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Viaje al reino helado de ‘Frozen’

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Tomine tiene 10 años y una trenza casi blanca de tan rubia. Se retira la capucha de la larga capa bordada y entona con seguridad: “La den gå, la den gå…”. En noruego, Let it go. Suéltalo.

Tomine, en Svartisen Moose, la granja de su familia en las cercanías del glaciar homónimo en la provincia noruega de Nordland.
Tomine, en Svartisen Moose, la granja de su familia en las cercanías del glaciar homónimo en la provincia noruega de Nordland.

La niña canta dentro de una cabaña, en un bosque rojo y naranja de arces y abedules, al borde de un lago cristalino, frente a un precioso glaciar. Entre su público, una decena de periodistas internacionales y Peter del Vecho, ganador de un Oscar y productor de Frozen (2013), la película animada más taquillera de la historia hasta que la princesa de hielo fue destronada este año por la nueva versión de El rey león. El directivo de Disney sonríe ante la que debe ser la millonésima versión de Suéltalo que ha escuchado. Está promocionando Frozen 2, que se estrena el 22 de noviembre, para lo que recrea con la prensa invitada parte del viaje de documentación que realizó el equipo cuando preparaba la secuela.

“Durante dos o tres semanas vimos glaciares, fiordos, cataratas y los colores del otoño que evoca la paleta de la película para subrayar que Anna y Elsa, nuestras protagonistas, han madurado…”, explica el cineasta. “El paisaje nos inspiró, pero no tratamos de recrear lugares específicos”, previene a los buscadores de paralelismos. “No queríamos ser realistas, ¡al fin y al cabo la heroína de la película lanza hielo con las manos y hay un muñeco de nieve parlante! Aun así, es importante que los detalles sean creíbles para que la gente sienta que el lugar que ve en la pantalla de verdad existe”.

El éxito de la primera película trajo a Noruega una ola de entusiastas. Entre 2014 y 2017 las visitas al país crecieron en cifras que alcanzaron el 30% anual, aunque al factor Frozen se unieron muchos otros como la mejora de la economía global y, sobre todo, los vuelos directos y baratos a varios destinos noruegos.

El área de descanso de Ureddplassen, en Nordland (Noruega).
El área de descanso de Ureddplassen, en Nordland (Noruega).

Al perfecto decorado de la provincia de Nordland, al norte del país, no le hace falta un filtro hollywoodiense para seducir. El abuelo de Tomine, Steinar Johansen, lleva décadas recibiendo a viajeros en su granja de Svartisen, donde abrió un café en 1985. “Entonces llegaban sobre todo alemanes, en barco”, dice, “hoy viene mucha más gente por carretera”. No es de extrañar: desde la capital provincial, Bodø, se llega a Svartisen por la carretera de la costa (Fv17). El viaje es un pasmo visual: el agua perfectamente plana de los fiordos refleja las enormes montañas de cumbres nevadas, los bosques van del verde intenso de los pinos al fuego de las hojas caducas, y, salpicadas por todas partes, aparecen pintorescas casitas de madera —blancas, rojas, mostaza—, algunas con césped en el tejado. Hasta las áreas de descanso son divinas. En Ureddplassen está el que ha sido denominado “el baño público más bonito del mundo”. El retrete de cemento y vidrio esmerilado corona un minimalista mirador con bancos de mármol rosa, su forma recuerda a un sombrero o a una boa comiéndose un elefante, dependiendo de si has leído o no El Principito.

Un grupo de turistas contempla, al fondo, la lengua del glaciar Engabreen, en Noruega.
Un grupo de turistas contempla, al fondo, la lengua del glaciar Engabreen, en Noruega.

Tras un par de horas de carretera panorámica, hay que coger un barco 10 minutos para atracar junto a la granja de Steinar: “Desde aquí los turistas practican senderismo, se suben al glaciar, se toman selfis…”. Para “darles algo más” Steinar cuida desde hace cuatro temporadas de varios alces en su finca ganadera. Se supone que besar a un alce te hace irresistible, así que en verano los visitantes vienen a probar suerte, tentando a los dóciles Embla, Froya y Arnljot con ramas de sauce. “En invierno solo estamos mi mujer y yo sentados en el porche… Cuando se congela el lago, podemos pasar semanas sin salir de casa”, sonríe Steinar con sus ojos color glaciar. En 75 años solo ha vivido tres en otro lugar que no sea este. “Te acostumbras”, dice, “el mundo cambia a tu alrededor y tú no lo notas demasiado”. Con estas, guía la expedición hasta el cercano glaciar Engabreen, uno de los brazos del Svartisen.

