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Viajes

Diez planes para sacarle todo el jugo a Salzburgo, la ciudad de la música

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La ciudad austriaca de Salzburgo ha sido escogida por Lonely Planet como el destino urbano más interesante para visitar en 2020, coincidiendo con el primer centenario de su aclamado festival de música, una de las atracciones estrella del calendario cultural austriaco. Cuna de grandes compositores durante los siglos XVIII y XIX, esta singular villa se vestirá de gala el próximo verano para celebrar la efeméride por todo lo alto con conciertos y celebraciones irresistibles para viajeros melómanos.

Más allá de sus dos principales focos de atracción –Mozart y el musical Sonrisas y lágrimas-, Salzburgo ofrece al visitante un floreciente panorama artístico, una cocina maravillosa, parques impecables, tranquilas calles donde la música clásica se escapa por las ventanas, y salas de conciertos que mantienen viva la tradición musical los 365 días del año. A continuación van diez propuestas irrenunciables para todo aquel que quiera empaparse de Salzburgo.

Panorámica de la fortaleza de Festung Hohensalzburg, una de las más grandes y mejor conservadas de Europa.
Panorámica de la fortaleza de Festung Hohensalzburg, una de las más grandes y mejor conservadas de Europa.

1. Un paseo por el Altstad

El afán de preservar todo el legado arquitectónico barroco que atesora el país es algo muy austriaco, con especial peso en Salzburgo. Su modélico casco antiguo (Altstad), excavado bajo pendientes pronunciadas, conserva un aspecto muy similar al de la época en que vivió Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). A caballo entre las dos orillas del caudaloso río Salzach, que atraviesa la ciudad, el barrio alberga elegantes cúpulas y chapiteles, una formidable fortaleza encaramada a un despeñadero y calles ideales para deambular hasta jardines ocultos y plazas medievales rodeadas de casas burguesas y fuentes barrocas.

Sin duda, el lugar más emblemático de Salzburgo es el Festung Hohensalzburg, una fortaleza construida sobre un acantilado hace 900 años. Es una de las más grandes y mejor conservadas de Europa. Desde sus murallas se goza de una espectacular panorámica de los chapiteles de la ciudad, el río Salzach y las imponentes montañas de los Alpes al fondo. Al complejo se puede llegar a pie, haciendo un esfuerzo, o en funicular. Cuando se construyó era una humilde fortificación y no fue hasta finales del siglo XV cuando adoptó su estructura actual. Del esplendor de aquella época es buena muestra el salón dorado donde todavía se celebran lujosos banquetes. Otra joya de la ciudad es la Dom (catedral), obra maestra del barroco en la que sobresale su hermosa cúpula de bulbo de cobre y dos chapiteles de idéntica forma. Al edificio se accede a través de unos pórticos de bronce que simbolizan la fe, la esperanza y la caridad.

Pero la imagen más típica de las postales de Salzburgo es la majestuosa Residenzplatz, una plaza de planta barroca, con sus coches de caballos, su palacio y sus artistas callejeros. En el centro se erige una enorme fuente de mármol, la Residenzbrunnen. La plaza fue ideada a finales del siglo XVI por el príncipe-arzobispo Wolf Dietrich von Raitenau, quien, inspirado por Roma, encargó su diseño al arquitecto italiano Vincenzo Scamozzi.

Cascanueces a la venta en el mercado de adviento de Salzburgo.
Cascanueces a la venta en el mercado de adviento de Salzburgo.

2. Arte moderno y juguetes

Una vez recorridas sus encantadoras calles y plazas, es momento de asomarse a alguno de sus ricos museos. El de Arte moderno (Museum der Moderne) sorprende en lo alto de los acantilados del monte Mönchsberg. Su estructura rectangular de cristal y mármol ofrece un curioso contraste con la fortaleza. El edificio acoge exposiciones temporales de arte moderno de los siglos XX y XXI. Aquí se han exhibido obras de Alberto Giacometti, Dieter Roth, Emil Nolde y John Cage. Hay un ascensor a los pies del monte Mönchsberg que sube a la galería todo el año. El Rupertinum, en pleno corazón del Altstadt, es otro espacio que acoge exposiciones temporales de arte moderno, con especial énfasis en obra gráfica y fotografía.

Pero si lo que se quiere es explorar el pasado de la ciudad, hay que acudir al Domgrabungsmuseusm, un museo arqueológico subterráneo contiguo a la catedral, donde se puede contemplar desde mosaicos romanos hasta restos de la antigua catedral románica. Otra visita al pasado, en esta ocasión con énfasis en el arte sacro, la encontraremos en el Dommuseum, con toda clase de curiosidades renacentistas y rarezas, que van desde los armadillos y peces globos hasta los retablos o las custodias adornadas con joyas. En la Galería Long cuelgan las mejores obras de los siglos XVII y XVIII. 

Junto a los soportales de la Bürgerspitalplatz se yergue el Spielzeugmuseum, que ofrece una mirada nostálgica a los juguetes a través de una colección de casas de muñecas y ositos de peluche de la legendaria marca Steiff. También hay divertidos disfraces, canicas y un taller Bosch: el sueño de todo pequeño constructor en potencia. Mientras los retoños se desahogan, los padres pueden darse un respiro en el bar. 

Y en una ciudad como Salzburgo no podía faltar un museo dedicado a la Navidad, una colección colección privada que desprende un aire festivo, e incluye, entre otros objetos, calendarios de adviento, belenes tallados a mano, adornos y cascanueces.

