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Un café en la casa de Balzac

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Pasada la medianoche, Honoré de Balzac ya habría consumido varias cafeteras. Y ahí seguía, escribiendo y escribiendo febrilmente, a la luz de un candil, con su letra menuda sobre ese también diminuto escritorio de madera lleno de marcas de su pluma. Así permanecería, noche tras noche, trabajando sin cesar en esa ambiciosa obra, La comedia humana (1830), con la que pretendía describir en más de un centenar de novelas y relatos interconectados, cual catedral humana, “la historia y la crítica de la sociedad, el análisis de sus males y la discusión de sus principios”, como explicó él mismo. “Trabajo 18 horas y duermo 6, trabajo mientras como y no creo que deje de trabajar ni siquiera cuando duermo”, le contaba el novelista francés a su amiga primero, luego amante y finalmente esposa, Eve Hanska, en una de las numerosas cartas que forjaron su relación.

No es difícil imaginar la escena. Sobre todo cuando se visita la Maison de Balzac de París, una encantadora casita de persianas verdes y tejado de pizarra en el 47 de la Rue Raynouard, en el acomodado barrio parisiense de Passy, donde Balzac vivió entre 1840 y 1847. Situada a una decena de minutos a pie de la plaza del Trocadero, la referencia para todo aquel viajero que quiera hacerse una foto con la Torre Eiffel de fondo, constituye una excelente excusa para prolongar el paseo por esta zona de la capital francesa y descubrir un museo pequeño y sin demasiados visitantes.

Sobre todo ahora que, tras un año de renovaciones, la Maison de Balzac, la única residencia del autor francés que sigue en pie, ha vuelto a abrir sus puertas con una ambición: atraer a un público más amplio y no solo experto en el autor de Papá Goriot. “Lo que buscamos es darle a la gente ganas de leer esos libros”, señaló el director del museo, Yves Gagneux, durante su reapertura oficial, el pasado mes de septiembre. “El museo tendrá éxito si, a la salida, el visitante tiene ganas de leer o releer a Balzac”.

Un café en la casa de Balzac
COVA FDEZ.

Elementos para incitar la imaginación y picar el gusanillo de Balzac no faltan en esta casa rodeada por un magnífico jardín —otro de los atractivos de la visita—, desde la que se tiene además una soberbia vista de la Torre Eiffel, si bien en la época de Balzac (1799-1850) faltaban aún casi 40 años para que se erigiera el símbolo por excelencia de París.

Salvo el despacho, que sigue casi igual que en la época de Balzac, poco queda de hogar en la casa. Las demás estancias han sido reutilizadas para mostrar todos los tesoros que llevan a una mejor comprensión de un personaje que ya en su época despertaba pasiones. “Lo quisiera o no, consintiera o no, el autor de esta obra inmensa y extraña pertenece a la fuerte raza de los escritores revolucionarios”, dijo de él durante su funeral, en agosto de 1850, otro de los grandes de las letras francesas y universales de la época, Victor Hugo.

Una de las salas expositivas de la Maison de Balzac, en París.
Una de las salas expositivas de la Maison de Balzac, en París.

Una mezcla muy personal

El universo de Balzac se comprende mejor cuando uno se topa, por ejemplo, con su imprescindible cafetera, que le regaló otra de sus amigas, la escritora Zulma Carraud. En esta pieza de porcelana de Limoges se preparaba taza tras taza de ese café que le permitía trabajar sin descanso y cuya mezcla confeccionaba él mismo minuciosamente a partir de tres variedades diferentes que le hacían recorrer media ciudad para conseguirlas. También ocupa un lugar destacado el famoso bastón que el escritor encargó a un reputado joyero tras el éxito de sus novelas Eugénie GrandetLa mujer de treinta años y La duquesa de Langeais, reconocible en todo París por su empuñadura dorada y recubierta de turquesas, y del que pendía una cadena —también de oro— procedente de un collar que le regaló su amada Eve Hanska. Balzac, cuentan sus historiadores, gustaba sobre todo de ir al teatro con ese extravagante bastón “que tiene más éxito en Francia que todas mis obras”, bromeaba el propio escritor.

