Connect with us

Salud

¿Gripe, resfriado o sinusitis? Estos son los síntomas y lo que dura cada uno

Publicado

on

El frío ha llegado para quedarse y, con él, los virus y las enfermedades típicas de esta época del año. Aunque hay quien siempre logra librarse —o quien ha tomado precauciones como vacunarse—, es muy probable que caigamos al menos una vez en alguna de las molestias y tengamos que soportar sus síntomas durante algunos días, hasta que vuelva el calor. ¿Pero cuánto tiempo pueden durar la tos la congestión y otros síntomas típicos de estas enfermedades?

Gripe y resfriado: síntomas similares, pero de distinta duración

La gripe es una de las enfermedades más frecuentes del tiempo frío. De ahí que, durante las temporadas de otoño e invierno, se lleven a cabo campañas de vacunación para prevenir su contagio. Todavía estamos a tiempo de inmunizarnos (este periodo acaba el 31 de enero de 2020, aclaran desde el Colegio Oficial de Médicos de Madrid). «Los síntomas de la gripe en personas que no tienen ninguna otra enfermedad suelen durar entre uno y tres días», asegura Belén Padilla, vicepresidenta del Colegio de Médicos de Madrid. Aunque, según los datos del Ministerio de Sanidad, algunos de ellos se pueden alargar hasta dos semanas.

La fiebre, los escalofríos y los dolores musculares pueden durar entre 3 y 5 días; la tos, entre una y dos semanas; la congestión nasal y la falta de energía pueden alargarse entre una y dos semanas. La especialista explica que, para aliviar la fiebre y el malestar físico, «es posible tomar antiinflamatorios, siempre que no exista contraindicación. Nunca debemos combatir la gripe con antibióticos, ya que está producida por un virus y no una bacteria».

El cuadro sintomático del resfriado es muy similar al de la gripe: febrícula (una fiebre ligera, superior a los 37ºC, pero inferior a los 38ºC), rinorrea (mocos nasales que son como agua), tos y dolor de garganta. La diferencia es que en este caso todos ellos son más leves y su duración es menor. Para tratarlos, la experta recomienda antiinflamatorios y, en caso de que los mocos sean excesivos, antihistamínicos.

Otitis y sinusitis: molestias en los oídos y la cara

Otros clásicos de la temporada otoño-invierno son la otitis y la sinusitis. La primera es una molesta y dolorosa infección de oídos, más común en niños que en adultos. Los síntomas comunes pueden ir desde un molesto olor de oídos hasta perdida del equilibrio, dolor de cabeza y fiebre. Lo más habitual, según la Clínica Mayo, es que desaparezca por sí sola pasados unos días, aunque en algunas ocasiones es necesario un tratamiento para paliar los dolores.

La sinusitis, por su parte, es una inflamación de unas cavidades huecas dentro de los huesos de las mejillas, que se encuentran alrededor y detrás de la nariz y los ojos. Su duración depende de la gravedad: en los casos leves —sinusitis aguda— es menos de cuatro semanas, pero si se cronifica puede llegar a superar los tres meses.

Gastroenteritis: de dos a 10 días de malestar

Como ocurre con la gripe y el resfriado, la gastroenteritis y las intoxicaciones alimentarias suelen compartir síntomas. La primera puede producirse por un virus o por una bacteria, lo que hace que varíe la duración del malestar: «Si es vírica suele ser más leve y corta», asegura la especialista. El malestar suele aparecer entre las 4 y las 48 horas siguientes al contacto con el virus o la bacteria, y la mayor parte de síntomas suelen durar un par de días, aunque el cuadro se puede alargar hasta los 10. Las principales molestias son diarrea y vómitos, que duran menos de 2 días (si persiste, es necesario acudir al médico), y el dolor estomacal, que dura unos dos días.

En caso de intoxicación por haber comido un alimento en mal estado, los síntomas son similares, aunque en el caso de la gastroenteritis también puede haber fiebre. El tratamiento pasa por tomar muchos líquidos. «Nunca debemos tomar antibióticos salvo que un médico los recete», concluye la experta.

Salud

Prediabetes: ¿qué pasa cuando el azúcar en sangre está alto pero no es un problema irreversible?

