ocupe el asiento de al lado, este viaje de dos horas ofrece una perspectiva sin agobios. Los billetes se compran al llegar a la estación de Nova Gorica o Jesenice y solo hay segunda clase, que ofrece asientos cómodos y espacio para estirarse. El tren museo especial de vapor hace la ruta en verano y ofrece una excursión de un día entero que incluye almuerzo en los viñedos de la región de Goriska Brda. Hay salidas diarias y se tiene que reservar con antelación, a diferencia del tren normal. Véase www.slo-zeleznice.si.

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Viajes

Un café en la casa de Balzac

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Pasada la medianoche, Honoré de Balzac ya habría consumido varias cafeteras. Y ahí seguía, escribiendo y escribiendo febrilmente, a la luz de un candil, con su letra menuda sobre ese también diminuto escritorio de madera lleno de marcas de su pluma. Así permanecería, noche tras noche, trabajando sin cesar en esa ambiciosa obra, La comedia humana (1830), con la que pretendía describir en más de un centenar de novelas y relatos interconectados, cual catedral humana, “la historia y la crítica de la sociedad, el análisis de sus males y la discusión de sus principios”, como explicó él mismo. “Trabajo 18 horas y duermo 6, trabajo mientras como y no creo que deje de trabajar ni siquiera cuando duermo”, le contaba el novelista francés a su amiga primero, luego amante y finalmente esposa, Eve Hanska, en una de las numerosas cartas que forjaron su relación.

No es difícil imaginar la escena. Sobre todo cuando se visita la Maison de Balzac de París, una encantadora casita de persianas verdes y tejado de pizarra en el 47 de la Rue Raynouard, en el acomodado barrio parisiense de Passy, donde Balzac vivió entre 1840 y 1847. Situada a una decena de minutos a pie de la plaza del Trocadero, la referencia para todo aquel viajero que quiera hacerse una foto con la Torre Eiffel de fondo, constituye una excelente excusa para prolongar el paseo por esta zona de la capital francesa y descubrir un museo pequeño y sin demasiados visitantes.

Sobre todo ahora que, tras un año de renovaciones, la Maison de Balzac, la única residencia del autor francés que sigue en pie, ha vuelto a abrir sus puertas con una ambición: atraer a un público más amplio y no solo experto en el autor de Papá Goriot. “Lo que buscamos es darle a la gente ganas de leer esos libros”, señaló el director del museo, Yves Gagneux, durante su reapertura oficial, el pasado mes de septiembre. “El museo tendrá éxito si, a la salida, el visitante tiene ganas de leer o releer a Balzac”.

Un café en la casa de Balzac
COVA FDEZ.

Elementos para incitar la imaginación y picar el gusanillo de Balzac no faltan en esta casa rodeada por un magnífico jardín —otro de los atractivos de la visita—, desde la que se tiene además una soberbia vista de la Torre Eiffel, si bien en la época de Balzac (1799-1850) faltaban aún casi 40 años para que se erigiera el símbolo por excelencia de París.

Salvo el despacho, que sigue casi igual que en la época de Balzac, poco queda de hogar en la casa. Las demás estancias han sido reutilizadas para mostrar todos los tesoros que llevan a una mejor comprensión de un personaje que ya en su época despertaba pasiones. “Lo quisiera o no, consintiera o no, el autor de esta obra inmensa y extraña pertenece a la fuerte raza de los escritores revolucionarios”, dijo de él durante su funeral, en agosto de 1850, otro de los grandes de las letras francesas y universales de la época, Victor Hugo.

Una de las salas expositivas de la Maison de Balzac, en París.
Una de las salas expositivas de la Maison de Balzac, en París.

Una mezcla muy personal

El universo de Balzac se comprende mejor cuando uno se topa, por ejemplo, con su imprescindible cafetera, que le regaló otra de sus amigas, la escritora Zulma Carraud. En esta pieza de porcelana de Limoges se preparaba taza tras taza de ese café que le permitía trabajar sin descanso y cuya mezcla confeccionaba él mismo minuciosamente a partir de tres variedades diferentes que le hacían recorrer media ciudad para conseguirlas. También ocupa un lugar destacado el famoso bastón que el escritor encargó a un reputado joyero tras el éxito de sus novelas Eugénie GrandetLa mujer de treinta años y La duquesa de Langeais, reconocible en todo París por su empuñadura dorada y recubierta de turquesas, y del que pendía una cadena —también de oro— procedente de un collar que le regaló su amada Eve Hanska. Balzac, cuentan sus historiadores, gustaba sobre todo de ir al teatro con ese extravagante bastón “que tiene más éxito en Francia que todas mis obras”, bromeaba el propio escritor.

Dos de las habitaciones están dedicadas a La comedia humana y exponen las placas tipográficas que representan a más de 300 personajes de la titánica obra en distintas ediciones. También se pueden ver las páginas impresas y llenas de correcciones que hacían que los editores casi odiaran a Balzac por las muchas veces que tenían que reimprimir los capítulos, así como los diferentes bustos y retratos del autor realizados por admiradores suyos del calibre de Rodin, Picasso, Derain o Balthus.

La exposición permanente se completa con una novedad tras la remodelación del museo (que también resulta ahora más accesible para personas con problemas de movilidad, algo nada banal en una ciudad tan difícil como París): la cocina ha sido reconfigurada como sala de exposición de la vida más íntima de Balzac, con cuadros de sus padres y hermana y, en un antiguo aparador, un listado de las amigas, admiradoras y amantes de Balzac a lo largo de su corta pero intensa vida, que acabó en 1850, solo tres años después de abandonar esta casa, reconvertida en un atractivo museo que ahora vuelve a abrirse al público.

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