Connect with us

Vida

La vida en España sin un paisano cerca

Avatar

Publicado

on

Más de 300 islas, playas paradisíacas, clima suave, calma, relax… todo lo que uno puede pedir cuando le dicen a dónde le gustaría irse de vacaciones, perderse, desaparecer. Una imagen que llena la mente de palmeras, aguas cristalinas, arena blanca y sol. Avi Aryaan tenía todo esto y más pero, a finales de 2016, se subió a un avión y lo dejó todo atrás. Avi llegó a Europa en septiembre de 2016, a Lisboa, donde recaló de la mano de su novio luso, al que conoció en Fiyi. Llegó, como tantos, en busca de trabajo y un cambio de aires. Se casó y poco después, en diciembre de ese mismo año, el matrimonio recaló en Madrid. Desde entonces este hombre de 31 años es uno de los poco fiyianos que viven en España, 9 según los últimos números del Instituto Nacional de Estadística (INE), una de las nacionalidades que ocupan el final de la tabla de residentes en la que aparecen nombres de países tan ‘extraños’ a los oídos patrios como Samoa, Vanuatu, Tonga, Brunei, Djibouti, Nauru, Kirtibati o Islas Marshall. Naciones acompañadas de cifras de residentes de un solo dígito. Son gente sin paisanos cerca. La llamada del empleo no tardó en sonar, pero lejos de la capital. A Ari le ofrecieron un empleo como responsable de seguridad y calidad en el aeropuerto de Málaga y no se lo pensó. En Fiyi trabajaba en el aeropuerto de Nadi, su ciudad, el principal del país y donde conoció a su pareja portuguesa. La oferta laboral desde Andalucía solo tenía un inconveniente: por entonces no se defendía «nada bien» en castellano. La decisión de irse a vivir a Torremolinos no fue la mejor de cara a mejorar sus conocimientos de español. «Es una ciudad llena de ingleses y todo el mundo habla inglés», cuenta. Así que, sin pensarlo, alquiló un apartamento en Cártama, una pequeña localidad a 20 kilómetros de Málaga y su capacidad comunicativa se disparó. Ya divorciado, además, encontró a su actual pareja, Adrián, profesor de inglés, y la tristeza de estar a más de 17.000 kilómetros de la familia y lo conocido fue quedando atrás. Su país tiene tan poca relación con España que la representación diplomática más cercana a la que Avi puede acudir es el consulado que existe en París. Si hablamos de embajadas hay que irse hasta Bruselas. Establecido en este rincón malagueño Avi se encuentra feliz y cada vez más adaptado. «Me encanta la gente y el clima que hace aquí y la comida, mucho, sobre todo los espetos y los platos como el puchero». Originario de una pequeña isla en la enormidad del océano Índico adora la playa, costas de las que la provincia de Málaga va sobrada y que le ayudan a sobrellevar la nostalgia. Otro de los aspectos que más le atraen de España es la normalidad con la que puede vivir su homosexualidad. En Fiyi «no pude haber hecho lo mismo», asegura y reconoce que las dificultades para expresarse tal y como es fue uno de los «motivos principales» que le llevó a dejar su país. Sin embargo, echa de menos su tierra. Las visitas de algunos amigos en los últimos meses han sido una alegría, pero la familia siempre se añora. A pesar de haber regresado a Nadi unas semanas en 2017, no ha podido volver a pisar los paisajes que le vieron nacer. Esta situación ya tiene fecha de caducidad: por el 60 cumpleaños de su madre en 2020 ya lo tiene todo preparado. Es difícil que diga algo en contra de las costumbres o la cultura española, pero su hábito fiyiano de cocinar con leche de coco hace que «la costumbre» de los españoles de «echar mucha sal a la carne le llame la atención. Tampoco le atrae mucho el «exceso de salsas» que dice que hay en la comida. Avi prefiere el picante y le gustaría poder cocinar alguna vez como lo hacen en su lejano país, en un agujero en la tierra donde se introduce la carne y se tapa para ahumarla. Situaciones que los nacionales de la parte alta de la tabla de residentes ni siquiera se imaginan. Marroquíes, rumanos, chinos o ecuatorianos son fáciles de ver en cualquier ciudad y sus negocios, llenos de productos autóctonos, salpican los barrios. Son ese tipo de cosas específicas de cada país, de cada cultura y que muchas veces son difíciles de explicar a los que no son compatriotas. Entre decenas de miles de paisanos compartiendo país de adopción es mucho más fácil encontrar a alguien con quien conversar de aquellos lugares comunes que quedaron atrás. Con Avi son 9 los fiyianos que residen en España. No tiene contacto con ellos pero dice que le «encantaría». Mientras tanto, seguirá en su pueblo malagueño con Adrián. Porque eso sí que lo tiene claro: «yo me quedo aquí viviendo con mi novio».