Publicado

on

Millones de personas no tienen en regla su azúcar. Suelen ser las mismas que a menudo afirman, sin darle mucha importancia: «No tengo diabetes, solo un poco de azúcar». Cierto, no son diabéticas, pero sus niveles de glucosa en sangre chivan a sus médicos que algo no va del todo bien. Hace 20 años nació para esas personas un nuevo concepto: la prediabetes, un término para que médicos y pacientes tomen en serio el aumento del azúcar y echarle freno a una posible diabetes tipo 2. Sin embargo, la etiqueta se resiste a bajar a la calle, y a la vez es cuestionada por voces expertas.

Esas posturas críticas las recoge la revista Science en un reciente artículo, que valora la prediabetes como una condición que se suma a la debatida medicalización, con un elevado coste en campañas y tratamientos sin respaldo de evidencia científica. Creada por la Asociación Americana de Diabetes (ADA), la prediabetes se ha propuesto como alternativa al concepto histórico, y mucho más extendido, de glucemia alterada en ayunas. El propósito del cambio es responder al grave aumento de la obesidad y la diabetes a escala planetaria atendiendo a los signos tempranos. Uno de los primeros trabajos en señalar el diagnóstico precoz de diabetes fueron los del doctor Enrique Caballero, de la Escuela de Medicina de Harvard, cuyos resultados indicaban que entre el 5 y el 10% de las personas prediabéticas acaban sufriendo diabetes al año siguiente, y en torno al 50% al cabo de diez años. Esos datos dieron alas a que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos se unieran a declararle la guerra a la prediabetes, entendida como el camino para acabar con la diabetes, una enfermedad que puede derivar en amputaciones, ceguera y ataques cardíacos.

Una prevención discutida

Como casi todo en medicina preventiva, la prediabetes no se salva del debate, y muchos científicos cuestionan la necesidad de identificar y tratar la prediabetes como la define la ADA, entidad que entre 2004 y 2010 amplió el rango de azúcar en sangre considerado como prediabético entre los 100 y 126 mg/dl en vez del margen clásico 110-140 mg/dl, creando decenas de millones de pacientes potenciales de un plumazo en Estados Unidos. «Es controvertido porque abarca a más personas sin un riesgo suficientemente elevado de diabetes», destaca Javier García Sodián, miembro del patronato de la Fundación Red de Grupos de Estudio de la Diabetes en Atención Primaria de la Salud (redGDPS).

Con los años, otros estudios científicos como la revisión de 2018 de la Cochcrane Collaboration, que mostró que el 59% de los pacientes prediabéticos volvieron a los valores glucémicos normales en un margen de uno a 11 años sin tratamiento, han venido a cuestionar la necesidad del diagnóstico prediabético, lo que ha hecho que no pocos especialistas la lleguen a ver en la prediabetes una medida alarmista, sin ver claras sus bondades.

Aunque el consenso médico apoya la dieta saludable y el ejercicio físico regular para tener bajo control el azúcar, y está ampliamente aceptado que unos niveles de glucosa algo elevados pueden evolucionar hacia la diabetes, la divergencia aparece en cuestiones fundamentales. Por ejemplo, en cómo la frecuencia y rapidez con las que las personas prediabéticas progresan a diabéticas, y hasta qué punto la prediabetes es nociva cuando los niveles de un paciente están en el extremo inferior del espectro. De hecho, los CDC, que en un principio defendían que entre el 15% y 30% de los pacientes con prediabetes no tratada desarrollan diabetes a los cincos años, ha rebajado la cifra a la hora de caracterizar el riesgo hasta menos del 2% por año, y menos del 10% en cinco.

Un problema que se puede revertir

«La sociedad ni conoce la prediabetes ni la diabetes. Aunque se estima que 6 millones de personas son diabéticas en España, millón y medio lo desconoce. La prediabetes sirve para localizar a las personas que la tienen. Lo fundamental es entender que la prediabetes se puede revertir, la diabetes no», sostiene Andoni Lorenzo, presidente de la Federación de Diabéticos Españoles (FEDE), que valora la prediabetes como una oportunidad de concienciar a la población ante los datos «terroríficos» de la diabetes en España: 25.000 personas fallecen al año a causa de la diabetes, lo que se traduce en 68 muertes al día.

Para Lorenzo, no es alarmista anticiparse a la enfermedad acortando los niveles, teniendo en cuenta que se diagnostican 1.100 casos de diabetes al día. «Es una forma de cambiar la visión y la metodología del diagnóstico y la prevención. En la calle se banaliza todavía la enfermedad, aunque lideremos las amputaciones relacionadas con la diabetes en Europa y el gasto sanitario supere al del Ministerio de Defensa», observa el presidente de la FEDE.