Interior de la casa donde nació Mozart. Junto a un pequeño piano de cola cuelga el retrato del padre del genial músico,Leopold Mozart
Interior de la casa donde nació Mozart. Junto a un pequeño piano de cola cuelga el retrato del padre del genial músico,

3. La Salzburgo en la que nació y vivió Mozart

Puede que el hogar espiritual de Mozart fuera Viena, pero este genio del siglo XVIII nació y se crió en el Altstadt (centro) de Salzburgo, donde se pueden ver los lugares donde vivió, amó y compuso. Numerosas orquestas le desean un feliz aniversario durante la Mozartwoche a finales de enero. Y a lo largo del año se puede escuchar su música en los conciertos de cámara del Marmorsaal (salón de Mármol) del Palacio de Mirabell, mientras que las marionetas hacen que sus óperas cobren vida en el Salzburger marionettentheater

Mozart fue el último gran prodigio de la música clásica: comenzó a componer a los cinco años y dio su primer concierto para la emperatriz María Teresa a los seis. Hay un circuito especial para seguir sus pasos por la ciudad, que comienza en la resplandeciente Marmorsaal, y cuya segunda parada puede ser el Mozarteum, una fundación que rinde tributo a su vida y obra, y sirve de escenario al renombrado Festival Mozartwoche (Semana de Mozart), que se celebra todos los años a finales de enero. A la vuelta de la esquina, en la Makartplatz, se halla la Mozart-Wohnhaus, la residencia del siglo XVII donde vivió Mozart junto a su familia. En su interior se pueden escuchar grabaciones poco conocidas de sus sinfonías.

Hacia el norte, por la Linzer Gasse se llega al Fridhof St. Sebastian, el cementerio donde descansan su esposa, Constanze, y su padre, Leopold. A continuación se vuelve hacia el río Salzsach, se gira a la izquierda por la calle medieval Steingasse y se cruza el Mozartsteg (puente de Mozart), de estilo art nouveau. Más adelante, en el número 8 hay una placa conmemorativa que recuerda que en esa casa murió Constanze.

Enfrente de la Mozartplatz, donde hay una estatua del hijo más ilustre de la ciudad, está la Residenz, el palacio en el que el compositor dio su primer concierto a los seis años. Al lado se halla la catedral barroca, donde se celebró la boda de sus padres en 1747 y el bautizo del pequeño Wolfgang en 1756; con el tiempo Mozart compondría aquí música sacra y ejercería de organista en la catedral. En la calle comercial Getreidegasse se puede visitar la casa natal de Mozart, la Mozarts Geburtshaus, en la que pasó los primeros 17 años de su vida, y donde se guarda una colección de instrumentos, documentos y retratos.

Para poner una nota dulce al itinerario, podemos comprar las famosas Mozartkugeln (bolas de Mozart) de la confitería Fürst, a base de pistachos, mazapán y chocolate amargo. Siguen elaborándose artesanalmente en esta confitería según la receta original creada por Paul Fürst en 1890. Y hay otras especialidades musicales como las Bach Würfel, unas trufas de café, nuez y mazapán dedicadas al gran compositor barroco.

Los jardines del Palacio de Mirabell.
Los jardines del Palacio de Mirabell.

4. Palacios de estilo rococó con estucados y mármol

Joya de la corona del flamante DomQuartier, el Palacio Residenz fue el lugar elegido por los príncipes-arzobispos para celebrar audiencias hasta que Salzburgo fue anexionada al imperio de los Habsburgo en el siglo XIX. La visita es un recorrido por los suntuosos salones adornados con tapices, estucados y frescos de Johann Michael Rottmayr. En la tercera planta aguarda la Residenzgalerie, una colección de maestros flamencos y holandeses realmente impresionante, con obras de Rubens o Rembrandt, entre otros.

Otro de los magníficos palacios de Salzburgo es el de Mirabell, un espléndido edificio construido por el principe-arzobispo Wolf Dietrich en 1606 a fin de impresionar a su amada Salome Alt. Johann Lukas von Hildebrandt, arquitecto del Schloss Belvedere, remodeló el palacio en estilo barroco en 1721. Su fastuoso interior, repleto de estucados, mármol y frescos, es de acceso gratuito.

Y un tercer edificio muy representativo de los tiempos de esplendor de Salzburgo es el grandilocuente palacio Leopoldskron, de estilo rococó, a 15 minutos a pie de la fortaleza de Hohensalzburg, en la que se rodó la famosa escena del lago de Sonrisas y lágrimas. Y no es la única escena de la película rodada aquí: el salón veneciano fue utilizado como el opulento salón de baile de los Von Trapp, donde los niños se despedían. Un fastuoso hotel ocupa hoy ese espacio, pero se puede admirar desde fuera.

La tumba de Constanze, la mujer de Mozart, enterrada en Salzburgo.
La tumba de Constanze, la mujer de Mozart, enterrada en Salzburgo.

5. La tumba de la mujer de Mozart

Para entender la historia de Salzburgo también hay que visitar sus iglesias y cementerios. Por ejemplo, la abadía de San Pedro (Erzabtel San Peter), fundada hacia el año 700 por un misionero llamado Ruperto. A pesar de que conserva un pórtico románico original, la iglesia actual es principalmente barroca y está ornamentada con estucos de estilo rococó y estatuas, incluida una del arcángel Miguel hundiendo un crucifijo en la garganta del diablo, y un altar impresionante pintado por Mantin Johann Schmidt.

El cementerio de San Sebastian y sus claustros se hallan detrás de la barroca iglesia de San Sebastián (Sebastianskirche), y fueron diseñados por Andrea Berteleto en 1600. Aquí descansan los restos de varios miembros de la familia Mozart y del físico del siglo XVI Paracelso. Pero el plato fuerte es el mausoleo del príncipe-arzobispo Wolf Dietrich von Raitenau, un elaborado monumento conmemorativo.