El glaciar Svartisen, en Nordland (Noruega).
El glaciar Svartisen, en Nordland (Noruega).

A siete metros sobre el nivel del mar, es el glaciar con menos altitud de Europa continental. Resulta sorprendentemente sencillo llegar al hielo. Si brilla el sol de otoño, y en ocasiones lo hace —vamos en sudadera a finales de septiembre—, la travesía es una divertida caminata de un par de horas, con una primera parte muy sencilla y una segunda algo más agreste en la que hay que trepar un poco. Tras el desnivel, se alcanza el intenso azul de la lengua de hielo y su misterioso crepitar. Los gélidos recovecos y pináculos son el perfecto refugio para cualquier princesa que se quiera olvidar del mundo. “Me preguntabas por qué me gusta vivir aquí”, dice Steinar abriendo los brazos ante el apabullante escenario: “Por esto”.

Paralelo 67

“Tenemos una cita con Lady Aurora, pero es una dama esquiva”. Henry ­Johnsen, guía de aventuras árticas, calienta el ambiente creando expectación. La noche cerrada y sin nubes en la playa de Langesanden está fresca. Fresca es un decir. Estamos en el paralelo 67 Norte. Por encima solo quedan Groenlandia, Laponia, Alaska… “El paralelo 67 Sur está en plena Antártida”, dice Henry, “así que, para lo lejos que estamos del ecuador, este frío tampoco es para tanto”. Lo que hace que este lugar no sea un páramo helado es la corriente del golfo de México. El microclima permite que en la isla de Sandhornøya haya montañas, árboles, casitas de madera, un camping… Henry nació en la isla cuando aún no existía el puente de 374 metros que la une a tierra firme. Nació, cuenta, en un barquito mientras su madre trataba de llegar a la costa, pero huele a leyenda como casi todo por aquí. Por ejemplo: para los samis la aurora boreal es “la luz que se puede oír” (aunque la ciencia dice que no, aclara el guía); para los vikingos, era el puente que cruzaban los dioses para ver a los mortales. En el universo Frozen son los troles quienes la invocan. En realidad, se trata de partículas solares cargadas que chocan con el campo magnético de la Tierra. Cuando empieza a bailar la luminiscencia verde en el cielo, da igual que lo sepas: es magia.

Una aurora boreal en Sandhornøya (Noruega).
Una aurora boreal en Sandhornøya (Noruega).

A la mañana siguiente, Henry recorre el fiordo de Salt en una zódiac con una docena de pasajeros enfundados en trajes impermeables y gafas de esquí. Van a planear sobre el maelstrom de Saltstraumen, la corriente de mareas más poderosa del mundo y una gran atracción turística. La tarde anterior los pasajeros han visto una trepidante secuencia de Frozen 2 en la que Elsa, medio ahogada, lucha a muerte en el mar del Norte contra un imponente caballo de agua. Una batalla angustiosa. Justo lo que necesitas antes de cabalgar sobre los violentos vórtices del fiordo en una lancha motora. El caballo de la película está inspirado en el nøkke del folclore escandinavo. Hay todo tipo de versiones sobre él, pero el productor de Disney se queda con una en la que el espíritu acuático se ofrece al viajero para cruzar un río: si eres honesto, te deja montar en su lomo; si no lo eres, te ahoga. Muy tranquilizador.

Una zódiac en el fiordo de Salt, en Noruega.
Una zódiac en el fiordo de Salt, en Noruega.

Sobre la zódiac, Henry se esmera en explicar la geología del fiordo —formado hace unos 16.000 años por el deshielo— y de las montañas que rodean el antiguo valle glaciar. “Orogenia caledónica”, “hace 430 millones de años”, “choque de continentes”, “Pangea…”. Es difícil concentrarse ante la promesa de remolinos de 10 metros de diámetro y 5 de profundidad que giran a una velocidad de 22 nudos (unos 40 kilómetros por hora). Los provoca el desnivel entre el mar y el fiordo. Dos veces al día, con las mareas, 400 millones de metros cúbicos de agua pasan por este estrecho de 150 metros de ancho sobre el que está a punto de planear la lancha. En Un descenso al Maelström, Edgar Allan Poe escribió: “Comencé a meditar cuán magnífico era morir de esta manera”. No dramaticemos. La aventura resulta emocionante —la zódiac baila y salta con la corriente—, pero no peligrosa.

Las corrientes del estrecho de Saltstraumen, al norte de Noruega.
Las corrientes del estrecho de Saltstraumen, al norte de Noruega.