Una lectura similar comparte el endocrinólogo Alfonso López Alba, responsable de comunicación de la Sociedad Española de Diabetes (SED): «La prediabetes no implica convertir a personas sanas en pacientes, sino que indica estrategias para mejorar la educación terapéutica, pero faltan medidas como la especialización de enfermería como la de otros ámbitos como la cirugía, la psiquiatría y la ginecología. La diabetes es la enfermedad que mejor podemos tratar desde el principio, ninguna otra puede retomar mejor las riendas de nuestra genética por cambiar nuestro estilo de vida, y eso es algo para tener en cuenta cuando sabemos que la diabetes triplica el coste sanitario medio», subraya este especialista.

El beneficio a un coste razonable

En España, el estudio PREDAPS, que durante cinco años ha evaluado la prediabetes, sitúa el corte de nivel de glucosa que mejor predice el desarrollo de diabetes en 110 mg/del, como también defiende la Organización Mundial de la Salud (OMS). «El rango entre 110 y 140 de glucosa tiene un beneficio grande a un coste razonable, pero bajarlo a 100 hace que el coste se dispare con un riesgo bastante bajo. En España, no es efectivo», sentencia García Sodián, coautor del estudio.

Además de la glucemia basal en ayunas, el diagnóstico más utilizado, otros métodos para valorar la prediabetes son la sobrecarga de glucosa, sobre todo en mujeres embarazadas, una toma de entre 75 y 100 gramos de glucosa en ayunas cuyo nivel se mide al cabo de una o dos horas, y la hemoglobina glicosilada, un diagnóstico basado evaluar a los tres meses los glóbulos rojos que se ha incorporado con fuerza en los últimos años, y que establece la prediabetes cuando el nivel supera el 5,7%. «Hemos comprobado que entre el 5,7% y el 6% el riesgo es muy bajo. Para que sea efectivo, debe estar por encima del 6%», señala este médico de familia.

No solo la diabetes está en juego

El riesgo de la prediabetes no se limita a desarrollar diabetes. Se ha visto que entre el 70 y 80% de las personas prediabéticas padecen síndrome metabólico con un mal pronóstico a largo plazo, y también se asocia al sobrepeso y obesidad entre el 80 y 90% de los afectados. «En España, personas con glucemia entre 110 y 126 mg/dl se considera población de alto riesgo, y con la hemoglobina glicosilada entre el 6-6,5%, y las que tienen ambas cosas alteradas tienen un riesgo enorme», describe García Sodián.

A pesar de los riesgos, la desconfianza que planea sobre la diabetes se relaciona con la posible creación de nuevos pacientes para el negocio farmacéutico, algo poco fundamentado según García Sodián, que recuerda que la metformina, indicada para la diabetes, puede reducir el riesgo de desarrollar prediabetes, según la Federación Internacional de la Diabetes, en personas con problemas de peso, menores de 60 años, en las que no funcionaban las orientaciones en el estilo de vida, aunque no está aprobada por las autoridades sanitarias para las personas prediabéticas por falta de evidencia sobre su eficacia. «Hay medicamentos para la diabetes o la obesidad que pueden funcionar, pero el beneficio mayor es la alimentación y el ejercicio, que reduce el riesgo hasta el 60%. Esto va de prevención por los hábitos, más que de medicamentos», concluye este médico de familia.

Sigue leyendo

Salud

La máquina que predice quién enfermará

Publicado

on

Los videojuegos han hecho sin pretenderlo una considerable contribución a la lucha contra el cáncer. Lo explica el matemático griego Nikos Paragios, que se dedica a la mejora del diagnóstico y el tratamiento de los tumores aplicando inteligencia artificial en la Universidad de París-Saclay.

Las unidades de procesamiento de gráficos que desde hace más de 20 años son responsables de crear gráficos en tres dimensiones cada vez más realistas en nuestros ordenadores y teléfonos móviles pueden ser reeducadas para convertirse en efectivos detectores de marcas visuales de cáncer. Este tipo de aplicaciones están ya en un estado de madurez que las hace igual o más efectivas que el ojo humanos para hacer cosas asombrosas, por ejemplo analizar las imágenes por escáner de los pacientes y determinar la dosis exacta de radiación que deben recibir. Esto permite reducir la cantidad de efectos secundarios del tratamiento, algo especialmente útil cuando hay riesgo de dañar órganos delicadísimos como el nervio óptico.