Un grupo de personas participan en un taller de canto en las montañas que rodean Salzburgo, el mismo escenario natural inmortalizado en la célebre 'Sonrisas y lágrimas' (1965)
Un grupo de personas participan en un taller de canto en las montañas que rodean Salzburgo, el mismo escenario natural inmortalizado en la célebre ‘Sonrisas y lágrimas’ (1965)

6. En busca de la huella de Sonrisas y lágrimas

Salzburgo es conocida en todo el mundo gracias a que fue inmortalizada en la película Sonrisas y lágrimas. Desde su estreno en 1965, millones de personas de todo el mundo, de varias generaciones, han visto la película y han cantado sus canciones. La película está basada en la historia real de una familia, los Von Trapp, pero si han pasado a la historia es por este musical.

Son muchos los que hacen un circuito por los diferentes lugares de rodaje, como el bosque de esculturas de Mirabeligarten, famoso por la canción Do Re Mi, el convento benedictino Stift Nonnberg, donde se ocultaba la familia antes de huir, o el pabellón de Cumplirás 17 años en el parque de Helibrunn, donde la hija mayor de los Von Trapp se encuentra con su novio, el cartero del pueblo. Para conocer la verdad de esta leyenda del celuloide se puede pasar la noche en la auténtica Villa Trapp, una mansión del siglo XIX en el distrito de Augen.

El circuito para los forofos de Sonrisas y lágrimas debería incluir otros escenarios, como los lagos de Salzkammegut (María hace su aparición en los pastos alpinos al otro lado de la frontera con Baviera). La escena de las monjas bailando de camino a misa en la abadía benedictina de Nonnberg es ficción, pero la verdadera María von Trapp pretendió hacerse monja aquí antes de su romance.

En la Residenzplatz, María canta Tengo confianza en mi y chapotea con los caballos de la fuente. En el palacio rococó de Leopoldskron se filmó la escena del lago. Y la fuente de Pegaso, las escaleras con vistas de la fortaleza, los gnomos del palacio Mirabell incitan a los niños a cantar el Do, Re, Mi. Y hay más: la escuela de equitación de verano en la película es el espectacular escenario del Festival de Salzburgo, donde la familia Von Trapp se gana al público con Edelweiss y escapa de los nazis con Adiós. Y en la última escena de la película, cuando los Von Trapp huyen del país, lo que vemos son las vistas de los Alpes desde el macizo de Untersberg. La auténtica residencia de la familia Von Trapp, que no aparece en la película, es una buena alternativa para alojarse en Salzburgo. Se trata de una elegante villa decimonónica, quizá no tan palaciega como la que sale en la película, pero dotada de atractivas estancias con suelos de madera y una balaustrada donde imitar a la baronesa Schräder. 

Para rodearse del lujo propio de los nobles de aquella época, hay otros muchos establecimientos en la ciudad, como el hotel Schloss Mönchstein, un castillo del siglo XVI en la cima del monte Mönchsberg, rodeado de bosques, que resulta totalmente idílico. Las habitaciones están rematadas con alfombras persas, pinturas y mármoles de Calcuta. Se puede disfrutar de un masaje en el spa, de una cena romántica con velas o incluso de un paseo en helicóptero. 

Y también clásico es el Hotel Sacher, donde han dormido Tom Hanks, el Dalái Lama y por supuesto Julie Andrews, protagonista de Sonrisas y lágrimas, entre otros. Este edificio del siglo XIX a orillas del Salach tiene habitaciones repletas de pinturas y antigüedades, baños de mármol, vistas a la fortaleza o al río, y para compensar los excesos con la clásica tarta Sacher, también un buen gimnasio. Otro clásico es el Hotel Amadeus, muy céntrico, con cinco siglos a su espalda, aires de hotel boutique y toques personalizados como las camas con dosel. 

 7. Excursionismo en el Pinzgauer Spaziergang

La cascada de 341 metros de Bad Gastein, un pueblecito a una hora en coche de Salzburgo.
La cascada de 341 metros de Bad Gastein, un pueblecito a una hora en coche de Salzburgo.

Un nítido cielo azul y un horizonte de cumbres nevadas: es la cresta montañosa del Pinzgauer Spaziergang. Uno puede levantarse contemplando el rosado amanecer en los Dolomitas y recorrer el circuito Zillertal, con sus altos picos cubiertos de glaciares. Se agradece entonces haber llevado las botas de montaña. A los lugareños les encanta decir que la única forma de ver los Alpes austriacos es a pie. Y tienen razón: una incomparable red de senderos y refugios alpinos acerca la naturaleza al viajero. La excursión del Pinzgauer se puede hacer en un día y es moderadamente exigente, pero brinda unas vistas magníficas de los Alpes de Kirzbühel y el parque nacional de Hohe Tauertn.

Hay que partir de Bad Gastein, una maravilla de pueblo con villas de estilo belle époque aferradas a barrancos cubiertos de bosques que se elevan sobre ensordecedores saltos de agua y vistas del corazón del valle de Gastein. El pueblo tiene algo para cada época del año: esquí de primera, senderismo de nivel y fuentes termales elogiadas por sus propiedades curativas. El complejo ha logrado conservar parte de su esplendor del siglo XIX, cuando la emperatriz Isabel (Sissí) acudía a bañarse y a escribir poemas. El principal reclamo de Bad Gastein es una cascada de 341 metros que cae rugiendo por acantilados abruptos hasta formar tres charcas de color turquesa. Su belleza avivó la imaginación de Klimt, Schubert y la emperatriz Sissí.

 8. Eisriesenwelt, un palacio de hielo subterráneo

Las cuevas de hielo (accesibles) más grandes del mundo, las imponentes cumbres de la cordillera del Tennengebirge y una formidable fortaleza medieval son solo alguna de las joyas de Werfen, escapada casi obligada desde Salzburgo. La belleza natural que rodea a esta localidad no ha pasado desapercibida para los productores de Hollywood: fue el escenario de la película sobre la II Guerra Mundial El desafío de las águilas (1968) y también aparece en la escena del picnic de Sonrisas y lágrimas. Tanto la fortaleza como las cuevas se pueden visitar en una excursión de un día desde la ciudad austriaca. 