Dos de las habitaciones están dedicadas a La comedia humana y exponen las placas tipográficas que representan a más de 300 personajes de la titánica obra en distintas ediciones. También se pueden ver las páginas impresas y llenas de correcciones que hacían que los editores casi odiaran a Balzac por las muchas veces que tenían que reimprimir los capítulos, así como los diferentes bustos y retratos del autor realizados por admiradores suyos del calibre de Rodin, Picasso, Derain o Balthus.

La exposición permanente se completa con una novedad tras la remodelación del museo (que también resulta ahora más accesible para personas con problemas de movilidad, algo nada banal en una ciudad tan difícil como París): la cocina ha sido reconfigurada como sala de exposición de la vida más íntima de Balzac, con cuadros de sus padres y hermana y, en un antiguo aparador, un listado de las amigas, admiradoras y amantes de Balzac a lo largo de su corta pero intensa vida, que acabó en 1850, solo tres años después de abandonar esta casa, reconvertida en un atractivo museo que ahora vuelve a abrirse al público.

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Nueva Zelanda: ‘El show de Truman’ hecho realidad

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Estoy de viaje estos días por Nueva Zelanda. No había venido hasta ahora por este rincón del mundo y me apetecía conocer este país y tratar de entender por qué atrae tanto a los viajeros. Tras dos semanas de viaje creo que empiezo a descubrir la razón: en Nueva Zelanda todo parece perfecto. El paisaje está hecho por ordenador: tras cada curva aparece una postal más idílica. La oveja puesta en el sitio que mejor compone, los picos nevados como telón de fondo, el prado de hierba de un verde que ni con Photoshop, el pueblecito bucólico en un rincón, el lago en el otro, la montaña de forma singular… Vamos, que ni hecho por encargo.

Atardecer en el monte Cook (3.724 metros), la cima más alta de Nueva Zelanda.
Atardecer en el monte Cook (3.724 metros), la cima más alta de Nueva Zelanda.

Hace poco pasé por el lago Wanaka, una población de la isla del Sur a media hora en coche de Queenstown. Voy con un grupo de viajeros de El País Viajes y todos nos quedamos embobados con la perfección del escenario: el lago de agua azul turquesa, las montañas de cimas nevadas, las casitas de madera monísimas, cada una con su jardín de césped recién cortado, los setos perfectos, el camino que bordeaba el lago con gente feliz haciendo footing, parejas jóvenes empujando el carrito del niño. Nada que distorsionara la paz y la armonía del momento. Si me hubieran dicho que estaba en episodio de El show de Truman me lo habría creído. Hasta estuve tentado de levantar el césped a ver si debajo de esa alfombra perfecta se veía algo de miseria, de basura o de humanidad. Pero nada, no había nada.

La sociedad neozelandesa parece igual de perfecta que el paisaje. En apariencia, claro; quienes viven aquí te dicen que al cabo del tiempo sí ven alguna mancha —pequeñísima— en este currículo perfecto; pero eso algo que no percibe el viajero. Un país con la mitad de extensión de España (260.000 km cuadrados) y solo 4,6 millones de habitantes, 34 millones de ovejas, 12 millones de vacas, 3% de paro, una renta per cápita de 44.000 dólares, agua de sobra, recursos naturales para aburrir y que se sitúa siempre en los primeros lugares de todos los índices de calidad de vida en sus ciudades, ausencia de corrupción, nivel de educación, desarrollo humano y libertad económica… tiene todas las papeletas para ser el país perfecto, El show de Truman hecho realidad, ¿no?

La apacible vida al estilo kiwi.
La apacible vida al estilo kiwi.