Vida

¿Por qué la temperatura corporal son 36 grados?

Avatar

Publicado

on

Por

La razón es que esos entre 36 y 37°C nos protegen de las infecciones. Diferentes estudios han demostrado que alrededor de los 36,7°C es la temperatura más eficiente: el calor corporal evita que nos infecten virus, bacterias y hongos con el menor consumo de energía posible.

Se trata de un mecanismo adaptativo. Hace millones de años no existían animales llamados “de sangre caliente”. Todos los seres vivos tenían una temperatura corporal que cambiaba en función de la ambiental, se llaman poiquilotermos. Pero la evolución natural seleccionó a algunos seres capaces de regular su propia temperatura al margen de la que hubiera en el ambiente y mantenerla prácticamente constante. Daba igual que fuera verano o invierno y que la temperatura ambiental variara enormemente, sus organismos seguían a una temperatura constante. Estos seres vivos se llaman homeotermos, conocidos también como “de sangre caliente”. Entre los vertebrados, las aves y los mamíferos -como nosotros los humanos- somos homeotermos y los reptiles, anfibios y peces son poiquilotermos.

En el XIX se estudió la temperatura corporal en muchas personas para hallar la media y se encontró que era 36,5°C. Aunque estudios más recientes han fijado esa media en 36,7°C. También se ha descubierto que la horquilla entre 36,5°C y 36,7°C es la temperatura más eficiente para los humanos puesto que el cuerpo no necesita gastar excesiva energía en producir ese calor y, por otro lado, es a la que se consigue que los hongos no ataquen a nuestro cuerpo. Es cierto que si se elevara la temperatura, el ataque de los hongos y otros microorganismos disminuiría todavía más, pero a la vez, esa subida del calor corporal sería excesiva para el organismo porque gastaría demasiado en producir calor.

El calor se produce gracias a los alimentos que nos proporcionan la energía que permite funcionar a los mecanismos termorreguladores de nuestro organismo

Has de tener en cuenta que el calor se produce gracias a los alimentos que nos proporcionan la energía que permite funcionar a los mecanismos termorreguladores de nuestro organismo. Para tener una temperatura más alta, necesitaríamos comer más, probablemente requeriríamos estar continuamente alimentándonos, lo que no sería viable. Para no tener que estar comiendo todo el día y mantener un riesgo bajo de infecciones, la evolución del ser humano ha mantenido su temperatura ideal (desde el punto de vista energético y microbiológico) en una media de 36,7°C.

Pero el aumento de la temperatura no actúa solo como mecanismo protector ante infecciones. Está demostrado que el hipotálamo, la zona del cerebro que interviene en la regulación de la temperatura, ante determinados estímulos empieza a liberar una sustancia llamada interleucina 1, que provoca un aumento de la temperatura. Es como un aviso para alertarnos de que algo sucede. Y es que cuando aumenta nuestra temperatura corporal nos encontramos mal, podemos tener sudores y eso te da pistas para saber que algo le está pasando al organismo. También en el caso contrario, si te baja la temperatura, la circulación comienza a funcionar mal, los vasos sanguíneos empiezan a cerrarse (se produce una vasoconstricción), se te pueden poner los dedos fríos, incluso azules en algunas personas, y comienzas a tiritar como mecanismo de defensa para producir calor, entre otros efectos.

Aunque los humanos somos seres homeotermos, hay que reseñar que la temperatura no es totalmente constante

Aunque los humanos somos seres homeotermos, hay que reseñar que la temperatura no es totalmente constante. Cambia en función del sexo, del momento del día, de la edad, de la realización de ejercicio físico, del ciclo menstrual de las mujeres o incluso cuando comemos. Hay personas que después de comer, dependiendo de cómo se regule su metabolismo, pueden sentirse como abotargadas y tener mucho calor o tener mayor sensación de frío. En conclusión, si no hay ninguna enfermedad que la altere, la temperatura media del cuerpo humano se moverá siempre en una horquilla aproximada de 36,4°C a 37°C.