Interior de la cueva de hielo de Eisriesenwelt.
Interior de la cueva de hielo de Eisriesenwelt.

Las brillantes salas y galerías de las cuevas de Eisriesenwelt parecen sacadas de Las crónicas de Narnia. Este gélido mundo subterráneo, esculpido gota a gota durante milenios en la piedra caliza del Tennengeirge, está compuesto por una red de pasadizos estrechos que suman 42 kilómetros de recorrido (y unos 30.000 metros cuadrados de extensión), y se adentran en el corazón de la montaña. Impresionantes esculturas, brillantes lagos y un sepulcral Eispalast (palacio de hielo) aparecen a medida que el viajero se adentra en este laberinto, lámpara de carburo en mano. Se aconseja ir bien abrigado puesto que las temperaturas suelen bajar de los 0º, incluso en verano.

En cuanto a la fortaleza, el castillo de Hohenwerfen, se divisa desde lejos, sobre un acantilado cubierto de bosques y con los picos del Tennengebirge como telón de fondo. Domina el valle del Salzach desde hace 900 años, aunque su aspecto actual es de 1570. Lo mejor son las vistas sobre Werfen desde su campanario, aunque a los visitantes lo que más les suele gustar son las mazmorras.

9. El pedigrí musical de Salzburgo

En 1920 el trío formado por Hugo von Hofmannsthal, Max Reinhardt y Richard Strauss combinó sus fuerzas para crear el Festival de Salzburgo, cuyo momento más destacado (cada año) es la representación en la Domplatz de la obra teatral Jedermann (Todo el mundo), de Hofmannsthal. Desde entonces, este festival compuesto por una trilogía de ópera, teatro y conciertos de música clásica goza de fama mundial y reúne a algunos de los mejores directores, orquestas y cantantes.

Una banda de músicos ameniza en las calles de Salzburgo el inicio del Festival de Música que se celebra todos los veranos.
Una banda de músicos ameniza en las calles de Salzburgo el inicio del Festival de Música que se celebra todos los veranos.

Alrededor de 250.000 acuden anualmente al festival para disfrutar de cerca de 200 producciones. La programación incluye estrenos teatrales, obras vanguardistas y conciertos de Mozart a cargo de la Filarmónica de Viena, un clásico estival. El barrio del festival, Hofstallgasse, presume de un marco soberbio, ambientado por el vertical perfil de la montaña Mönchsberg. Buena parte de los espectáculos del festival se distribuyen entre los escenarios del teatro Grosses Festspielhaus, con aforo para 2.179 asistentes; la Haus fur Mozart, que ocupa las antiguas caballerizas reales, y la barroca Felsenreitschule. Si se pretende visitar la ciudad durante el festival, se aconseja no dejar nada al azar. Lo recomendable es reservar vuelos, alojamientos y entradas con meses de antelación. Y más aún en 2020, cuando se cumple su primer centenario.

10. Untersberg, el telón de fondo 

Elevándose sobre Salzburgo, en plena frontera alemana, se atisba el escarpado pico del Untersberg, de 1.853 metros de altitud, desde cuya cima se disfruta de espectaculares vistas de la ciudad, el valle del Rositten, las cordilleras alpinas del Tirol, Salzburgo y Baviera. En invierno la montaña es un imán para los esquiadores, mientras que en verano atrae a excursionistas, escaladores y parapentistas. En la estación del teleférico arrancan senderos cortos y bastante fáciles hasta los miradores del Geiereck (1.805 metros) y el Salzburg Hochthron, aunque hay otros que se adentran mucho más en los Alpes.

El macizo montañoso de Untersberg domina las vistas desde Salzburgo.

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Nueva Zelanda: ‘El show de Truman’ hecho realidad

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Estoy de viaje estos días por Nueva Zelanda. No había venido hasta ahora por este rincón del mundo y me apetecía conocer este país y tratar de entender por qué atrae tanto a los viajeros. Tras dos semanas de viaje creo que empiezo a descubrir la razón: en Nueva Zelanda todo parece perfecto. El paisaje está hecho por ordenador: tras cada curva aparece una postal más idílica. La oveja puesta en el sitio que mejor compone, los picos nevados como telón de fondo, el prado de hierba de un verde que ni con Photoshop, el pueblecito bucólico en un rincón, el lago en el otro, la montaña de forma singular… Vamos, que ni hecho por encargo.

Atardecer en el monte Cook (3.724 metros), la cima más alta de Nueva Zelanda.
Atardecer en el monte Cook (3.724 metros), la cima más alta de Nueva Zelanda.

Hace poco pasé por el lago Wanaka, una población de la isla del Sur a media hora en coche de Queenstown. Voy con un grupo de viajeros de El País Viajes y todos nos quedamos embobados con la perfección del escenario: el lago de agua azul turquesa, las montañas de cimas nevadas, las casitas de madera monísimas, cada una con su jardín de césped recién cortado, los setos perfectos, el camino que bordeaba el lago con gente feliz haciendo footing, parejas jóvenes empujando el carrito del niño. Nada que distorsionara la paz y la armonía del momento. Si me hubieran dicho que estaba en episodio de El show de Truman me lo habría creído. Hasta estuve tentado de levantar el césped a ver si debajo de esa alfombra perfecta se veía algo de miseria, de basura o de humanidad. Pero nada, no había nada.

La sociedad neozelandesa parece igual de perfecta que el paisaje. En apariencia, claro; quienes viven aquí te dicen que al cabo del tiempo sí ven alguna mancha —pequeñísima— en este currículo perfecto; pero eso algo que no percibe el viajero. Un país con la mitad de extensión de España (260.000 km cuadrados) y solo 4,6 millones de habitantes, 34 millones de ovejas, 12 millones de vacas, 3% de paro, una renta per cápita de 44.000 dólares, agua de sobra, recursos naturales para aburrir y que se sitúa siempre en los primeros lugares de todos los índices de calidad de vida en sus ciudades, ausencia de corrupción, nivel de educación, desarrollo humano y libertad económica… tiene todas las papeletas para ser el país perfecto, El show de Truman hecho realidad, ¿no?