Un detalle que da idea del estilo de vida kiwi: un terreno o una casa aislada en la montaña y con difícil acceso es mucho más cara que una en el centro de cualquier ciudad. Porque un neozelandés valora por encima de todo la soledad y la privacidad rodeado de naturaleza.

En verdad Nueva Zelanda solo tiene un pero. Está lejos de todo. Exactamente a 2.000 kilómetros del sureste de Australia y a 2.500 de la Antártida. Lo más cercano que tienes para ir un fin de semana es Nueva Caledonia, Fiji o Tonga. Aunque este aislamiento más que un problema es su razón de ser, el motivo por el que Nueva Zelanda es como es.

Salto en 'bungee jumping', desde el puente del río Karawau, donde empezó el 'bungee' comercial.
Salto en ‘bungee jumping’, desde el puente del río Karawau, donde empezó el ‘bungee’ comercial.

Para un viajero es sumamente fácil moverse por el país. Tiene mucho éxito la fórmula autocaravana. De hecho, en la carretera y en los aparcamientos de los espacios naturales te cruzas con docenas de ellas tripuladas por el mismo perfil de viajero: parejas jóvenes, ataviadas con ropa de montaña, ávidas de aventuras al aire libre. Y de ellas en Nueva Zelanda tienes todas las que quieras. Aquí se fundó en 1988 la primera empresa comercial del mundo de bungee jumping (salto al vacío sujetado por una cuerda elástica a los pies). La creó A. J. Hackett, uno de los cinco pirados estudiantes de Oxford que en los años setenta, después de ver un documental de cómo saltaban al vacío de forma ritual los aborígenes de la isla de Pentecostés (Vanautu, Pacífico Sur) se decidieron a emular la hazaña. Hackett fue el inventor de la cuerda elástica, la patentó y hoy es uno de los hombres más ricos de Nueva Zelanda. Cosa que no te extraña cuando pasas un rato apostado en el puente Karawau —donde fundó y aún continúa su empresa— y ves lanzarse cada dos minutos a un turista (mayoritariamente chino) ávido de emociones fuertes tras pasar por caja y dejarse 205 dólares neozelandeses (132 euros).

Queenstown, una de las ciudades más bonitas del país, ubicada en las riberas del lago Wakatipu, en la isla del Sur, es una especie de Sodoma y Gomorra de los deportes de aventura: usted traiga dinero, que nosotros ya se lo sacaremos ofreciéndole todo tipo de posibilidades para descargar adrenalina, desde un recorrido muy loco en jetboat por el río Shotover a un salto de skydiving indoor en una nave industrial.

Si vienes a Nueva Zelanda, tráete un buen par de botas. Es un país para caminar, sobre todo la isla del Sur.  El 20% de su territorio es espacio protegido y la red de senderos en parques nacionales es enorme y suelen estar muy bien mantenidos. Si te va la vida urbana, quizá este no sea tu destino. Pero si lo que buscas es una naturaleza exuberante y paisajes de postal, Nueva Zelanda no te defraudará. No olvidemos que aquí se rodó la celebérrima saga de J. R. R. Tolkien. “En este país tenemos tres industrias», me decía un amigo neozelandés: «la carne, la leche y El señor de los anillos”. Porque buena parte de los casi cuatro millones de turistas que vienen al año lo hacen atraídos por los paisajes de la trilogía.

Paisaje litoral de la reserva marina y parque nacional Westland, en la escarpada costa oeste de la isla del Sur.
Paisaje litoral de la reserva marina y parque nacional Westland, en la escarpada costa oeste de la isla del Sur.

Estos son los mejores parques y áreas protegidas que te recomiendo para caminar en la isla del Sur:

Parque Nacional Mount Cook: la cima más alta del país, con 3.774 metros. El lugar donde se inició en el alpinismo Edmund Hillary, el primer humano, junto con el sherpa Tenzing Norgay, en hacer cumbre en el Everest (tiene estatura y museo propios en el lugar).

