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Amor y Sexo

Destrucción

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¿Qué recuerdo? Cada parte. La muesca que se le dibujaba junto a la boca al encender un cigarro; la forma en que fruncía el ceño cuando se reía con pavor, como si se escandalizara por reírse tanto. La raíz espléndida del cuello, la clavícula como una cruz pagana. Tenía unos hombros inexplicables, los hombros de alguien que sufre mucho pero que quiere seguir vivo. Yo era muy joven y él también, y a veces, antes de acercarse, me miraba como si estuviera por cometer un acto sagrado o un sacrilegio. Tenía en el rostro un dolor clásico, una elegancia drástica. Me gustaba, como nos gusta a tantos, que fuera un hombre herido y viera en mí una posibilidad de redención (que yo no iba a darle). Estaba roto, como yo lo estaba, pero su catástrofe era serena y yo, en cambio, era un diablo emergido de una pampa quemada sin sitio al cual volver. Al principio quiso irse, pero lo retuve de manera simple, diciéndole: “Si te vas me da igual”. Hasta que quiso quedarse irreversiblemente. Yo me sentía curiosa y cruel, pero también gentil y emocionada. Había algo en él. Una especie de calma dramática, contagiosa. Un día llegó a mi trabajo con un ramo de flores. Yo no lo esperaba. Sonriendo, tímido y sin trampas, me dijo cosas. Todas las cosas que todos quieren oír alguna vez. Yo reaccioné como una hiena espantada, como un chorro de luz negra, muriática. Recuerdo que en el antebrazo tenía un músculo magnífico. Cuando se tensaba hacía pensar que todo en él estaba hecho de un material fresco, noble y tenaz: que podía llevar la carga. Era un hombre. Al que severa, grave, meticulosamente hice pedazos. No he venido aquí a pedir disculpas sino a decir que arrojen la primera piedra. Todos hemos sido, alguna vez, el monstruo de alguien.

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Cuando aquello no hay quien lo levante

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Uno de cada cinco españoles tiene problemas de disfunción eréctil y en este espectro entran todos los mayores de edad. La disfunción eréctil es uno de los problemas que más se tarda en reconocer. Pocos son los valientes que antes de ir a casa a terminar la faena, reconozcan, por si acaso, que lo mismo aquello no se levanta. El consumo de drogas, el alcohol y el tabaco influyen directamente en el tema, pero llama la atención que el 20% de los afectados ni siquiera esté diagnosticado. El español aún es reticente a aceptar que, quizás, no cumple los estereotipos. La masculinidad mal entendida hace que muchos lleguen al médico después de haber sufrido innecesariamente. Cuanto antes se acuda al especialista, mejor. Entre otras cosas, porque lo primero que hará el doctor será un control y comprobar cómo está ese hombre del corazón. Muchos de los enfermos de cardiopatías dieron señales de disfunción eréctil antes de que el corazón diera muestras de que había un problema. Aunque solo sea por seguridad, si no se pone dura vaya al médico.

«Cuando un hombre tiene disfunción eréctil un par de veces se raya», admite Javier Mayor de Castro, urólogo del Hospital Gregorio Marañón de Madrid.»Los problemas de erección son diferentes si son puntuales o si se producen la mayor parte de las veces. Si es puntual, no pasa nada. No es raro que pueda ocurrir por tensiones y presiones laborales o por consumo, incluso esporádico, de drogas. Si luego ese mismo hombre que no ha conseguido la erección puede masturbarse y tener un orgasmo, lo que hay que elegir, a veces, es si fiesta o sexo».  Mayor de Castro remarca que una de las primeras cosas que se hace es distinguir si el problema es físico o psíquico: «La erección requiere un delicado equilibrio entre excitación y relajación (sistemas simpático y parasimpático). La presión, en la cama, nunca es buena».

«Cuando es un problema físico las erecciones nocturnas, también, desaparecen»