La apacible vida al estilo kiwi.
La apacible vida al estilo kiwi.

Un detalle que da idea del estilo de vida kiwi: un terreno o una casa aislada en la montaña y con difícil acceso es mucho más cara que una en el centro de cualquier ciudad. Porque un neozelandés valora por encima de todo la soledad y la privacidad rodeado de naturaleza.

En verdad Nueva Zelanda solo tiene un pero. Está lejos de todo. Exactamente a 2.000 kilómetros del sureste de Australia y a 2.500 de la Antártida. Lo más cercano que tienes para ir un fin de semana es Nueva Caledonia, Fiji o Tonga. Aunque este aislamiento más que un problema es su razón de ser, el motivo por el que Nueva Zelanda es como es.

Salto en 'bungee jumping', desde el puente del río Karawau, donde empezó el 'bungee' comercial.
Salto en ‘bungee jumping’, desde el puente del río Karawau, donde empezó el ‘bungee’ comercial.

Para un viajero es sumamente fácil moverse por el país. Tiene mucho éxito la fórmula autocaravana. De hecho, en la carretera y en los aparcamientos de los espacios naturales te cruzas con docenas de ellas tripuladas por el mismo perfil de viajero: parejas jóvenes, ataviadas con ropa de montaña, ávidas de aventuras al aire libre. Y de ellas en Nueva Zelanda tienes todas las que quieras. Aquí se fundó en 1988 la primera empresa comercial del mundo de bungee jumping (salto al vacío sujetado por una cuerda elástica a los pies). La creó A. J. Hackett, uno de los cinco pirados estudiantes de Oxford que en los años setenta, después de ver un documental de cómo saltaban al vacío de forma ritual los aborígenes de la isla de Pentecostés (Vanautu, Pacífico Sur) se decidieron a emular la hazaña. Hackett fue el inventor de la cuerda elástica, la patentó y hoy es uno de los hombres más ricos de Nueva Zelanda. Cosa que no te extraña cuando pasas un rato apostado en el puente Karawau —donde fundó y aún continúa su empresa— y ves lanzarse cada dos minutos a un turista (mayoritariamente chino) ávido de emociones fuertes tras pasar por caja y dejarse 205 dólares neozelandeses (132 euros).

Queenstown, una de las ciudades más bonitas del país, ubicada en las riberas del lago Wakatipu, en la isla del Sur, es una especie de Sodoma y Gomorra de los deportes de aventura: usted traiga dinero, que nosotros ya se lo sacaremos ofreciéndole todo tipo de posibilidades para descargar adrenalina, desde un recorrido muy loco en jetboat por el río Shotover a un salto de skydiving indoor en una nave industrial.

Si vienes a Nueva Zelanda, tráete un buen par de botas. Es un país para caminar, sobre todo la isla del Sur.  El 20% de su territorio es espacio protegido y la red de senderos en parques nacionales es enorme y suelen estar muy bien mantenidos. Si te va la vida urbana, quizá este no sea tu destino. Pero si lo que buscas es una naturaleza exuberante y paisajes de postal, Nueva Zelanda no te defraudará. No olvidemos que aquí se rodó la celebérrima saga de J. R. R. Tolkien. “En este país tenemos tres industrias», me decía un amigo neozelandés: «la carne, la leche y El señor de los anillos”. Porque buena parte de los casi cuatro millones de turistas que vienen al año lo hacen atraídos por los paisajes de la trilogía.

Paisaje litoral de la reserva marina y parque nacional Westland, en la escarpada costa oeste de la isla del Sur.
Paisaje litoral de la reserva marina y parque nacional Westland, en la escarpada costa oeste de la isla del Sur.

Estos son los mejores parques y áreas protegidas que te recomiendo para caminar en la isla del Sur:

Parque Nacional Mount Cook: la cima más alta del país, con 3.774 metros. El lugar donde se inició en el alpinismo Edmund Hillary, el primer humano, junto con el sherpa Tenzing Norgay, en hacer cumbre en el Everest (tiene estatura y museo propios en el lugar).

Lagos Tekapo y Pukaki: antesala del monte Cook, con preciosas vistas de los Alpes del Sur (que se reflejan en sus aguas) y senderos para circunvalarlos.

Milford Sound: el más bello y fotogénico de los 14 fiordos neozelandeses. Hay barcos que los recorren en paseos de unas dos horas de duración.

Fran Josef y Fox Glacier: dos glaciares que desaguan hacia la costa oeste de la isla del Sur. Impresiona ver lenguas de hielo rodeadas de un bosque templado húmedo con la frondosidad de una selva: por desgracia están en regresión y solo se ven bien desde un helicóptero.

Parque nacional Abel Tasman: parque marítimo-terrestre con bellísimas playas y cubierto de bosque templado húmedo primario. Solo es accesible en barco desde la localidad de Kaiteriteri.

– Malborough Sound: un conjunto de rías y ensenadas en el extremo norte de la isla del Sur con algunos de los mejores bosques costeros. La red de senderos es amplia, incluido uno de los más famosos del país: el Queen Charlotte Track.