Lagos Tekapo y Pukaki: antesala del monte Cook, con preciosas vistas de los Alpes del Sur (que se reflejan en sus aguas) y senderos para circunvalarlos.

Milford Sound: el más bello y fotogénico de los 14 fiordos neozelandeses. Hay barcos que los recorren en paseos de unas dos horas de duración.

Fran Josef y Fox Glacier: dos glaciares que desaguan hacia la costa oeste de la isla del Sur. Impresiona ver lenguas de hielo rodeadas de un bosque templado húmedo con la frondosidad de una selva: por desgracia están en regresión y solo se ven bien desde un helicóptero.

Parque nacional Abel Tasman: parque marítimo-terrestre con bellísimas playas y cubierto de bosque templado húmedo primario. Solo es accesible en barco desde la localidad de Kaiteriteri.

– Malborough Sound: un conjunto de rías y ensenadas en el extremo norte de la isla del Sur con algunos de los mejores bosques costeros. La red de senderos es amplia, incluido uno de los más famosos del país: el Queen Charlotte Track.

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Once destinos de récord Guinness que invitan a viajar (y uno de ellos es Madrid)

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  • 1 Dos siglos endulzando la vida de niños y adultos Situada en la encantadora localidad de Pately Brigde, entre los verdes valles de neblina perpetua de Yorkshire Dale (al norte de Inglaterra), está la tienda de golosinas más antigua del mundo, aunque sus dueños han preferido no cambiarle el nombre y el establecimiento se sigue llamando The Oldest Sweet Shop in EnglandEl libro Guinness de los Récords la incluyó en su listado de registros imposibles en 2014. Pero su aventura arrancó casi dos siglos antes, en 1827. Desde entonces endulza la vida de niños y adultos con sus chucherías vintage y su cuidada selección de chocolates en un espacio de bonita decoración. Entre sus top sellers están los balines de regaliz mentolado recubiertos de una fina capa de caramelo, un básico para cualquier chaval que creciera en la década de 1980. Desde hace años su tienda online distribuye dulces a Inglaterra y al resto del planeta. “Amamos los dulces y queremos compartir nuestra pasión con todo el mundo”, aseguran en su web.
  • 2 Mesa y mantel con 300 años de historia Francisco de Goya, Benito Pérez Galdós, Ernest Hemingway o Truman Capote disfrutaron de copiosas comidas sobre sus finos manteles. Y muchos de ellos trasladaron sus vivencias gastronómicas a sus obras inmortales. Con 300 años de historia, Casa Botín, en Madrid, ostenta desde 1987 el título de restaurante más antiguo del mundo. Fundado en 1725, este establecimiento decano sirve una cocina castellana tradicional en la que sobresale la sopa de ajo con huevo, el revuelto de la casa, las almejas al Botín y el solomillo. Y, por encima de todo, el cochinillo con 21 días cumplidos que sirven asado en un horno de piedra construido en 1868. El hecho de que no haya cesado su actividad un solo día, ni durante la Guerra Civil, fue determinante para otorgarle el galardón Guinness en detrimento de otros restaurantes con mayor antigüedad. A un paso de la plaza Mayor, Casa Botín es parada obligada para turistas extranjeros y un emblema perpetuo de la capital de España.