En Frozen 2 las hermanas abandonan el coqueto pueblo de Arendelle para viajar al desconocido norte donde se tienen que enfrentar con los elementos —agua, aire, viento, fuego—, que se comportan como personajes por derecho propio. “La película plantea la cuestión: ¿hay magia en la naturaleza?”, dice Del Vecho. “Claro que la hay, hasta el cambio de las estaciones es mágico. Queríamos introducir la idea de que la naturaleza está viva, y el tema eterno de que te dirá lo que tienes que hacer, si te tomas el tiempo necesario para escucharla”. Los samis saben mucho de escuchar a la naturaleza.

Viaje al reino helado de ‘Frozen’

“Por respeto y por agradecimiento al reno, te tienes que comer toda la carne del plato; si quieres puedes dejar las patatas”. Elin Christina y Anne Oskal, de 23 y 30 años, sonríen pero no están de broma. Son samis, el pueblo originario de Laponia, del que hoy forman parte unas 100.000 personas repartidas principalmente entre Finlandia, Suecia, Rusia y Noruega, donde viven cerca de 60.000. En el parque nacional Saltfjellet-Svartisen (a dos horas de Bodø) se conservan muchos restos arqueológicos de asentamientos samis.

La familia Oskal, como sus ancestros, se dedica al pastoreo de renos a los que siguen en sus migraciones. “Usamos todo del animal, la carne, la piel, las uñas, los cuernos…, hasta tenemos uno de mascota, Angel, que es incluso más divertido que Sven [el reno de Frozen]”, explican las hermanas acariciando al animal, vestidas con el colorido gákti que usan para ocasiones especiales. En el Instagram de Elin se la puede ver con ropa de montaña, sujetando un reno mientras le marca con el tradicional corte a cuchillo la oreja. Son samis del siglo XXI.

La familia Oskal, dedicada al pastoreo de renos, en Nordland (Noruega).
La familia Oskal, dedicada al pastoreo de renos, en Nordland (Noruega).

El pastoreo del reno

El centro de interpretación de los parques nacionales de Nordland (en Storjord) rinde homenaje a esta cultura: hay reconstrucciones de sus goahtis y lavvus (chozas y tiendas de campaña con esqueletos de madera y coberturas de barro o piel) y se explica cómo, gracias al artista y activista Per Adde (un nonagenario que vive aislado en estas montañas), se consiguió, a finales de la década de 1980, salvar el pastoreo del reno ampliando la protección de sus zonas migratorias.

Pero no siempre fue así. Especialmente en el siglo XIX y principios del XX, los derechos del pueblo sami estuvieron amenazados. “Todos los países nórdicos trataron de asimilarnos, estuvimos a punto de perder nuestra lengua autóctona”, se lamenta Anne Lajla Utsi, directora del Instituto de Cine Sami. Es uno de los seis consultores samis con los que Disney trabajó para Frozen 2. A petición del Parlamento sami se creó un grupo llamado Verddet (amistad). Se visitaron unos a otros en Noruega y en los estudios de Los Ángeles. Los animadores aprendieron detalles sobre cómo tenían que ser los trajes o las tazas de madera (guksi) que utilizan los Northaldra, el pueblo ficticio inspirado en los samis que habita el bosque encantado de la película. Se corrigieron detalles tan sutiles como la forma de sentarse en el suelo de los personajes: los habían dibujado con las piernas cruzadas, pero los pastores de renos se sientan de rodillas, sobre sus talones, para no mojarse el trasero con la nieve. “Los detalles son importantes”, dice la portavoz sami, “demasiadas veces se ha explotado nuestra imagen tirando de tópicos, burlándose o apropiándose de cosas sagradas para nosotros como el chamanismo… Cuando ves que alguien tiene un sincero interés por representarte con respeto te sientes seguro”.

El puerto de Bodø, en la provincia noruega de Nordland.
El puerto de Bodø, en la provincia noruega de Nordland.

Como guinda a esta colaboración, el estudio apoyará el doblaje al sami de Frozen 2. Será el primer gran estreno en esta lengua milenaria que estuvo, no hace tanto, a punto de extinguirse. En la banda sonora hay un temazo que promete ser el próximo Let It Go. Se titula Into the Unknown (literalmente, hacia lo desconocido). Con apasionados gorgoritos la princesa de hielo expresa su deseo de ir más allá. De lanzarse a la aventura para encontrarse a sí misma en los parajes mágicos que ha inspirado la lejana y misteriosa Nordland. Y aquí, los niños samis lo podrán cantar en su propio idioma.