Sigue leyendo

Vida

¿Quiere vivir más? Considere los aspectos éticos

Avatar

Publicado

on

Por

Prolongar la vida ‒es decir, utilizar la ciencia para ralentizar o detener el envejecimiento humano de manera que la gente viva mucho más de lo que vive de manera natural‒ puede ser posible algún día.

Las grandes empresas se están tomando en serio esta posibilidad. En 2013, Google fundó una compañía llamada Calico para desarrollar métodos de prolongación de la vida, y los multimillonarios de Silicon Valley Jeff Bezos y Peter Thiel han invertido en Unity Biotechnology, cuya capitalización bursátil es de 700 millones de dólares. Unity Biotechology se centra sobre todo en la prevención de las enfermedades relacionadas con la edad, pero es posible que sus investigaciones lleven a descubrir métodos para frenar o evitar el envejecimiento en sí.

Desde mi perspectiva de filósofo, esto plantea dos cuestiones éticas. En primer lugar, ¿una vida más larga es algo bueno? Y en segundo, ¿prolongar la vida podría ser perjudicial para los demás?

¿Es bueno vivir eternamente?

No todo el mundo está convencido de que prolongar la vida sea bueno. En un sondeo realizado en 2013 por el proyecto Religión y Vida Pública del Centro Pew de Investigación, a algunos entrevistados les preocupaba que la existencia pudiese llegar a resultar aburrida, o que se perdiesen las ventajas de envejecer, como adquirir una mayor sabiduría o aprender a aceptar la muerte.

Algunos filósofos, entre ellos Bernard Williams, han compartido esta preocupación. En 1973, Williams argumentó que la inmortalidad se volvería insoportablemente aburrida si uno no cambiaba nunca. Asimismo, sostuvo que si las personas cambiaban lo suficiente como para evitar el aburrimiento insoportable, acabarían transformándose hasta tal punto que serían totalmente diferentes.

Por otra parte, tampoco todo el mundo está seguro de que una vida más larga sea algo malo. Yo no lo estoy. Pero esa no es la cuestión. Nadie propone obligar a nadie a que utilice las técnicas de prolongación de la vida y, por respecto a la libertad, no se debería impedir a nadie que hiciese uso de ellas.

Un residente de un centro alemán de la Tercera Edad.
Un residente de un centro alemán de la Tercera Edad.

El filósofo del siglo XIX John Stuart Mill defendía que la sociedad debe respetar la libertad individual cuando se trata de decidir qué es bueno para nosotros. En otras palabras, es un error interferir en las opciones de vida de alguien incluso cuando las decisiones que toma son malas.

No obstante, Mill sostenía también que nuestro derecho a la libertad está limitado por el «principio del daño». Este principio establece que el deber de no causar daño a los demás restringe el derecho a la libertad individual.

Los posibles perjuicios son muchos. Los dictadores podrían vivir demasiado, la sociedad podría volverse demasiado conservadora y reacia al riesgo, y puede que hubiese que limitar las pensiones, por mencionar solo algunos. Uno de los más destacados desde mi punto de vista es la injusticia del acceso desigual.

¿En qué consiste este cuando se trata de la prolongación de la vida?

¿Solo al alcance de los ricos?

Muchas personas, entre otros el filósofo John Harris y los participantes en el sondeo del Centro Pew, temen que la prolongación de la vida solo esté al alcance de los ricos y aumente todavía más las desigualdades ya existentes.

Ciertamente, es injusto que haya gente que viva más que los pobres porque dispone de mejores cuidados médicos. Todavía sería mucho más injusto que los ricos pudiesen vivir más décadas o siglos que los demás y dispusiesen de más tiempo para consolidar sus ventajas.

Protestas de pensionistas en Venezuela

Algunos filósofos proponen que la sociedad debería impedir la desigualdad prohibiendo la prolongación de la vida. Es la igualdad por la negación: o todos tienen acceso a ella, o no lo tiene nadie.

Sin embargo, como señala el filósofo Richard J. Arneson, la «nivelación hacia abajo» —lograr la igualdad empeorando la situación de algunas personas sin que mejore la de nadie— es injusto.