  • 3 Un espacio natural del tamaño de dos Españas Tiene dos veces el tamaño de España y más o menos el mismo que Egipto. El parque nacional del Noreste de Groenlandia es el espacio natural protegido más grande del mundo, con una extensión de 972.000 kilómetros cuadrados. En este inhóspito territorio polar no vive nadie, a excepción de una treintena de militares que habitan los distintos puestos del Ejército danés en la región. La isla sobre la que se asienta esta vasta zona natural, en la que se concentra el 40% de la población mundial de bueyes almizcleros así como osos polares y renos, es también la más grande del mundo. En la foto, las montañas reflejadas sobre el agua del fiordo Kaiser Franz Josef, en el parque natural del Noreste de Groenlandia.
  • 4 El mejor mirador de Las Vegas, a 167 metros de altura Una mastodóntica inversión —500 millones de dólares— para poner en pie la noria de observación más alta del mundo. Desde su inauguración en abril de 2014, High Roller se ha convertido en un símbolo del atractivo inagotable de Las Vegas (Estados Unidos), cuyo skyline ha modificado para siempre con sus imponentes 167 metros de altura que rasgan el cielo de la ciudad del juego. Cuenta con 28 cabinas, con capacidad para 40 personas cada una. Eso sí, subirse a ella no es barato: 30 dólares (unos 27 euros) por una experiencia de media hora en la que poder observar el inagotable influjo de los neones intermitentes de hoteles y casinos.
  • 5 Dubái, una metrópoli de récord Si existe una ciudad de récord, esa es Dubái. Excesiva y ambiciosa, la ciudad de Emiratos Árabes busca romper moldes constantemente. Lo hizo a lo grande el 4 de enero de 2010 cuando el Burj Khalifa se convirtió en el rascacielos más alto del mundo. Con 828 metros y 192 plantas, la mayoría de ellas destinadas a uso residencial, esta mole espigada desbancó del primer puesto al Taipei 101 en Taiwán, que mide 300 metros menos. Y es que Dubái se alimenta constantemente de la capacidad del ser humano de superarse a sí mismo. Buena muestra de ello es el Dubái Mall, el centro comercial más grande del mundo, con 502.00 metros cuadrados, más de 1.200 tiendas y 14.000 plazas de parking. El hotel más alto del planeta también se abrió en esta ciudad en 2013: el Marriott Marquis, con sus 1.608 habitaciones y 355 metros de altura, pulverizó el récord que ostentaba hasta entonces el Hotel Everest View, en Nepal.
  • 6200 kilómetros jalonados de botellas de vino Nada hace pensar a priori que la bodega de vinos más grande del mundo esté en Moldavia, país que cuesta ubicar en el mapa de los grandes productores de vino. Pero los 200 kilómetros de galerías subterráneas de la bodega bodega Milestii Mici, a escasos 30 kilómetros de Chisinau, la capital de esta antigua república soviética, albergan más de millón y medio de botellas. La primera fue almacenada en 1968 y, cada año, se incluyen nuevas cosechas. Entró en 2005 en El Libro Guinness de los Récords y sus vinos más cotizados son los de la añada de 1973, que alcanzan un precio por botella de 500 euros.
  • 7La gran estructura del Imperio Romano El Muro de Adriano, que recorre de costa a costa el norte de Inglaterra a lo largo de 75 millas romanas (117,5 kilómetros) en medio de un paisaje impactante, fue la inspiración de George R. R. Martin para la Muralla de Hielo que separa los Siete Reinos de las tierras salvajes en la serie Juego de tronos y de uno de los grandes poemas de W. H. Auden, Roman Wall Blues: «El día en que sea un veterano tuerto / No haré otra cosa que mirar al cielo». El emperador Adriano fue quien ordenó crear esta muralla de piedra con una anchura máxima de tres metros y una altura nunca superior a los seis metros. Construida entre los años 122-126 d.C, es la estructura más grande creada por los romanos a lo largo de su historia.