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Trilogía blanca en la Alpujarra

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Asomados al barranco de Poqueira, que ha ido formando el río homónimo en la vertiente sur de Sierra Nevada, en la Alpujarra granadina, tres pueblos tradicionales, miembros de la Asociación de los Pueblos más Bonitos de España, reciben cada verano a miles de visitantes: Capileira, a más de 1.400 metros sobre el nivel del mar, Bubión (a 1.300 metros) y Pampaneira (a 1.058 metros). Pero en otoño y primavera son senderistas y amantes de la montaña quienes exploran principalmente este inclinado territorio a la sombra del Mulhacén, dentro del parque nacional de Sierra Nevada. Encaramarse a su cima, a 3.479 metros de altura, coronando así el techo de la Península, es solo uno de los apetecibles planes en este pintoresco valle declarado conjunto histórico-artístico.

Bautizo montañero

“El barranco de Poqueira es el lugar perfecto para iniciarse en la media y alta montaña”, asegura Jesús Espinosa, socio fundador de la empresa Nevadensis, que gestiona el punto de información del parque nacional en Pampaneira y que lleva 30 años guiando a grupos por los vericuetos de Sierra Nevada. La proximidad del Mediterráneo suaviza las condiciones climáticas durante buena parte del año. Desde el refugio Poqueira, a 2.500 metros y abierto todo el año, parten seis rutas: la Circular de la Laguna, dos más —por caminos diferentes— al pico Alcazaba (3.364 metros); otra que enfila hacia el Veleta (3.396 metros) y dos que encaran el Mulhacén, aunque no son las únicas.

Telares Mercedes, en el pueblo granadino de Pampaneira.
Telares Mercedes, en el pueblo granadino de Pampaneira.

El Servicio de Interpretación de Altas Cumbres Sierra Nevada SIAC-Vertiente Sur (958 76 30 90 y 671 56 44 06), en Capileira, tiene en marcha un microbús hasta el Cascajar, cerca del Alto del Chorrillo, a 2.600 metros de altitud, para ascender por la Loma del Tanto y llegar, en unas tres horas y media, a la cumbre del Mulhacén; la bajada necesita unas dos horas más. A partir de septiembre el servicio es irregular, dependiendo de las condiciones climatológicas, y se corta definitivamente cuando llegan las primeras nieves.

Entre tinaos y callejones

Los tres pueblos del barranco, con macetas sobre blanquísimas fachadas y terraos de techos planos (las casas no tienen tejados), lavaderos y fuentes árabes, invitan a un paseo por la deliciosa anarquía de sus calles estrechas y zigzagueantes. Son frecuentes los tinaos o cobertizos que enlazan una edificación con la de enfrente, a modo de pórticos. En Pampaneira, primera parada del viajero al entrar en el valle, es recomendable pasear bajo los tinaos de las calles Real, Princesa, Cristo, del Viso o Silencio. Y después degustar chacinas y alimentos típicos en la Bodega La Moralea (958 76 32 25). Tienen fama también Casa Julio, el Mesón Belezmin (958 76 31 02) y la Bodega Asador El Lagar. ¿Qué se puede pedir? Productos derivados del cerdo, migas, gachas (plato alpujarreño) y potaje de castañas en esta época del año. Pero lo que abunda en el pueblo son las tiendas de artesanía, con las jarapas (tejidos de colores vivos, con telas de desecho) como producto estrella. Para dormir, el Hotel Rural Estrella de las Nieves.

En Bubión, siguiente pueblo en ruta ascendente, destacan los tinaos de las calles del Alcalde Juan Pérez Ramón y Trocadero. Después se pueden visitar el taller del telar (de los pocos telares tradicionales que se conservan en la comarca) y los museos de la casa alpujarreña y de la agricultura, y es buena idea terminar el recorrido sentado a la mesa del restaurante Teide.

Una calle de Capileira.
Una calle de Capileira.

Vistas de cero a 3.000 metros

Capileira, con sus tres barrios a los pies del pico Veleta, su Fuente de la Pileta y su lavadero de la Fuente Hondera, prolonga la tentación gastronómica. Por ejemplo, en el hotel Finca Los Llanos  o degustando una típica hogaza alpujarreña en el obrador Capileira (958 76 31 95). Se puede cambiar de aires culinarios en La Pizzería (958 76 33 04), y después visitar el Museo de Artes y Costumbres Pedro Antonio de Alarcón. Pero lo más interesante de su término municipal es que está trufado de miradores: el del Tajo del Diablo, del Perchel, las Espeñuelas, la Junta de los Ríos, Eras de Aldeire, la calle-mirador del Mentidero, Puerto Molina… Hacia abajo, los tres pueblos encaramados en el barranco; hacia arriba, los tresmiles de Sierra Nevada; y, enfrente, las sierras de Lújar y la Contraviesa, el Mediterráneo e incluso la costa africana en días despejados. A Espinosa le gustan especialmente las vistas desde los Tajos del Ángel: “Las puestas de sol son espectaculares cuando en las cumbres hay nieve, que destella con tonos rosados”.