La parte mental es importante cuando hablamos de erecciones. Y los factores, muy variados. Se puede desear muchísimo a alguien y no conseguir una erección por el simple hecho de sentirse cohibido. No hay que demostrar nada por mucho que te metas en una cama. «Si alguien no tienen erecciones por un tema mental, ese problema mental se desbloquea dormido. Los hombres tenemos erecciones espontáneas por la noche, no en relación con sueños eróticos, sino que suceden. Cuando es un problema físico las erecciones nocturnas, también, desaparecen», continúa el experto. Se controlará la testosterona para comprobar si existe un déficit que dificulte las erecciones, los problemas vasculares que pueden desencadenarla son varios, así que el examen médico será de los más completos. A veces, incluso, la falta de erección puede estar motivada por algún asunto nervioso de la pelvis.»Si es un problema de mal riego sanguíneo, conviene dejar completamente, si se toman, las drogas y el alcohol, y mejorar la salud cardiovascular. Bajar de peso, hacer deporte, controlar la tensión y el colesterol te hacen mantener el mástil por todo lo alto. Si el problema de la erección es psicógeno, tomará sildenafilo (el compuesto de la Viagra) para las relaciones sexuales y se aconsejará terapia con un psicólogo especialista en sexo. La impotencia se cura en la mayoría de los casos provocados por un problema psicológico, algo que ocurre entre los más jóvenes. Son más problemáticas las que son consecuencia de problemas vasculares. Y en esos casos, sildenafilo en pastillas o líquido y, en los casos más graves, las prótesis de pene dan muy buenos resultados», subraya Mayor de Castro.

Admitamos que una disfunción eréctil puede aparecer en el momento más inoportuno. Y que habrá que reaccionar ante ella. Lo primero, recordar, que, afortunadamente, el coito no es lo único bonito (y efectivo del sexo). El hombre que no erecciona agradecerá las muestras de cariño, masajes y mimitos que reciba de la persona a la que no pueda empotrar. El sexo oral es una gran alternativa cuando aquello no haya quien lo levante. Ambos podrán llegar al orgasmo. Delicadeza, cuidado, cariño, mimo y variedad de juegos que estimulen aquello. El orgasmo y la eyaculación son dos cosas diferentes que acontecen, incluso, en momentos diferentes y se puede eyacular sin ereccionar. A pesar de que la disfunción eréctil es un problema que afecta a la sexualidad, y por ende, a la pareja, solo el 30% de los afectados acude al especialista con sus parejas, cuando su presencia y testimonio ayudará a arreglar el tema mucho antes que si el hombre acude solo.

Qué mal entendimos aquello de que el valor se demostraba poniendo los huevos encima de la mesa.

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De los falos de piedra al succionador de clítoris (con sus peligros)

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Imagino a esa mujer de la edad de piedra tallando su propio gozador. La imagino como las hembras de En busca del fuego (1982), de Jean Jacques Annaud, peleando por las llamas de una tea, porque el fuego significaba supervivencia. Ellas esculpían su propio fuego. En Tubinga, Alemania, hallaron yacimientos en unas excavaciones que no dejaban lugar a duda de que las mujeres, hace 30.000 años, fabricaban falos de piedra. Con sus dibujitos y sus relieves, incluso. Pocas cosas me gustarían tanto como saber si se recomendaban o prestaban entre ellas los artilugios. Cualquiera sabe que, como encuentres un buen masturbador, debes comunicárselo a tus amigas. No creo que en la prehistoria fuera muy diferente.

Esta es la razón por la que el succionador de clítoris ha triunfado, convirtiéndose en el aparato estrella de este 2019,  gracias a las millennials que se lo regalaron entre ellas. Lo magnífico del aparato es que consigue, con sus vibraciones, estimular el clítoris que, irrigado, se adentra dentro de nuestro cuerpo. Los casi catorce centímetros que puede llegar a medir, sienten esas vibraciones. Venus O’Hara, probadora profesional de juguetes sexuales, lo define como «orgasmos que te atracan». Ahí radica su única pega: es tan fácil conseguirlo que siempre triunfa y en el sexo, la exclusividad no funciona: «El succionador es un gran invento, una vez más se demuestra la importancia del clítoris, muy por delante de la penetración», admite Carol Armero, sexóloga, «Pero no podemos usarlo en exclusividad», advierte, «Las ondas que consigue en su vibración no se pueden reproducir con las manos y el tejido del que está hecho el clítoris se vuelve insensible a una estimulación con menor potencia.» La sexóloga recomienda incorporarlos a los juegos en pareja, para que hombre y aparato se fundan en uno: «Jueguen a ser masturbadas con el succionador y con la lengua de la pareja, a que los dedos y el aparato recorran los rincones de ambos. Si solamente llegas al orgasmo de un modo, se vuelve rutinario».

De las abejas de Cleopatra a las torturas de la Inquisición

Pero el succionador es el último de una larga historia de juguetería sexual.