  • 8 Una piscina de 14 plantas y 42 metros de profundidad El pueblecito italiano de Montegrotto Terme (Padua), conocido por las propiedades curativas de sus aguas termales, cuenta entre sus atractivos con la piscina más profunda del mundo. Esta gigantesca balsa de agua dulce, con catorce plantas y 42 metros de profundidad, forma parte de las instalaciones del hotel Millepini Terme y fue inaugurada el 5 de junio de 2014. La temperatura de sus aguas oscila entre los 32 y los 34 grados, por lo que sumergirse en ella siempre resulta una experiencia agradable. La piscina cuenta con cuevas submarinas y un túnel transparente bajo el agua para que aquellos que no quieran mojarse puedan disfrutar de la experiencia de nadar en una piscina de récord.
  • 9 Un pasadizo de 31 centímetros para esconderse Estrecha, angustiante, minúscula… Los adjetivos se quedan cortos para describir la sensación de atravesar la calle más estrecha del mundo, en la localidad medieval alemana de Reutlingen. Se llama Spreuerhofstraße y en su parte más angosta, entre pared y pared, solo hay 31 centímetros de separación por los que difícilmente cabe una persona de canto. La calle fue construida en 1727 después de que un devastador incendio redujera a cenizas la inmensa mayoría de las viviendas de esta ciudad de 100.00 habitantes. Y su estrechez se explica por el intento de evitar la propagación rápida de las llamas.
  • 10 Adrenalina a 205 kilómetros por hora «No está permitido el acceso con teléfono móvil. Por favor, dejen el aparato en los casilleros». La advertencia que se hace a los pies de la montaña rusa más grande del mundo, en Jackson (Nueva Jersey, Estados Unidos), no es ninguna broma. La explosiva mezcla de adrenalina y velocidad de Kingda Ka no tiene rival desde 2005. Una vez se alcanza la cima de este esqueleto de acero de 139 metros de altura, el trenecito enfila una vertiginosa bajada en la que se alcanza una velocidad de 205 kilómetros en tan solo tres segundos y medio. Una aceleración que ni los deportivos más exigentes pueden alcanzar sobre el asfalto. “Kingda Ka hace morder el polvo al resto de montañas rusas”, aseguran en su página web. Tienen toda la razón.
  • 11 Una fortificación con crías de dragón El castillo de Predjama es uno de los lugares más visitados de Eslovenia. Clavada como una chincheta sobre la montaña y asomada a un precipicio de 123 metros, la fortificación es la más grande de este tipo que se puede hallar en el mundo. Su rocambolesca ubicación le ha conferido una mayor protección ante los múltiples enemigos que la han asediado a lo largo de los siglos. Posiblemente por eso se ocultaba allí el barón Erazem Lueger, una especie de Robin Hood en la tradición literaria eslovena, después de asaltar a los comerciantes que cubrían la ruta entre Viena y Triste en el siglo XVI. Pese a su verticalidad y difícil acceso, es la puerta de entrada a la cueva de Postjna, un sistema de laberínticas cavernas en las que habitan unos anfibios albinos que cuando se descubrieron hace más de 400 años se creyó que eran crías de dragón.
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Una ruta literaria por los inhóspitos paisajes de Yorkshire