Setas y senderos

Las tres villas están rodeadas de bancales escalonados y cultivos tradicionales, recuerdos de un pasado agríco­la que ha dejado paso al turismo como motor económico. Conforme se va alejando de ellos, el viajero se adentra en zonas agrestes y de bosque mediterráneo —encinas, robles, castaños, quejigos— que brindan un espectáculo en otoño. “Es un paisaje muy vertical”, describe Espinosa, encajonado entre paredes de roca. Sierra Trails-Dallas Love, en Bubión, ofrece descubrirlo a caballo, y el Centro BTT Nevada organiza rutas en bicicleta de montaña. La tienda Alpujarra Bike, también en Bubión, las alquila.

Los caminos que bajan desde las tres localidades hacia el río Poqueira, cruzado por cuatro puentes, conforman otro bonito escenario para una excursión. La web de Capileira propone rutas por el entorno, y también las normas para la recogida de setas dentro del parque natural: cinco kilos máximo por persona y día, no usar rastrillos o azadas, transportarlas en cestas que permitan dispersar las esporas… Entre los posibles trofeos están los abundantes níscalos, la seta de cardo en los bancales abandonados, champiñones, parasoles y, más escasos, los boletus en encinares y robledales.

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Nueva Zelanda: ‘El show de Truman’ hecho realidad

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Estoy de viaje estos días por Nueva Zelanda. No había venido hasta ahora por este rincón del mundo y me apetecía conocer este país y tratar de entender por qué atrae tanto a los viajeros. Tras dos semanas de viaje creo que empiezo a descubrir la razón: en Nueva Zelanda todo parece perfecto. El paisaje está hecho por ordenador: tras cada curva aparece una postal más idílica. La oveja puesta en el sitio que mejor compone, los picos nevados como telón de fondo, el prado de hierba de un verde que ni con Photoshop, el pueblecito bucólico en un rincón, el lago en el otro, la montaña de forma singular… Vamos, que ni hecho por encargo.

Atardecer en el monte Cook (3.724 metros), la cima más alta de Nueva Zelanda.
Atardecer en el monte Cook (3.724 metros), la cima más alta de Nueva Zelanda.

Hace poco pasé por el lago Wanaka, una población de la isla del Sur a media hora en coche de Queenstown. Voy con un grupo de viajeros de El País Viajes y todos nos quedamos embobados con la perfección del escenario: el lago de agua azul turquesa, las montañas de cimas nevadas, las casitas de madera monísimas, cada una con su jardín de césped recién cortado, los setos perfectos, el camino que bordeaba el lago con gente feliz haciendo footing, parejas jóvenes empujando el carrito del niño. Nada que distorsionara la paz y la armonía del momento. Si me hubieran dicho que estaba en episodio de El show de Truman me lo habría creído. Hasta estuve tentado de levantar el césped a ver si debajo de esa alfombra perfecta se veía algo de miseria, de basura o de humanidad. Pero nada, no había nada.

La sociedad neozelandesa parece igual de perfecta que el paisaje. En apariencia, claro; quienes viven aquí te dicen que al cabo del tiempo sí ven alguna mancha —pequeñísima— en este currículo perfecto; pero eso algo que no percibe el viajero. Un país con la mitad de extensión de España (260.000 km cuadrados) y solo 4,6 millones de habitantes, 34 millones de ovejas, 12 millones de vacas, 3% de paro, una renta per cápita de 44.000 dólares, agua de sobra, recursos naturales para aburrir y que se sitúa siempre en los primeros lugares de todos los índices de calidad de vida en sus ciudades, ausencia de corrupción, nivel de educación, desarrollo humano y libertad económica… tiene todas las papeletas para ser el país perfecto, El show de Truman hecho realidad, ¿no?

La apacible vida al estilo kiwi.
La apacible vida al estilo kiwi.

Un detalle que da idea del estilo de vida kiwi: un terreno o una casa aislada en la montaña y con difícil acceso es mucho más cara que una en el centro de cualquier ciudad. Porque un neozelandés valora por encima de todo la soledad y la privacidad rodeado de naturaleza.

En verdad Nueva Zelanda solo tiene un pero. Está lejos de todo. Exactamente a 2.000 kilómetros del sureste de Australia y a 2.500 de la Antártida. Lo más cercano que tienes para ir un fin de semana es Nueva Caledonia, Fiji o Tonga. Aunque este aislamiento más que un problema es su razón de ser, el motivo por el que Nueva Zelanda es como es.