Hay pergaminos con representaciones fálicas y literatura que especifica que Cleopatra se masturbaba con cilindros de cuero en cuyo interior disponían abejas. Los insectos, volando desquiciados dentro, provocaban la irrigación que la reina de Egipto gustaba entre sus piernas. Dicen que Julio César le regaló un dildo de oro macizo, incluso. El S. XVI con el Concilio de Trento relegó la sexualidad al mismísimo infierno. La mayoría de las condenas inquisitoriales versaron sobre asuntos sexuales. Del placer sexual con aparatos se pasó al dolor más absoluto. La pera era una tortura que se introducía en la boca, la vagina o el ano, dependiendo del pecado: oral para el que cometía herejía, la vaginal para las mujeres que tenían relaciones sexuales con Satanás o un familiar (entraban, por supuesto, las hijas violadas por los padres) y anal para aquellos que eran sospechosos de practicar sodomía. La pera se agrandaba por medio de un tornillo y en las separaciones aparecían púas que desgarraban los tejidos. La religión, en su línea.

Tuvo que llegar el Renacimiento para que hasta las vírgenes se desnudaran, máximo culmen del arte erótico. La cultura y el arte favorecieron que en Roma existieran las tiendas en las que se vendían formas fálicas, casi siempre de madera. En tarritos pequeños disponían el aceite de oliva, magnífico lubricante. En la época victoriana, para calmar lo que llamaban histeria (que sería hartura femenina) se centraron en los pliegues de las entrepiernas femeninas. La jugada consistía en masturbar con los dedos a la señora quien, imaginen, costaba que llegara al clímax. El orgasmo se consideraba la respuesta médica para sus problemas mentales, pero las sesiones tenían que ver poco con la intimidad. El doctor no siempre sería el amante idóneo para las enfermas, quienes acudían a la consulta con esposo e hijos.  Allí se abrían de piernas y un desconocido procedía. El primer aparato con rotor lo fabricó uno de estos médicos, John Mortimer Granville. No se tiene constancia del masturbador en ningún escrito erótico de la época, pero sí en los apuntes médicos de Mortimer y de los colegas que apoyaron su idea.

Me recuerdo muy pequeña diseñando toda una estrategia para masturbarme. Ponía la almohada doble a los pies de la cama de mis padres y, literalmente, galopaba sobre ella. Lo de la parafernalia cual amazona me brotaba sola. Era más fácil pasar por una vaquera que preguntar por qué me moría de gusto al restregarme contra la almohada. No tuve el infortunio de criarme en una familia ultracatólica, pero dudo mucho que sus hijas no inventen excusas parecidas para obtener placer.

Qué bueno sería para la humanidad que consintiéramos el placer individual y buscáramos cómo conseguirlo.

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Mejorar el sexo para ser una pareja feliz: ¿buena idea o tiempo perdido?

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Vivimos en la sociedad de la felicidad. Ser felices, una idea que, como mínimo, parece relativa, se ha convertido en un imperativo. Por eso surgen cada día nuevos conceptos y fórmulas que pretenden ayudarnos a ser más felices: desde frases de coaching no siempre verosímiles a análisis optimistas sobre el supuesto impacto del neuromárketing, que pretende que encontremos la felicidad disfrutando de un nuevo producto cada día. Sin embargo, absortos por todo lo que nos ofrece el siglo de la felicidad, nos hemos olvidado de las recetas de toda la vida para alcanzar este estado de buenaventura, soluciones gratuitas como, por ejemplo, disfrutar de una buena sesión de sexo.

Por qué es mejor tener sexo que dinero

Pese a lo que se empeñan en decirnos la publicidad, el sexo nos hace más felices que el dinero. Un trabajo de la Universidad de Toronto-Mississauga, en Canadá, analizó las respuestas de 30.000 personas, durante más de 40 años, para concluir que el sexo estaba más fuertemente ligado a la felicidad que el vil metal.

Un estudio de 2015 fue un paso más allá cuando analizó la relación del sexo y la felicidad con 3.800 adultos procedentes de China. El trabajo, publicado en la revista Journal of Economic Behaviour & Organization, afirma que las personas que tenían más sexo y, sobre todo, sexo de mejor calidad, presentaban también una mayor satisfacción emocional y física con su pareja. Sin embargo, había algo que no terminaba de aclarar, y era si la actividad sexual satisfactoria era la responsable de esa mayor felicidad, o si el proceso era el inverso, que las personas más felices eran precisamente las que tenían relaciones sexuales más satisfactorias. Y ese es el quid de la cuestión.

Para poder contestar a la pregunta de cómo el sexo nos ayuda a ser felices, cabe analizar qué nos aporta el sexo para ser realmente más felices. Las respuestas son múltiples, como descubrí cuando escribía el libro Sexo para ser feliz (Libros Cúpula), en el que enumero diferentes razones que relacionan el sexo con la felicidad. Desde un punto de vista puramente biológico, está comprobado que en el momento del orgasmo se segregan una serie de endorfinas, que generan una sensación de bienestar y de felicidad. Cabe recordar que estas endorfinas, que también se segregan, por ejemplo, al hacer ejercicio físico, tienen un papel determinante en cuestiones como el alivio del dolor o en el estado de ánimo, por lo que esa felicidad, a corto plazo, parece estar más que justificada.