“La idea de usar las matemáticas contra el cáncer es no tratar de validar una hipótesis a priori, sino encontrar cosas que los humanos ni siquiera habíamos podido ver en los datos y que tal vez pueden explicar el éxito o fracaso de un tratamiento”, explica Paragios, que ha visitado España para impartir una conferencia en el congreso anual del grupo de investigación en cáncer de mama Solti.

Escáneres de pacientes sobre los que el sistema de visión artificial identifica los órganos que pueden verse afectados por la radioterapia.
Escáneres de pacientes sobre los que el sistema de visión artificial identifica los órganos que pueden verse afectados por la radioterapia.

Paragios explica que estos algoritmos son en esencia bastante “estúpidos”. Su objetivo es analizar cada píxel de una imagen —por ejemplo, el escáner de un paciente de cáncer tratado con un medicamento concreto— y compararlo con otros repetidas veces sin intentar buscar patrones ni aplicar la intuición. Puro procesamiento de datos: primero se alimenta el algoritmo con decenas de miles de imágenes y, una vez entrenado, se le aporta un nuevo paquete de datos para ver si puede encontrar cosas interesantes.

Paragios dice que estos algoritmos analizaron imágenes médicas de 25.000 pacientes y que expuestos después a unos 30 casos nuevos fueron capaces de mejorar el tratamiento con radioterapia un 17%.

Otra aplicación es analizar datos genéticos de esos 25.000 pacientes en busca de conexiones entre genes responsables de la enfermedad y reducir la lista de sospechosos a solo 27 genes. Estas redes neuronales artificiales pueden hacer esto “a coste cero y en 90 segundos”, según explicó Paragios.

En un tercer caso los investigadores suministraron a sus algoritmos los escáneres de 500 pacientes y les preguntaron si responderían a la inmunoterapia. Solo uno de cada cuatro pacientes de cáncer responde a esta línea de tratamiento. Los algoritmos analizaron 100 características visuales de las imágenes y elaboraron una lista de 10 parámetros capaces de predecir la cantidad de células del sistema inmune que se infiltraron en el tumor para combatirlo, una medida relacionada con la efectividad del tratamiento.

Hay esperanza de que estos métodos puedan cambiar la forma de hacer medicina en este campo

Aunque aún están en desarrollo, este tipo de sistemas pueden optimizar los recursos públicos (cada tratamiento puede llegar a costar 100.000 euros) y evitar muertes, dice Paragios. “Uno de cada cinco pacientes no solo no responde a la inmunoterapia, sino que se ve afectado por ella y puede morir. Lo que hemos visto es que este enfoque puede mejorar la efectividad de los tratamientos entre el 20% y el 60%. Es un estudio pequeño, pero hay esperanza de que estos métodos puedan cambiar la forma de hacer medicina en este campo”, resalta el matemático.

El objetivo es que estas aplicaciones de la inteligencia artificial sirvan para clasificar pacientes, diagnosticar tumores y elegir el mejor tratamiento en función del perfil genético de cada persona, es decir, contribuir a la medicina de precisión.

El ingeniero informático Karim Lekadir quiere aplicar la inteligencia artificial para construir la mayor base de datos de pacientes y tratamientos para el infarto de miocardio del mundo. El proyecto se denomina Eucanshare y está financiado con seis millones de euros por la Unión Europea. Arrancó en 2018 y tiene previsto concluir en 2022. Unirá 35 bases de datos de pacientes cardiovasculares de países europeos —incluida España— y Canadá, hasta aglutinar datos de un millón de personas. Lekadir es el coordinador del proyecto desde la Universidad de Barcelona y su equipo será también el encargado de desarrollar los sistemas de inteligencia artificial que analizarán las imágenes médicas de los corazones y los datos genéticos.

Vamos a intentar predecir quién va a tener un infarto combinando información genética e imagen médica del corazón

“Lo que vamos a hacer es intentar predecir quién va a tener un infarto combinando información genética y de imágenes médicas del corazón”, explica Lekadir. “Es la primera vez que lo hacemos y para que pueda funcionar necesitamos miles y miles de casos”, resalta. En una primera fase el proyecto aplicará sus métodos de análisis a la cardiomiopatía diabética, una dolencia rara del corazón. “Solo el 2% de diabéticos la sufren. El problema es que en ningún hospital del mundo hay suficientes casos para hacer un análisis de datos. Gracias a este proyecto vamos a recopilar historiales de hospitales de Alemania, Reino Unido y Canadá para tener datos suficientes”, señala Lekadir.

