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Von der Leyen renombrará la polémica cartera de Protección del estilo de vida europeo

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Enmienda rápida al primer tropiezo. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha decidido cambiar el controvertido nombre que dio a la vicepresidencia encargada de las migraciones. Fuentes comunitarias explicaron que el equipo de Von der Leyen reformulará las denominaciones que recibieron algunas carteras, entre ellas la llamada “Protegiendo el estilo de vida europeo” que coordinará el griego Margaritis Schinas. Según estas fuentes, Von der Leyen quiere zanjar de este modo el malestar que provocó esa decisión, sobre todo, en los diputados progresistas.

Von der Leyen dio ese nombre al área que se hará cargo de carteras tan sensibles como migraciones, seguridad, empleo o educación. Al ser preguntada sobre los motivos de esa denominación a la cartera del conservador griego Margaritis Schinas, Von der Leyen se refirió, de forma genérica, a los “valores”, la “dignidad de cada ser humano” y “el Estado de derecho”. Fuentes comunitarias aseguraron que, en realidad, la presidenta electa del próximo Ejecutivo se refería también a que el derecho a la integración y al asilo forma parte de los valores de la UE. Según añadió Von der Leyen, Schinas será “responsable de migración, de toda la cadena, con un enfoque transversal y un concepto sostenible de migración».

Ese nombre, en cualquier caso, podía dar pie a otra interpretación. “¿Protegernos de qué?”, fue inquirida Von der Leyen durante la presentación de su nuevo equipo. El grupo de Los Verdes fue el primero en mostrar su malestar con la decisión. “Que hayan creado una cartera bajo el nombre de ‘modo de vida europeo’, que condensa las competencias en migración, seguridad, empleo y migración, es simplemente ridículo. Es una concesión a las fuerzas populistas y mostraremos nuestro rechazo en el Parlamento”, sostuvo el diputado de Los Verdes, Ernest Urtasun.

El nombre, no obstante, también causó sorpresa y rechazo entre diputados socialdemócratas y liberales. Fuentes de los grupos parlamentarios daban por descontado el lunes por la noche de que ese nombre con el que había bautizado el área de migraciones y seguridad sería objeto de un intenso debate parlamentario durante las audiencias. Es más, daban por descontado que la Eurocámara obligaría a la presidenta electa a modificarlo.

Von der Leyen ha querido evitarse todos esos contratiempos. Según fuentes comunitarias, la presidenta electa ha hecho saber en varias reuniones que se dispone a preparar un cambio de los nombres que ha dado a las carteras para solventar el patinazo. Von der Leyen sigue con una intensa agenda. El martes, por ejemplo, se vio con el primer ministro italiano, Giuseppe Conte, y con el jefe de la Eurocámara, David Sassoli.

La decisión persigue dos objetivos: demostrar capacidad de reacción y de saber corregir decisiones erróneas y evitar males mayores ganándose detractores en la Eurocámara. Después del estrecho margen con el que pasó su investidura, Von der Leyen sabe que necesita los máximos apoyos del Parlamento Europeo para sacar adelante los principales proyectos de la legislatura, que van desde cambio climático hasta economía y mercado digital.

Una vez enmendado ese primer desliz de la Comisión, Von der Leyen quiere que sus comisarios se centren en las audiencias, que tendrán lugar del 30 de septiembre hasta el 8 de octubre. Fuentes parlamentarias descartaron un castigo generalizado para toda la Comisión, si bien sí señalaron que algunos de sus responsables tendrán unas audiencias más duras. Entre ellos están la francesa Sylvie Goulard, que tendrá en sus manos el departamento de Mercado Interior –que incluye Industria, Espacio y Defensa— y el polaco Janusz Wojciechowski. Ambos están siendo investigados por la Oficina Anticorrupción europea (OLAF) por presuntas irregularidades en su época de europarlamentarios. El tercero es el húngaro László Trócsányi, en el punto de mira por haber sido ministro de Justicia de Viktor Orbán, uno de los países a quien el Parlamento Europeo ha acusado de estar erosionando el Estado de derecho con su deriva autoritaria.