Salto en 'bungee jumping', desde el puente del río Karawau, donde empezó el 'bungee' comercial.
Salto en ‘bungee jumping’, desde el puente del río Karawau, donde empezó el ‘bungee’ comercial.

Para un viajero es sumamente fácil moverse por el país. Tiene mucho éxito la fórmula autocaravana. De hecho, en la carretera y en los aparcamientos de los espacios naturales te cruzas con docenas de ellas tripuladas por el mismo perfil de viajero: parejas jóvenes, ataviadas con ropa de montaña, ávidas de aventuras al aire libre. Y de ellas en Nueva Zelanda tienes todas las que quieras. Aquí se fundó en 1988 la primera empresa comercial del mundo de bungee jumping (salto al vacío sujetado por una cuerda elástica a los pies). La creó A. J. Hackett, uno de los cinco pirados estudiantes de Oxford que en los años setenta, después de ver un documental de cómo saltaban al vacío de forma ritual los aborígenes de la isla de Pentecostés (Vanautu, Pacífico Sur) se decidieron a emular la hazaña. Hackett fue el inventor de la cuerda elástica, la patentó y hoy es uno de los hombres más ricos de Nueva Zelanda. Cosa que no te extraña cuando pasas un rato apostado en el puente Karawau —donde fundó y aún continúa su empresa— y ves lanzarse cada dos minutos a un turista (mayoritariamente chino) ávido de emociones fuertes tras pasar por caja y dejarse 205 dólares neozelandeses (132 euros).

Queenstown, una de las ciudades más bonitas del país, ubicada en las riberas del lago Wakatipu, en la isla del Sur, es una especie de Sodoma y Gomorra de los deportes de aventura: usted traiga dinero, que nosotros ya se lo sacaremos ofreciéndole todo tipo de posibilidades para descargar adrenalina, desde un recorrido muy loco en jetboat por el río Shotover a un salto de skydiving indoor en una nave industrial.

Si vienes a Nueva Zelanda, tráete un buen par de botas. Es un país para caminar, sobre todo la isla del Sur.  El 20% de su territorio es espacio protegido y la red de senderos en parques nacionales es enorme y suelen estar muy bien mantenidos. Si te va la vida urbana, quizá este no sea tu destino. Pero si lo que buscas es una naturaleza exuberante y paisajes de postal, Nueva Zelanda no te defraudará. No olvidemos que aquí se rodó la celebérrima saga de J. R. R. Tolkien. “En este país tenemos tres industrias», me decía un amigo neozelandés: «la carne, la leche y El señor de los anillos”. Porque buena parte de los casi cuatro millones de turistas que vienen al año lo hacen atraídos por los paisajes de la trilogía.

Paisaje litoral de la reserva marina y parque nacional Westland, en la escarpada costa oeste de la isla del Sur.
Paisaje litoral de la reserva marina y parque nacional Westland, en la escarpada costa oeste de la isla del Sur.

Estos son los mejores parques y áreas protegidas que te recomiendo para caminar en la isla del Sur:

Parque Nacional Mount Cook: la cima más alta del país, con 3.774 metros. El lugar donde se inició en el alpinismo Edmund Hillary, el primer humano, junto con el sherpa Tenzing Norgay, en hacer cumbre en el Everest (tiene estatura y museo propios en el lugar).

Lagos Tekapo y Pukaki: antesala del monte Cook, con preciosas vistas de los Alpes del Sur (que se reflejan en sus aguas) y senderos para circunvalarlos.

Milford Sound: el más bello y fotogénico de los 14 fiordos neozelandeses. Hay barcos que los recorren en paseos de unas dos horas de duración.

Fran Josef y Fox Glacier: dos glaciares que desaguan hacia la costa oeste de la isla del Sur. Impresiona ver lenguas de hielo rodeadas de un bosque templado húmedo con la frondosidad de una selva: por desgracia están en regresión y solo se ven bien desde un helicóptero.

Parque nacional Abel Tasman: parque marítimo-terrestre con bellísimas playas y cubierto de bosque templado húmedo primario. Solo es accesible en barco desde la localidad de Kaiteriteri.

– Malborough Sound: un conjunto de rías y ensenadas en el extremo norte de la isla del Sur con algunos de los mejores bosques costeros. La red de senderos es amplia, incluido uno de los más famosos del país: el Queen Charlotte Track.