Efectivamente, tal como sostengo en mi reciente libro sobre la ética de la prolongación de la vida, la mayoría de nosotros rechazamos la nivelación hacia abajo en otras situaciones. Por ejemplo, no hay suficientes órganos humanos para trasplantar, pero nadie piensa que la respuesta sea prohibir los trasplantes.

Además, es posible que prohibir o frenar el desarrollo de la prolongación de la vida solo sirviese para retrasar el momento en que la tecnología fuese lo bastante barata como para que todo el mundo accediese a ella. Antes los televisores eran un juguete para ricos. Hoy en día los tienen hasta las familias pobres. Con el tiempo podría pasar lo mismo con el aumento de la esperanza de vida.

Para que haya justicia, la sociedad tiene que subvencionar el acceso a la prolongación de la vida en la medida en que pueda permitírselo, pero no prohibirla solo porque no es posible proporcionársela a todo el mundo.

¿Una crisis de superpoblación?

Otro posible perjuicio es que el mundo llegaría a estar superpoblado. A mucha gente, entre la que se encuentran los filósofos Peter Singer y Walter Glannon, le preocupa que la prolongación de la vida humana pudiese causar un exceso de población, contaminación y una escasez de recursos graves.

Una mujer mayor, durante una protesta en Buenos Aires.
Una mujer mayor, durante una protesta en Buenos Aires.

Como han propuesto algunos filósofos, una manera de evitarlo es limitar el número de hijos una vez haya aumentado la esperanza de vida.

Esto sería muy difícil políticamente, y muy duro para aquellos que quieren vivir más. No obstante, intentar prohibir la prolongación de la vida sería igual de difícil, y negar a la gente una mayor longevidad sería igualmente duro para ella, si no más. Por severo que resulte, limitar la reproducción es una manera mejor de respetar el principio del daño.

¿La muerte sería peor?

Otro posible perjuicio es que la generalización de la prolongación de la vida haría la muerte peor para algunas personas.

En igualdad de condiciones, es mejor morir a los 90 años que a los nueve. A los 90 no te pierdes demasiados años, pero a los nueve te pierdes la mayor parte de tu posible vida. Como sostiene el filósofo Jeff McMahan, la muerte es peor cuantos más años te quita.

Ahora imaginemos que la gente que viviese en un barrio mucho más rico no tuviese que morir alrededor de los 90 años, sino que pudiese permitirse prolongar su vida y llegase a los 190, y que usted no pudiese permitírselo y muriese a los 80. ¿Su muerte no sería tan mala, ya que solamente se perdería unos pocos años, o sería todavía peor debido a que, si hubiese accedido a la prolongación de la vida, podría haber llegado los 190? ¿Se perdería 10 años o 110?

En un mundo en el que algunas personas accediesen a la prolongación de la vida y otras no, ¿de cuántos años te privaría la muerte en realidad?

Tal vez la medida correcta sea el número de años que la prolongación de la vida te otorgaría, multiplicado por la probabilidad de obtenerlos. Por ejemplo, si una persona tuviese un 20% de probabilidades de llegar a los 100 años, la fatalidad de su muerte se incrementaría en una medida equivalente a los años a los que habría llegado si su vida hubiese durado lo normal, más otros 20.

En tal caso, el hecho de que algunas personas pudiesen acceder a la prolongación de la vida aumentaría en cierta medida la fatalidad de la propia muerte. Es un perjuicio más sutil que el de vivir en un mundo superpoblado, pero un perjuicio al fin.

Sin embargo, no cualquier perjuicio tiene entidad suficiente para prevalecer sobre la libertad. Al fin y al cabo, existen nuevos tratamientos médicos muy caros que permiten prolongar la duración normal de la vida, pero, aunque conviertan la muerte en algo ligeramente peor para aquellos que no se los pueden permitir, nadie piensa que habría que prohibirlos.

Creo que la prolongación es la vida es algo bueno, si bien supone una serie de riesgos para la sociedad que deben ser tomados en serio.

Sigue leyendo

Vida

En los barrios pobres, las frutas y plantas salvan vidas

Avatar

Publicado

on

Por

Desde hace décadas, millones de peruanos han dejado sus tierras para irse a vivir a la capital, Lima. La falta de oportunidades y el terrorismo han motivado este éxodo rural sin precedentes. En las afueras de la capital, cientos de miles de personas se agolpan en los llamados asentamientos humanos, donde las condiciones de vida y los escasos recursos de las familias hacen que el riesgo de contraer enfermedades sea muy alto.