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Para llegar a Haworth (West Yorkshire), lo más fácil es tomar, en Mánchester o en Leeds, uno de los muchos trenes que van hasta Hebden Bridge, y en la propia estación, el llamado Brontë Bus, que tarda algo más de media hora y que nos deja muy cerca de la casa museo de las hermanas (el Brontë Parsonage Museum). Cuando el autobús empieza a subir, serpenteando por una carretera local, el paisaje es de una belleza abrumadora. Hay bandadas de cuervos y azores graznando sobre los páramos cubiertos de rocas, helechos y musgos. Pero es al llegar al pueblo cuando todo estremece: el dialecto áspero, musical y brusco de la gente de la zona, las calles empinadas y oscuras, el rugido del viento, las tumbas del cementerio derrumbadas y comidas por las ortigas y el olvido, la sobria rectoría, en cuyo interior todavía palpitan los objetos y los muebles de la familia. Y es que, como dijo el poeta Seamus Heaney, esta zona de Yorkshire se nutre de un “paisaje primitivo donde las piedras gritan y los horizontes sufren”. 

Fachada del Brontë Parsonage Museum, la casa familiar de las hermanas Brontë en el pueblo inglés de Haworth.
Fachada del Brontë Parsonage Museum, la casa familiar de las hermanas Brontë en el pueblo inglés de Haworth.

¿Es esta Cumbres Borrascosas, una de las mansiones que se describen en la famosa obra homónima de Emily Brontë?, es lo primero que nos preguntamos al entrar en el Parsonage. Pues sí y no, porque, aunque tiene mucho que ver, en realidad Emily se inspiró en un cobertizo de un lugar llamado Top Withens, a casi cinco kilómetros de allí, y que es hoy parte del recorrido por los parajes de las Brontë. Pues sí y no, porque, aunque tiene mucho que ver, en realidad Emily se inspiró en un cobertizo de un lugar llamado Top Withens, a casi cinco kilómetros de allí, y que es hoy parte del recorrido por los parajes de las Brontë.

Gorros victorianos en una vitrina del Brontë Parsonage Museum, en Haworth.
Gorros victorianos en una vitrina del Brontë Parsonage Museum, en Haworth.

Huyendo de las rígidas ataduras de la Inglaterra victoriana, en la casa que es hoy museo se recluyeron las hermanas para escribir obras que ya son clásicos como Jane Eyre o Cumbres borrascosas. Las habitaciones se han conservado tal y como estaban, de modo que el visitante se puede imaginar a sus moradores a lo largo del tiempo: las niñas jugando en el office, Emily pelando patatas en la cocina o practicando escalas en el piano, o Charlotte vistiéndose para su boda. Y es que el misterio que ejerce el Parsonage en el visitante tiene mucho que ver con la narrativa doméstica en torno a la cual se articulan los objetos, los muebles y las estancias: el cuarto de los juegos es el mismo en el que la Emily adulta dormía, y donde se cree que salvó a su hermano Branwell de un incendio; junto a esta habitación está el lugar donde el reverendo Patrick Brontë tuvo que lidiar con el delirium tremens de su hijo; el comedor en el que Charlotte, Emily y Anne caminaban en torno a la mesa redonda, discutiendo los planes del día, es también la estancia que contiene el sofá en el que murió Emily, y la verja que Charlotte cruzó para contraer matrimonio es también la verja a través de la cual fue transportado su ataúd el día de su entierro. Siguen ahí también objetos originales: la copia del famoso retrato realizado por Branwell—el original se conserva en la National Portrait Gallery de Londres— de Anne, Emily y Charlotte; cartas a medio escribir, un tintero, una taza de té, un periódico sobre el escritorio del reverendo, unos trapos de cocina, los dibujos de Branwell, el piano, una cama con dosel o unas lámparas de aceite que nos meten de sopetón en el ambiente.

Un retrato de Charlotte cuelga sobre la chimenea del comedor de la casa museo de las hermanas Brontë en Haworth.
Un retrato de Charlotte cuelga sobre la chimenea del comedor de la casa museo de las hermanas Brontë en Haworth.

Todo ello, además, intercalado con paneles que proporcionan información sobre la biografía de la familia y que nos acercan a la tragedia que vivió. Porque, si hemos dicho que el entorno del Parsonage estremece, aún produce una impresión mayor descubrir que fue el padre de las escritoras, el reverendo Patrick Brontë —un irlandés de origen campesino que estudió gracias a una beca— quien sobrevivió y enterró a toda su familia, seis personas en total, con edades comprendidas entre los 11 y los 39 años.

Todo estremece: el dialecto áspero, musical y brusco, las calles empinadas y oscuras, el rugido del viento, las tumbas del cementerio derrumbadas

Además de callejear por Haworth, así como visitar la iglesia, el cementerio y la escuela, uno puede conocer los inspiradores parajes por los que paseaban las hermanas. Aparte de Top Withens, merece la pena sentir el viento y escuchar el chillido de las piedras de camino al puente y las Brontë Waterfalls. Merece la pena mancharse los zapatos de barro y pincharse las pantorrillas con los cardos y los brezos para llegar al Ponden Kirk, una gran piedra granítica con poderes mágicos: la leyenda dice que si una chica atraviesa gateando el gran agujero al pie de la roca, se casará ese año.