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Once destinos de récord Guinness que invitan a viajar (y uno de ellos es Madrid)

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  • 1 Dos siglos endulzando la vida de niños y adultos Situada en la encantadora localidad de Pately Brigde, entre los verdes valles de neblina perpetua de Yorkshire Dale (al norte de Inglaterra), está la tienda de golosinas más antigua del mundo, aunque sus dueños han preferido no cambiarle el nombre y el establecimiento se sigue llamando The Oldest Sweet Shop in EnglandEl libro Guinness de los Récords la incluyó en su listado de registros imposibles en 2014. Pero su aventura arrancó casi dos siglos antes, en 1827. Desde entonces endulza la vida de niños y adultos con sus chucherías vintage y su cuidada selección de chocolates en un espacio de bonita decoración. Entre sus top sellers están los balines de regaliz mentolado recubiertos de una fina capa de caramelo, un básico para cualquier chaval que creciera en la década de 1980. Desde hace años su tienda online distribuye dulces a Inglaterra y al resto del planeta. “Amamos los dulces y queremos compartir nuestra pasión con todo el mundo”, aseguran en su web.
  • 2 Mesa y mantel con 300 años de historia Francisco de Goya, Benito Pérez Galdós, Ernest Hemingway o Truman Capote disfrutaron de copiosas comidas sobre sus finos manteles. Y muchos de ellos trasladaron sus vivencias gastronómicas a sus obras inmortales. Con 300 años de historia, Casa Botín, en Madrid, ostenta desde 1987 el título de restaurante más antiguo del mundo. Fundado en 1725, este establecimiento decano sirve una cocina castellana tradicional en la que sobresale la sopa de ajo con huevo, el revuelto de la casa, las almejas al Botín y el solomillo. Y, por encima de todo, el cochinillo con 21 días cumplidos que sirven asado en un horno de piedra construido en 1868. El hecho de que no haya cesado su actividad un solo día, ni durante la Guerra Civil, fue determinante para otorgarle el galardón Guinness en detrimento de otros restaurantes con mayor antigüedad. A un paso de la plaza Mayor, Casa Botín es parada obligada para turistas extranjeros y un emblema perpetuo de la capital de España.
  • 3 Un espacio natural del tamaño de dos Españas Tiene dos veces el tamaño de España y más o menos el mismo que Egipto. El parque nacional del Noreste de Groenlandia es el espacio natural protegido más grande del mundo, con una extensión de 972.000 kilómetros cuadrados. En este inhóspito territorio polar no vive nadie, a excepción de una treintena de militares que habitan los distintos puestos del Ejército danés en la región. La isla sobre la que se asienta esta vasta zona natural, en la que se concentra el 40% de la población mundial de bueyes almizcleros así como osos polares y renos, es también la más grande del mundo. En la foto, las montañas reflejadas sobre el agua del fiordo Kaiser Franz Josef, en el parque natural del Noreste de Groenlandia.
  • 4 El mejor mirador de Las Vegas, a 167 metros de altura Una mastodóntica inversión —500 millones de dólares— para poner en pie la noria de observación más alta del mundo. Desde su inauguración en abril de 2014, High Roller se ha convertido en un símbolo del atractivo inagotable de Las Vegas (Estados Unidos), cuyo skyline ha modificado para siempre con sus imponentes 167 metros de altura que rasgan el cielo de la ciudad del juego. Cuenta con 28 cabinas, con capacidad para 40 personas cada una. Eso sí, subirse a ella no es barato: 30 dólares (unos 27 euros) por una experiencia de media hora en la que poder observar el inagotable influjo de los neones intermitentes de hoteles y casinos.
  • 5 Dubái, una metrópoli de récord Si existe una ciudad de récord, esa es Dubái. Excesiva y ambiciosa, la ciudad de Emiratos Árabes busca romper moldes constantemente. Lo hizo a lo grande el 4 de enero de 2010 cuando el Burj Khalifa se convirtió en el rascacielos más alto del mundo. Con 828 metros y 192 plantas, la mayoría de ellas destinadas a uso residencial, esta mole espigada desbancó del primer puesto al Taipei 101 en Taiwán, que mide 300 metros menos. Y es que Dubái se alimenta constantemente de la capacidad del ser humano de superarse a sí mismo. Buena muestra de ello es el Dubái Mall, el centro comercial más grande del mundo, con 502.00 metros cuadrados, más de 1.200 tiendas y 14.000 plazas de parking. El hotel más alto del planeta también se abrió en esta ciudad en 2013: el Marriott Marquis, con sus 1.608 habitaciones y 355 metros de altura, pulverizó el récord que ostentaba hasta entonces el Hotel Everest View, en Nepal.