Uno de esos asentamientos es Casa Huertas, en el sector de Pamplona Alta dentro del distrito de San Juan de Miraflores. “Esto era un desierto”, cuenta Nicolás Uscata, vecino que llegó hace unos 20 años a instalarse al cerro con su esposa. Hoy, en Pamplona Alta existen al menos 138 asentamientos humanos en los que viven más de 40.000 personas.

Perú ha sufrido en las últimas décadas un proceso migratorio sin precedentes del campo a la ciudad a causa de la industrialización centrada en la capital y el terrorismo del grupo Sendero Luminoso, que provocó múltiples desplazados. Esta afluencia ha hecho visible la gran brecha existente entre clases sociales. Según datos del Instituto de Estadística, la población de la capital, Lima, pasó de 1.6 millones de habitantes en 1961 a 7.6 en 2007. Este aumento, sumado a la mala planificación de los municipios, ha provocado que cientos de inmigrantes malvivan en los cerros de las afueras de la capital peruana, como Pamplona Alta.

Los asentamientos en los cerros de las afueras de la capital limeña surgieron mediante la ocupación de tierras de forma espontánea, conocida también como ocupación hormiga. En Pamplona Alta, los primeros pobladores que llegaron al cerro improvisaban sus casas con materiales como madera, chapa y plástico. 20 años después, algunas viviendas se han transformado con ladrillos. Sin embargo, los barrios siguen sin urbanizarse adecuadamente y el Ayuntamiento continúa sin proporcionar servicios básicos. La superpoblación y la falta de recursos condiciona la salud de los habitantes. En el caso de Lima, 1.5 millones de ciudadanos no cuentan con acceso a agua potable ni alcantarillado y existe un notorio contraste entre la zona urbana y periurbana, según Oxfam. Los asentamientos no gozan de servicio de agua ni desagüe.

“En el sector de Pamplona Alta padecen sobre todo problemas dermatológicos, de parasitosis, anemia y problemas respiratorios”, explica Milagros Caldas, enfermera del centro Médico Nuestra Señora de la Caridad, en el distrito de San Juan de Miraflores. Las razones son “la contaminación por la no recogida de basura y el hecho de no tener acceso agua y desagüe”, que provoca “que se quede el agua estancada en los tanques”. De hecho, la Organización Mundial de la Salud advierte de que un 88% de las enfermedades diarreicas son producto de un abastecimiento de agua insalubre y de un saneamiento y una higiene deficientes, como ocurre en este barrio.

Las diferentes enfermedades cambian según la época del año. En el verano, debido al calor y la basura, son más comunes las parasitarias y las diarreas. Actualmente, durante el invierno, al ser frío y húmedo, son las respiratorias las más comunes. Los grupos de riesgo, según constata la Caldas, son los niños menores de cinco años y los mayores de 60.

En el sector de Pamplona Alta padecen sobretodo problemas dermatológicos, de parasitosis, anemia y problemas respiratorios

MILAGROS CALDAS, ENFERMERA

Erradicar estas enfermedades es muy complicado pero, como explica Caldas, “tener espacios ventilados e higiénicos” puede ayudar a su prevención. Una buena dieta basada en frutas y verduras puede ser clave para que estas personas no enfermen tal como también ha señalado la OMS, incluso en males mayores como el cáncer.

Kelly Yáñez tiene 24 años y es estudiante de nutrición y dietética. Todos los sábados acude al comedor comunal del barrio Casa Huertas para impartir sus talleres sobre salud preventiva. «Creciendo Juntos es un programa dirigido a niños de seis a 13 años de edad y consiste en brindarles talleres de prevención y salud. Este año hemos abordado las enfermedades diarreicas agudas y las infecciones respiratorias», explica Yáñez.

En el taller de hoy, Kelly y otros voluntarios van a enseñarles a los niños el poder que algunas plantas y frutas pueden tener para ayudar a prevenir enfermedades. “El eucalipto es una planta que biene bien al aparato respiratorio. Os va a ayudar a respirar mejor, os aliviará la tos y hará que expulséis mucosidades”, cuenta a los niños Ana Estació Surco, voluntaria del proyecto y estudiante de medicina.