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Once destinos de récord Guinness que invitan a viajar (y uno de ellos es Madrid)

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  • 1 Dos siglos endulzando la vida de niños y adultos Situada en la encantadora localidad de Pately Brigde, entre los verdes valles de neblina perpetua de Yorkshire Dale (al norte de Inglaterra), está la tienda de golosinas más antigua del mundo, aunque sus dueños han preferido no cambiarle el nombre y el establecimiento se sigue llamando The Oldest Sweet Shop in EnglandEl libro Guinness de los Récords la incluyó en su listado de registros imposibles en 2014. Pero su aventura arrancó casi dos siglos antes, en 1827. Desde entonces endulza la vida de niños y adultos con sus chucherías vintage y su cuidada selección de chocolates en un espacio de bonita decoración. Entre sus top sellers están los balines de regaliz mentolado recubiertos de una fina capa de caramelo, un básico para cualquier chaval que creciera en la década de 1980. Desde hace años su tienda online distribuye dulces a Inglaterra y al resto del planeta. “Amamos los dulces y queremos compartir nuestra pasión con todo el mundo”, aseguran en su web.
  • 2 Mesa y mantel con 300 años de historia Francisco de Goya, Benito Pérez Galdós, Ernest Hemingway o Truman Capote disfrutaron de copiosas comidas sobre sus finos manteles. Y muchos de ellos trasladaron sus vivencias gastronómicas a sus obras inmortales. Con 300 años de historia, Casa Botín, en Madrid, ostenta desde 1987 el título de restaurante más antiguo del mundo. Fundado en 1725, este establecimiento decano sirve una cocina castellana tradicional en la que sobresale la sopa de ajo con huevo, el revuelto de la casa, las almejas al Botín y el solomillo. Y, por encima de todo, el cochinillo con 21 días cumplidos que sirven asado en un horno de piedra construido en 1868. El hecho de que no haya cesado su actividad un solo día, ni durante la Guerra Civil, fue determinante para otorgarle el galardón Guinness en detrimento de otros restaurantes con mayor antigüedad. A un paso de la plaza Mayor, Casa Botín es parada obligada para turistas extranjeros y un emblema perpetuo de la capital de España.
  • 3 Un espacio natural del tamaño de dos Españas Tiene dos veces el tamaño de España y más o menos el mismo que Egipto. El parque nacional del Noreste de Groenlandia es el espacio natural protegido más grande del mundo, con una extensión de 972.000 kilómetros cuadrados. En este inhóspito territorio polar no vive nadie, a excepción de una treintena de militares que habitan los distintos puestos del Ejército danés en la región. La isla sobre la que se asienta esta vasta zona natural, en la que se concentra el 40% de la población mundial de bueyes almizcleros así como osos polares y renos, es también la más grande del mundo. En la foto, las montañas reflejadas sobre el agua del fiordo Kaiser Franz Josef, en el parque natural del Noreste de Groenlandia.
  • 4 El mejor mirador de Las Vegas, a 167 metros de altura Una mastodóntica inversión —500 millones de dólares— para poner en pie la noria de observación más alta del mundo. Desde su inauguración en abril de 2014, High Roller se ha convertido en un símbolo del atractivo inagotable de Las Vegas (Estados Unidos), cuyo skyline ha modificado para siempre con sus imponentes 167 metros de altura que rasgan el cielo de la ciudad del juego. Cuenta con 28 cabinas, con capacidad para 40 personas cada una. Eso sí, subirse a ella no es barato: 30 dólares (unos 27 euros) por una experiencia de media hora en la que poder observar el inagotable influjo de los neones intermitentes de hoteles y casinos.
  • 5 Dubái, una metrópoli de récord Si existe una ciudad de récord, esa es Dubái. Excesiva y ambiciosa, la ciudad de Emiratos Árabes busca romper moldes constantemente. Lo hizo a lo grande el 4 de enero de 2010 cuando el Burj Khalifa se convirtió en el rascacielos más alto del mundo. Con 828 metros y 192 plantas, la mayoría de ellas destinadas a uso residencial, esta mole espigada desbancó del primer puesto al Taipei 101 en Taiwán, que mide 300 metros menos. Y es que Dubái se alimenta constantemente de la capacidad del ser humano de superarse a sí mismo. Buena muestra de ello es el Dubái Mall, el centro comercial más grande del mundo, con 502.00 metros cuadrados, más de 1.200 tiendas y 14.000 plazas de parking. El hotel más alto del planeta también se abrió en esta ciudad en 2013: el Marriott Marquis, con sus 1.608 habitaciones y 355 metros de altura, pulverizó el récord que ostentaba hasta entonces el Hotel Everest View, en Nepal.
  • 6200 kilómetros jalonados de botellas de vino Nada hace pensar a priori que la bodega de vinos más grande del mundo esté en Moldavia, país que cuesta ubicar en el mapa de los grandes productores de vino. Pero los 200 kilómetros de galerías subterráneas de la bodega bodega Milestii Mici, a escasos 30 kilómetros de Chisinau, la capital de esta antigua república soviética, albergan más de millón y medio de botellas. La primera fue almacenada en 1968 y, cada año, se incluyen nuevas cosechas. Entró en 2005 en El Libro Guinness de los Récords y sus vinos más cotizados son los de la añada de 1973, que alcanzan un precio por botella de 500 euros.
  • 7La gran estructura del Imperio Romano El Muro de Adriano, que recorre de costa a costa el norte de Inglaterra a lo largo de 75 millas romanas (117,5 kilómetros) en medio de un paisaje impactante, fue la inspiración de George R. R. Martin para la Muralla de Hielo que separa los Siete Reinos de las tierras salvajes en la serie Juego de tronos y de uno de los grandes poemas de W. H. Auden, Roman Wall Blues: «El día en que sea un veterano tuerto / No haré otra cosa que mirar al cielo». El emperador Adriano fue quien ordenó crear esta muralla de piedra con una anchura máxima de tres metros y una altura nunca superior a los seis metros. Construida entre los años 122-126 d.C, es la estructura más grande creada por los romanos a lo largo de su historia.
  • 8 Una piscina de 14 plantas y 42 metros de profundidad El pueblecito italiano de Montegrotto Terme (Padua), conocido por las propiedades curativas de sus aguas termales, cuenta entre sus atractivos con la piscina más profunda del mundo. Esta gigantesca balsa de agua dulce, con catorce plantas y 42 metros de profundidad, forma parte de las instalaciones del hotel Millepini Terme y fue inaugurada el 5 de junio de 2014. La temperatura de sus aguas oscila entre los 32 y los 34 grados, por lo que sumergirse en ella siempre resulta una experiencia agradable. La piscina cuenta con cuevas submarinas y un túnel transparente bajo el agua para que aquellos que no quieran mojarse puedan disfrutar de la experiencia de nadar en una piscina de récord.
  • 9 Un pasadizo de 31 centímetros para esconderse Estrecha, angustiante, minúscula… Los adjetivos se quedan cortos para describir la sensación de atravesar la calle más estrecha del mundo, en la localidad medieval alemana de Reutlingen. Se llama Spreuerhofstraße y en su parte más angosta, entre pared y pared, solo hay 31 centímetros de separación por los que difícilmente cabe una persona de canto. La calle fue construida en 1727 después de que un devastador incendio redujera a cenizas la inmensa mayoría de las viviendas de esta ciudad de 100.00 habitantes. Y su estrechez se explica por el intento de evitar la propagación rápida de las llamas.
  • 10 Adrenalina a 205 kilómetros por hora «No está permitido el acceso con teléfono móvil. Por favor, dejen el aparato en los casilleros». La advertencia que se hace a los pies de la montaña rusa más grande del mundo, en Jackson (Nueva Jersey, Estados Unidos), no es ninguna broma. La explosiva mezcla de adrenalina y velocidad de Kingda Ka no tiene rival desde 2005. Una vez se alcanza la cima de este esqueleto de acero de 139 metros de altura, el trenecito enfila una vertiginosa bajada en la que se alcanza una velocidad de 205 kilómetros en tan solo tres segundos y medio. Una aceleración que ni los deportivos más exigentes pueden alcanzar sobre el asfalto. “Kingda Ka hace morder el polvo al resto de montañas rusas”, aseguran en su página web. Tienen toda la razón.
  • 11 Una fortificación con crías de dragón El castillo de Predjama es uno de los lugares más visitados de Eslovenia. Clavada como una chincheta sobre la montaña y asomada a un precipicio de 123 metros, la fortificación es la más grande de este tipo que se puede hallar en el mundo. Su rocambolesca ubicación le ha conferido una mayor protección ante los múltiples enemigos que la han asediado a lo largo de los siglos. Posiblemente por eso se ocultaba allí el barón Erazem Lueger, una especie de Robin Hood en la tradición literaria eslovena, después de asaltar a los comerciantes que cubrían la ruta entre Viena y Triste en el siglo XVI. Pese a su verticalidad y difícil acceso, es la puerta de entrada a la cueva de Postjna, un sistema de laberínticas cavernas en las que habitan unos anfibios albinos que cuando se descubrieron hace más de 400 años se creyó que eran crías de dragón.
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Una ruta literaria por los inhóspitos paisajes de Yorkshire