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Violencia, desigualdad… Lo que la esperanza de vida dice de cada país

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FRACASÉ. No es na­da nuevo, nada raro, pero esta vez no trato de disimularlo: fracasé. Me he pasado horas tratando de encontrar su origen y no supe. Sería un mal chiste decir que me quedé sin esperanza. O que me pliego al Dante y su cartel en la puerta del infierno: “Lasciate ogni speranza / voi ch’entrate”, que los que entren dejen atrás toda esperanza. Me niego a dejarla: aunque no consiga saber quién la inventó, creo que la esperanza de vida es una de las nociones más decisivas más desdeñadas de estos tiempos.

Está, para empezar, la traducción. Suele ser una derrota; esta vez fue un triunfo inmerecido. Cuando algunos británicos ávidos inventaron el concepto en Londres y en el siglo XIX, junto con la mayoría de esas estadísticas que servían a las aseguradoras para ganar más plata, la llamaron, faltaba más, life expectancy. Otro hubiera sido su destino en nuestra lengua si su primer traductor la hubiera transcrito correctamente como “expectativa de vida”; su error, en cambio, fue fecundo: “esperanza de vida” evoca tanto.

Pese a su nombre espléndido, la esperanza de vida es un cálculo estadístico: revisando a qué edad se mueren las personas en un determinado ámbito se pronostica cuánto podrían vivir los que nacen ahí, los que viven ahí. La esperanza de vida es un promedio: un intento de describir un conjunto limando sus particularidades. Pero, aun así, es un promedio brutalmente elocuente, que muestra qué grado de protección, seguridad, justicia les ofrece su entorno. O sea: cómo es su sociedad.
La esperanza de vida es una cifra que cuenta lo más básico: vivir o no vivir. En un mundo dominado por los números, ninguno debería ser más importante. Se habla mucho de PBIs, Ginis, IDHs varios; nada de eso sirve demasiado sin la vida.

Es cierto que, como todos los números, se manipula bien, se manipula con frecuencia, se lo usa para cualquier engaño. Es fácil decir que “la esperanza de vida de la humanidad” en 1950 era de 46 años y ahora es de 71: qué mejor demostración, nos dicen, de la pujanza del progreso. Solo que decir eso supone no decir, por ejemplo, que los nacidos hoy en Norteamérica deberían vivir —en promedio— hasta los 79 años, y los nacidos en África, hasta los 59. No decir que entre un norteamericano y un africano la famosa desigualdad se mide así de fácil, así de despiadada: que el primero tiene muchas chances de vivir veinte (20) años más, un tercio más que el segundo.
La esperanza de vida es elocuente y cruel; sus cuentas suelen estar claras. Los cinco países con mayor esperanza son, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), Japón, España, Suiza (los tres superan los 83 años), Australia y Singapur (82,9 ambos); los cinco con menos son Lesoto (52,9), República Centroafricana, Sierra Leona, Chad y Costa de Marfil (54,6): más de treinta (30) años menos.

Y si las diferencias entre países son dramáticas, las internas son casi más feroces: en los Estados Unidos, por ejemplo, un varón blanco espera vivir siete (7) años más que un varón negro —porque los negros tienen menos plata para curarse y cuidarse y alimentarse bien y más chances de morir violentamente. En Rusia, por ejemplo, un hombre espera vivir diez (10) años menos que una mujer —porque ellos siguen bebiendo y fumando y empachándose mucho más que ellas. En Francia, por ejemplo, tan moderna égalité fraternité, los señores del 5% más rico, que ganan más de 5.800 euros, esperan vivir trece (13) años más que el 5% más pobre, que gana 500. En España, sin ir más lejos, una madrileña puede esperar vivir cinco (5) años más que una ceutí.