Estació prosigue enseñando a los pequeños lo que es la muña, una planta con alto contenido en fósforo y calcio que es un excelente digestivo, ayuda a curar luxaciones, se usa como condimento y tiene un ligero sabor a menta.

En el segundo bloque, Junior Santamaría, otro voluntario, va a hablar sobre frutas y verduras. Comienza explicando que la piña posee propiedades diuréticas y digestivas. Luego, les habla del limón, que aumenta las defensas y previene la gripe y el resfriado. Continúa con que el ajo podría ser un antibiótico natural para prevenir la artritis, y que fortalece el sistema inmunológico. Y termina mostrándoles los beneficios antioxidantes de la mandarina. Poco a poco, van llegando las mamás a recoger a sus hijos, y los voluntarios van disponiendo el comedor para el siguiente taller que se realiza por la tarde.

LA DESORDENADA SUPERPOBLACIÓN LIMEÑA

R. P.

Dos hechos históricos en la historia reciente del Perú han sido los causantes de que la población dejara atrás las zonas rurales: la industrialización y el terrorismo. En la década de los sesenta el país vivió un proceso de industrialización centrado principalmente en la capital. Esto, sumado a la falta de acceso a la sanidad y la educación en los zonas rurales, motivó que millares partieran hacia la ciudad a emplearse en minas, canteras, construcción o manufacturas provocando que la población de la ciudad pasara a estar compuesta por un 60% de nativos y un 40% de inmigrantes.

Unas décadas después, la expansión del grupo guerrillero Sendero Luminoso obligó a más de un millón de personas a desplazarse desde sus lugares de origen, además de arrasar con gran parte de la infraestructura y viviendas rurales. Y mientras este éxodo rural sin precedentes iba ocurriendo, las autoridades y la política estaba centrada en otros intereses. Un dato curioso es que los cinco últimos presidentes del Perú o están encarcelados o prófugos de la justicia con cargos por corrupción. Uno de ellos, Alan García, se suicidó antes de que lo apresaran.

Hace tres años que Milagros Ramos comenzó a colaborar en los talleres Construyendo Caminos para las señoras de la comunidad. Hoy llega cargada con varios utensilios de cocina e ingredientes. Va a hablarles sobre la avena, sus propiedades y como pueden preparar una receta diferente con ella. “Elegimos la avena para este taller porque es un cereal bastante consumido entre las familias. Tiene muchas propiedades en cuanto al colesterol, al azúcar o la prevención del cáncer”, explica Milagros.

Después de hablarle sobre las bondades de este alimento Ramos coloca en la mesa dos cuencos, una tetera eléctrica, avena, leche y chocolate. Va a enseñar a las señoras a hacer trufas; una receta muy económica, sencilla de elaborar y muy sabrosa para los más pequeños de la casa.  Yáñez detalla que desarrollan los talleres en Casa Huertas porque las comunidades de allá son muy vulnerables y quieren generar un impacto en los vecinos para mejorar sus estilos y condiciones de vida.

Las familias del distrito de Pamplona Alta son de bajos recursos económicos y sus escasos ingresos no les permiten comprar medicinas. De hecho, cada cierto tiempo, instituciones como el ministerio de Salud junto con algunas ONG organizan campañas gratuitas de vacunación. La última se organizó el pasado mes de agosto y se repartieron vacunas contra la gripe y la neumonía. Para una población que no siempre tiene acceso a medicamentos, es importante tener buenos hábitos que puedan ayudarles a prevenir enfermedades.

Si bien una planta no puede curar una neumonía avanzada, el biólogo e investigador del Instituto de Investigaciones de la Amazonía peruana Ricardo Zárate explica que una buena alimentación “basada en plantas medicinales nutritivas permite tener un buen sistema inmunológico y por tanto nos defenderemos mejor contra los agentes de las enfermedades respiratorias”. Además, Ricardo añade que estas personas “estarán cultivando plantas que capturan CO2 y así ayudarán a disminuir los efectos del cambio climático”. El uso de plantas y frutas para mantener buena salud y prevenir enfermedades es una manera sencilla y económica que puede ayudar a la poblaciones más vulnerables a mejorar sus hábitos y salvar sus vidas.

Sigue leyendo

Tendencias