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Para llegar a Haworth (West Yorkshire), lo más fácil es tomar, en Mánchester o en Leeds, uno de los muchos trenes que van hasta Hebden Bridge, y en la propia estación, el llamado Brontë Bus, que tarda algo más de media hora y que nos deja muy cerca de la casa museo de las hermanas (el Brontë Parsonage Museum). Cuando el autobús empieza a subir, serpenteando por una carretera local, el paisaje es de una belleza abrumadora. Hay bandadas de cuervos y azores graznando sobre los páramos cubiertos de rocas, helechos y musgos. Pero es al llegar al pueblo cuando todo estremece: el dialecto áspero, musical y brusco de la gente de la zona, las calles empinadas y oscuras, el rugido del viento, las tumbas del cementerio derrumbadas y comidas por las ortigas y el olvido, la sobria rectoría, en cuyo interior todavía palpitan los objetos y los muebles de la familia. Y es que, como dijo el poeta Seamus Heaney, esta zona de Yorkshire se nutre de un “paisaje primitivo donde las piedras gritan y los horizontes sufren”. 

Fachada del Brontë Parsonage Museum, la casa familiar de las hermanas Brontë en el pueblo inglés de Haworth.
Fachada del Brontë Parsonage Museum, la casa familiar de las hermanas Brontë en el pueblo inglés de Haworth.

¿Es esta Cumbres Borrascosas, una de las mansiones que se describen en la famosa obra homónima de Emily Brontë?, es lo primero que nos preguntamos al entrar en el Parsonage. Pues sí y no, porque, aunque tiene mucho que ver, en realidad Emily se inspiró en un cobertizo de un lugar llamado Top Withens, a casi cinco kilómetros de allí, y que es hoy parte del recorrido por los parajes de las Brontë. Pues sí y no, porque, aunque tiene mucho que ver, en realidad Emily se inspiró en un cobertizo de un lugar llamado Top Withens, a casi cinco kilómetros de allí, y que es hoy parte del recorrido por los parajes de las Brontë.

Gorros victorianos en una vitrina del Brontë Parsonage Museum, en Haworth.
Gorros victorianos en una vitrina del Brontë Parsonage Museum, en Haworth.

Huyendo de las rígidas ataduras de la Inglaterra victoriana, en la casa que es hoy museo se recluyeron las hermanas para escribir obras que ya son clásicos como Jane Eyre o Cumbres borrascosas. Las habitaciones se han conservado tal y como estaban, de modo que el visitante se puede imaginar a sus moradores a lo largo del tiempo: las niñas jugando en el office, Emily pelando patatas en la cocina o practicando escalas en el piano, o Charlotte vistiéndose para su boda. Y es que el misterio que ejerce el Parsonage en el visitante tiene mucho que ver con la narrativa doméstica en torno a la cual se articulan los objetos, los muebles y las estancias: el cuarto de los juegos es el mismo en el que la Emily adulta dormía, y donde se cree que salvó a su hermano Branwell de un incendio; junto a esta habitación está el lugar donde el reverendo Patrick Brontë tuvo que lidiar con el delirium tremens de su hijo; el comedor en el que Charlotte, Emily y Anne caminaban en torno a la mesa redonda, discutiendo los planes del día, es también la estancia que contiene el sofá en el que murió Emily, y la verja que Charlotte cruzó para contraer matrimonio es también la verja a través de la cual fue transportado su ataúd el día de su entierro. Siguen ahí también objetos originales: la copia del famoso retrato realizado por Branwell—el original se conserva en la National Portrait Gallery de Londres— de Anne, Emily y Charlotte; cartas a medio escribir, un tintero, una taza de té, un periódico sobre el escritorio del reverendo, unos trapos de cocina, los dibujos de Branwell, el piano, una cama con dosel o unas lámparas de aceite que nos meten de sopetón en el ambiente.