Sin embargo, esta no es la única explicación que relaciona el sexo con una mayor felicidad. De una forma más colateral, el sexo también influye en nuestro bienestar, por ejemplo, ayudándonos a liberar el estrés y a conciliar mejor el sueño. Esto es así porque, además de las citadas endorfinas, tras el orgasmo el organismo también produce una hormona llamada prolactina, que genera una sensación de relajación e induce el sueño. También se reduce el nivel de cortisol, otra hormona que en este caso se relaciona con el estrés; está comprobado que el olor de la pareja reduce el nivel de cortisol, sobre todo en las mujeres. Todo ello ayuda a sentirnos mucho más serenos y felices.

Pero a más largo plazo, hay otros motivos que pueden relacionar el sexo con la felicidad. A nivel personal e individual, la satisfacción sexual se relaciona con una mejor autoestima. Los porqués pueden ser diversos, desde verse más atractivo sexualmente, debido a una vida sexual activa, hasta sentirse más satisfecho con la vida, en general, o más queridos por alguien, en particular. Todo ello refuerza nuestra visión sobre nosotros mismos.

De hecho, en el caso de tener una pareja estable, también está demostrado que el sexo frecuente y satisfactorio refuerza el vínculo y, por tanto, la felicidad de ambas partes. En este caso, la culpable es la oxitocina, una hormona que es segregada durante el orgasmo y que genera una mayor sensación de apego con la pareja. Esta misma molécula tiene un papel importante durante la lactancia al reforzar el vínculo entre madre e hijo. La naturaleza es más sabia de lo que pensamos.

Mejor sexo en las personas felices

Si tenemos todas estas conclusiones en cuenta, cabría afirmar que el sexo es el mejor remedio ante un momento de tristeza, de ansiedad, o incluso de depresión. Pero nos daríamos de frente con una realidad: en nuestros peores momentos es precisamente cuando menos nos apetece practicar sexo. Se trata casi de una cuestión de supervivencia, y es que cuando nuestro cuerpo siente ansiedad, reacciona priorizando las funciones básicas, pero bloqueando aquellas que no lo son tanto, como el deseo sexual, tan potente al principio de una relación. Algo así como el modo de ahorro de batería de nuestro móvil, cuando solo nos deja usar las apps más básicas. En los casos más graves, cuando aparece una depresión, una gran parte de los fármacos impactan en la función sexual, bien sea en el deseo, en la excitación o en la falta de orgasmo. Además, este tipo de enfermedades conlleva una gran incomprensión, que suele acabar derivando en problemas de pareja y, en muchos casos, en el distanciamiento.

¿Entonces cómo es posible que el sexo funcione para ser felices? No se trata de una cura milagrosa en sí misma, sino de una forma de retroalimentar un bienestar ya existente. Es decir, que una vez que nos sintamos mejor, practicar más y mejor sexo no solo ayudará a mantener ese estado de felicidad sino que lo reforzará reforzarlo. Se trata de romper el negativo círculo de peor sexo que nos hace más infelices en pareja, y por el que practicamos menos sexo, para girar hacia el lado contrario: tener mejor sexo para sentirnos mejor con nosotros mismos y con el otro.

Quedaría entonces por hacerse una última pregunta. ¿Qué se entiende por “mejor sexo”? No hay una definición para todos los gustos ni una hormona que pueda medirse. Es un concepto subjetivo. Aunque sí hay algunas pistas que señalan que el mejor sexo tiene de nuevo que ver con que las personas se sientan más felices. Por ejemplo, se sabe que un mayor autoconocimiento de nuestro placer, que suele adquirirse a través de la experiencia de los años, refuerza esa satisfacción sexual. Todo ello también demuestra que el sexo no es solo cuestión de práctica, sino también de saberse la teoría, para lo que buscar y documentarse sobre nuevas experiencias, que podamos compartir y comunicar con confianza, parece ser una buena herramienta.

También que la felicidad de la pareja fuera de las sábanas es clave para llevarse bien dentro de ellas. Así, hay estudios que concluyen que las parejas que disfrutan de una mayor igualdad de género dicen estar más satisfechas sexualmente, precisamente porque en sus relaciones sexuales el placer también es igualitario. De esta forma, aunque pueda haber dudas de si fue antes la gallina que el huevo, está claro que el sexo es una de las claves para reforzar la felicidad tanto a corto como a largo plazo, y que para practicar un mejor sexo, el primer paso, también es el de sentirnos más seguros, más comprendidos, más serenos y por tanto, más felices.

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