“Otro aspecto interesante de este tipo de estudios es que nos permiten ver los efectos de los diferentes entornos en la salud, por ejemplo la dieta o el clima”, añade el informático. En este sentido, Lekadir habla de otro de sus proyectos: construir una gran base de datos de la salud de las personas desde unos meses antes de su nacimiento y hasta que alcanzan la edad adulta. “Aquí la idea es ver cómo lo que pasa en la niñez afecta la salud adulta. En algunos países se empezó a hacer esto en los noventa y están llegando al punto en el que los participantes empiezan a tener enfermedades y pueden estudiar por qué. ¿Tal vez la madre estaba estresada durante el embarazo y todas las hormonas de estrés se trasladaron al niño durante la gestación? Vamos a empezar un estudio similar en enero con unos 100.000 niños de Finlandia, Holanda e Inglaterra. Sería genial hacerlo también en España, pero estas bases de datos son muy caras y por ahora no hay financiación para ello”, señala.

La incorporación de la inteligencia artificial a la medicina también tiene sus problemas. Uno difícil de superar es que los datos médicos no son homogéneos, lo que impide crear grandes bases de datos uniformes. A esto se suma la distinta legislación sobre datos médicos de pacientes de cada país, que en la práctica puede hacer imposible sacar esos datos del país. «Una posible solución es no llevar los datos al lugar en el que haces el análisis, sino llevar las técnicas de análisis a los hospitales y recopilar los resultados», explica Lekadir. Otro problema es que las máquinas no tienen criterio y pueden aprender cosas absurdas, por ejemplo correlaciones entre varios marcadores que no tienen ninguna utilidad, explica Paragios. Además, hay que superar otro problema: demostrar que lo que es cierto para un grupo de pacientes lo es también para otro. Son problemas muy reales que ninguna máquina podrá solucionar por nosotros.

Sigue leyendo

Salud

Perder peso y ganar grasa: la paradoja de hacerse mayor que podemos prevenir desde la madurez

Publicado

on

Por inercia biológica, a medida que un individuo envejece suceden dos cosas: o adelgaza o su peso permanece estable. Pero no engordar no es un acontecimiento ventajoso. Una persona que tenía obesidad, probablemente seguirá estándolo y, en cualquier caso, es casi seguro que la pérdida será de masa muscular, en lugar de una grasa corporal que incluso tiende a aumentar. Además, hay un 25% de hombres y mujeres que continúan ganando peso más allá de los 70 años, y el adelgazamiento que dábamos por sentado en la vejez no empieza a ocurrir hasta pasados los 85. ¿Hay algún modo de desafiar estos patrones naturales? ¿Está en nuestras manos elegir qué composición queremos dar a nuestros cuerpos?

Delgados por fuera, obesos por dentro

La ciencia lleva años desentrañando cómo se transforma el cuerpo a través de la vida y el peso, por su papel para frenar o acelerar el ritmo de envejecimiento, es uno de los actores más interesantes de la historia. Los cambios en la composición corporal, explica Fernando Antonio Pazos Toral, médico especialista en endocrinología y nutrición del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, en Cantabria, se resumen en una disminución de la masa magra del individuo, que es la masa celular de los tejidos y la musculatura, y de la altura, como consecuencia del encorvamiento y de la compresión vertebral.

A partir de los 40, la estatura baja casi un centímetro cada 10 años, un descenso que se acelera después de los 70. Al final de la vida podemos haber menguado entre 2,5 y 7,5 centímetros, según indican los gerontólogos Elisa Corujo y Domingo de Guzmán Pérez. Son cambios que no pasan desapercibidos en el espejo: menos altura, vientre redondeado y piernas y brazos más frágiles, que tienen un mayor riesgo de fractura debido a la porosidad de los huesos. Lo peor es que, a medida que menguan el tejido muscular, el depósito de grasa subcutánea y la masa ósea, la grasa adiposa campa a sus anchas.