Y así de seguido. La esperanza de vida es un indicador riquísimo: habla, canta, grita tantas cosas. Supongo que ese es su problema: decir tan alto y claro eso que decidimos no saber.

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La vida en España sin un paisano cerca

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Más de 300 islas, playas paradisíacas, clima suave, calma, relax… todo lo que uno puede pedir cuando le dicen a dónde le gustaría irse de vacaciones, perderse, desaparecer. Una imagen que llena la mente de palmeras, aguas cristalinas, arena blanca y sol. Avi Aryaan tenía todo esto y más pero, a finales de 2016, se subió a un avión y lo dejó todo atrás. Avi llegó a Europa en septiembre de 2016, a Lisboa, donde recaló de la mano de su novio luso, al que conoció en Fiyi. Llegó, como tantos, en busca de trabajo y un cambio de aires. Se casó y poco después, en diciembre de ese mismo año, el matrimonio recaló en Madrid. Desde entonces este hombre de 31 años es uno de los poco fiyianos que viven en España, 9 según los últimos números del Instituto Nacional de Estadística (INE), una de las nacionalidades que ocupan el final de la tabla de residentes en la que aparecen nombres de países tan ‘extraños’ a los oídos patrios como Samoa, Vanuatu, Tonga, Brunei, Djibouti, Nauru, Kirtibati o Islas Marshall. Naciones acompañadas de cifras de residentes de un solo dígito. Son gente sin paisanos cerca. La llamada del empleo no tardó en sonar, pero lejos de la capital. A Ari le ofrecieron un empleo como responsable de seguridad y calidad en el aeropuerto de Málaga y no se lo pensó. En Fiyi trabajaba en el aeropuerto de Nadi, su ciudad, el principal del país y donde conoció a su pareja portuguesa. La oferta laboral desde Andalucía solo tenía un inconveniente: por entonces no se defendía «nada bien» en castellano. La decisión de irse a vivir a Torremolinos no fue la mejor de cara a mejorar sus conocimientos de español. «Es una ciudad llena de ingleses y todo el mundo habla inglés», cuenta. Así que, sin pensarlo, alquiló un apartamento en Cártama, una pequeña localidad a 20 kilómetros de Málaga y su capacidad comunicativa se disparó. Ya divorciado, además, encontró a su actual pareja, Adrián, profesor de inglés, y la tristeza de estar a más de 17.000 kilómetros de la familia y lo conocido fue quedando atrás. Su país tiene tan poca relación con España que la representación diplomática más cercana a la que Avi puede acudir es el consulado que existe en París. Si hablamos de embajadas hay que irse hasta Bruselas. Establecido en este rincón malagueño Avi se encuentra feliz y cada vez más adaptado. «Me encanta la gente y el clima que hace aquí y la comida, mucho, sobre todo los espetos y los platos como el puchero». Originario de una pequeña isla en la enormidad del océano Índico adora la playa, costas de las que la provincia de Málaga va sobrada y que le ayudan a sobrellevar la nostalgia. Otro de los aspectos que más le atraen de España es la normalidad con la que puede vivir su homosexualidad. En Fiyi «no pude haber hecho lo mismo», asegura y reconoce que las dificultades para expresarse tal y como es fue uno de los «motivos principales» que le llevó a dejar su país. Sin embargo, echa de menos su tierra. Las visitas de algunos amigos en los últimos meses han sido una alegría, pero la familia siempre se añora. A pesar de haber regresado a Nadi unas semanas en 2017, no ha podido volver a pisar los paisajes que le vieron nacer. Esta situación ya tiene fecha de caducidad: por el 60 cumpleaños de su madre en 2020 ya lo tiene todo preparado. Es difícil que diga algo en contra de las costumbres o la cultura española, pero su hábito fiyiano de cocinar con leche de coco hace que «la costumbre» de los españoles de «echar mucha sal a la carne le llame la atención. Tampoco le atrae mucho el «exceso de salsas» que dice que hay en la comida. Avi prefiere el picante y le gustaría poder cocinar alguna vez como lo hacen en su lejano país, en un agujero en la tierra donde se introduce la carne y se tapa para ahumarla. Situaciones que los nacionales de la parte alta de la tabla de residentes ni siquiera se imaginan. Marroquíes, rumanos, chinos o ecuatorianos son fáciles de ver en cualquier ciudad y sus negocios, llenos de productos autóctonos, salpican los barrios. Son ese tipo de cosas específicas de cada país, de cada cultura y que muchas veces son difíciles de explicar a los que no son compatriotas. Entre decenas de miles de paisanos compartiendo país de adopción es mucho más fácil encontrar a alguien con quien conversar de aquellos lugares comunes que quedaron atrás. Con Avi son 9 los fiyianos que residen en España. No tiene contacto con ellos pero dice que le «encantaría». Mientras tanto, seguirá en su pueblo malagueño con Adrián. Porque eso sí que lo tiene claro: «yo me quedo aquí viviendo con mi novio».