La antigua farmacia Rose & Co Apothecary, en el pueblo de Haworth. H & D
La antigua farmacia Rose & Co Apothecary, en el pueblo de Haworth.

Pero esta zona de Inglaterra no es exclusiva de las Brontë. En Yorkshire nacieron también, entre otros, los dramaturgos John Arden y Alan Bennett, y los poetas W. H. Auden y Ted Hughes. Este último, casado con la poeta americana Sylvia Plath, vivió un tiempo en Heptonstall, muy próxima a Hebden Bridge, ciudad mercado del valle de Upper Calder, en el que cogimos el autobús y al que ahora regresamos. Es un placer pasear por sus ordenadas calles adornadas con cestones de flores, por su plaza o por la ribera del río Calder, así como comer un sunday roast (rosbif, patatas asadas, verdura y Yorkshire pudding) en uno de sus pubs.

Una ruta literaria por los inhóspitos paisajes de Yorkshire
COVA FERNÁNDEZ

El último reino celta

A tres kilómetros de Hebden Bridge está Heptonstall, que fue especialmente significativo para Hughes, y uno comprende de inmediato por qué la naturaleza (cardos, helechos, viento…) y los animales (zorro, cuervo, azor, caballos, lucios…) tuvieron tanta presencia en su obra. En él se erguía el principal baluarte de Elmet, el último reino celta que hubo en Inglaterra, y que el poeta fundió con Yorkshire en el poemario Remains of Elmet. En Heptonstall se halla también The Beacon, la casa de sus padres, donde vivió con Sylvia Plath cuando acababan de casarse y desde la que visitaron la parroquia de las Brontë. De esta visita salió el poema de Plath titulado Cumbres borrascosas. En este caso, la poeta no volvía a contar la historia de las Brontë, sino que usó las imágenes de los sombríos páramos para transmitir su propio estado de ánimo desolado (“El viento doblegando todo en una única dirección / noto cómo intenta / extraerme el calor”). Dos años más tarde, a la edad de 30 años, se suicidó y, por deseo de su marido, fue enterrada en el cementerio de Heptonstall. Su tumba, en la que se puede leer: “En memoria de Sylvia Plath Hughes, 1932-1963. Incluso entre las llamas ardientes puede cultivarse el loto dorado”, fue desde el principio centro de peregrinación de muchos lectores y objeto de una intensa polémica. En varias ocasiones unas manos anónimas (la prensa británica apuntó a que se trataba de grupos feministas) hicieron pintadas y borraron el apellido Hughes. El estremecedor y bellísimo poema de Ted Hughes titulado Los perros se están comiendo a tu madre, dirigido a su hija Frieda, da cuenta de esa época en que críticos, biógrafos y estudiosos no cesaban de cebarse con el cadáver de Plath.

En Hebden Bridge es un placer pasear por sus ordenadas calles adornadas con cestones de flores, por su plaza o por la ribera del río Calder

Muy cerca de The Beacon, hundida en el valle, está Lumb Bank, la casa que Hughes compró en 1969. Allí se trasladó con sus hijos y con su amante Brenda Hedden. Unos años después alquiló la casa a la Fundación Arvon, una organización de escritura creativa en la que había estado involucrado que sigue organizando residencias y cursos. Desde ella se ven las chimeneas del poema Lumb Chimneys y uno entiende las palabras con las que Hughes definió su tierra: “Al oeste de Yorkshire… nada consigue huir del todo hacia la felicidad. La gente no acaba de desligarse de la piedra, como si la mitad de su cuerpo aún estuviese en la tierra, y las tumbas están demasiado cerca de la superficie”.

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