Si, en los jóvenes, el tejido adiposo constituye el 20% del peso corporal, a los 75 corresponde al 40%. Esto significa que un anciano, en apariencia delgado, puede ser obeso sin que haya modificado significativamente su peso o el índice de masa corporal, un término que, según Pazos Toral, es equívoco. Y en el vaivén de la masa corporal (menos músculo y más grasa) confluyen varios fenómenos. En primer lugar, están los cambios hormonales: la testosterona disminuye paulatinamente en los varones, y en el caso de las mujeres caen los estrógenos, en este caso de forma más brusca. «También contribuyen —añade el doctor— la disminución de las neuronas motoras, la atrofia celular, el aumento en el depósito de colágeno, la fibrosis muscular o el menor aporte de oxígeno a las células musculares».

Esta masa grasa aumentada tiende a depositarse en los tejidos y en la zona visceral, sobre todo en el abdomen. Cuando este depósito predomina sobre la masa muscular aparece un tipo de obesidad que llamamos sarcopénica, que es la suma del exceso de tejido adiposo más el desgaste muscular. El fenómeno es muy común; puede dar unos porcentajes de obesidad superiores al 70% en los mayores de 65 años.

El panorama que describe Pazos Toral no es demasiado halagüeño: «La actividad es menor y crece el riesgo de lesión muscular y de caída o accidente, algo que se agrava cuando hay también una enfermedad, encamamiento, se usan ciertos fármacos o se suceden los ingresos hospitalarios. La consecuencia inmediata es una mayor dependencia debido a un mayor riesgo de fragilidad y menor capacidad motora, que suele acompañarse de enfermedades metabólicas y otros trastornos».

Una manera mejor de lidiar con la grasa

Con este panorama, hace falta mucho estoicismo para desear ganarle años a la vida. Sin embargo, antes de que suceda todo esto, el experto aclara que hay otro ritmo bien diferente de envejecer, uno que se sustenta en dos ejes: ejercicio y alimentación, siempre teniendo en cuenta que hacer cualquier cambio en las pautas nutricionales o en la actividad física en estas edades debe contar con la valoración de un profesional. «Hay que ser muy cauteloso por su posible interferencia en los medicamentos u otros factores», indica el médico.

El ejercicio físico puede revertir, al menos en buena parte, los efectos nocivos mencionados, sobre todo si es una actividad aeróbica moderada. Estos son solo algunos beneficios de una larga lista: también aumenta el gasto energético y la capacidad del músculo, mejora el perfil hormonal y metabólico, se consume grasa y aumenta la síntesis de proteína. El riesgo de inflamación y de aparición de tóxicos hormonales producidos por la grasa se reduce. Además, mejoran los vasos sanguíneos a nivel periférico, favoreciendo la irrigación muscular y la capacidad respiratoria y cardiaca.

El endocrinólogo suma al consejo anterior recomendaciones generales que no varían demasiado con respecto a la población adulta, como ingerir al menos 0,8 proteínas por cada kilo de peso (pescado, carne blanca y fuente vegetal); 50 gramos de legumbres o similares; no sobrepasar los 30 gramos diarios de azúcares procesados; tomar poca sal; consumir carne procesada y roja con moderación; y comer productos lácteos de forma habitual, si se toleran.

En cuanto a la frecuencia de la ingesta, Pazos Toral aconseja hacer varias comidas sencillas al día, ajustando calorías y proteínas para que sean las adecuadas para una dieta balanceada con todos los nutrientes. Solo si es necesario conviene suplementar con micronutrientes como el hierro y las vitaminas del grupo B. El endocrinólogo recuerda que el huevo es una buena proteína barata cuando no se puede sustituir con otras en los casos en que se tiene una capacidad económica reducida.

En algunas personas mayores las condiciones propician la llamada anorexia del envejecimiento, o pérdida involuntaria de peso. Un estudio coordinado por la cardióloga Jenna McMinn advierte de sus efectos adversos: infecciones, mala cicatrización de las heridas, úlceras de decúbito, peor respuesta al tratamiento médico y un mayor riesgo de mortalidad. Su origen es muy diverso, desde secuelas de algún fármaco hasta problemas emocionales, aislamiento o paranoia del final de la vida.

Paradójicamente, el organismo de algunos ancianos agradece un ligero sobrepeso para superar algunas enfermedades que tienden a evolucionar hacia adelgazamiento, como cáncer o insuficiencia renal, cardiaca o hepática. «Pero esto —matiza el doctor— no debe desviar la atención del problema fundamental, que es el empeoramiento en la calidad de vida si hay obesidad y el riesgo que supone el empeoramiento de la situación metabólica sin control». No perdamos de vista que nos jactamos de ser el segundo país más longevo del mundo.

Sigue leyendo

Tendencias