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Marcha por la Vida en Costa Rica congrega a miles de personas

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Miles de personas participaron este sábado 31 de agosto en la Marcha por la Vida en Costa Rica para defender la vida humana desde la concepción y, específicamente, para que el presidente del país no firme una norma técnica para la aplicación del mal llamado “aborto terapéutico”.

El evento fue organizado por los movimientos provida Despierta Costa Rica, Democracia en Acción, y la Universidad Autónoma de Centro América, y se llevó a cabo desde las 9:00 a.m. (hora local) hasta pasado el mediodía. El punto de concentración fue el Parque Central de San José y desde allí se marchó hasta la Plaza de la Democracia.

A la marcha también se unieron algunos políticos que exhortaron al presidente del país, Carlos Alvarado, a no firmar la denominada “Norma Técnica Aborto Impune” que regularía el artículo 121 del Código Penal para la aplicación del mal llamado “aborto terapéutico” en las clínicas públicas y privadas a nivel nacional.

El Gobierno anunció a principio del 2019 que la norma técnica estaba siendo elaborada por un equipo del Ministerio de Salud y que iba a ser firmada por el mandatario durante este año, sin embargo aún no se fijado una fecha exacta.

Los grupos provida, por su parte, denunciaron que la norma podría ser una ventana para permitir el aborto libre.

El Código Penal de Costa Rica considera al aborto como un delito, despenalizado únicamente en los casos de riesgo de vida de la madre. La Constitución Política afirma en su artículo 21 que “la vida humana es inviolable”.

La diputada de Nueva República, Carmen Chan, que asistió a la marcha, dijo que “la vida es inviolable, que nadie tiene derecho a ponerle fin y que nuestro deber es promover leyes y políticas que contribuyan a mejorar las condiciones de vida de los costarricenses”.

“Pero no, el camino y las defensas que escogió este Gobierno son otras muy diferentes, por eso nosotros hoy estamos en la primera línea como pueblo, defendiendo el derecho más básico de todos -el derecho a la vida- que viene de la mano con todas esas otras garantías sociales que corresponde al Estado ofrecer”, aseguró.

La organización provida Democracia en Acción, una de las organizadoras de la marcha, publicó en redes sociales que la actividad “finalizó con éxito” y que se “reunió a miles de personas que caminaron pacíficamente”. También afirmó que para el 2020 serán “muchos más”.

“Acá está la evidencia de que el pueblo provida de Costa Rica salió a las calles a demostrar que estamos contra el aborto libre, que no vamos a quedarnos callados ante las pretensiones aborteras, que vamos a defender la vida desde la concepción y todo esto porque nosotros sí somos el pueblo del pura vida”, agregó Democracia en Acción, refiriéndose al video donde se observa a miles de ciudadanos participando del encuentro.

Días antes de la marcha, la Conferencia Episcopal de Costa Rica invitó a todos los ciudadanos a participar y agradecieron a las diferentes organizaciones seculares que “con gran dedicación y celo por promover la cultura de la vida, han organizado este evento”.

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