Un retrato de Charlotte cuelga sobre la chimenea del comedor de la casa museo de las hermanas Brontë en Haworth.
Un retrato de Charlotte cuelga sobre la chimenea del comedor de la casa museo de las hermanas Brontë en Haworth.

Todo ello, además, intercalado con paneles que proporcionan información sobre la biografía de la familia y que nos acercan a la tragedia que vivió. Porque, si hemos dicho que el entorno del Parsonage estremece, aún produce una impresión mayor descubrir que fue el padre de las escritoras, el reverendo Patrick Brontë —un irlandés de origen campesino que estudió gracias a una beca— quien sobrevivió y enterró a toda su familia, seis personas en total, con edades comprendidas entre los 11 y los 39 años.

Todo estremece: el dialecto áspero, musical y brusco, las calles empinadas y oscuras, el rugido del viento, las tumbas del cementerio derrumbadas

Además de callejear por Haworth, así como visitar la iglesia, el cementerio y la escuela, uno puede conocer los inspiradores parajes por los que paseaban las hermanas. Aparte de Top Withens, merece la pena sentir el viento y escuchar el chillido de las piedras de camino al puente y las Brontë Waterfalls. Merece la pena mancharse los zapatos de barro y pincharse las pantorrillas con los cardos y los brezos para llegar al Ponden Kirk, una gran piedra granítica con poderes mágicos: la leyenda dice que si una chica atraviesa gateando el gran agujero al pie de la roca, se casará ese año.

La antigua farmacia Rose & Co Apothecary, en el pueblo de Haworth. H & D
La antigua farmacia Rose & Co Apothecary, en el pueblo de Haworth.

Pero esta zona de Inglaterra no es exclusiva de las Brontë. En Yorkshire nacieron también, entre otros, los dramaturgos John Arden y Alan Bennett, y los poetas W. H. Auden y Ted Hughes. Este último, casado con la poeta americana Sylvia Plath, vivió un tiempo en Heptonstall, muy próxima a Hebden Bridge, ciudad mercado del valle de Upper Calder, en el que cogimos el autobús y al que ahora regresamos. Es un placer pasear por sus ordenadas calles adornadas con cestones de flores, por su plaza o por la ribera del río Calder, así como comer un sunday roast (rosbif, patatas asadas, verdura y Yorkshire pudding) en uno de sus pubs.

Una ruta literaria por los inhóspitos paisajes de Yorkshire
COVA FERNÁNDEZ

El último reino celta

A tres kilómetros de Hebden Bridge está Heptonstall, que fue especialmente significativo para Hughes, y uno comprende de inmediato por qué la naturaleza (cardos, helechos, viento…) y los animales (zorro, cuervo, azor, caballos, lucios…) tuvieron tanta presencia en su obra. En él se erguía el principal baluarte de Elmet, el último reino celta que hubo en Inglaterra, y que el poeta fundió con Yorkshire en el poemario Remains of Elmet. En Heptonstall se halla también The Beacon, la casa de sus padres, donde vivió con Sylvia Plath cuando acababan de casarse y desde la que visitaron la parroquia de las Brontë. De esta visita salió el poema de Plath titulado Cumbres borrascosas. En este caso, la poeta no volvía a contar la historia de las Brontë, sino que usó las imágenes de los sombríos páramos para transmitir su propio estado de ánimo desolado (“El viento doblegando todo en una única dirección / noto cómo intenta / extraerme el calor”). Dos años más tarde, a la edad de 30 años, se suicidó y, por deseo de su marido, fue enterrada en el cementerio de Heptonstall. Su tumba, en la que se puede leer: “En memoria de Sylvia Plath Hughes, 1932-1963. Incluso entre las llamas ardientes puede cultivarse el loto dorado”, fue desde el principio centro de peregrinación de muchos lectores y objeto de una intensa polémica. En varias ocasiones unas manos anónimas (la prensa británica apuntó a que se trataba de grupos feministas) hicieron pintadas y borraron el apellido Hughes. El estremecedor y bellísimo poema de Ted Hughes titulado Los perros se están comiendo a tu madre, dirigido a su hija Frieda, da cuenta de esa época en que críticos, biógrafos y estudiosos no cesaban de cebarse con el cadáver de Plath.

En Hebden Bridge es un placer pasear por sus ordenadas calles adornadas con cestones de flores, por su plaza o por la ribera del río Calder

Muy cerca de The Beacon, hundida en el valle, está Lumb Bank, la casa que Hughes compró en 1969. Allí se trasladó con sus hijos y con su amante Brenda Hedden. Unos años después alquiló la casa a la Fundación Arvon, una organización de escritura creativa en la que había estado involucrado que sigue organizando residencias y cursos. Desde ella se ven las chimeneas del poema Lumb Chimneys y uno entiende las palabras con las que Hughes definió su tierra: “Al oeste de Yorkshire… nada consigue huir del todo hacia la felicidad. La gente no acaba de desligarse de la piedra, como si la mitad de su cuerpo aún estuviese en la tierra, y las tumbas están demasiado cerca de la superficie”.

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