  • 6200 kilómetros jalonados de botellas de vino Nada hace pensar a priori que la bodega de vinos más grande del mundo esté en Moldavia, país que cuesta ubicar en el mapa de los grandes productores de vino. Pero los 200 kilómetros de galerías subterráneas de la bodega bodega Milestii Mici, a escasos 30 kilómetros de Chisinau, la capital de esta antigua república soviética, albergan más de millón y medio de botellas. La primera fue almacenada en 1968 y, cada año, se incluyen nuevas cosechas. Entró en 2005 en El Libro Guinness de los Récords y sus vinos más cotizados son los de la añada de 1973, que alcanzan un precio por botella de 500 euros.
  • 7La gran estructura del Imperio Romano El Muro de Adriano, que recorre de costa a costa el norte de Inglaterra a lo largo de 75 millas romanas (117,5 kilómetros) en medio de un paisaje impactante, fue la inspiración de George R. R. Martin para la Muralla de Hielo que separa los Siete Reinos de las tierras salvajes en la serie Juego de tronos y de uno de los grandes poemas de W. H. Auden, Roman Wall Blues: «El día en que sea un veterano tuerto / No haré otra cosa que mirar al cielo». El emperador Adriano fue quien ordenó crear esta muralla de piedra con una anchura máxima de tres metros y una altura nunca superior a los seis metros. Construida entre los años 122-126 d.C, es la estructura más grande creada por los romanos a lo largo de su historia.
  • 8 Una piscina de 14 plantas y 42 metros de profundidad El pueblecito italiano de Montegrotto Terme (Padua), conocido por las propiedades curativas de sus aguas termales, cuenta entre sus atractivos con la piscina más profunda del mundo. Esta gigantesca balsa de agua dulce, con catorce plantas y 42 metros de profundidad, forma parte de las instalaciones del hotel Millepini Terme y fue inaugurada el 5 de junio de 2014. La temperatura de sus aguas oscila entre los 32 y los 34 grados, por lo que sumergirse en ella siempre resulta una experiencia agradable. La piscina cuenta con cuevas submarinas y un túnel transparente bajo el agua para que aquellos que no quieran mojarse puedan disfrutar de la experiencia de nadar en una piscina de récord.
  • 9 Un pasadizo de 31 centímetros para esconderse Estrecha, angustiante, minúscula… Los adjetivos se quedan cortos para describir la sensación de atravesar la calle más estrecha del mundo, en la localidad medieval alemana de Reutlingen. Se llama Spreuerhofstraße y en su parte más angosta, entre pared y pared, solo hay 31 centímetros de separación por los que difícilmente cabe una persona de canto. La calle fue construida en 1727 después de que un devastador incendio redujera a cenizas la inmensa mayoría de las viviendas de esta ciudad de 100.00 habitantes. Y su estrechez se explica por el intento de evitar la propagación rápida de las llamas.
  • 10 Adrenalina a 205 kilómetros por hora «No está permitido el acceso con teléfono móvil. Por favor, dejen el aparato en los casilleros». La advertencia que se hace a los pies de la montaña rusa más grande del mundo, en Jackson (Nueva Jersey, Estados Unidos), no es ninguna broma. La explosiva mezcla de adrenalina y velocidad de Kingda Ka no tiene rival desde 2005. Una vez se alcanza la cima de este esqueleto de acero de 139 metros de altura, el trenecito enfila una vertiginosa bajada en la que se alcanza una velocidad de 205 kilómetros en tan solo tres segundos y medio. Una aceleración que ni los deportivos más exigentes pueden alcanzar sobre el asfalto. “Kingda Ka hace morder el polvo al resto de montañas rusas”, aseguran en su página web. Tienen toda la razón.
  • 11 Una fortificación con crías de dragón El castillo de Predjama es uno de los lugares más visitados de Eslovenia. Clavada como una chincheta sobre la montaña y asomada a un precipicio de 123 metros, la fortificación es la más grande de este tipo que se puede hallar en el mundo. Su rocambolesca ubicación le ha conferido una mayor protección ante los múltiples enemigos que la han asediado a lo largo de los siglos. Posiblemente por eso se ocultaba allí el barón Erazem Lueger, una especie de Robin Hood en la tradición literaria eslovena, después de asaltar a los comerciantes que cubrían la ruta entre Viena y Triste en el siglo XVI. Pese a su verticalidad y difícil acceso, es la puerta de entrada a la cueva de Postjna, un sistema de laberínticas cavernas en las que habitan unos anfibios albinos que cuando se descubrieron hace más de 400 años se creyó que eran crías de dragón.
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